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Los nuevos significados que provoca en la vida material y espiritual de las mujeres la transnacionalización de la economía capitalista es omitida, con bastante frecuencia, en los debates teóricos y en las discusiones acerca de los modelos de economías y el proceso de globalización. Sin embargo, sin tener en cuenta los cambios valorativos es muy difícil impartirle coherencia a una lectura del mundo contemporáneo donde el nacionalismo, la religión, los conflictos interétnicos y de géneros tienen una influencia equivalente a los aspectos económicos e internacionales. Con una visión centrada exclusivamente desde la economía, la política institucionalizada o las relaciones internacionales, no es posible explicar, dar sentido y proponer alternativas a los problemas multidimensionales que se presentan hoy. Para afianzarse con poderío absoluto no sólo sobre la vida material de los pueblos, sino también sobre su espiritualidad, el capital conforma patrones de conducta, simbólico--culturales y de valoración de obligada aceptación. Con el objetivo de reproducir las relaciones de dominación, el capitalismo impone reglas a las relaciones genéricas, asignando al hombre la supremacía en el espacio público y en la producción visible del plusproducto (como propietario de medios de producción o vendedor de fuerza de trabajo), mientras que a la mujer se le reserva el ámbito privado (o la esfera de la comunicación social como imagen esteriotipada de acuerdo con la lógica patriarcal) y la reproducción invisible de la fuerza de trabajo en el hogar. Estas reglas del capital intentan homogeneizar (empobreciéndola) la vida social, naturalizando las diferencias, las identidades y el lugar de cada cual en el sistema de nexos sociales. De esta naturalización no escapan las relaciones de género.
Una crítica a fondo del lugar asignado a la mujer en la lógica económica, cultural y simbólica de la globalización implica colocar en la agenda de debate temas como:
Los proyectos globalizadores del capitalismo contemporáneo apuntan hacia la conformación de una estructura económica y cultural en el ámbito planetario altamente jerarquizada y excluyente, donde predominan de manera creciente los intereses y valores de las grandes empresas multinacionales. La descontextualización de los referentes valorativos y la desconstrucción de las identidades se ocultan en la ideología globalizadora del neoliberalismo bajo la máscara de una nueva construcción de símbolos y valores multicultural y diversa. Sin negar, claro está, que dicha diversidad cultural debe subordinarse totalmente al mandato soberano del mercado. Con la llamada «macdonalización» de la cultura, la humanidad sufre una de las crisis de valores más violentas. La expansión y desterritorialización de las industrias culturales, la concentración y privatización de los medios de comunicación, la expansión y homogeneización de las redes de información, el debilitamiento del sentido de lo público y lo privado son condiciones necesarias para garantizar la eficiencia de la globalización capitalista, pero, son además causas del escepticismo político, la apatía social y el descrédito de los significados más progresistas en la historia humana. La globalización neoliberal se presenta como una forma moderna de relaciones patriarcales. Ahora a todo aquello que las mujeres se ven obligadas a hacer «gratis», ya sea relacionado con la existencia o la subsistencia humana, se le llama «reproducción», en oposición con la producción y no como su contraparte dialéctica. «Reproducir» connota en términos patriarcales, una actividad menor, secundaria, que no genera en sí valor económico alguno. De un modo «muy racional» se utiliza la «reproducción» cargada de significados y símbolos femeninos para ocultar, más aun, el trabajo de las mujeres que asegura gran parte de la acumulación de capital. A medida que el capital global se centraliza cada vez más por el control trasnacional, los estados nacionales pierden poder y los trabajadores son cada vez más marginados y excluidos, la situación de la mujer llega a un punto en que no pueden controlar sus medios de producción ni su fertilidad. La «feminización laboral», tendencia que se manifestó en la economía mundial a partir de la postguerra y alcanzó auge en los años 60, adquiere ahora nuevos matices: las mujeres constituyen la fuerza principal de trabajo para el creciente sector de los servicios, donde realizan tareas de bajo estatus y poco salario. Según datos del PNUD, el 71% de las mujeres empleadas formalmente se concentran en cinco grupos ocupacionales, educación, enfermería, oficina, ventas y servicios, la mayoría en los puestos peor remunerados. El ingreso promedio de las mujeres todavía equivale a sólo el 70% del de los hombres, aunque en los últimos años, el ingreso de las mujeres ha tenido un continuo incremento respecto al de los hombres por la reducción constante de los ingresos y los puestos laborales tradicionales para los hombres. Aun así, para las mujeres aumentan las listas de trabajos con jornada partida y de contratos temporales sin seguridad social, oportunidades de promoción o jubilación. Son raros los programas de trabajo que tengan en cuenta el cuidado de los niños y las bajas por maternidad. La mayor parte del trabajo de las mujeres está excluido del cálculo del Producto Nacional Bruto. Las apologías de “lo posible y lo necesario” y la justificación de los males existentes es un elemento imprescindible en el discurso neoliberal y en su estrategia cultural. La justificación de la pobreza, de la baja moral pública, de la inseguridad social, de las violaciones de los derechos humanos es el reverso de la crítica al sistema. Con ella se quiebran las nociones sociales y colectivas en el plano simbólico y se instalan, en su lugar, la noción de paradigma hegemónico con sujetos individuales y fragmentados, con esto se pone freno a la creación de conceptos y realidades que promuevan alternativas de liberación. La globalización neoliberal capitalista ha producido cambios tan vertiginosos, y tantas rupturas teóricas y cotidianas que no es de asombrar, como dice Noam Chomski, el estado de desesperación, ansiedad, falta de esperanza, enojo y temor que prevalece en el mundo fuera de los sectores opulentos y privilegiados y del sacerdocio comprado que cantan alabanzas a nuestra magnificiencia, una característica notable de nuestra cultura contemporánea, si se puede pronunciar esta frase sin vergüenza.[2] El imaginario capitalista, que reproduce, infinitamente, el discurso hegemónico patriarcal destaca como elemento predominante las bondades del sistema para complacer necesidades materiales. A los individuos se les construye una única conclusión posible: dentro del sistema todo, fuera de él, nada es válido. Un recurso legitimador de este imaginario ha sido proponer alternativas dentro de los mecanismos regulatorios del propio sistema. Las contradicciones y conflictos valorativos se presentan como manifestaciones de disfuncionalidad que se deben a desajustes institucionales o son consecuencias del mal desempeño de ciertos funcionarios públicos. El feminismo como movimiento político, símbolo y valor de la mujer no ha escapado a este hecho. La institucionalización del feminismo, hecho que se presenta en el discurso político como un paso a favor de la mujer, ha sido la manera de encubrir las aun no resueltas contradicciones y relaciones de poder entre hombres y mujeres, que van más allá de las diferencias de género y sexo. Estos llamados “feminismos institucionales”, por lo general, presentan un claro abandono a la búsqueda de soluciones revolucionarias para la emancipación de la mujer, y asumen la convicción de que desde dentro del sistema, con la presión que se ejerce sobre sectores del poder influyen de manera directa en las soluciones y toma de desiciones de esos grupos a favor de las necesidades e intereses de las mujeres. La chilena Ximena Valdés, al referirse a este fenómeno y su impacto dentro de las luchas de las mujeres en América Latina plantea:
Otra reflexión interesante sobre este aspecto la hace Amélia Valcárcel desde la experiencia de los paises desarrollados, según ella, se dan tres rasgos característicos en la manera en cómo las mujeres detentan poder: 1-las mujeres detentan el poder otorgado sin la completa vestidura que este supone; 2-las mujeres detentan el poder con los tres votos clásicos: pobreza, castidad y obediencia; 3-a las mujeres les es permitido detentar este poder siempre que a él lleven las virtudes clásicamente reconocidas como aretario del sexo femenino, que son fundamentalmente: fidelidad y abnegación.
Esta autora, llevando el problema hasta sus últimas concecuencias, concluye:
Valdría la pena profundizar más en esta paradoja que se manifiesta con fuerza en las reflexiones feministas e incide directamente sobre la conformación de referentes valorativos para el accionar político de las mujeres: cómo explicar la existencia de una mayor inclusión política de las mujeres en el momento de mayor exclusión económica de las mismas. Si vemos la política como expresión concentrada de la economía, entonces, la pregunta sería: por qué en los momentos de mayor exclusión económica de la mujer el sistema capitalista presenta alternativas de mayor inclusión política para las mismas. No será acaso esto un nuevo mecanismo de legitimización del dominio patriarcal. Está tan universalizada la cultura capitalista y tan asimilados sus sistemas de valores que es común rechazar o no aceptar cuestionamientos a su esencia. Por lo general ocurre que resulta difícil ver lo que está fuera de nuestro campo visual ya sea por asumirlo tal y como es o por impotencia. Los disfraces valorativos de la ideología neoliberal impiden en muchas ocasiones determinar con exactitud el valor real de los hechos y las cosas de aquel que se ofrece como tal. Asimismo, se construyen discursos críticos que no escapan a la lógica de explicar la realidad en términos de derechos, contratos, intereses, individualismo, competencia, negociación, ganancia. El orden capitalista, como bien reconocen se ideológos liberales y neoliberales, dedica especial atención a la fundamentación valorativa de sus referentes y a la conformación de una estructura subjetiva de valores que garanticen la estabilidad de dicho orden. Dicha estructura oculta el significado real del sistema, la maximixación de la ganancia, pero en su lugar ofrece normas conductuales que guían a los individuos y muestran el modo de cómo asegurar la posibilidad de éxito o el fracaso de una acción, el modo adecuado de relacionarse los individuos, el “modo de hacer las cosas” sin establecer diferenciación entre el saber, hacer y desear. El patriarcado en su versión neoliberal y globalizado acentúa sus significados clasicos: el individualismo, el divorcio entre lo público y lo privado, la desigualdad natural de género. Como valores del orden, no están en discusión. «Se aceptan, si se quiere vivir y por esta razón se excluye a todo aquel que no los acepte o luche contra ellos».
Este enfoque que da Hayek, uno de los más importantes ideólogos neoliberales, impide -con toda intención- penetrar en la dialéctica constitutiva del patriarcado. Se trata, según sus afirmaciones, de asumir dicho valor, como un hecho, un producto no intencionado que rebasa toda comprensión racional, todo interés particular y juicio moral. Sólo así podemos acercarnos a esta realidad que se presenta bajo la forma de sociedad capitalista o sociedad civilizada. Basta leer un pequeño fragmento de los textos para comprender la filosofía sobre la que descansa la dominación y la discriminación de la mujer.
La ética patriarcal se construye, por sobre todas las cosas, ignorando «la recomendación» de que todo semejante sea tratado con el mismo espíritu de solidaridad,
La transmutación de valores que provoca la aceptación inconsciente o no, de la ideología globalizadora neoliberal somete a las personas a vivir en el mundo del silencio, el miedo y la soledad impuesto en nombre del orden. Bajo el dominio de un tipo de cultura que enlata el ser, el hacer y el desear, pensar es, también, una rebeldía. La crisis paradigmática que afrontamos hoy incluye la formalización de un tipo de paradigma a partir de un modelo y un esquema patriarcal determinado histórico y culturalmente y al cual la teoría y la práctica social no ha podido superar totalmente ni en la experiencias sociales más progresistas. Dar cuenta de esto no exige construir modelos absolutos y atemporales de intelección y solución de problemas, y mucho menos formas permanentes de actuar a partir de un sistema inmutable de coordenadas, ya la historia nos mostró el final de estas construcciones. No puede imponerse de manera nihilista un cambio paradigmático, sin que haya sido modificada la esencia de los procesos, por la solución real de las contradicciones que lo generan. Esta crisis no puede ser enfrentada esgrimiendo acríticamente idénticos presupuestos a los que dieron origen al discurso patriarcal de la modernidad. El “proyecto inconcluso” de emancipación sólo puede realizarse superando las limitaciones burguesas capitalistas, transformando las determinaciónes cognoscitivas, expresivas, valorativas y simbólicas de los procesos sociohistóricos y culturales para poder orientarnos hacia los problemas de la realidad con posibilidades modificadoras. Reconstruir la imagen creíble y atractiva de una sociedad fraterna, solidaria y libre desde una perspectiva emancipatoria de género precisa impulsar procesos permanentes de crítica y creación libres de actitudes o prejuicios que atentan contra una visión genérica cuyo sentido es la transformación de la sociedad. Estamos, pues, urgidos de tejer entre todos y todas la imagen atractiva de un bienestar sostenible. [1] Celia Amorós: «Hacia una crítica de la razón patriarcal» Ed. Antrhopos, España, 1985 [2] Noam Chomski: «Democracia y mercados en el nuevo orden mundial» Ed. Contrapunto. Mexico, 1996 [3] Ximena Valdés: «Rumbo al siglo XXI. Diversas miradas».Ponencia. Congreso REPEM, Rio de Janeiro, Octubre 1996. [4] Amélia Valcarcel: «La política de las mujeres» Ed. Cátedra, Madrid, 1997, p. 126 [5] Hayek Friedrich, «Derecho, legislación libertad», Unión Editorial, Madrid,m España, 1985, p. 47 [6] Hayek Friedrich, «Derecho, legislación libertad», Unión Editorial, Madrid,m España, 1985, p. 89 [7] Hayek Friedrich, «La fatal arrogancia. Los errores del socialismo», Unión Editorial, Madrid, 1990, pp. 43-44
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