
Catálogo en línea
ID obra: ART-3252
Entre la amistad y el deber político: Jorge Mañach y Juan Marinello
Felix
Valdés García.
Instituto de Filosofía
Con esta expresión de profunda honestidad y sentido de la amistad, comienza Juan Marinello su reproche o polémica en las páginas de Bohemia en julio de 1947 con su amigo de vicisitudes y bregas en tiempos de juventud. Ubicados los dos por estos años en posiciones aparentemente opuestas se reclaman el uno al otro en la más civilizada y punzante gresca pública que tenía como centro el comunismo militante de Marinello y el anticomunismo abierto y rampante de Mañach, posiciones a las que siempre estuvieron ambos aferrados, no sin suscitar “angustias en amigos comunes, la deploración de los espectadores sensatos y la diversión innoble de los que se paran en las aceras para azuzar peleas callejeras”.
Pasados los años sucede igual. Hay quien se angustian, mientras otros se apremian a resaltar lo que les diferenciara. Por ello, hablemos de la amistad personal entre Juan Marinello y Jorge Mañach, dos intelectuales destacados de entre las décadas del veinte y la del sesenta-setenta del siglo XX cubano. Queremos referir algunas ideas que nos sirvan para pensar en lo que les uniera y diera sentido a tan íntima relación de vida, basados en las semejanzas ante el proyecto de nación, primero a partir de reformas, mejoras con el cambio de gobierno –primero de Zayas y después de Machado y Batista–, y con ello, la madurez de ideas democráticas y liberales a compromisos más a la izquierda, con el socialismo como opción o no, así como la certeza en el papel de la cultura y del intelectual en la sociedad, la pasión por José Martí, el vanguardismo compartido, los modos de involucrarse en la política republicana, hasta el reconocimiento y apoyo a la gesta revolucionaria de 1953-1959 como cura necesaria, entre otras cosas.
Queremos a su vez evadir las aseveraciones simples, los epítomes y las necedades de quienes los ponen en antípodas sin acudir al análisis del momento y de la actitud real, apuntando a la simple militancia política, olvidando el afecto estable y la amistad basada en principios éticos, en ideales y en las posibilidades que cada tiempo otorga, pues los tiempos vividos definieron las alternativas y modos de comportarse los amigos. No seamos quienes “se paran en las aceras para azuzar peleas callejeras” y valoremos lo que compartieron con ilusión de juventud, en los esfuerzos y energías acompañadas, como en los desencuentros motivados por su tiempo.
No tenemos referencias anteriores a 1922 del encuentro físico entre los jóvenes intelectuales, ambos villaclareños de cuna, nacidos en el mendaz año de 1898. Tal vez el inicio de la amistad haya surgido tras el regreso de Jorge a La Habana a finales de este año. Mañach regresaba tras su larga estancia en Massachussets, en la Cambridge High School primero y la universidad de Harvard después, y de un curso de un año recibido con una beca en París. Por este tiempo Marinello también había estado en la universidad de Madrid, España.
Juan conocía las primeras publicaciones entregadas por Mañach a Bohemia y el Diario de la Marina y fue elogioso con las contribuciones del joven recién llegado. El director del conocido periódico, Pepín Rivero, había dado su bendición al graduado de Harvard, asignándole sus glosas a la primera plana.[1] Marinello y Mañach se imbuían de la magia cultural de La Habana y de aquella tradición de tertulias, de encuentros en el Café Martí, o alrededor de la redacción de El Fígaro. El joven esbelto de espejuelos montados al aire, con esa expresión de ‘niño llegado de Harvard’, se adelantaba a quienes, como él, pero no con igual suerte y en plena ebullición creadora, pujaban para dejar de ser inéditos. Entre ellos estaba Rubén, su cuñado Zacarías Tallet, Pedroso, el propio Juan y toda una generación de muchachos iconoclastas, críticos de su tiempo, renovadores y advertidos, fervorosos activistas del enfrentamiento al gobierno de Zayas.
Raúl Roa con su usual ironía hacia Mañach, recuerda los tiempos en que a los antiguos contertulios del café Martí, reunidos durante 1922 en la peña literaria de la revista El Fígaro se sumaba Mañach –ya para sus encuentros finales– notándole al recién llegado, “aires de superioridad doctoral que le cabalgaba en las gafas”, y que, gracias a sus flamantes pergaminos de Harvard, se calzaría una columna en el Diario de la Marina. No obstante, Roa no deja de reconocerle al joven su capacidad para “exhibir gracias y rigores de lenguaje”.[2]
Como consecuencia de la actitud compartida y de su disposición a ser activos en los ámbitos de vida pública, fueron a la Academia de Ciencias y pusieron en ridículo a Erasmo Regüeiferos, secretario de Justicia y cómplice de la corrupción rampante, común en el gobierno de Zayas. No sospecharon la magnitud del suceso. Firmaron un manifiesto de protesta y desde entonces dejaron una página inolvidable, conocida como ‘La Protesta de los Trece’, sucedida el 18 de marzo de 1923. Unos días después conformaron la Falange de Acción Cubana y como grupo de ‘minoristas sabáticos’ comenzaron a reunirse “a escuchar el Gran Titta” en esa especie de ‘almorzáculos’ literarios en el yantar meridiano con tertulias de sobremesa. La muchachada genial se reunía en el Bufete de Emilio Roig para ir al lugar convenido. “Dan las once y van llegando”. Ahí estaba Villena pensando en Martí, Marinello que siempre llegaba tarde de sus compromisos o de algún conciliábulo patriótico, con una poesía en su bolsillo que le redimía, mientras Jorge, su amigo, hacía de apologista y les describía dándole nombre a esa ‘inmensa minoría’, a esa unión que se dio a conocer como ‘Grupo Minorista’. Iban entonces a compartir y hacerse “ilusiones de alta civilidad” en “una ocasión de amplia y clara y ortodoxa sobremesa”.
La nueva generación que irrumpía en las letras, que buscaba nuevos presupuestos de pensamiento y una nueva estética, estaba envuelta, más bien calada por la política. Les unía un compromiso crítico frente a la corrupción y la malversación, el mal uso de la política en una nación que quería ser la república de Martí soñada en Montecristi. Se burlaban de los falsos valores y se veían a sí mismos como una izquierda “sin campanilla ni tapete”; muchas veces se decepcionaban de las figuras de la independencia, mientras mantenían como portentos morales e intelectuales a E. J. Varona y a M. Sanguily.
Con Varona querían erradicar la colonia que aun vivía en la República, como “monstruo que pensamos haber domeñado y que aun resucita”, como decía el filósofo y que tan claro había advertido Martí en Nuestra América, cuando había afirmado que “el problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”, pues el tigre, símbolo del poder foráneo, “espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa” y viene con zarpas de terciopelo, espera detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina”. Pero este morirá –decía Martí–, “con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”. Y eso era propósito de esta nueva generación, que salvaría a nuestros países como previera el apóstol cuando seguidamente sentenciara que: “estos países se salvarán” “con el genio de la moderación” por el “influjo de la lectura crítica”[3].
Y esto resultaba ser el grupo a inicios de los años veinte cuando el estudio de la obra de Martí se convertía en pasión y fuera una de las primeras coincidencias a compartir entre estos dos amigos. Para Marinello y para Mañach, el estudio del Apóstol fue desvelo y oficio, tiempo dedicado con inmenso placer y hondura. Una biografía publicada, las veces incompleta, de Manuel Isidro Méndez, la herencia en manos de su albacea Gonzalo de Quesada Aróstegui, la ausencia relativa de Martí estimulaba la necesidad de hacerle visible en su trascendencia, de publicar su obra. Mañach escribió una insuperable biografía y Marinello hizo de Martí un tema sostenido y al igual que ellos, otros minoristas.
Pero como suele ser común, lo político antecedió lo estético y lo cognoscitivo, antecedió a la narrativa y a la poesía. El Grupo Minorista, en el breve, pero intenso período de 1923 a 1927, se enfrentó al injerencismo norteamericano, al platismo vigente, al imperialismo que amenazaba en todos los órdenes y supieron animar un sentimiento latinoamericanista, de solidaridad con Puerto Rico. Recordemos los lazos afectivos de Jorge con Pedro Albizu Campos, esa “dulzura casi paternal”, pues “Pedro ha sido en Cambridge, desde que murió mi padre, un substituto”, según apuntara en su libreta de notas en 1918 cuando Albizu se alistaba a la guerra mundial en el ejército norteamericano.[4] Igualmente estuvo el apoyo a los emigrados peruanos, venezolanos, víctima de los regímenes en sus países. Ello le sumaba a la fragua de la hermandad. Ambos hicieron parte de la publicación de Venezuela Libre, definida como órgano revolucionario latinoamericano contra las tiranías de América y contra el imperialismo yanqui.
Y este es tiempo de búsquedas, de diálogo con lo que en el mundo se pensaba. La nueva generación intelectual se cuestiona lo esencial y definitorio cubano, la raíz africana, lo identitario. Fernando Ortiz abría el tema, así como en su conferencia La decadencia cubana de 1924 cuestiona la aguda crisis social, Mañach lo hace a solicitud del primero en su conferencia La crisis de la alta cultura, y más tarde en su Indagación del choteo. Ahí apunta a lo cultural, busca un modelo interpretativo, un modo de diagnóstico adelantado por Ortiz en el choteo criollo. Mientras tanto Ramiro Guerra en Azúcar y población en las Antillas registra en lo económico la dependencia del capital norteamericano, el reajuste o avalancha de la plantación azucarera y de la nueva industria, el auge y amenaza del latifundio, el monocultivo y con ello a la nueva expresión cultural motivada por el azúcar, en ese caldo de Cuba, en esa nación que da cuenta de lo que nos falta.
En estos años tanto Marinello como Mañach contraen matrimonio y a ambas parejas se les ve compartir, tal y como lo hacen los buenos amigos. Las fotos en sus archivos dan fe de ello. Hay una creencia compartida en el reformismo, en el papel de la cultura, en los más elevados valores del liberalismo y de la democracia. Mañach, y con él Marinello, cree que la vida pública cubana está dividida en dos, la zona de la cultura y la zona de la devastación. Creen en el papel que puede jugar la cultura, el intelectual para hacer trascender la esfera de lo real, para disminuir la devastación y tratar de hacer ‘del monte orégano’.
Por este tiempo no es frecuente la edición de libros, pero están las conferencias, la prensa, las revistas y sobre todo dos maneras notables de expresión: la poesía y el ensayo, y en este último género, ambos son dómines, o más bien maestros en la lengua española. Sus medios eran las revistas y entre las más destacadas, Carteles y Social, en las que tanto Mañach como Marinello formaron parte de sus autores.
Compartieron un proyecto común o una pasión: la Revista de Avance (1927-1930), tal y como se le conociera por el subtítulo y no por el rótulo del año. Ambos fueron estables entre los editores, mientras entraron y salieron, Carpentier, Tallet, Martí Casanovas a causa de los complejos tiempos que se abrían con la presidencia de Machado. Revista de Avance fue un taller de modernización cultural, un espacio de fuga que permitiría salvar la cultura, imponer un nuevo modo de hacer, una estética nueva, ante la sordidez y la mediocridad, ante lo irremediable. Con su propósito se hacían reconocer las vanguardias artísticas que pedían, como decía Mañach, “un arte ausente del mundo inhabitable”. Pero nos salía un “arte sin color y casi sin sustancia, un arte adormecedor y excitante a la vez, un arte etílico, que se volatizaba al menor contacto con la atmósfera humana”.
Los jóvenes nuevamente se daban a la contienda contra las mayúsculas, los valores gastados, lo viejo y vacío, arremetieron con el academicismo y fueron iconoclastas. “Levantados con ánimos de poda y chapeo”, decididos a asumir la ofensiva contra el “yerbazal venenoso” no se pudieron sustraer de la vida política a pesar de los intereses por la demarcación de la cultura. Estaban en las nubes como le dijera Varona, y cayeron tan pronto como la tiranía quiso reducirlos del nivel de la opresión al nivel de la abyección. Los sueños se fugaron –dice Mañach– y la realidad se hizo una pesadilla inexorable, pero ese vanguardismo en la vertiente cultural, “fue el primer síntoma de la revolución”, una especie de álgebra y vaticinio, de protesta contra lo caduco, contra la retórica, la vulgaridad, la cursilería, contra las mayúsculas y a veces contra la sintaxis. Ellos se emperraban contra las mayúsculas porque no era posible suprimir a los caudillos que eran las mayúsculas de la política. Sin dudas anticipaban, desde las artes, la literatura, el pensamiento, la revolución que vendría. Ellos eran a su modo ya, la Revolución.
Pero el tiempo comenzó a arreciar; la tensión política empezó a disecarlo todo y secuestró cualesquiera de las expresiones de la vida cultural e individual. Machado arremetió –primero con la prórroga de poderes, luego con el proceso comunista–. Se desató el terror frente a los que atentaban contra él. Ser comunista se hizo infausto, cuando no imposible. La idea del complot internacional rojo fue pesadilla de estos días. Una vez más, la política en medio, pero ahora había que irse contra Machado. A pesar de las diversas maneras, el antimachadismo fue todo, exigiendo cerrar filas, más allá apegos doctrinales.
Vino la cárcel, el terror y los exilios. Las soluciones reformistas, las propuestas de mejora y cambio de gobierno, que hasta 1927 eran opción, pierden vigencia y hay que radicalizar. Se va del nacionalismo y de la crítica al injerencismo yanqui, al irrecusable antimperialismo, a la radicalización política, del lado del comunismo. Algunos fueron a la agrupación ABC, entre ellos Mañach. Marinello está en la Liga Antiimperialista y con los comunistas. Mella se exilió en México y la Universidad Popular José Martí, de la que forman parte Marinello, Villena y otros, cerró. Los minoristas definen en su manifiesto sus posiciones, no obstante, se desintegran como grupo. En 1930 cierra Revista de Avance, Marinello es prisionero y comienza su exilio en México. Son días de conmoción.
Jorge prefiere lugares menos estridentes y no compromisos límites. Sabe que no es suficiente el cambio de gobierno, ni desplegar reformas que lo garanticen, mientras se mantiene firme en su convicción liberal y nacionalista. No se convence de hacer una Cuba nueva y socialista. Esto sería imposible “en la boca misma del Mississipi sin que los Estados Unidos no vomitaran sobre la isla”. Le anima su voluntad política “de servir a Cuba” como unos años más tarde le escribiera a Carlos Rafael Rodríguez, pero no precisamente dentro de una de las dos opciones definidas, la del partido comunista y la izquierda antiimperialista, sino dentro de la otra, la menos épica y disonante –aparentemente. En ello hay diferencias con su amigo Juan, quien ve en el socialismo una solución viable, un objetivo final a la crítica situación nacional. Como dijera Mañach, esta idea como sarampión, que casi le contamina, se difundió entre sus coetáneos.
Pero, una cosa es la visión del marxismo como perspectiva teórica y otra la relación de Mañach frente al socialismo real y el modelo soviético, actitud casi enfermiza, constante, invariable en él y definitoria. En una carta enviada a Raimundo Lazo en 1932 le pide al intelectual cubano le disculpe si al tildarle de idealista, él lo entendió peyorativamente y le confiesa:
“Yo también he sido, hasta hace muy poco tiempo, idealista –no en un sentido romántico “1830” –, como Ud. dice, sino en tanto en cuanto creía en la autonomía de los valores ideales, en la libertad ética, en el poder de la libertad individual sobre la conducta social. Últimamente, se lo confieso, me siento muy ganado, más cada día, al sentido materialista de la historia. Voy viendo que lo económico es decisivo, aunque no lo sea todo, y pienso que ya los pueblos no se curan a base de cultura, sino de prosperidad y de justicia económicas. Sin estas, la cultura misma es imposible sino como privilegio de algunos pocos.”[5]
Durante los años de 1930 a 1933, en los cuales “bruscamente en Cuba se ha pasado del filo de la civilización a la herrumbre de la barbarie, a los tiempos de inquisición con sofoco de la palabra y hasta del pensamiento, de ultraje, violación y hasta el horror físico de las torturas”, Mañach le dice a su amiga Gabriela Mistral:
“Yo le confieso que, a pesar de todas mis reservas de convicción y de temperamento, cada día me siento más atraído por el diagnóstico materialista, económico y bolchevique. Por lo menos es un diagnóstico claro, cuya validez no puede ponerse en tela de juicio mientras no la pruebe en la práctica. Ya todo lo demás está desacreditado.”[6]
Pero al mismo tiempo le confiesa que si lo rojo es remedio, para ello no estamos preparado, pues “sería un salto al vacío”. Y esta es una idea que él mantiene frente a su amigo cuando se aleja de la Liga Antiimperialista.
Eran los duros años finales del dictador, no obstante, no cesaban sus labores intelectuales y de pensamiento. Mañach ofrecía conferencias en el Lyceum de La Habana, escribía ensayos que obtenían premios y el elogio de sus lectores. La república ardía y él diagnosticaba crisis de la ilusión, la presencia del imperialismo económico norteamericano, como pensaba en la revolución integral de Cuba, la verdadera revolución y que “en el molde vacío que el vanguardismo dejó se echarán las sustancias de la Cuba Nueva”.
Desde la cárcel su amigo le escribe (1931) empezando por el habitual ‘querido Jorgito’, como siempre lo hizo; y le cuenta que lamenta no contar con él en la redacción de Política, un “periodiquillo” que prepara para evadir las verdades que la censura oculta, pero no quiere poner a su amigo en la cárcel. Allí le pide a Jorge las medidas del dedo de su hijo para hacerle un anillo, una idea que emociona a Margot Baños, su esposa, hija de las familias españolas de más rancio empaque habanero y tal vez determinante de ritmos y dinámicas, de posiciones que amarraron al joven intelectual.
En México Juan piensa en llevar a su amigo y le pide que haga las maletas, tal vez para alejarlo de las fierezas de la isla, pero a él lo retienen “el deber familiar imperioso”, su madre y hermanos están poco menos que en la miseria, además de creer que está sirviendo para algo lo que hace.
Mañach termino su libro Martí el Apóstol que finalmente Espasa publica en 1933. Se duele que Juan se refiera a él con tal lacónica frase y adjetivo tan convencional cuando le dijo: “tu bello libro”, que cree lo hizo para disimular el juicio negativo. Pero de él siempre espera “la verdad entera” y ello “ha sido siempre ley de nuestra amistad”. Mañach intuye los errores, los peros posibles, pero ‘Juanón’ sabe del cariño que le puso y del afán de servicio martiano. En carta afectísima, y después de “un largo ayuno” impuesto a su cariño, le cuenta que prefirió hacer un libro llano y objetivo, de sabor novelesco para lograr la “humanización” y la “cotidianización de nuestro patricio, tan afligido de altisonancias panegíricas”[7]. Claro, desconoce de real aprecio de Juan, quien le responde: “Mi querido Jorgito… ¿Cómo pudiste interpretar así mi juicio sobre tu libro?”, mientras le habla del interés por conocerle que han manifestado los tantos lectores tras el éxito que ha tenido su libro, que posee “tanto poder sintético”, “ternura auténtica” y “aliento amoroso”. Gestiona entonces que Jorge vaya a dar la oración inaugural de una estatua que a Martí se le hace en el patio de la Secretaría de Educación Pública en la ciudad de México.[8]
En lo más íntimo el trato es de hermandad probada. En lo público, polemizan. Ambos rechazan la mediación norteamericana “el espectáculo intervencionista”, el servilismo de algunos por esos días. “Es triste Juan” –le dice en carta de mayo de 1933, y acto seguido le comenta que frente a la situación hay dos posiciones, la de los comunistas que lo ven dentro de “su gran escala histórica” y el ABC que repudia la intervención, aunque se mantiene en compás de espera. Pero “ningún pueblo se redime por el esfuerzo ajeno” –le asevera.
Los arduos días que van de agosto de 1933, con el fin de Machado, la mediación norteamericana, el gobierno de los cien días, luego la entrada de Batista-Mendieta-Caffery y el involucramiento de Mañach en el ABC, generan divergencias. Dentro del ABC Jorge fue co-redactor del Manifiesto Programa y llevó la redacción de Acción. Aceptó en 1934 la Secretaría de Instrucción Pública. Allí trató de hacer lo que pudo una vez tenía en sus manos la posibilidad práctica de hacer por lo que antes había luchado desde la palabra. Se regodea de haber convertido a esta secretaría en una Secretaría de Educación y el mero título respondía a una reorganización profunda y total del Departamento que se transformaba en centro de vigilancia de la instrucción pública, en foco de estimulación cultural.
No obstante, la complejidad del ABC y el “dirty work”, la “faena sucia de la revolución”, el terrorismo, la mediación, la colaboración con Céspedes y con Mendieta... le dice Mañach a Luis A. Baralt en 1935 en una carta, en ello hay “cosas bien poco lúcidas”. Y agrega: “pero nosotros nos fuimos dejando el prestigio a jirones en esa política de abnegación. Lo que aun repugnándonos íntimamente, tuvimos que aprobarla...”, y más adelante le confiesa: “si el ABC va por ahí, por ahí no iré yo”. Mañach exige pureza ideal que contraste con la violencia sin escrúpulos.
A partir de entonces se hacen públicas las diferentes posiciones. Jorge confía en el concepto de amistad de Juan, de su hidalguía polémica y de su caballerosidad periodística, “virtudes burguesas estas que supongo no querrás enterrar todavía”, –le dice con su habitual ironía desarrollada como estilo.[9] Mañach se duele por lo que se ha publicado sobre él en La Palabra, y le reclama desde “una amistad que cuento entre lo más preciado” y le dice que “juntos hemos dado muchas batallas por la elevación espiritual de nuestra pobre patria, y siempre entendí que los dos aspirábamos por igual a una Cuba en que la verdad triunfase y en las diferencias políticas no obliguen a los hombres a morderse”. Y se despide con patetismo: “Te abraza, dolorido en el viejo afecto, Jorge”.
En 1937, en una carta a Emilio Ballagas le dice:
“su abdicación de fe en mi y de amistad en mi, fue una de las cosas que más me dolieron entonces. La suya y la de Juan Marinello. De los demás, no me extrañaba mucho. Algunos hacía ya mucho tiempo que estaban al acecho de mis yerros para lanzarse sobre mi con buena razón aparente y negarme la sal y el agua, que por mucho tiempo, en lo íntimo, me querían quitar”.[10]
Por supuesto, que las diferencias no hicieron mermar los afectos y las expresiones continuas de “Mi querido hermano”, “Mi querido Jorgito”, “Mi querido Juan”, o los simples Juanón.
Entre marzo de 1935 y 1939 Mañach vivió, nuevamente, en los Estados Unidos en un exilio indeseado. Allí fue profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York, hasta que regresa a Cuba cuatro años y medio después. Marinello de paso por New York rumbo a España en 1937 trató de localizarlo y en carta le dice cuanto lamentaba no haberlo visto. Ya a finales del año, cuando Juan regresa de nuevo y se queda en esta ciudad con Pepilla, seguramente compartieron y conversaron largo de los años vividos, tal vez los de mayor desencanto para Jorge. Para esas navidades y fin de año Mañach vino a La Habana, y Marinello lamenta no haber ido con Pepilla a despedirlo al muelle ese día 2 del año nuevo, cuando transido por la angustia regresaba a Columbia.
A finales de 1939 Mañach regresó y se presentó a las oposiciones de la Cátedra de Historia de la Filosofía, lo cual había sido uno de los sueños que siempre había imaginado desde que salió de Harvard. Antes de salir de Columbia le escribió a Baralt: “…ahora que tengo todo lo que un hombre de mi vocación parece que debiera apetecer, siento que me falta algo fundamental, –aquello que hace quince años me decidió a sacrificar un seguro porvenir académico en Harvard por ir a servir a mi tierra”. Fue catedrático de Filosofía por 20 años ininterrumpidos. Sus alumnos lo recuerdan como ese profesor de elegante prosa, sabio, alentador de nuevo y actualizado saber, impecable en el vestir y como diría Cintio Vitier: “No se por qué hoy aparece / ante mis ojos su figura / esbelta, escéptica, fallida / y siempre airosa sin embargo, / flexible palma de una patria / que no podía ser, tan fina, / sí, tan irónica, tan débil, / en su elegante gesto, lúcido / para el dibujo y el fervor, / los relativismos y las conciliaciones, con un fondo / de gusto amargo en la raíz.”
Pero de nuevo a la carga, aunque hubiese querido apartarse de la política y volver al oficio literario como le había dicho a Concha Meléndez, su amiga puertorriqueña. Entonces participó en la Asamblea Constituyente, luego fue Senador, militante del Partido Ortodoxo, creador del Movimiento de la Nación, y a partir de estas dos últimas organizaciones se adentró en la lucha contra la dictadura de Batista, sus nuevos teatros de acción.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, la redistribución política del mapa europeo y su estancia en los EUA, Mañach queda más alejado del “comunismo criollo” –como le dijera a Carpentier–. Sus referencias a la Unión Soviética y a los cambios que allí se sucedían, a los comunistas, son negativas. Pocas cosas recibieron tantos epítetos de desprecio en estas décadas como las referidas al socialismo real. Se veía advertido de las colectivizaciones forzosas, las purgas, los campos de concentración, del apoltronamiento del estalinismo y también, como dice Shafic Handal, de la muerte del socialismo en manos de Stalin y de conversión de éste en un modelo de sociedad burocratizada, centralizada, antidemocrática no capitalista. Tengamos en cuenta que en este mismo período hay tendencias dentro de los militantes comunistas norteamericanos muy críticos de la URSS, como la tendencia que consideraba al socialismo real como Capitalismo de Estado.
En este tiempo sostuvo polémicas públicas con Raúl Roa y en particular con Marinello, lo cual le pone, ante los ojos de todos, en el bando opuesto, en la esfera del anticomunismo. Desde la década anterior había escrito a Lino Novás Calvo (1932):
“Este problema de lo social y lo político sigue atenaceándome… Estoy inconforme con el capitalismo. No le veo salida a Cuba dentro de él. Pero tampoco veo salida del capitalismo en Cuba; y en los Estados Unidos eso está todavía muy en “veremos”. Esta muy bien la adhesión teórica, por la inevitabilidad, a la larga, de esa solución al problema del mundo.”[11]
Mañach aceptaba el ideal social del marxismo, la emancipación humana, pero no la totalidad de ideas que en otras ocasiones pone de relieve. Se quedaba con aquellas cosas plausibles a un pensador humanista, de sentido de responsabilidad por Cuba, de ideales de justicia, pero no de radicales soluciones y mucho menos aquellas ligadas al comunismo de entonces.
Se le tilda de “pensador de derechas” o más fuerte aún de “reaccionario”. En carta pública enviada a Mediodía en 1937, le dice a Carlos Rafael Rodríguez que Roa en su prólogo a la poesía de Villena vuelve sobre él y le juzga de “burgués” y “reaccionario”. Reaccionario es un adjetivo odioso que apela a quien se pone al servicio de la reacción, y en este caso frente a la acción histórica fundamental en Cuba desde hace diez años que radica en la voluntad del pueblo de transformar el estado de cosas y lograr más justicia, más decoro y más cultura. Por eso afirma:
“He suscrito y probablemente he cometido errores políticos de juicio. Pero en ningún momento he descubierto en mi inclinación alguna a situarme contra los oprimidos del mundo. El ambiente social del capitalismo, en casi todas sus zonas, me repugna profundamente. Tengo aun fe en el progreso, y creo que el mundo marcha, entre trágicos tanteos y ominosas oquedades hacia una mayor cantidad de justicia. Pero yo no me contentaré con una justicia que salve, junto a la dignidad y felicidad de la masa, la dignidad y la felicidad del individuo”[33].
En 1945 en Bohemia dice que si ser de derechas significa considerar como buenas todas las acumulaciones, suponer la discriminación producida por fortuna, la raza, o la cultura, no creer en el mejoramiento humano, dar riendas sueltas al individuo, entonces él es de izquierdas, de esos que se hacen herederos de la confianza humanista y romántica en el hombre, que confían en él y afirman su dignidad, creen en la igualdad, que aspiran a la libertad económica, moral y cultural y que ha tenido su remate en el marxismo y el socialismo. Pero el comunismo en la URSS –afirma, ha hecho tergiversar la idea y se ha hecho totalitario, limitando las libertades a sus ciudadanos, yendo entonces más a las derechas, que manteniéndose en las izquierdas.
¿Acaso en lo más íntimo Juan no compartiría con él algunos de estos datos que luego se revelan con la Glasnost y la Perestroika? Marinello, quien entra en el partido en 1935 es un militante disciplinado. Considera que venir contra la URSS abre resquicios que él evita. Mientras tanto, su amigo explícitamente es un notable antisoviético, un ferviente decepcionado del totalitarismo, del estalinismo, de las represiones y de la cancelación de las libertades individuales y de la democracia en la URSS. De ello es evidente, la enconada polémica en las páginas de Bohemia en 1947. Mañach sabe que “Marinello se irrita –y a veces parece dolerse– de que yo no apruebe la generalización de un régimen semejante para el mundo, y sobre todo para mi tierra. No puedo remediarlo”. Y entonces apela a que la “los años le den la razón”, pues el paso del tiempo le ajustará las cuentas a lo allí sucedido.
El golpe de estado de Batista del 10 de marzo de 1952 volvió a tenacear las definiciones. Ambos van de frente, Mañach con los ortodoxos, Marinello dentro del Partido Socialista Popular. Pero la cuerda tensa y Mañach, de los tradicionales ideales nacionalistas, democrático-liberales llega a desaprobar la posibilidad de la democracia, de los mecanismos formales de elección en las condiciones de la dictadura batistiana y apoya públicamente a los jóvenes que fueron al asalto del cuartel Moncada. Colaboró con la edición y publicación clandestina en 1954 del discurso de Fidel La historia me absolverá, para la cual redactó además una introducción y se escribió con Pedro Miret, Gustavo Arcos, entró en contacto con Melva Hernández y otros, y en dos ocasiones Fidel le escribió, expresándole los más afectuosos saludos de amistad y aprecio a su profesor. En enero de 1955 Mañach abogó por la liberación digna de los moncadistas.
Su reformismo de siempre, su liberalismo conservador cedió ante este laboratorio, en el fuego ígneo de una revolución, del cual pocas veces se escapa y se sale ileso. Mañach ve como salida para Cuba la salida y la solución revolucionaria, esa que han ido llevando los jóvenes y que ha liderado Fidel en la Sierra Maestra. Entonces va de sus posiciones tradicionales a un liberalismo de izquierda. Ya en 1958, en “El drama de Cuba”, ve como única posibilidad la lucha armada llevada a cabo por Fidel y cancela cualquier farsa electoral, como el juego ajeno en la compleja situación nacional. Como afirman R. Segreo y M. Segura, Mañach dio ‘el gran salto’[12] expresado en su apoyo a la revolución. Claro está, en su muchas veces mencionado texto, publicado en Madrid en 1958 y luego en enero del 59 en Bohemia, deja claro que Fidel, en su pensamiento doctrinal, dista mucho de ser un comunista, aunque la situación del país lleve a salidas “socializantes” como la reforma agraria, las nacionalizaciones de servicios públicos, etc. Toda esta actitud, cambiantes en Mañach tienen como base su honestidad, y sobre todo hay un ingrediente esencial: la conexión ética con Martí, lo cual hace comprensible la coherencia del intelectual y las coincidencias en lo fundamental entre Juan y Jorge, no obstante ubicados en opuestos (en apariencia) flancos de batalla.
El triunfo revolucionario de 1959 es aceptado con júbilo por Mañach y de inmediato se adhiere; está dispuesto a ser útil. “Si la República me necesita, puedes contar conmigo”, –le dice en 1959 a R. Agramonte, quien fungía como Ministro de Estado, mientras él estaba en Madrid. Luego, tanto en la radio como en la televisión aplaudió el proceso considerándolo como la cura que quisimos, la revitalización de la fe, etc. De 1959 a la primera mitad del 60 participó de la propuesta de reforma de la Escuela de Filosofía, dio discursos, se mantuvo animoso y colaboró con Bohemia, CMQ y otros medios. Llevó de nuevo su programa “Ante la prensa” y reinició la universidad del aire.
Mañach reconoce el liderazgo y la valentía de Fidel Castro y considera que la trascendencia de los hechos significa madurez, seriedad, y son la toma de la conciencia que nos faltaba. Considera que con este proceso que se inicia, está el remate de sus aspiraciones patrias. Sin embargo, la radicalización del proceso, los oportunismos o exageraciones propios de esos días, y sobre todo, el acercamiento a la URSS, el giro previsible al socialismo, la jubilación forzosa (septiembre de 1960), la agresión de los más jóvenes que lo acusan de ser incapaz y de simbolizar lo viejo, el cierre de muchas de sus tradicionales formas de empleo y de vida activa en Bohemia, en el Diario de la Marina, CMQ, le hacen valorar la posibilidad de salir de Cuba. Entonces firma un contrato con la universidad de Puerto Rico, apoyado por su amigo Jaime Benítez, rector de la misma y en noviembre de 1960 sale a San Juan.
Según cuenta Ana Cairo, desde el aeropuerto hizo una última llamada a su amigo Marinello.
Salió de Cuba con todo el pesar de la partida, y además de ello, muy enfermo. Sobrevivió 7 meses bajo el efecto de fuertes drogas. Según contó su esposa un mes después de llegar, Jorge estaba muy delicado y apenas había podido ir a la universidad. Los médicos le auguraban escasas semanas de vida. Se afirma que trabajaba, que su máquina de escribir repiqueteaba a altas horas de la noche, pero prefiero poner en duda su autoría consciente de la Teoría de la frontera, o de tesis injustificables, como su claridad para firmar cualquier libelo condenatorio de Cuba tras Girón en abril de 1961. Mañach murió el 25 de junio. También quiero creer que, ante su estado crítico de salud, Marinello hizo gestiones para traerlo a La Habana de vuelta. Alguien me dijo un día así.
[1] Estas fueron reunidas y publicadas como Glosario (1924) y Estampas de San Cristóbal (1926).
[2] Raúl Roa. El fuego de la semilla en el surco. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1982. p. 62.
[3] José Martí. Nuestra América, en: El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. ObrasCompletas, t. 6, Obra cit., pp. 15-23.
[4] Jorge Mañach. “Recuerdos de Albizu Campos”. Bohemia, 19 de nov., de 1950, p. 73 y 88.
[5] Jorge Mañach. Carta a Raimundo Lazo. 13 de febrero de 1932. Tomado de “Sin hacer del monte orégano. Jorge Mañach en la filosofía cubana”. Temas Nro 52, 2007, pp. 129-143.
[6] Idem, p. 135.
[7] Carta de Jorge Mañach a Juan Marinello. 17 de mayo de 1933. Tomadas de: Cada tiempo trae una faena… Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta. 1923-1940., p. 401.
[8] Ídem, p. 308-309.
[9] Idem, p. 633-635.
[10] Jorge Mañach. Carta a Raimundo Lazo, p. 136.
[11] Ibídem.
[12] Ver: R. Segreo Ricardo y M. Segura Acosta. Más allá del mito. Jorge Mañach y la Revolución cubana. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2012., pp. 185-190.
Valdés García, Felix