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¿Qué tipo de antropocentrismo ha de ser erradicado?
José Ramón Fabelo Corzo
Fabelo Corzo, José Ramón. "¿Qué tipo de antropocentrismo ha de ser erradicado?". En: Cuba Verde. En busca de un modelo para la sustentabilidad en el siglo XXI. La Habana: José Martí. 1999. págs. 264'268
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Una de las tesis más reiteradas en la literatura ecologista reciente ha sido la de la necesidad de erradicar el antropocentrismo como condición para preservar la naturaleza. Nadie duda de la positiva intencionalidad de los expositores que la han sustentado. Ciertamente, parecería que es ésta la conclusión lógica del examen de un mundo en el que los hombres, preocupados sólo por sí mismos, no han tenido reparo en destruir la naturaleza.

Pero el asunto no parece ser tan sencillo. Supongamos que cualquiera de estos mismos autores se encuentra en una situación límite, a punto de morir de hambre. No dudo que adoptará una actitud antropocéntrica e intentará salvarse, aunque con ello pueda inflingir algún pequeño daño a la naturaleza. Esa situación límite es en la que viven cotidianamente los más 800 millones de hambrientos que habitan este mismo mundo que todos queremos salvar. Podríamos imaginarnos las respuestas que obtendríamos de cualquiera de ellos si alguno de nosotros le planteara que el gran problema consiste en que hasta ahora ellos han sido el centro y que la solución radica en dejar de serlo. “¿Centro de qué?”, “nunca se ha visto un centro tan mal tratado” - pudieran ser éstas algunas de las respuestas, al menos, las aquí reproducibles.

Esto nos debe mover a la reflexión: ¿qué hacer cuando el valor de la vida humana choca con el valor de la naturaleza? ¿A cuál de los dos darle prioridad? Comparto la opinión de que la naturaleza constituye un valor intrínseco y no un mero instrumento o recurso para el hombre, pero es un valor intrínseco que sólo cobra sentido en relación con el ser humano. No creo que exista preocupación más humana y antropocéntrica que aquella dirigida a preservar la naturaleza. A nadie interesa más la conservación del medio ambiente que al propio hombre. De poco serviría una naturaleza salvada con todos los hombres muertos. La conservación de los ecosistemas ha de ser, ante todo, una preocupación y una ocupación del hombre para el hombre.

El asunto no radica, entonces, en descentralizar al hombre, sino en desplazar del centro a un tipo histórico de hombre, no en erradicar el antropocentrismo en general, sino en superar una forma histórica de antropocentrismo.

¿Qué tipo de hombre ha sido hasta ahora el centro? El engendrado por sociedades elitistas que han asumido no sólo a la naturaleza, sino a los otros hombres, como meros instrumentos para sus ambiciones egoístas. Mas que de antropocentrismo, la sociedad humana ha padecido hasta hoy de un egocentrismo feroz. Y a ese resultado no es en absoluto ajena la lógica del capital que estimula a unos, a los ricos, a una permanente búsqueda de maximización de la ganancia aun a costa de todo y de todos, y que obliga a otros, a los pobres, a ser también egoístas, porque a veces el egoísmo es para ellos la única posibilidad de supervivencia.

No ha sido en realidad el hombre el que ha sido centro de la lógica mercantil capitalista que ha imperado en el planeta durante los últimos siglos. Más que el valor de uso (directamente vinculado a la satisfacción de las necesidades humanas), ha sido el valor de cambio el que se ha erigido en centro rector de los procesos productivos y de intercambio con la naturaleza. Esto no significa que lo producido no haya tenido que cumplir ciertos requisitos de utilidad para ser realizado en el mercado. Pero esa utilidad social no ha sido el fin, no es lo que ha motivado el accionar económico. Este ha estado destinado no al uso, sino al intercambio y búsqueda de ganancias.

Por esa razón, el hombre real y concreto, cubierto tal vez de apremiantes necesidades insatisfechas, no interesa en lo absoluto a una moral inspirada en el puro mercado. Las necesidades humanas no cuentan, o sólo lo hacen, al margen de su racionalidad o urgencia, en tanto que condicionan un valor de cambio. Ellas no importan si no están depositadas en sujetos con posibilidades para satisfacerlas, por muy vitales que sean y por muy bajos niveles de satisfacción que tengan. En la lógica del mercado sólo caben aquellos con poder adquisitivo, sólo toman  espacio las necesidades (y más que las necesidades, las preferencias y caprichos consumistas) de los que tienen con qué pagar. El sujeto sin dinero, aunque puede ser mayo­ritario, no ocupa lugar alguno, sim­plemente no existe, a no ser como potencial oferta de fuerza de trabajo. Es, por lo tanto, no un hombre con necesidades, sino sólo, en el mejor de los casos, el portador también de una mercancía.

No es casual que ya en el año 1977 el entonces y ya fallecido Presidente del Club de Roma, Aurelio Peccei, llegara a la conclusión de que para resolver los problemas globales habría que cambiar primero al hombre. Eso significa que, lejos de ser desplazado, el hombre tiene que convertirse en centro de los esfuerzos ambientalistas. Y como que el cambio del hombre no es posible sin la mutación de las condiciones sociales que lo engendran, éstas últimas han de ocupar también el centro de la atención.

Por supuesto que la prioridad que el hombre ha de mantener en cualquier proyecto de sociedad sustentable no significa desconocer el carácter limitado de las disponibilidades naturales de su hábitat y la necesaria desaceleración global del crecimiento económico y tecnológico. Los actuales problemas globales, además de agregar nuevos límites naturales y humanos, ecoló­gicos y sociales al capital, ponen también en cuestión una idea básica de toda la tradición moderna: la del desa­rrollo de las fuerzas productivas en calidad de sustrato último del progreso humano. Como nunca antes se hace necesario hoy el establecimiento de mecanismos sociales de control al desa­rrollo de las fuerzas productivas.

El decurso histórico de nuestros días está demostrando que el progreso tecnológi­co y económico puro, abstraído del resto de las condiciones sociales -o lo que es lo mismo, ubicado en los marcos de unas relaciones de producción que ya no lo soportan, como es el caso de los países capitalistas desarrollados, sede fun­damental de este progreso- está provocando más males que bienes para la humanidad y está justificando la censura axiológica de la que muchas veces es objeto. Para en Norte este progreso trae consigo mayores cuotas de enajenación, un consumismo irracional, un daño irreparable a la naturaleza y a la ecología, la supresión de valores morales y estéticos, una actitud egoísta hacia todo, un antihumanismo consustan­cial. Para el Sur subdesarrollado significa -debido al hecho fundamental de que ese progreso se da no en sí mismo, sino en los países industrializados y es utilizado por éstos como instrumento de expoliación- más subdesarrollo, más explota­ción, mayor distanciamiento en relación con el mundo desa­rrollado, menos soberanía, menos identidad, más muerte, mayor marginación del crecimiento global. Todo esto permite afirmar que, hoy por hoy, el progreso técnico y económico no es necesariamente igual -y puede ni siquiera ser síntoma consustancial- del progreso social.

Un proyecto de sociedad sustentable no debe, por supuesto,  renunciar a las conquistas ya alcanzadas en la esfera de la producción. Tampoco debe detener el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas, pero sí colocarlo sobre  nuevas bases, lo cual implica, entre otras cosas, que el ímpetu de su crecimiento no sea ya lo más importante y determinante en el progreso humano global y que, presumiblemente, ese ritmo tenga nece­sariamente que disminuir en aras de la preservación del medio ambiente, la economización de los recursos no renova­bles y una distribución más justa de la riqueza creada en el proceso productivo. En un sentido económico, el indicador fundamental del progreso humano-global ha de estar asociado al carácter de las relaciones de producción. El crecimiento de las fuerzas productivas, sin detenerse, estará limitado ecológica y humanamente y deberá  concentrarse, desde un punto de vista geocultural, en las regiones que histórica­mente han constituido  las periferia del capitalismo.

La existencia de estos nuevos límites al crecimiento evidencia la obsolescencia del principio de máxima ganancia como fundamental fuerza motriz de la economía. Se hace nece­sario superar la prioridad abstracta, caótica e irracional que la lógica del puro mercado otorga a todo avance técnico y económico que genere ganancias. La humanidad necesita una nueva cultura ecológica y socialmente responsable, que el mercado, por sí mismo, no puede garantizar. El crecimiento técnico y económico debe ser regulado y subordinado a otros valores: la justicia social, la preservación del medio am­biente, la prioridad de zonas menos desarrolladas, un humanismo más elevado.

Para esto no es necesario desplazar al hombre del centro de la atención. Se trata en esencia de la construcción de un mundo más justo para el propio ser humano, con un concepto de justicia que trascienda espacial y temporalmente su contexto socio-histórico inmediato. El necesario enfrentamiento de los problemas globales y el inesquivable asunto de la salvaguardia de un planeta habitable para el futuro comprometen a cualquier modelo de sociedad sustentable con una justicia que vaya más allá de las fronteras nacionales y epocales. En la medida de sus propias fuerzas esa sociedad debe ser también justa hacia fuera y hacia delante. Nada realmente humano puede serle ajeno. El equilibrio ecológico, el cuidado del medio ambiente, la búsqueda de alternativas al agotamiento de los recursos no renovables, la consecución de ritmos racionales para el crecimiento demográfico, la preservación de la paz y la construcción de un nuevo orden internacional que realmente favorezca la paulatina equiparación de los niveles de desarrollo de todos los pueblos, han de constituir contenido insoslayable de una justicia anclada en “el aquí” y “el ahora”, pero al mismo tiempo proyectada hacia la arena internacional y extendida a las futuras generaciones que no están aquí para por sí mismas exigirla.

El nuevo hombre demandado por este tipo de antropocentrismo no ha de ser el individuo egoísta y consumista que tanto daño hace a la naturaleza y a la humanidad. En el centro de esta concepción distinta ha de estar otro concepto de hombre: un hombre igual a otros hombres y no superior o inferior por razones de raza, sexo, nacionalidad, religión, ideas políticas o nivel económico, o porque habite el Primer Mundo o el Tercero, o porque viva ahora o nazca dentro de dos siglos. Se trata de elevar el concepto de hombre a un rango realmente genérico y, a la vez, concreto; de superar la abstracción de hombre que hasta ahora ha sido centro de la mayoría de las concepciones y de las prácticas sociales que recoge la historia. Si de algo ha carecido ésta es precisamente de la centralidad de ese hombre real.

Todo lo que hoy se haga por la naturaleza se hará también por ese hombre, aunque ello contravenga los intereses económicos y políticos de ciertas elites. Lo que sí no puede suceder es que nuestra preocupación por la naturaleza saque del centro de nuestra atención y de nuestra práctica los esenciales problemas humanos que quedan por resolver.

Pero además, todo lo que hagamos hoy por ese hombre real y concreto, lo haremos a su vez por la naturaleza, en primer lugar, porque él es también un ser natural y, en segundo lugar, porque un adecuado nivel de satisfacción de sus necesidades (y no de los caprichos consumistas de algunos) constituye una premisa indispensable para detener el deterioro del medio ambiente.

Ese hombre podrá dejar de ser centro sólo cuando sus problemas esenciales estén resueltos y, precisamente por ello y para que así siga siendo, centrará todos sus esfuerzos adicionales en la preservación de su hábitat natural.

Coloquemos al verdadero hombre en el centro y haremos con ello nuestra mejor contribución a la salvación de la naturaleza.