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La mirada indiscreta, o los riesgos de una ventana
Jorge Luis Acanda
Acanda, Jorge Luis. "La mirada indiscreta, o los riesgos de una ventana", Revolución y Cultura. La Habana. 2000. Nro. 6. págs. 42-46

Cuenta la historia el caso de un francés que, a principios del siglo XX, animado del deseo de buscar su verdad, recurrió al inesperado expediente de emprender un largo viaje por mar, no para conocer nuevas tierras, sino para conocer su yo. Decidió escribir un libro narrando las impresiones de su viaje, pero no del que físicamente realizaría desplazándose geográficamente, sino describiendo una realidad ficticia, inventada por él como vía para entender su espíritu. Este inclasificable francés (para algunos un gran literato, para otros simplemente un loco) embarcó en un vapor que emprendía la carrera hacia Australia y Nueva Zelandia. Durante el recorrido asumió una actitud tan extravagante como su intento: se negó obstinadamente a salir a cubierta a contemplar los paisajes. Se encerró en su camarote a escribir. Comprendió que la ventana de su habitación significaba un estorbo a su intención de introspección y corrió las cortinas de la misma, clavándolas para impedir cualquier visión hacia afuera. Al final, y con las notas redactadas durante tan extraño viaje, Raymond Roussel (tal era su nombre) publicó un 1910 un libro paradójicamente titulado Impresiones de África.

 A fines del siglo XX, un cubano decidió conocer la verdad de su país, para poder encontrar la suya. Al contrario de otros coterráneos, para ello no decidió desplazarse y cambiar su punto geográfico de residencia, sino que emprendió una aventura intelectual. Este cubano, también inclasificable (politólogo, sociólogo, publicista, poeta, cuentista y, ¡oh, casualidad!, graduado universitario en literatura francesa), no se inventó una realidad, sino que decidió mirar a la Cuba real, y comprendió que la objetividad de su intento dependía de las características de la ventana desde la que realizaría esa mirada. En fin de cuentas, todos miramos a lo que nos rodea y a nosotros mismos desde una cierta ventana. El cubano en cuestión no ocluyó ese agujero que lo separaba a la vez que lo comunicaba con su entorno, sino que buscó colocar en el mismo un cristal que facilitara la percepción de lo esencial. No tapió su ventana, sino que pretendió bruñirla, tallarla de tal modo que su vidrio sirviera como prisma que separara lo importante de lo superfluo y magnificara lo raigal, que permitiera destacar los colores básicos, que ayudara a emprender ese tipo de reflexión que, por crítica, permite romper con aquel maleficio que asegura que lo esencial es invisible a la mirada. Como resultado de este esfuerzo, Rafael Hernández (tal es su nombre) nos entrega ahora Mirar a Cuba. Ensayos sobre cultura y sociedad civil, publicado por la editorial Letras Cubanas, contentivo de varios ensayos suyos publicados entre 1993 y 1999.

 El título de esta obra nos da la clave para entender la mirada que lanza Rafael sobre nuestra realidad: mirar a Cuba desde la sociedad civil y la cultura. Esto no debe sorprendernos. Pocos han hecho tanto entre nosotros como él para difundir este concepto. No solo por sus varios ensayos al respecto (contenidos en este volumen) sino también por su labor como director de la revista Temas, en la que esta cuestión siempre ha estado presente de una u otra forma. Pero, ¿por qué recurre a esta perspectiva? Y además, ¿qué quiere decir eso de “sociedad civil y cultura”? Si se toma la acepción vulgar de ambos conceptos, que identifica a la sociedad civil en exclusiva con las ONG's y a la cultura solo como sinónimo de arte, no se puede entender esta propuesta. Tradicionalmente, al reflexionar sobre la realidad cubana, se han privilegiado dos perspectivas para el análisis: desde el Estado y el espacio de lo político, o desde el mercado y el espacio de lo económico. Y ello ha condicionado el conjunto de los temas sobre los que se reflexiona y se discute: un Estado reforzado o uno debilitado, estas o aquellas estructuras políticas, más mercado o menos mercado, un mercado más libre o más controlado. Se absolutizan como referentes lo que se entiende como índices económicos (por ciento de crecimiento, rentabilidad, producto interno bruto, etc.) o índices políticos (capacidad de movilización, membresía de las organizaciones establecidas, poder y autoridad, legislación y marco jurídico, etc.).

 ¿De qué se trata entonces en esta recopilación de ensayos? ¿De proponer un tercer enfoque alternativo, que no sea político ni económico, sino cultural? Es una pregunta mal formulada. Recordemos, ante todo, que ningún concepto ha sido tan empleado y tan discutido en las ciencias sociales cubanas y en nuestra escena política en los últimos diez años como el de sociedad civil. No se discute tanto sobre un concepto si el mismo no está imbricado, de alguna manera, con el poder. Y la política y la economía son el poder. La dimensión política del concepto de sociedad civil estuvo clara en la propia posición que en un inicio asumieron dos grupos. Tanto para los profesionales de la contrarrevolución y los representantes de una cierta ideología liberal no-nacional católica, como para algunos poco avisados publicistas criollos insertados en estructuras de los aparatos ideológicos del Estado, asumir el uso del término “sociedad civil” o rechazarlo era sinónimo de, a la inversa, rechazar o aceptar el ideal socialista. Es entonces de por sí evidente que utilizar el recurso de la sociedad civil no puede significar, en modo alguno, rehuir o evitar la cuestión de la política o la economía. Se trata, sí, de un tercer enfoque. Alternativo, pero no por exclusión de los otros dos, sino por ser más abarcador. Porque nos permite plantearnos la política y la economía desde una perspectiva más amplia. No como dos formas diferentes y separadas de actividad humana, sino como dos modos interpenetrados de existencia del todo social. Porque al colocar el término “sociedad civil” en una misma ecuación con el inesperado término de cultura, desde el título se le está haciendo un guiño al lector para que comprenda que aquí se está intentando un esfuerzo diferente. Que frente a los análisis estrechamente sectorialistas y cerrados de la política y la economía (que precisamente por el angostamiento de su enfoque no nos permiten entender ni a la una ni a la otra), ahora se nos propone una perspectiva que nos permite mirar a nuestra sociedad como totalidad orgánica. Se nos propone un análisis social. No se trata simplemente de emplear un término, sino de utilizar una conceptualización y un punto de partida o de posicionamiento teórico desde el que asumir una realidad (lo que es más complejo y profundo que simplemente interpretarla). Y asumir la realidad social desde la perspectiva de la sociedad civil implica pensarla de un modo diferente. La realización de este empeño significó para el autor de estos textos la exigencia de enfrentar dos desafíos: uno de carácter gnoseológico y otro de carácter político.

 ¿Cuál es el reto gnoseológico? El concepto de sociedad civil se puede asumir desde dos interpretaciones diferentes. Una es la interpretación liberal (recordemos que este concepto procede del liberalismo). En el liberalismo contemporáneo (no en el clásico, que estableció otra comprensión) se ha fijado una interpretación desmedidamente reduccionista del mismo: la sociedad civil como lo opuesto a la sociedad política y al Estado, como espacio definido en exclusiva por la asociatividad libre y voluntaria; el reino de lo privado. A su vez, el Estado se identifica tan sólo con el conjunto de instituciones públicas represivas (ejército, tribunales, poder ejecutivo y legislativo, etc.) y se le entiende como situado aparte y por encima de la sociedad. Su función sería la de gendarme. Ello es congruente con una visión específica sobre el poder. Se entiende al poder como algo que aparece después de que la sociedad se ha estructurado (como epifenómeno). Puede asumirse así porque el poder es visto en exclusiva como represión y coerción. Entonces todo queda claro: de una lado estaría la sociedad civil y del otro el Estado y la sociedad política. Consustancial a la interpretación liberal de la sociedad es un modo de pensamiento que podemos catalogar como positivista. El pensamiento positivista es un pensamiento “identificador” y “cosificador”. Cada uno de sus conceptos se identifica con un referente tangible, sustancial, visible. Con una cosa. Entiende a la sociedad como una sucesión de espacios bien definibles y diferenciados entre sí, situados unos al lado de otros y cada uno con su dinámica específica; espacios en los que, a su vez, existen cosas, también diferenciables y perceptibles. Así, en el espacio de la sociedad política existirían cosas como el Estado y los partidos políticos; en el de la sociedad civil, las ONG's; en el espacio de la economía cosas como las mercancías, los instrumentos de trabajo, el dinero, etc. Y así sucesivamente. Se les concibe como espacios delimitados, demarcados, cercados, conteniendo cosas en ellos. A cada espacio correspondería una rama del saber, una ciencia social particular que estudia eso y solo eso, sin mirar para los lados, para las “fincas” propiedad de otras ciencias sociales. Esta concepción se fija incluso en el lenguaje y el sentido común, haciendo familiares para cualquier ciudadano de a pie las referencias de tipo disyuntivo y dicotómico, como cuando se nos habla de la relación entre “Estado y sociedad”, o cuando se nos diferencia entre lo político, lo económico y lo social.

 Aunque pueda parecer paradójico (no lo es en el fondo) hay toda una tradición dentro del pensamiento marxista que tributa al liberalismo y al positivismo. Comulga con sus esquemas conceptuales y patrones gnoseológicos, aunque no se de cuenta. Cuando nos presenta la variante mecanicista y economicista de la relación base-superestructura, asegurándonos que primero surge la base (la economía) y después la superestructura (y en ella el Estado), reproduce la interpretación liberal del Estado y el poder como epifenómenos. La figura del “Estado de todo el pueblo” es la traducción stalinista de la idea liberal de un Estado situado por encima de las clases y árbitro de sus relaciones. Ese marxismo rechazó siempre el concepto de sociedad civil, porque lo asumió en la visión tardoliberal de la misma, ignorando el sentido mucho más complejo que se le asignó durante los dos siglos del pensamiento liberal clásico (de Hobbes a Hegel). No podía entender la atalaya que ofrece para la interpretación de lo social, ni traducir esta idea en términos asimilables y coherentes con los de una teoría revolucionaria. Lo que si comprendió es que no era congruente con su antimarxiana interpretación estadocéntrica del socialismo.

 Pero existe otro modo de asumir la realidad social, animado de un pensamiento conscientemente crítico, totalizador y descosificador. Verdaderamente revolucionario, por tanto. Hunde sus raíces en el siglo XVIII, pero tiene su expresión fundante (en su doble acepción, como base y como inicio) en Marx y en Gramsci. Entiende a la sociedad no como conjunto yuxtapuesto de cosas, sino como un sistema de relaciones. Al Estado como el conjunto de estructuras e instituciones que consolidan al poder. Al poder como principio estructurador del todo social, y por ende no únicamente en su esencia represiva, sino también y principalmente en su esencia productiva. Concibe al poder no solo ni esencialmente como dominación, sino como hegemonía, como capacidad de una clase de conformar el ambiente cultural-espiritual de la sociedad. Y a la sociedad civil no en contraposición mecánica con la sociedad política y el Estado, sino en su relación de interpenetración con ambas, entendiéndola como el conjunto de estructuras e instituciones que condicionan la socialización del individuo y la producción social de sentido, esfera de existencia de la cultura. Por lo tanto, como punto de anclaje fundamental del poder y arena por excelencia de la lucha política.

 La solución de esta tarea gnoseológica implicó para Rafael plantearse un reto político. Se trataba de una manera diferente de pensar y de proyectar la revolución y el socialismo. Diferente a como se había hecho tradicionalmente desde la chatura de un marxismo ramplonamente economicista y empedernidamente estadolátrico. Una concepción que no se agotaba en los términos estrechamente políticos de toma del control de las instituciones públicas represivas, ni en los estrechamente económicos de estatalización de los medios de producción, sino en los términos verdaderamente políticos y económicos de socialización del poder y socialización de la propiedad. Que comprendía a esta transformación, por verdaderamente política y económica, como complejo proceso socio-cultural de creación de un modo de vivir y de pensar raigalmente nuevos, de construcción de una hegemonía de signo radicalmente diferente. Y que veía la garantía de ello en la creación de una cultura y una sociedad civil desenajentantes y liberadores. La idea de sociedad civil no se usaba como instrumento para negar la validez del ideal socialista, sino para plantearlo de un modo más radical. Recordemos que Marx dijo que ser radical era ir a la raíz, y que la raíz era el hombre mismo. Y asumir la perspectiva que se condensa en los conceptos de hegemonía y sociedad civil significa colocar al hombre, a la producción de su subjetividad, en el centro de la reflexión.

 La urgencia de este modo de pensar se impuso a partir de los procesos que se han vivido en los últimos años. Y no sólo de lo ocurrido en la arena internacional, con el desplome del autodenominado “socialismo real”, sino sobre todo a la luz de los cambios vertiginosos y profundos que han ocurrido en Cuba en este período. Creo que es por eso que quienes hicieron la presentación de este libro la tarde del 25 de mayo del 2000 en el Centro Juan Marinello, se refirieron a lo que denominaron como la saga del intelectual revolucionario en la Cuba de los ‘90. Pensar el cambio en medio del cambio era el desafío que la época imponía. Atreverse a avanzar una óptica - más radical por humanista - para el análisis y la predicción en un contexto de rápidas y profundas transformaciones. Arriesgarse a romper con los esquemas al uso y renunciar a las variantes maniqueas promovidas por cipayos y talibanes. La labor de Rafael Hernández es ejemplar testimonio del papel desempeñado por aquellos que desatanizaron el instrumental teórico dentro del cual encuentra su lecho de acomodo la interpretación revolucionaria de la sociedad civil, y nos descubrieron otra vía para pensarnos, para encontrar un nuevo modo de construirnos que, en su novedad, mantuviera la continuidad con lo mejor de un ideal.

 Lo primero era pensar al propio cambio. Al que se estaba dando a lo interno, entre nosotros. Sus causas y sentido. Desde el dogmatismo se entendió que se debía únicamente a la presión sorpresiva de indeseados factores externos, y por tanto lo valoraba como algo espurio y transitorio. Desde el marxismo crítico-revolucionario se le valoró como resultado no sólo del abrupto cambio en la correlación internacional de fuerzas, sino sobre todo como necesidad emanada de los propios procesos internos provocados por la revolución, por la maduración de las dinámicas de cambio y desarrollo desencadenadas por ella. Resultado del desarrollo de la nueva subjetividad social. La aparición de nuevos grupos y relaciones sociales, de una nueva generación, la acumulación de los cambios culturales, etc., todo ello hacía necesario y por lo tanto legítimo al cambio. Y estos cambios tenían que implicar el crecimiento de la sociedad civil y el esfuerzo por fortalecer a la sociedad civil revolucionaria.

 Destacar la centralidad de la cuestión de la sociedad civil para pensar los cambios en Cuba implicaba abandonar las tradicionales visiones estrechamente sectorialistas y mirar nuestra realidad desde una perspectiva social. Y aquí nos topamos con un primer obstáculo: una parte sustancial e importante de la ciencia social cubana (yo diría mayoritaria) no estaba preparada para ello. No es casual que los dos artículos de Rafael Hernández que abrieron al público el tema de la sociedad civil hayan aparecido en la revista de la UNEAC. Creo que la única causa no residió solamente en que aquella fuera una de las escasísimas revistas que sobreviviera durante esos años de contracción editorial. Ante el retraimiento de muchos, obligados por profesión a reflexionar sobre los procesos que se estaban dando y, más importante aún, proponer vías, soluciones, proyectos, destacar errores, limitaciones, etc., el envite se aceptó desde centros como la UNEAC y el entonces CEA, y se asumió la tarea que otros rehuían (por incapacidad intelectual o miedo político). Se dio la situación cuando menos curiosa de que fueran artistas (sobre todo jóvenes) y especialistas en la teoría social no vinculados a instituciones tradicionales, los que ocuparon en esos años el escenario del debate. Saliendo del cono de sombras en el que habían permanecido durante los tres quinquenios negros para la ciencia social cubana, y marcando ahora pautas de reflexión, reapareció un grupo de intelectuales revolucionarios, ausentes hasta entonces de los aparatos ideológicos del Estado encargados de la reproducción y circulación del pensamiento social marxista en nuestras escuelas y universidades, y que había encontrado refugio en aquellos otros dirigidos al debate teórico-ideológico con el exterior. La vida demostró pronto la endeblez de esta artificial división (o mejor, separación) del trabajo intelectual. Amplios sectores de nuestra intelectualidad, encargados de educar a las nuevas generaciones en un marxismo deslavado, no pudieron cumplir su cita con la historia (recuérdese los acalorados rechazos a la enseñanza del marxismo en las universidades a principios de los 90).

 Por otra parte, asumir el punto de vista de la sociedad civil tiene implicaciones conceptuales en el campo de la interpretación teórica del socialismo. La primera es comprender que la contradicción esencial no es la que se formula en términos de sociedad civil versus sociedad política o Estado, sino la que se plantea en términos de sociedad civil versus sociedad civil. Es decir, la contradicción, al interior de ella misma, entre aquellos momentos constitutivos que confluyen hacia la hegemonía del gran capital internacional y aquellos que la desafían y tributan a la conformación de una hegemonía liberadora. Es en la sociedad civil donde se juega el destino de nuestra revolución. La segunda se deriva de la anterior, pues al desplazarse el centro de la atención a la conformación de una hegemonía de nuevo tipo, se avanza hacia un primer plano la dimensión cultural (en el sentido más amplio del concepto) de la cuestión del poder. Ello significa la necesidad de una concepción renovada de la política, que ya no se puede entender como construcción de un consenso pasivo, como política pastoral y mesiánica. En una intervención pronunciada el 13 de enero de 1996 (y que no ha tenido la repercusión que a mi juicio merece), Armando Hart insistía en la necesidad de hacer una política “culta”, entendiendo por tal aquella que promueve la comunicación entre los diversos sectores sociales, el diálogo democrático en el seno del pueblo, desarrollando la capacidad de autorreflexión y de autoanálisis. En plena consonancia con aquel apotegma fundante que proclama que esta revolución no le dice al pueblo cree, sino le dice lee, la política ha de ser entendida como el arte de promover a nivel social un pensamiento que, en tanto revolucionario, tiene que ser autónomo, crítico y orgánico. La tercera es que admitir la esencialidad de la lucha al interior de la sociedad civil entre elementos de signo hegemónico contrapuestos, significa comprender la existencia no sólo de contradicciones internas en nuestra sociedad, sino también de contradicciones antagónicas, rompiendo con aquellos esquemas simplistas que presentaban al socialismo como homogéneo y armónico. Antagonismo que colorea las relaciones de los sectores populares con aquellos grupos que, dotados de un cierto poder económico por su vinculación a los nuevos patrones de acumulación, están objetivamente interesados en promover el libre desencadenamiento de las fuerzas del mercado, pero también con la burocracia inmovilista enquistada en las instancias de control y dirección.

 En otra ocasión, Hart también afirmó que la gran originalidad de la revolución cubana debe seguirse expresando en la sociedad civil. Con ello destacó una idea importante. Nuestra revolución tuvo una importante fuente en la sociedad civil cubana de los ‘50. La audacia de sus planteamientos, la rapidez y profundidad de sus conquistas, sólo pueden comprenderse si se analizan al trasluz de las potencialidades contenidas en aquella sociedad civil. Por cierto, 40 años después y una crisis de por medio, la historia ha demostrado que, una vez más, si Cuba sobrevivió, no fue por sus riquezas económicas o por argucias políticas, sino por su “capital cultural”, que arranca del Siglo XVIII y del que la revolución puede considerarse a la vez heredera e impulsora. La originalidad de la revolución cubana en los años ‘60 se expresó en la energía que, procedente de la vieja sociedad civil, se volcó en la conformación de un nuevo entramado cultural, de mucha mas riqueza y diversidad de relaciones por la irrupción de clases y fuerzas sociales antes preteridas, y que ahora aparecían como agentes políticos porque eran, por primera vez, agentes culturales, fuerzas de generación y construcción de nuevos ideales, principios, formas de vida, vocabulario, etc. ¿Cómo entonces temerle al concepto de sociedad civil? O más aún, ¿cómo temerle a los procesos objetivos recogidos en este concepto?

 Debemos agradecerle a la editorial Letras Cubanas el buen tino de agrupar en un volumen seis trabajos de este autor, datados todos en un arco epocal que se extiende entre 1993 y 1999, y facilitarnos así la consulta de textos que de otra forma serían de muy difícil consulta hoy en día. Cuatro de ellos habían aparecido anteriormente en La Gaceta, pero dos permanecían prácticamente desconocidos para el público cubano: uno había visto la luz en una revista venezolana en 1998, y el segundo permanecía inédito hasta ahora, pues se trata de una conferencia impartida en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales en 1995.

 En la Introducción de este libro, su autor nos presenta en forma inmejorable, por su precisión y brevedad, los ensayos que lo componen. El primero, “Mirar a Cuba. Notas para una discusión”, ha adquirido ya para muchos, con razón, carácter de clásico, pues marca un momento inicial en el arranque del debate en Cuba sobre el tema de nuestra sociedad civil. Los dos que le siguen (“La sociedad civil y sus alrededores” y “La otra muerte del dogma. Notas sobre una cultura de izquierda”) polemizan con sendas posiciones específicas en el uso y sentido de ese concepto. El cuarto y quinto ensayos (“Sociedad civil y política en los años noventa” y “¿Hacia una nueva sociedad socialista?: cambios, crisis y configuraciones sociales en Cuba”) constituyen clara manifestación de lo expresado por el autor en la referida Introducción, en el sentido de que está mas interesado en los usos analíticos del concepto de sociedad civil, en el tipo de enfoque de la política y la cultura que nos puede proveer, que en las definiciones teóricas del mismo. El sexto ensayo, titulado “Sobre el discurso”, es una verdadera joya de la ensayística política cubana de este final de siglo, pues en su brevedad (apenas 16 páginas) nos entrega una enjundiosa reflexión sobre un tema muy poco tocado entre nosotros: las relaciones entre los discursos, la política y la (nuestra) sociedad.

 Rafael ha tenido la inteligencia de sentirse inquieto. Y vuelca su inquietud en acción. Una muestra de ella son estos ensayos. No ofrecen al lector soluciones acabadas. Su importancia radica en su capacidad de incitación. Incitan al lector a intentar una mirada diferente. Y a enfrentar el desafío de atreverse a encontrar lo que se busca.

La Habana, agosto 2000.