Como todos sabemos, el 15 de enero de 1919 fue asesinada Rosa Luxemburgo. Esa fecha fue escogida en la República Democrática Alemana para la realización, año tras año, desde su fundación en 1949, de grandes manifestaciones políticas en Berlín y en todas las ciudades del país. El 15 de enero de 1988, en la conmemoración del sexagesimonoveno aniversario de su asesinato, un grupo de disidentes se incorporó a la manifestación enarbolando una pancarta con una idea de Rosa, que rezaba así: La libertad no puede nunca ser otra cosa que libertad para pensar de otra manera. Eso les valió para ser arrestados en medio del acto y ser expulsados apenas 24 horas después del territorio de la R.D.A. hacia el entonces Berlín Oeste por el paso fronterizo bautizado por el ejercito norteamericano como Charlie Point, que ya había alcanzado triste notoriedad por ser el lugar por donde el gobierno de Erich Honecker exportaba hacia la Alemania Capitalista a sus indeseables. Estaba a la sazón yo en aquel país, y el conocer aquella noticia me llenó de reflexiones. ¿Por qué podía ser considerado subversivo por un estado supuestamente comunista, el esgrimir una consigna escrita por una de las más altas figuras del comunismo alemán precisamente sobre la libertad para pensar de otro modo? Seis meses después pude presenciar otro incidente del mismo orden, otra mañana, esta vez del verano de ese año l988, cuando muy temprano entré en la Universidad de Leipzig, y desde el principio noté algo raro en el ambiente. Unos hombres, vestidos de una manera inconfundible, merodeaban por el patio central de la moderna instalación. Pronto me di cuenta de la causa: en lo más alto de una columna de concreto, situada en el medio mismo del patio para servir como soporte de una antigua campana que era lo único que quedaba de la edificación originaria de la alta casa de estudios, alguien había escrito durante la madrugada, con pintura roja, el siguiente texto: Majestad, déle libertad al pensamiento. Media hora después, un grupo de empleados se esforzaba en envolver toda aquella columna con una tela en un intento por impedir que aquel letrero pudiera verse. Todavía puede evocar aquel cuadro, con aquellos hombres intentando entizar aquella columna que se alzaba cual un dedo admonitorio que nos advertía a todos, y un corro cada vez más numeroso de estudiantes, ciudadanos de aquella R.D.A. que, con abierto desprecio, se burlaban de aquella absurda maniobra y de los que la ejecutaban. Después, alguien en el Departamento de Filosofía de esa Universidad me dijo que la frase correspondía a una carta que Voltaire envió a Federico II de Prusia en el contexto de las tormentosas relaciones que el ilustrado filósofo mantuvo con el ilustrado déspota berlinés del siglo XVIII. Recordando ambos incidentes, me dije a mí mismo que muy mal andaría aquel socialismo cuando no sólo podía ser atacado y ser puesto en solfa con consignas que vinculaban libertad y pensamiento, sino que la sola exteriorización de esta idea desordenaba a aquel estado y lo empujaba a demostrar abierta y toscamente su intolerancia a la misma. El déspota berlinés del siglo XX era menos ilustrado que su antecesor. El 22 de enero de 1989 tomé el avión que me condujo a La Habana. En agosto, casi catorce meses después del incidente del desafiante dedo de concreto con su roja demanda volteriana en la punta, comenzaba lo que los medios de prensa mundiales llamaron la revolución de terciopelo, y que nosotros denominamos como el desmerengamiento del socialismo. Con el no ilustrado déspota de Berlín desapareció también la R.D.A. Pero no por ello se tornó real la demanda de la vieja líder espartaquista. El totalitarismo del mercado capitalista y de su expresión ideológica, el así llamado pensamiento único, sustituyó al totalitarismo de una claque que se amparaba detrás del fantasma de un partido que no existía. Talmente pareciera como si, tanto a la derecha como a la izquierda, estuviéramos condenados a que la lógica de la conservación y reproducción del sistema de relaciones sociales existentes no nos permita pensar de otro modo.
Creo que evocar aquí esos recuerdos viene muy al caso. Serán muy pocos los lugares en el mundo donde se conmemore el octogésimo aniversario del asesinato de esta mujer. Con sano orgullo veo que la Cátedra de Estudios Antonio Gramsci es la primera institución cubana que organiza una reflexión colectiva en torno a este hecho, y espero que mis temores de que sea la única pasen a ser desmentidos en los próximos diez meses. Quiero empezar recordando que una reflexión colectiva en torno a la vida y la obra de esta figura no es fácil entre nosotros, y ello por algo muy simple: es casi una perfecta desconocida en nuestro ambiente intelectual. Ella clasifica entre esas figuras del marxismo que yo he denominado “incómodas”. Demasiado comunista como para que la derecha burguesa intente apropiarse de ella o la derecha comunistoide pueda acusarla de agente del imperialismo, pero a la vez demasiado hereje como para que los déspotas no ilustrados del socialismo cuartelario puedan estarla exhibiendo demasiado. Una herejía que la llevó a enfrentarse a Bernstein y a Kautsky, pero también a Lenin, y nada menos que en cuestiones tan peliagudas como las de la democracia en la revolución y al interno del partido comunista. En los casi tres quinquenios negros de enseñanza de las ciencias sociales que padecimos (entre 1971 y 1986), su nombre no pasó de ser una simple referencia, casi siempre para acusarla de haber ocupado posiciones pequeño-burguesas en su polémica con Lenin. De ella no se publicó nada. Sobre ella, sólo una voluminosa pero vergonzosa biografía que apareció en la editorial de Ciencias Políticas en 1977, escrita por dos investigadores del Instituto de Marxismo-Leninismo de la R.D.A., y que no se apartaba ni un ápice de las posiciones timoratas y dogmáticas fijadas en torno a su figura. En los casi tres quinquenios posteriores, en la lucha contra este vendaval de derecha que intenta llevarse de cuajo tanto al marxismo dogmático como al revolucionario, su nombre ha seguido en la sombra. Son casi 25 años de adulteraciones y de olvido. Podemos hacer una afirmación amarga: para casi todos los cubanos por debajo de los 40 años, la figura de la polaco-alemana Rosa Luxemburgo es una referencia tan exótica y distante como la del schnaps prusiano o el sauerkraut de Sajonia.
Pero bien, no nos desanimemos. Recomenzamos ahora a desenterrar su figura y a reactivar su pensamiento. Y yo mismo me he dado un lugar para ello en este taller, en una mesa redonda que tiene por título “Los combates por la teoría”. ¿Qué quiere decir este título? Por supuesto, luchar contra el imperio actual del “pensamiento único” burgués, pero no para retornar al intento de sustituirlo con aquel “pensamiento único” burdo, mal zurcido y peor presentado del socialismo cuartelario. De lo que se trata es de combatir por el desarrollo de una teoría revolucionaria. De una teoría que, como dijera Marx, encuentre en la evaluación crítica y sin compromiso de todo lo que existe (y ese “todo lo que existe” la incluye a ella misma, por supuesto) la razón de su existencia. No se trata de luchar por el regreso de un sistema cerrado de axiomas y teoremas, sino de luchar por la libertad para el desarrollo de la teoría revolucionaria. Es a partir de este supuesto que quiero hacer algunas reflexiones sobre las dos consignas que vinculaban libertad y pensamiento a las que me refería al comienzo de mi intervención.
En principio parece claro. Cuando Rosa habla de libertad para pensar de otro modo, y habiendo escrito eso en un contexto de absoluto dominio del capitalismo, parece ser que lo que está reclamando es la libertad de pensar de un modo distinto a como se piensa en la sociedad capitalista. Pero cuando recordamos el terror que ese lema despertaba en los politburóes al este del Elba, entonces la cosa no parece estar tan clara. Quiero destacar las diferencias entre esta consigna y aquella que le achacaron a Voltaire, de demandar que se le diera libertad al pensamiento. Rosa no está reclamando simplemente libertad de pensamiento. Esa es una consigna importante, por supuesto, pero tiene varios siglos de planteada, precisamente por la burguesía revolucionaria. Creo que la grandeza de esta mujer está en el modo en que la asumió y la replanteó.
Hago ahora un paréntesis que me parece pertinente para delinear mejor la idea que estoy intentando transmitir. Hace pocos años leí una tesis que me impactó, y a la que ya he hecho referencia en otros lugares. Es de un autor inglés, John Keane, que no es revolucionario, pero que en esta época de derechización insiste en reconocerse como socialdemócrata, y que afirmó que la vitalidad de una teoría ha de medirse por su capacidad de transformar imaginativamente los temas subversivos de otras teorías anteriores. Empujemos un poco a la izquierda esta tesis, y replanteémosla así: la vitalidad de una teoría revolucionaria ha de medirse, entre otras cosas, por su capacidad de transformar imaginativamente los temas subversivos de otras teorías revolucionarias. Un gran tema subversivo de la burguesía revolucionaria fue precisamente el de la libertad de pensamiento. El marxismo dogmático retrocedió asustado ante este tema. Careció de imaginación democrática, y sin ella se pierde la condición revolucionaria. No les quedó más remedio, a los cultores del dogmatismo, que intentar asegurar esta condición por decreto, con los tristes resultados conocidos. La gran Rosa no rechazó la consigna burguesa de la libertad de pensamiento, ni intentó dejarla a un lado, proyectándola como derecho a instaurar en algún futuro lejano, siempre bien lejano, sino que la asumió y la reestructuró en una frase tan breve como rica en implicaciones. Voy a destacar algunas de las implicaciones que observo, en un orden que no implica prioridad:
Después de estas reflexiones, creo que haber situado una mesa titulada “Los combates por la teoría” en este taller sobre Rosa Luxemburgo, sólo puede tener como objetivo afirmar la necesidad de romper lanzas por la teoría hereje, hija de la libertad de pensar de un modo diferente.