Documento Descargado desde la "Biblioteca Virtual de Filosofía y Pensamiento Cubanos" http://biblioteca.filosofia.cu/
Cuba, el proyecto y las izquierdas
Armando Chaguaceda Noriega
Chaguaceda Noriega, Armando. "Cuba, el proyecto y las izquierdas". http://www.lajiribilla.cu. 2003

Cuba es, según un amigo mío, un país oral. Y comparto su definición porque entiendo  (y participo) del gusto por la polémica, la indagación y la imaginación de mis compatriotas, fenómenos todos que se realizan desde la dimensión del lenguaje

Por ello los cubanos somos creativos al exceso, tanto al inventar más de un significado para alguna palabra como al otorgar múltiples nombre a cualquier pedazo de nuestra realidad. Con nuestra ya histórica Revolución pasa lo mismo. Revolución, es con mucho, el sustantivo político más usado para nombrar la realidad cubana, sea nuestro interlocutor un obrero habanero o un campesino de Cabaiguán, un intelectual santiaguero o un tecnócrata del exclusivo reparto capitalino de Atabey. Así el proceso social cubano es llamado por mucha gente “el sistema” cuando se refieren a la compleja totalidad de las estructuras que lo conforman y las practicas y modos de pensamiento que en sus cauces se generalizan. Se dice “eso lo hizo el gobierno, el estado” al hablar de las medidas o actos promovidos y protagonizados desde las figuras de su dirección política. Es, para muy pocos, “el régimen de Castro” porque la palabra régimen se asocia con dictaduras de derecha como la de Fulgencio Batista derrocada en 1958 (precisamente por la joven revolución triunfante), por lo que el calificativo tiene poca legitimidad social y se utiliza fundamentalmente entre los círculos diplomáticos, las agencias de prensa y los exiguos grupos opositores estrechamente conectados con estos. Y para muchos, para muchísimos cubanos, desde sus posturas diversas, es “el proyecto”.

Al referirnos al proyecto saltan a la vista dos condiciones evidentes para que ese concepto tenga contenido y existencia reales. Ser parte del proyecto implica pertenencia voluntaria y compromiso militante, es entrega del individuo a una obra mayor donde subsume y realiza sus proyectos: de vida, familia, etc. Por otro lado esta denominación presupone un carácter racional y ordenado de construcción de un modelo de sociedad que rebasa lo meramente político para expresarse en modos de comportamiento, códigos y valores éticos, ideológicos e incluso estéticos, opuestos frontalmente a la lógica espontánea del capitalismo.

Al iniciar con esta somera exposición de términos propongo, intencionalmente, ilustrar sobre la riquísima colección de representaciones que sobre su realidad se han construido los cubanos. Porque explorar hoy el paisaje social de la isla se convierte un ejercicio excitante cuando superamos las absurdas visiones que nos reducen el mismo a un país- campamento de seres adocenados “genéticamente” unánimistas en el cual sobreviven, como islas, grupúsculos de opositores (héroes para algunos, mercenarios para otros) que monopolizarían, según el discurso en el que nos posicionemos, todas las virtudes o máculas[2]. Estos últimos estarían en franca oposición a la inercia y pasividad de sus contrapartes, cosa en la que parecen coincidir las imágenes proyectadas por la derecha miamense y los aparatos ideológicos del estado cubano. Hoy sin embargo quiero contribuir a una reflexión diferente que, desde la izquierda, tribute a valorar más objetivamente el actual estado de cosas y defina las posibilidades que ese espectro de fuerzas posee para incidir en la evolución de la nación. Porque una de las carencias mayores que constato en algunos compatriotas es que, paradójicamente, no reconocen la posibilidad (y el hecho) de que existan varias izquierdas en Cuba.

Para ello habría que intentar comprender cual es la naturaleza del sistema vigente en Cuba. El modelo cubano puede encuadrarse perfectamente en el clásico esquema de los Socialismos de Estado, donde un partido basado en el esquema leninista (centralismo democrático) se fusiona, subordinándola, con la maquinaria estatal para apoderarse del control no solo de la economía, sino también de la sociedad y los aparatos ideológicos del estado. Por supuesto que las variables contextuales (cultura nacional, idiosincrasia entre otros) y los temporales son elementos de enorme peso para expresar el estado final de esta ecuación en la realidad. Es por ello que puedo definir al cubano como un proyecto anticapitalista con presencia de modos de distribución, integración social y comportamientos de raigambre libertaria (socialistas, comunistas), que desde una situación de aparente estancamiento general va dando pasos hacia la recomposición de diversos procesos y actores políticos internos. De un lado la sobrevivencia de un pensamiento y sentir de izquierda, con fuerte arraigo popular, identificados con la defensa de la soberanía nacional y el goce de niveles dignidad, seguridad social superiores a la media tercermundista. Por otro, el surgimiento, en sectores vinculados al mercado, de nichos de capitalismo que generan lazos con personajes provenientes del poder, incubando una clase propietaria omnipotente, en gradual y velado divorcio con sus condicionamientos emancipadores originarios.

Tal vez alguien pudiera cuestionar mi definición, interpelándome acerca de mi sustitución de socialista por anticapitalista. Sobre el particular quiero hacer algunas aclaraciones al hablar de socialismo. Primero habría que declarar explícitamente cual es el contenido que atribuimos a este concepto, y si al utilizarlo estamos identificándonos a) con un referente teórico abstracto, b) con un proyecto posible en nuestras realidades inmediatas, o c) con las experiencias históricas, tanto en los casos del llamado Socialismo Real como nuestras etapas anteriores. En el primer supuesto resulta evidente que no existe una teoría general de la transición socialista, puesto que este proceso no solo no pudo ser estudiado por los llamados clásicos (salvo por Lenin en apenas 6 años postreros) y que después ha sufrido tanto por la dogmatización impuesta desde el poder, como por la relativa brevedad y el desenlace de la mayoría de esos experimentos.

Así, solo podríamos contentarnos con esbozar algunas ideas muy generales de que sería algo parecido a un proyecto socialista y ello implicaría un creciente proceso de socialización de la producción, la apropiación y el poder que iría desde la simple nacionalización de los recursos naturales y medios de producción fundamentales, pasando por la implementación de formas de control y gestión popular de las empresas, hasta la construcción de nuevos espacios y mecanismos de poder. Pero aun así las cosas serian muy vagas como para pretender una formulación exacta y universalmente válida.

El asunto es dilucidar si en la nueva realidad los elementos estructurales de naturaleza material, objetiva son los factores determinantes para calificar a un régimen como una sociedad cabalmente socialista. Ajustándose únicamente a ello el caso cubano, cuya dirección mantiene en el discurso los principios y enunciados del socialismo, donde existen las formas de distribución más igualitarias y solidarias del planeta, y donde se practica hacia el exterior una política de efectivo internacionalismo, podrá sin mayores dificultades ser calificado como un tal. El quid del problema está, a mi juicio, en que al ser el socialismo conocido el 1er estadio civilizatorio al que no se arriba por el desarrollo evolutivo de las condiciones económico-sociales sino a partir de un proceso mediado por la acción consciente y constante del sujeto revolucionario, la dimensión subjetiva adquiere un protagonismo inédito. Este socialismo no es un modelo artificial (ya que no atenta contra la esencia humana como hizo, por ejemplo, el fascismo) pero si es racional.

Y esa dimensión, expresada en casos y contextos históricos particulares puede actuar como garante o deslegitimador no ya de una praxis política sino de la totalidad del sistema. Por ello un gobierno puede redistribuir de una forma igualitaria la riqueza, eliminar la existencia de una clase capitalista y construir instituciones políticas diferentes al clásico modelo liberal pero si la población, por imposición del modelo, desgaste de su capacidad generadora riqueza o caducidad del discurso, no se siente (o desdeña sentirse) implicada, esta transitará de la decepción al cinismo y de allí a la oposición descarnada. Por lo que tarde o temprano el experimento entrara en crisis total, desmoronándose.

Debido a ello no es tampoco suficiente definir por oposición, llamándonos socialistas por nuestras formulas de justicia social, incomparablemente superiores a la media regional. ¿Acaso ciertos países capitalistas, como los escandinavos, no han preservado extensas redes de cobertura social? En todo caso estaríamos ante una muestra meritoria de voluntad política que ciertamente proviene de un sistema político animado de otra lógica que no es la neoliberal. Pero el socialismo no puede ser esencialmente un sistema paternalista y sobreprotector que provee seguridad, fijando a las nuevas generaciones en una eterna infancia donde deben posponer indefinidamente la expresión de sus sentires, sus expectativas y proyectos. Y valdría la pena analizar si el nivel y los espacios de la participación ciudadana son hoy al menos equivalentes, contando con grados mayores de instrucción y cultura política, al de la población entusiasta y comprometida de décadas pasadas. Cuando se valoren todas esas variables, en una perspectiva histórico concreta, se comprenderá por que me veo obligado a hablar básicamente de anticapitalismo, reconsiderando parcialmente la definición que daba de Cuba como nación inmersa proceso de transición socialista. Hasta ahora creo poder mantenerlo siempre que lo acompañe el adverbio relativamente, y una visión compleja y nada signada por la supuesta homogeneidad e irreversibilidad de este proceso histórico.

Por supuesto que debatir hoy sobre estos temas no es tarea fácil. Sostener estos análisis se torna una odisea en los escenarios donde las reglas de aquel debate que se concibe objetivo y responsable son sustituidas por el fanatismo y la intolerancia, sean estos ubicables en Miami o La Habana, Madrid o Estocolmo. Porque en ciencia política, como en cualquier parcela del pensamiento científico, simplificar las cosas más que esclarecerlas, las nubla y complica. Además la experiencia del defenestrado socialismo europeo, insuficientemente estudiada por quienes debíamos extraer lecciones pertinentes, en ocasiones nos conduce a posiciones de alejamiento triunfalista e ignorante por un lado, o a paralelismos estrechos por el otro. Tan es así que se torna imposible que ciertos ex disidentes centroeuropeos comprendan la peculiar diferencia entres nuestras respectivas relaciones con los EEUU, mientras que para muchos compatriotas, incluidos honestos militantes de izquierda, la naturaleza de los movimientos opositores es la misma en ambos contextos por los que aquellos (checos, polacos y húngaros) son perfectos candidatos para los calificativos de mercenarios, antipatriotas y contrarrevolucionarios, ignorando la especificidad de los procesos allí acaecidos. En ambos contextos somos rehenes de nuestras respectivas imago mundi.

El problema en nuestro caso es posicionarnos lo más objetivamente posible en las actuales circunstancias para valorar las posibilidades concretas del proyecto. Eso supone, ante todo, definir si aun sigue siendo tal para la inmensa mayoría de nuestra gente, mayoría aplastante que lo ha asumido, defendido y mantenido por décadas, y en especial entender que sucede con aquellos sectores juveniles ( para nada insignificantes) que, sin mantener una beligerancia en su contra, no parecen asumirlo como suyo. Una de las claves es entender que los proyectos históricos cuentan con diferentes espacios de legitimación (históricos, institucionales, ideológicos, etc.) que pueden armonizarse, andar divorciados e, incluso, contraponerse entre sí, en dependencia del nivel de desgaste, credibilidad o eficiencia que posean. Para los cubanos, como para cualquier pueblo, resulta evidente que el factor histórico, con independencia de los plazos, ira agotándose paulatinamente a velocidades cada vez mayores, sobre todo tras la desaparición de la generación protagonista de la insurrección (donde se incluye el liderazgo histórico) y aquellos descendientes suyos que crecieron en la realización de las grandes transformaciones de los primeros 15 o 20 años del nuevo poder. En estas direcciones aunque la comprensión holística del proceso debe nacer de esfuerzos interdisciplinarios, los aportes de disciplinas como la Historia Social, la Sociología y la Politología serán, a mi juicio, decisivos.

A mi juicio, lo que parece constatable es que con independencia de los factores clasistas, grupales y de otro signo, existe un condicionamiento epocal, algo que pudiera definirse como ambiente y conciencia generacionales que condicionan las mentalidades y comportamientos incluso mas allá de las determinaciones de otra índole. Ello haría que un burócrata, un campesino y un intelectual, contemporáneos etarios, puedan diferenciarse o contraponerse pero compartirían, aun sin desearlo o conocerlo conscientemente, elementos comunes como visiones, lenguaje, y valores que constituyes punto de partida y rasero para sus respectivos modos de medir y transformar la realidad que los rodea. Factor este que en un modelo de Socialismo de Estado, donde la educación publica y gratuita y ciertos criterios de igualdad social hacen compartir espacios comunes a los hijos de dirigentes y trabajadores, (promoviendo incluso a algunos de estos últimos, en base de sus reales capacidades de trabajo o habilidades arribistas, al estamentos de los primeros) adquiere un peso importante.

Es que son precisamente esas nuevas generaciones las que se rebelan, inconformes, al sufrir el impacto de las principales problemáticas presentes en la sociedad cubana actual. Dificultades que, de manera formal, podríamos intentar desglosar en dos grandes grupos a partir de su relación con la vida del ciudadano; aquellas que inciden en la esfera privada y las que tributan al lado publico del asunto[3]. Entre las primeras ubicaríamos la insuficiente producción y comercialización de alimentos, el magro papel del salario como referente de valor real y medio para reproducir las condiciones de vida, la difícil situación de la vivienda, etc. Sin duda, en este campo las dificultades son similares a las de cualquier país pobre, con la importante salvedad de existir una protección estatal lo suficientemente eficaz como para impedir la aparición de bolsones extendidos de miseria. En la otra dimensión del asunto, (la que propuse definir como pública) las restricciones al debate y la información públicos, así como el envejecimiento, formalización y estrechez de los espacios de participación política podrían resumir los principales problemas que lastran el perfeccionamiento del proceso cubano[4].

Sobre el particular, y dada la importancia que este asunto posee para la indagación sobre el escenario cubano y la posibilidad de constatar la existencia real de discursos críticos de izquierda, seria interesante profundizar levemente en el estado actual de la opinión y critica públicas cubanas, yendo mas allá del simple (y valido) comentario o las expresiones espontáneas de insatisfacción y disenso que podemos constatar en las colas, hogares y paradas del ómnibus[5]. Todo esto nos llama la atención sobre un asunto que rebasa la esfera de lo histórico para inscribirse como una necesidad de enorme valor ideológico, metodológico y al fin, práctico para la reproducción del proyecto: la necesidad de escribir la historia del debate y pensamiento sociales nacidos después de 1959. Entender cuando y cuanto debate ha habido, que corrientes de pensamiento y que personalidades los han promovido o censurado, y sobre que problemáticas se dirigían, tratando de entenderlas o solucionarlas, es crucial. Acaso eso se implicaría como parte de un esfuerzo mayor que no puede seguir postergándose a favor del olvido, la escasez de fuentes o la manipulación de una derecha que pretende, desde hoy, fortalecerse y legitimarse; la historia de la Revolución en el poder, sus logros, carencias e incertidumbres. Esto sería muy distinto a esa visión teleológica y esquemática donde todo estaba previsto y justificado, a priori o posteriori, que prevalece en la docencia y propaganda realizadas en nuestro país, empobreciendo la esencia humana de los liderazgos revolucionarios tanto como el heroísmo masivo de un pueblo. Incluso no podría ser, se me ocurre, otra cosa que la crónica de los proyectos y las izquierdas, rescatando los matices y las zonas de silencio de un proceso que evadió tempranamente el dogma, convocó desde la opción consciente y voluntaria y unió, al menos en sus inicios, desde el reconocimiento de la diversidad.

Considero que a pesar de la extensión del conservadurismo[6] es posible constatar la existencia de un espíritu de izquierda en sectores numerosos de la población cubana, fuerza esta que, convencionalmente, dividiremos en dos corrientes principales a partir de lo que considero serian los “núcleos duros” de sus respectivas ideologías, valores y comportamientos[7]. Es necesario seguir en reverso la senda de la historia para comprender el entorno genésico de ambas tendencias que, obviamente, reciben influencias mas o menos conscientes de las diversas escuelas de pensamiento socialista Ej. trostkistas, anarquistas, socialdemócratas, etc. La izquierda épica es hija directa de la insurrección popular antibatistiana, de la epopeya masiva de los 60 y, de cierto modo, de las misiones internacionalistas de las décadas del 70 y el 80. Por otra parte no cabe dudas de que el nacimiento de las tendencias reformistas, al menos con carácter estable y maduro, se presenta en los marcos de la Cuba de los 80 donde el calco del modelo soviético comenzaba a demostrar sus fallas de funcionamiento y, lo que es aun más grave, de estructura.

La izquierda épica, que apuesta por una lógica de revolución constante imbricada en la lucha anticapitalista a escala planetaria enarbola el internacionalismo como uno de los pilares de la ideología nacional liberadora. Apuesta por una eliminación lo más radical posible de la herencia del régimen anterior, en especial lo que signifique el uso de sus armas melladas (presencia de mercado por ejemplo) procurando una creciente socialización de la economía y el poder con la potenciación de disímiles espacios de participación ciudadana tales como sindicatos, organizaciones comunitarias y estudiantiles, etc. Además sus miembros respaldan aquellos proyectos que, aun contra la lógica económica, buscan ampliar la movilidad y desestratificación sociales y defienden una mayor libertad para la investigación, el debate y el pensamiento critico de izquierdas.

En este último punto hay una total coincidencia con los reformistas que, en cambio, centran en un desarrollo económico estable el eje de sus preocupaciones, anhelando una elevación de los niveles de vida dentro de un proyecto pluriclasista con participación de diferentes formas de propiedad y relaciones ampliadas de mercado. Aquí, aunque la economía tiene una orientación social mediante diversas políticas paliativas, los criterios de racionalidad “costo-beneficio” imponen limites a la autonomía de la decisión política, e incluso, la praxis solidaria global se subordina mas estrechamente a los objetivos, plazos y planes del proyecto nacional.

Resulta por tanto evidente que ambas corrientes son, por esencia, enemigas tanto del grupo burocrático en sí como del dogmatismo y control del pensamiento que este ostenta. Los épicos oponen a estos males la participación activa de masas revolucionarias, conscientes y motivadas y los reformistas la formación de diversos sujetos autónomos (privados, cooperativos) que disputen el monopolio político y el predominio económico estatales. Sin embargo en las condiciones actuales –y perspectivas– ninguna de las dos ofrece, por si sola, una cabal respuesta a las necesidades del cubano por lo que seria en un acercamiento de ambas, manteniendo sus respectivas posiciones particulares, donde podría surgir la alianza que daría al traste con el ejercicio esclerótico de una burocracia que, dada las experiencias históricas, parece alejarse paulatinamente de sus originales condicionamientos revolucionarios. Además, a ambas tendencias le son inherentes limitaciones derivadas de su praxis. La izquierda épica comporta el riesgo de desconectarse, a partir de la atención prioritaria que otorga a la participación en las luchas anticapitalistas globales, con una parte de los problemas y el sentir ciudadanos, aquellos que podrían hallar respuestas en medidas pragmáticas de apertura a la iniciativa económica domestica. Por otro lado los reformistas deberán tener mucho cuidado de no olvidar la necesidad de atender (e invertir) para revertir aquellos problemas sociales de urgente solución, ni convertirse en promotores de una acumulación interna de capital que permita una restauración oligárquica-burguesa en un futuro más o menos inmediato. Por esas razones las izquierdas cubanas deben tender puentes entre si, privilegiando los elementos unificadores.

Esto no será empresa fácil porque la impronta oficial ha fomentado su sustentación en segmentos nada despreciables de la población acostumbrados a las políticas de paternalismo social y al orden jerárquico centralista, lo que unido al discurso nacionalista, ofrece márgenes de sobrevivencia a dicha praxis política. Además, como lo ha demostrado, la burocracia cubana[8] puede utilizar a su favor representantes y posturas ideológicas provenientes de ambas corrientes, manipulándolas. Así, la izquierda épica aporta tanto su conexión y prestigio con el movimiento anticapitalista internacional como su legitimidad y capacidad de convocatoria interna para la defensa del proyecto ante las amenazas imperialistas, reales o sobredimensionadas. Por otro lado los reformistas, largamente dedicados al estudio de diferentes escenarios de transición, poseen un repertorio de recetas aplicables en entornos de relativa reformulación económica, que permitan oxigenar la situación interna y ganar tiempo para una perpetuación del modelo actual.

Cuba hoy esta en uno de esas encrucijadas de la historia (de las que tiene el difícil privilegio de haber transitado varias) que definen no solo sus características económicas, demográficas o sus niveles de desarrollo social, sino su existencia misma como nación. Puede mantener el actual modelo, retocándolo cosméticamente, para que se sostenga como una desvencijada rueda que intenta, a duras penas, no salirse de su eje, postergando la respuesta a nuevas necesidades de la gente y la construcción de una reproducción que relegitime el proyecto originario. Puede, asaltado el poder por una clase de oligarcas (retornando triunfales desde EEUU o conversos de la actual burocracia) comenzar un tránsito brutal y más o menos ordenado al capitalismo de 3ra, sea o no neoliberal, bajo la férula del vecino del Norte. En ambos casos, el destino es casi el mismo y nada promisorio.

Pero Cuba puede intentar un modelo distinto de anticapitalismo que provea al ciudadano con el manto de una eficaz protección social sin restringir aquellos espacios y libertades que le permitan sentirse tan protagonistas como sus padres y abuelos, al tiempo que desarrolla los mecanismos democráticos que tanto necesita el sistema. Mecanismos para evitar el anquilosamiento dogmático, el desconocimiento del sentir de la población, la lentitud en la toma de decisiones y el fortalecimiento de una casta todopoderosa capacitada para transformarse, en el momento propicio, en una nueva burguesía. Hacerlo seria la mejor contribución al actual momento histórico donde la derrota continental del neoliberalismo parece ir de la mano con una integración latinoamericana que tendrá que rebasar las restricciones impuestas hace 30 años por los modelos desarrollistas, atados al mercado interno y la industrialización sustitutiva, contando esta vez con el arcoiris de poderosos movimientos sociales y ante la ausencia bendita del intrusismo paralizante de los antiguos “hermanos socialistas”.

Confío que ese proyecto será –todavía–  viable y se apoyara en las mejores tradiciones y capacidades, patrióticas, intelectuales y humanas, que hemos desarrollado. Y creo que todos conocemos su nombre. Es el socialismo.

19 de noviembre de 2003.



[1] Este artículo pone cierre a la trilogía que, teniendo como centro diversas aristas de la realidad cubana y su relación con el exterior, comencé a escribir desde la pasada primavera, con el ánimo de tributar a la reflexión y polémica con ciertos colegas y amigos. Agradezco especialmente, para esta entrega, las sugerencias y críticas realizadas por el joven ensayista cubano Julio César Guanche, las cuales motivaron precisiones oportunas en la redacción final. Los otros textos son “Cuba, el imperio y la seguridad nacional” publicado en La Jiribilla y Rebelión, y el inédito “Cuba, el imperio y los limites de la libertad”.

[2] El fenómeno de la llamada oposición, exagerado en su real peso numérico e influencia en la sociedad cubana, nos obliga a hacer una lectura distinta a la que realizaríamos de la contrarrevolución organizada durante las décadas del 60 y 70. En aquel caso se trataba de remanentes del antiguo orden, interesados en detener la ola transformadora de la revolución y, por tanto,  opuestos a la Historia y el sentir mayoritario de la gente. Sencillamente no eran legítimos. Hoy se trata de un asunto más complejo que comparte por igual el carácter de proyecto subversivo promovido por los gobiernos occidentales, y el hecho de expresar diversas insatisfacciones de un sector de la sociedad en un entorno pletórico de restricciones para cualquier forma de disenso organizado. A mi juicio uno de los dramas del sistema cubano es que incluso los espacios y principios de regulación democrática instituidos (como los poderes populares y el llamado centralismo democrático de las organizaciones políticas) se enmarcan en un orden de cosas demasiado verticalista y autoritario, que limita su funcionamiento y erosiona la legitimidad y participación sociales. Por otro lado lo s llamados disidentes, independientemente de las escasas posibilidades que nuestro gobierno ofrece para nuclear y promover proyectos alternativos, se han subordinado en una visible mayoría a los intereses yanquis, reviviendo las peores tradiciones de servilismo, corrupción y politiquería domesticas, poniéndose al servicio del enemigo histórico de la nación cubana.

[3] De hecho cualquier división de este signo tiene un valor instrumental, metodológico y no expresa un referente exacto ya que, como es evidente, los problemas de ambas esferas se interpenetran.

[4] Ello se aprecia en la formalización del debate en numerosos eventos públicos donde los planteamientos son previamente organizados (y revisados), en el discurso envejecido y aparente desconexión con la realidad de organizaciones como los Comités de Defensa de la Revolución y la Federación de Mujeres Cubanas, o en el desgaste injustificado que sufre la figura del delegado de base, dotado de escasa autonomía y poder de gestión, con lo cual se compromete la imagen de uno de los componente mas democráticos del sistema: los órganos de base del Poder Popular.  

[5] Para consultar un grupo de criterios del autor sobre el particular se podrá consultar “Cuba, el imperio y los limites de la libertad” que en breve estará disponible en esta misma publicación.

[6] Comparto los planteamientos hechos sobre el particular por el lúcido ensayista Fernando Martínez Heredia en relación con una ola de este tipo que ya dura mas de una década de prolongado y corrosivo accionar sin parecer replegarse. Este conservadurismo, que no puede reducirse a sus expresiones puramente políticas, se evidencia también en la renuncia al interés en la cosa publica, una pérdida de protagonismo autónomo (no instrumental o delegado) de algunas fuerzas sociales como el estudiantado, ciertos retrocesos en le papel familiar y social de grupos femeninos, renacer de practicas religiosas vinculadas a una imagen de status social o a la búsqueda de beneficios materiales Ej. buscar padrinos solventes para bautizar a los niños, etc. Lamentablemente estas conductas no obedecen a una sola causa sino que devienen, por igual, consecuencia del triunfalismo conservador y la crisis anticapitalista posterior a 1989, de las acciones del pensamiento y praxis de la burocracia y sobrevivencia de mentalidades atrasadas que la Revolución, a pesar de los inmensos logros educacionales, no pudo totalmente revertir.

[7] Obviamente esta, como todas las divisiones, es una formalización esquematizada que no agota el repertorio de posiciones que constituye patrimonio de la riqueza social. Es imposible pretender encontrar una identidad homogénea en los diversos actores políticos presentes en la Cuba actual que son, incluso a su interior, extraordinariamente matizados. De ahí que, tomando como ejemplo un caso tristemente manipulado en la pasada década, ni existía un solo criterio, o identidad ideológica entre las plurales visiones defendidas por los investigadores del CEA, acusados de forma injusta y reduccionista de hacer juego al enemigo imperialista, como tampoco cabe suponer una unanimidad absoluta (y absurda) entre los miembros de cualquiera de nuestras organizaciones políticas a cualquiera de sus niveles.

[8] La burocracia, a la cual defino como aquel sector que en los regímenes de Socialismo de Estado se ocupa de la dirección política profesional, la administración de las entidades económicas y la conducción de los Aparatos Ideológicos del Estado, no puede reducirse superficialmente a un concepto utilizado peyorativamente para referirnos a la totalidad del sistema. Incluso su naturaleza interna es lo suficientemente compleja como para encontrar, en su seno, a clásicos burócratas oportunistas, dogmáticos y arribistas o a cuadros dotados de creatividad y pensamiento propio consagrados a un proyecto con sentido épico, anticapitalista. Lo que si parece una regularidad es que, incluso en los procesos mas auténticos y de raigambre popular, conforme estos se prolongan, se va configurando una identidad y conciencia de grupo especifico y separado del conjunto de la sociedad. Para un desarrollo mas exhaustivo de esta fundamentaron consultar mi ensayo “Cuba: Transición democrática o renovación socialista. Proyectos y alternativas para un siglo que comienza” publicado en la pagina Web CubasigloXXI, a partir de su presentación en la Conferencia Internacional “La obra de Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI”, realizado en la Habana en la primavera pasada