El psicoanálisis no debe ser comprendido como
una sicología en el sentido de una teoría funciona-
lista del comportamiento. Su teoría, precisamente
allí donde parece ocuparse de funciones psíquicas,
es siempre “teoría de la interacción”.
Alfred Lorenzer
Toda reificación es un olvido.
M. Horkheimer y T.W. Adorno
Este final de siglo es una época de crisis. La conciencia de la crisis, la percepción de su existencia, tiñe todos los discursos y formas de expresión del hombre actual. En sus muy distintas manifestaciones es, por sobre todas las cosas, una crisis del sujeto, una crisis de la subjetividad humana. Los modelos producidos y distribuidos socialmente para que los hombres se piensen a sí mismos, piensen la realidad circundante y se representen sus metas de realización, no logran ya cimentar la búsqueda de la identidad en los seres humanos contemporáneos, navegantes sin brújula en un piélago de dudas y desafíos sin precedentes.
Una época de crisis, porque es la crisis de una época. El historiador inglés Eric Hobsbawn señalaba lo peculiar de un siglo XX que, en tanto período histórico, ha sido el más corto en mucho tiempo: empezó en 1917, con la aurora roja de la revolución soviética, y concluyó en l989 con el derrumbe del muro de Berlín y del experimento del fementido “socialismo real”. El alfa y el omega de este siglo XX no remiten, simplemente - como superficialmente han creído algunos - al inicio y al fin de un panorama político internacional caracterizado por el enfrentamiento antagónico entre dos sistemas sociales diferentes. Marcan esencialmente el inicio y el final de un intento de reconstrucción de la subjetividad humana que se presentó a sí mismo como “comunismo”. Porque la actual crisis finisecular del sujeto sólo puede entenderse plenamente si nos remitimos y la relacionamos con la crisis similar que se vivió en el período comprendido entre 1870 y 1914. Fueron aquellos años también de crisis del sujeto. En este caso, de crisis del sujeto liberal [1] Es decir, del modelo que desde 1789 - o tal vez desde antes, desde el siglo XVII de la revolución inglesa y el cartesianismo - presentaba la burguesía liberal como ideal del nuevo sujeto construido por ella: auto-centrado, racional, plenamente consciente de sí y de sus capacidades, habilitado para - aplicando el criterio de maximización de ganancias - crear un nuevo mundo de objetos que permitirían obtener la felicidad a la raza humana.
Las terribles realidades sociales provocadas por el proceso de industrialización (pauperización, explotación, enajenación), la ausencia de democracia en los sistemas políticos liberales decimonónicos, y el inevitable tránsito del capitalismo de libre concurrencia - con sus promesas de amplias posibilidades para todos - a un capitalismo monopólico, concentrador de la riqueza y de la carencia de propiedad, revelaron la irrealidad de la imagen del “sujeto liberal” y provocaron el rechazo a las formas alienadas de subjetividad a él vinculadas. Las formas de la conciencia cotidiana y del arte de fines del siglo XIX expresaban esta comprensión - a veces, sólo intuición - de la crisis del sujeto liberal.
En el pensamiento teórico-social, en la intelección filosófica, la denuncia al sujeto liberal se venía expresando desde mediados del siglo XIX. Marx fue el iniciador de la crítica al carácter enajenante de la subjetividad producida por el capitalismo. Casi cincuenta años después, Sigmund Freud descubriría el inconsciente y demostraría la esencia represiva de la civilización burguesa.
Si el año 1917 marcó el comienzo de una nueva época, fue porque la revolución bolchevique parecía anunciar el inicio de nuevas búsquedas para superar la bancarrota espiritual a la que había conducido la alienada subjetividad generada por el capitalismo liberal. El siglo XX - que se abría ahora, l7 años después de su inicio cronológico - prometía ser la era en la que nuevas constelaciones de relaciones sociales permitirían salvar la crisis del fin-de-siecle. La historia de este “siglo” (1917-1989) es la de los afanes por encontrar una salida a la crisis del sujeto liberal y a la de su sustrato material: el capitalismo liberal. Crisis que marcó su punto de no retorno con la dramática eclosión de 1914. Estos años han registrado los distintos intentos realizados - desde la izquierda pero también desde la derecha - por hallar una solución a las aporías del liberalismo: el ensayo del “socialismo real”, el fascismo, la construcción del capitalismo de estado (y su manifestación para el consumo de masas: el “estado de bienestar”) demuestran que el impulso hacia el “cambio de la subjetividad” constituía una urgencia sentida en los mas diversos estratos sociales. Los procesos que se desencadenaron a partir del Octubre Rojo continuaron la “rebelión del sujeto” que había comenzado en el siglo XIX. La historia de este siglo XX es la del fracaso de su cometido como época: encontrar los caminos para permitir a la subjetividad humana desembarazarse de las estructuras que lo aherrojaban. La crisis de este fin de siglo tiene las mismas raíces de la del anterior.
Pero no estamos en el mismo punto que hace cien años. Tenemos algo con lo que entonces no contábamos: la experiencia. Si logramos asumirla críticamente, podremos interrogarla, para encontrar las claves que nos permitan volver a empezar sin repetir los errores. Si Marx y Freud fueron los pensadores que lograron fundar las dos únicas teorías verdaderamente críticas sobre el sujeto, sobre la sociedad y la cultura, un buen punto de partida sería el de analizar como se expresó, en el impulso crítico que ambos echaron a andar, la contraposición al modelo del “sujeto liberal”, y preguntarnos también cómo se relacionaron estos dos “impulsos críticos” entre sí en la realización de esta tarea. Propongo entonces pasar a reflexionar sobre el tema de la relación entre psicoanálisis y bolchevismo.
Replanteando la cuestión: psicoanálisis y bolchevismo.
El adecuado planteamiento del problema
contiene ya en sí la mitad de su solución
Carlos Marx
Lo usual ha sido plantearse la cuestión en términos de relación entre el marxismo y el freudismo. Th. McCarthy afirma con toda razón que ya se ha vuelto un lugar común la tesis de la reconciliabilidad de las ideas de ambos pensadores (McCarthy:230). Incluso se llegó a acuñar el término “freudomarxismo” para designar los muy variados intentos de vincular sus doctrinas. Pero los resultados arrojados por las distintas variantes del freudomarxismo (desde las iniciales de W. Reich en los ‘20 hasta las de Marcuse en los ‘60) no sólo han sido contradictorios y dispares, no sólo han encontrado el rechazo expreso del marxismo y el freudismo “institucionalizados”, sino que tampoco han logrado establecer un fundamento conceptual lo suficientemente sólido como para vencer este rechazo y permitir cimentar firmemente la idea de la congruencia entre ambas doctrinas. La relación entre marxismo y freudismo sigue siendo, cuando no de franca repulsión, al menos de extrañeza.
Situación más que anómala, si partimos (y este si condicional es importante) de entender a ambas como las únicas teorías críticas existentes sobre la subjetividad. Y por ende como instrumentos indispensables para reflexionar sobre la crisis actual. Una clave importante para salvar esta situación de desencuentro nos la brinda el psicoanalista suizo Mario Erdheim: la razón de la incomunicación estriba en que se ha prestado más atención a las teorías como tal, que a las enseñanzas que se derivan de sus respectivas prácticas (Erdheim: 45).
Esto implica replantearse la cuestión. No continuar pensando al marxismo y al freudismo como dos teorías más, como dos simples sistemas conceptuales como tantos otros que existen en las ciencias sociales, sino reflexionar sobre el nexo entre dos doctrinas que encaminan su intención a la crítica de las patologías sociales; que tienen ambas, por la tanto, una intención terapéutica [2] . Centrar la atención en ambos (marxismo y freudismo) como dos modos de ejercer la crítica de la subjetividad alienada. Pensar entonces en términos de la relación entre psicoanálisis y bolchevismo, en tanto ambos constituyen los dos modos de praxis crítica en que estas doctrinas se materializaron; dos métodos específicos, históricamente registrables, de interacción práctica para intentar salvar la crisis del sujeto.
Los orígenes de una relación.
La historia de las relaciones del psicoanálisis y
el marxismo es la historia de un malentendido
organizado por ambas partes.
Helmut Dahmer
Tradicionalmente, referirse a la relación entre psicoanálisis y bolchevismo se ha restringido al simple recuento histórico. Se ponen ejemplos que constatan la existencia de un movimiento psicoanalítico de relativa fuerza en la Rusia soviética de los años ‘20, para después pasar a narrar cómo ese movimiento fue reprimido por el termidor stalinista. El análisis se limita a afirmar que la joven revolución tuvo una posición que se califica de tolerante y permisiva hacia el psicoanálisis, y que transitó posteriormente a la “resistencia” o “rechazo” al mismo, debido a la “incapacidad del stalinismo” para operar una “recepción crítica-dialéctica” de aquel [3] .
Esta posición, por asumir como “naturales” procesos que en nada lo fueron, no permite darle explicación a dos cuestiones fundamentales. La primera es por qué, si hasta ese momento lo que primaba entre el movimiento freudiano y el marxista era el desconocimiento y la incomunicación, fue precisamente con el Octubre Rojo que comienza la historia de las relaciones entre ambos, relaciones signadas inicialmente no por el rechazo, sino por el intento de acercamiento y mutuo enriquecimiento; y por qué coincidió con los primeros años del gobierno bolchevique que el psicoanálisis ruso adquiriera una fuerza que nunca antes había tenido. La segunda cuestión es por qué esa situación inicial (de mucho más que simple “tolerancia y permisividad”) dio paso a la denuncia del psicoanálisis como “ideología burguesa”. Sobre todo, en tanto un hecho significativo llama la atención: en la misma época en que se ahogaba al movimiento psicoanalítico se eliminaba - incluso físicamente, en la persona de sus principales figuras - al bolchevismo como concepción política.
Estas dos cuestiones permiten afirmar que la relación entre el psicoanálisis y el bolchevismo no fue de simple coexistencia temporal y espacial, sino que se trató de algo más profundo y orgánico. ¿Sería absurdo pensar en una relación de complementación, de coherencia, entre ambas?
Cómo apunta Dahmer, antes del estallido de la I Guerra Mundial ni el materialisnmo biológico freudiano ni el materialismo histórico marxista se habían convertido en un problema el uno para el otro (Dahmer 1982: 241). El marxismo de la II Internacional se situaba en la “tradición anti-psicológica” en la que figuraban tanto los grandes sistemas idealistas cómo la sociología clásica, desde Comte y Durkheim hasta Simmel y Weber. Prisionero de una concepción economicista y mecanicista de la historia, establecía una relación directa entre la situación social, los intereses colectivos, y la conciencia y la actividad política, con lo que la determinación subjetiva del individuo potencialmente revolucionario quedaba fuera de su reflexión. Pero incluso en figuras principales del marxismo revolucionario, alejadas de toda interpretación objetivista del proceso social, tales como Lenin, Rosa Luxemburgo, Karl Korsch o Bujarin, pueden buscarse en vano huellas de un conocimiento de la teoría de Freud. La única excepción la constituye Trotski, quien en un período posterior, en carta a Pavlov del 23 de septiembre de 1923, relató su “descubrimiento” del psicoanálisis en los años de pre-guerra [4] . Por su parte, la Asociación Psicoanalítica de Viena efectuó el 10 de marzo de 1909 una reunión para - por primera vez - discutir el tema “Marxismo”, en la que participaron figuras como Freud, Adler, Stekel y otros. La lectura de las actas revelan el desconocimiento del tema y la conciencia todavía muy limitada de los posibles puntos de intersección entre las dos doctrinas (Dahmer 182: 251).
Los sucesos de octubre de 1917 y las tormentas políticas que conmocionaron posteriormente a Europa cambiaron esta situación. El estallido de la revolución comunista en un país tan atrasado como la Rusia zarista y la energía creadora de la voluntad revolucionaria subrayaron la importancia del “factor subjetivo”, que se convirtió en un importante problema de la reflexión social en el período entre guerras. La energía procedente de la revolución bolchevique replanteó la cuestión de los nexos entre marxismo y psicoanálisis. Dos hechos casi simultáneos lo corroboraron. En abril de 1919 el gobierno húngaro de los consejos - de carácter comunista y clara inspiración bolchevique - fundó, en el marco de su reorganización de la Universidad de Budapest, por primera vez en Europa y en el mundo, la cátedra de psicoanálisis, y nombró al frente de ella a Sandor Ferenczi, uno de los más importantes seguidores de Freud. El experimento tuvo una duración tan breve como la de la revolución húngara: la contrarrevolución burguesa triunfante eliminó la enseñanza universitaria de la teoría freudiana. Por esos mismos días, apareció publicado en Viena (primero en entregas en un periódico, y más tarde en forma de folleto) el ensayo de Paul Federn “Psychologie der Revolution: Die vaterlose Gesellschaft”, dedicado a la aplicación del psicoanálisis al estudio de la psicología de la revolución y a la exaltación de la importancia del ensayo bolchevique (Dahmer 1982 : 258 ss ; Kätzel : 33 ss). Ambos momentos demuestran que, para los contemporáneos del asalto al Palacio de Invierno, la confluencia del psicoanálisis y la revolución comunista era algo indiscutible.
En los primeros años de la revolución rusa, el psicoanálisis encontró apoyo expreso en las círculos oficiales soviéticos, en tanto teoría materialista sexual-revolucionaria. Fueron muchos los políticos, educadores, psicólogos y filósofos que comprendieron el carácter de crítica subversiva de los fundamentos morales de la sociedad burguesa que representaban las ideas de Freud, y la dimensión revolucionaria de su descubrimiento de que los deseos pulsionales del individuo son incompatibles con las normas de una cultura basada en la represión y la dominación. En ello reside la explicación - y no en una simple política de “tolerancia” - del desarrollo del movimiento psicoanalítico ruso, la continuación de las actividades de la Liga Psicoanalítica Rusa, la publicación en ruso de las obras de Freud, la realización de los primeros intentos prácticos de educación infantil de orientación psicoanalítica, realizados por Vera Schmidt por un lado y por Spielrein por otra (Castilla del Pino : 15) y las investigaciones que realizó Wilhelm Reich en la segunda mitad de los ‘20 en la URSS.
La recepción inicial del psicoanálisis en los primeros años de la revolución soviética estuvo condicionada por dos factores: el primero es que, en la lucha contra el misticismo y el idealismo predominantes en la filosofía rusa pre-revolucionaria, el programa de construcción de la nueva filosofía soviética, se basaba - por indicación expresa de Lenin [5] - en la defensa de la dialéctica y en el establecimiento de una fuerte alianza entre el materialismo y la ciencia natural; el segundo, la necesidad de luchar contra el predominio del idealismo en la psicología tradicional rusa. Kätzel hace un detallado estudio de este proceso (Kätzel : 44-49; 108-165). Las principales figuras de la psicología rusa pre-revolucionaria (Lapsin, Chelpanov, Lopatin, Loski) propagaban concepciones místico-religiosas sobre el “alma humana”. Como reacción ante el predominio del idealismo en esta ciencia, en la joven república surgen un conjunto de escuelas - la reactología, el behaviorismo, la reflexología de Pavlov, el monismo neurobiológico - que buscaban la fundamentación del estudio objetivo de los procesos psicológicos mediante métodos fisiológicos perfeccionados (Kätzel : 45). Es en este contexto que debe entenderse la percepción del psicoanálisis que predominó entonces en la Rusia soviética. El rechazo y la hostilidad de que era objeto por parte de muchas instituciones burguesas debido al abierto tratamiento que hacía del tema sexual, y la interpretación materialista-biologicista del propio Freud sobre su teoría, fomentó en la Rusia soviética la impresión de que esta poseía un carácter anti-burgués, y de que podía ser de importancia en la necesaria tarea de desarrollar una psicología marxista. Sus partidarios soviéticos (Vigotski, Luria, Fridman, Zalkind, entre otros) utilizaron como argumento principal la idea de que era congruente con el punto de partida fisiológico en la psicología, en especial con la reflexología pavloviana. Nótese que tanto la carta de Trotski a Pavlov como su artículo de 1926 antes mencionados fundamentaba la defensa del psicoanálisis en la tesis de su supuesta compatibilidad con la teoría de los reflejos. Esta era la misma idea defendida por Vigotski y Luria en sendos trabajos aparecidos en 1923 [6] . El psicoanálisis soviético nació marcado por esta auto-interpretación mecanicista y fisiologizante [7] .
A partir de 1924, después de la muerte de Lenin, se inició el retroceso en la vida política y espiritual soviética. El marxismo fue despojado de su carácter de concepción crítica sobre la enajenación del hombre y el proceso de su desenajenación positiva, y convertido en “ciencia” legitimadora de una interpretación economicista y objetivizante del proceso histórico. Aunque teñido de una auto-percepción fisiologizante, el potencial crítico del psicoanálisis no podía ser aceptado en el nuevo encuadramiento totalitario de la sociedad que comenzaba a construirse. El ataque al psicoanálisis se enmarcó en el contexto de la lucha entre los “mecanicistas” y los “formalistas”, las dos principales tendencias de la filosofía soviética, debate que tuvo lugar en la segunda mitad de la década del veinte y que signó el desarrollo posterior del pensamiento filosófico en la URSS (Suvorov : 163-173). Los “mecanicistas”, lidereados poro Skvortsov-Stepanov y Timiriazev, intentaban reducir las complejas formas de movimiento de la materia al movimiento mecánico. En su opinión, la dialéctica materialista debía ser traducida al lenguaje de las leyes mecánicas (ibid : 171). A ellos se enfrentó A. Deborin, considerado entonces la máxima figura de la filosofía soviética, director de la revista “Bajo la bandera del marxismo”. El grupo de los “deborinistas” se llamaba a sí mismo “los dialécticos”, pero eran denominados por sus oponentes como “formalistas”, por considerar que su interpretación de la dialéctica materialista era abstracta y no rebasaba los marcos de la dialéctica hegeliana. La polémica entre estos dos grupos asumió un carácter extremadamente escolástico, y sólo nos interesa por su incidencia con la historia del psicoanálisis en la URSS. El éxito inicial correspondió a Deborin: el “mecanicismo” fue descalificado oficialmente como “forma específica de resurgimiento del positivismo en la filosofía soviética” (ibid : 172). El psicoanálisis fue criticado como forma de expresión del “mecanicismo”. El primer ataque de Deborin a esta teoría apareció en la revista “El materialista militante” en 1925. En ese mismo año aparecieron otros ataques en la revista “Bajo la bandera del marxismo”, escritos por W. Jurinetz y A. Thalheimer [8] . En el momento de su triunfo sobre los “mecanicistas”, Deborin los caracterizaba como “un bloque singular, compuesto por freudianos, antiguos y recientes machistas, y por partidarios abiertos y encubiertos del empirismo y el materialismo mecanicista” (Dahmer 1982 : 263). La condena oficial a los “mecanicistas” implicó la descalificación ideológica del psicoanálisis. Los mecanicistas fueron vinculados a lo que se denominó como “desviación de derecha” de Bujarin. Posteriormente le llegaría el turno a Deborin y los “formalistas”, tildados de trotskistas, y anatemizados en 1930. Kätzel afirma que para principios de la década del 30 había desaparecido casi del todo el influjo del psicoanálisis en la URSS, y que incluso muchos de sus antiguos partidarios se habían separado de él, y destaca el ejemplo de A.B. Zalkind, uno de sus principales cultores, que en el I Congreso para el Estudio del Comportamiento del Hombre, en 1930, no sólo atacó al psicoanálisis, sino que incluso saludó la desaparición de sus raíces en la vida soviética (Kätzel : 131).
En aquel lustro decisivo en la historia intelectual de la URSS, el psicoanálisis pasó de ser considerado un apoyo a la creación de una psicología materialista, a valorarse como expresión del idealismo burgués. Una transformación radical semejante ocurrió con la comprensión del marxismo. Su carácter esencial de crítica a la dialéctica de la cosificación y la apropiación enajenada de la realidad fue eliminado totalmente, para dar paso a un conjunto de supuestas leyes y categorías “universales” que intentaban presentar con carácter de “ciencia rigurosa” lo que no era más que un instrumento ideológico de legitimación de una política. El telos de este marxismo “soviético” no era la crítica, sino la fe (Dahmer 1982 : 269). En opinión de Stalin, “una teoría, cuando es verdadera, proporciona a los que realizan la práctica la fuerza de la orientación, la claridad de la perspectiva, la seguridad en el trabajo y la fe en la victoria de nuestra causa” (ibid). La década del 30 presenciaría la consolidación del sistema del socialismo represivo conocido como stalinismo, pero también el afianzamiento de dos de sus resultados inherentes: la interpretación deformada sobre el marxismo y sobre el psicoanálisis. Y con ello, la identificación de los conceptos de bolchevismo y de sovietismo con el sistema político y las prácticas políticas del stalinismo durante aquellas décadas infamantes.
Tanto el concepto de bolchevismo como el de psicoanálisis perdieron su significado inicial. La interpretación actual de ambos términos carga con una historia de falsificaciones y deformaciones que dificultan extraordinariamente toda reflexión sobre la relación existente entre ellos. Es por eso que un momento fundamental en el estudio de este nexo tiene que pasar por asumir críticamente las interpretaciones que se fijaron en la conciencia social, rechazar la imagen falsa y estereotipada que sobre ellas se han establecido. Y someter también a crítica, si preciso fuera, las formas erróneas de auto-conciencia de ambas.
Exorcizando las palabras.
La palabra psicoanálisis ha llegado hasta nosotros en su versión hollywoodense. Una serie de filmes, desde Las tres caras de Eva hasta Análisis final, han difundido la versión medicalizada del psicoanálisis. Rechazado fuertemente en sus inicios por los centros de producción espiritual de la burguesía (la academia, la iglesia), que vieron con espanto la disección de las normas morales convencionales y del carácter opresivo de su cultura que la nueva teoría implicaba, el psicoanálisis encontró posteriormente acomodo dentro de la cultura de la dominación, al ser transformada en una ciencia auxiliar de la medicina, una rama del saber encaminada a proporcionar alivio a enfermos mentales. Ganó respetabilidad y aceptación profesionalizándose y medicalizándose. El psicoanalista es visto - y en muchos casos se ve el mismo - como un profesional que cura un padecimiento. En la percepción social del psicoanalista, este es un especialista que gana mucho dinero, que acuesta a su cliente - que es entendido y se entiende a sí mismo como un paciente, un enfermo - en un diván y lo deja soliloquear hasta que descubre, en el pasado de este, aquel trauma - siempre de carácter sexual - escondido en el inconsciente y que ha provocado la neurosis. Una vez en posesión del conocimiento de esa vivencia que provoca la alteración de las funciones psíquicas del paciente, la tarea del psicoanalista es la de llevar al paciente el recuerdo, y así curarlo.
En esta interpretación, el psicoanalista - al igual que cualquier otro especialista de la medicina - es el verdadero sujeto de la curación. Es quien realiza la actividad, dirige y controla todo el proceso. El paciente - y la propia palabra lo indica - es un enfermo que tiene que ser conducido, asumiendo el papel de objeto de la actividad terapeútica.
Si vamos a ser justos, esta imagen no la inventó Hollywood. Tan sólo la popularizó y la mejoró. La visión medicalizada del tratamiento de las afecciones psíquicas y mesiánicas del terapeuta, como ente omnisapiente y omnipotente, en cuyas manos ha de entregarse el paciente, es compartida por muchos psicoanalistas desde hace tiempo. Recordemos que Charcot, famoso psiquiatra francés del siglo XIX, del que el mismo Freud fuera alumno y admirador, y que iniciara el tratamiento médico de la histeria, era conocido en su época como “el Napoleón de la histeria”.
Pasemos ahora al bolchevismo. Aquí también encontramos un estereotipo fijado en el imaginario colectivo. La primera visión que acude a nuestras mentes es la de “el hombre con el cuchillo en la boca”. Extremistas y violentos, los bolcheviques serían apenas los precursores del stalinismo y del gulag. Esta es la visión que desde hace decenios difunden sus enemigos. Visión que, sorprendentemente, se acerca en mucho a la que se difundió concienzuda y sistemáticamente desde la propia Unión Soviética. La propia historiografría soviética presentó a los bolcheviques como un grupo de hombres duros, desprovistos de flaquezas humanas, omniscientes, encabezados por el más omnisciente de todos, Lenin. Un Lenin representado gráficamente siempre con el ceño fruncido, la mirada iracunda, y una mano siempre cerrada en forma de puño. Escasean en la hagiografía soviética las imágenes de un Lenin sonriente. Nunca se le representó como alguien que podía tener momentos de duda y flaqueza, y mucho menos como alguien que se equivocó en algo. A Lenin y sus bolcheviques - su “cohorte de hierro”, término que significativamente se utilizó - se les enfocó como un núcleo que creó a los soviets en la Rusia zarista, produjo la revolución y la dirigió por caminos ya previstos de antemano. Talmente como si hubieran sido los únicos sujetos reales de aquel proceso histórico. En el fondo de ambas visiones históricas, de signo político opuesto, subyace un elemento común: una interpretación extremadamente voluntarista de la historia.
Exorcicemos estos conceptos. No aceptemos como válidos las interpretaciones al uso de ambos, y realicemos una labor de disección histórica de lo que inicialmente representaron el psicoanálisis y el bolchevismo, para poder entender por qué a las significaciones iniciales les fueron superpuestas otras escamoteadoras de la verdad.
Significación gnoseológica del psicoanálisis.
Lo extraordinario de Freud no es que se
relacionara con el inconsciente, sino cómo lo hizo.
Mario Erdheim
Para poder entender la significación gnoseológica del psicoanálisis, es preciso relacionar el descubrimiento de la existencia del inconsciente con las características del período histórico en que tuvo lugar. El fenómeno que motivó el surgimiento del psicoanálisis lo constituyó la crisis del individuo burgués, crisis que encontró su representación en toda la cultura de la época, fijándose como “ideal cultural” incluso en la conciencia de sí de los sectores no burgueses (Dahmer 1986 : 157). Mario Erdheim ha hecho un detallado estudio de la interrelación entre los resultados alcanzados en su trabajo científico por Sigmund Freud y las demandas espirituales del momento. Como rechazo al encuadramiento alienante del individuo en el orden de la racionalidad capitalista, tanto el arte como la filosofía expresaban la percepción de la importancia de la existencia de lo subjetivo, de lo irracional, de lo onírico. Tanto en la música de Wagner, como en la filosofía nietzscheana o en las corrientes literarias de fines del siglo XIX y principios del XX tomaba cuerpo esta “sublevación del sujeto”, esta resistencia a la cosificación y estandarización de lo individual. Esta revuelta del sujeto se expresó también en el campo de la medicina (Erdheim 1982 : 17). Apareció la exigencia, mas o menos consciente, de que el enfermo fuera tratado clínicamente como “sujeto”, es decir, como una persona racional, capaz de entender las causas de su mal y el tratamiento del mismo, y no como un simple “objeto”. Esta exigencia se extendió también al campo del tratamiento de las “enfermedades mentales”. Pero la psiquiatría (en tanto rama de la medicina encargada del tratamiento de estas enfermedades), prisionera de la concepción científico-natural de la enfermedad, no pudo afrontar adecuadamente el reto. Tal situación paradójica se advirtió en el modo en que encaró el fenómeno de la histeria. Si tradicionalmente se había entendido a la histeria como simulación, y al histérico como un mentiroso, ya por esos años se extendía la comprensión de la misma como una enfermedad, y se procedía a buscar sus causas. La inserción de la nueva visión del fenómeno dentro de los viejos esquemas de tratamiento de la enfermedad se puede apreciar fácilmente en el ejemplo de Charcot, destacado psiquiatra francés, que iniciara el estudio científico de la histeria y la utilización de la hipnosis (hasta entonces considerada por los médicos como simple charlatanería de feria) en su investigación y tratamiento. Médicos de toda Europa asistían a sus clases. El propio Freud fue su alumno en 1885-1886, y quedó vivamente impresionado por sus resultados y su personalidad. [9] Como ya apunté anteriormente, a Charcot se le llamaba “el Napoleón de la histeria”. Y esta denominación indica a las claras el mantenimiento de la visión tradicional. Charcot dominaba la histeria como Napoleón dominaba el campo de batalla. Era el amo y señor de la curación de los infelices que la padecían, así como Napoleón manejaba las masas de soldados, simples instrumentos en sus manos. El uso de la hipnósis era claro ejemplo de ello. Delante de un auditorio numeroso de estudiantes y especialistas de distintos países, Charcot hipnotizaba a una mujer, aquejada de parálisis histérica, y la hacia caminar, demostrando la inexistencia de causas fisiológicas de la parálisis y, de paso, su dominio del paciente.
Freud regresó a su natal Viena más decidido aún que antes a emprender el tratamiento de la histeria (algo poco deseado por muchos médicos entonces), y a utilizar lo aprendido con Charcot. Pero sus primeras experiencias con pacientes aquejados de este mal (las después famosas “histéricas vienesas”) le demostraron los límites de este enfoque de la psiquiatría académica. Era evidente que la causa de los desórdenes histéricos se encontraba en algún recuerdo penoso para el paciente, en alguna experiencia de vida desagradable, que era “olvidada”. El esfuerzo para mantener en el “olvido” esa vivencia provocaba distintos desarreglos psíquicos e incluso fisiológicos. A través de la hipnosis, Freud lograba acercar a su paciente al recuerdo “prohibido”, pero no podía ni captar la interpretación negativa asignada por esta a aquel, ni lograr que después, en el estado de vigilia, la enferma lograra recordarlo. Freud descubrió con asombro la resistencia ofrecida por la persona, objeto del tratamiento, a recordar y aclarar el significado negativo de lo “olvidado”. Comprendió que la hipnosis colocaba al paciente en una relación de subordinación con respecto al médico, y por lo mismo impedía que llegara a tomar conciencia de aquel hecho traumático que provocaba su padecimiento. No había posibilidad de cura para el histérico si no se le podía ilustrar de la causa de su mal. Pero esa ilustración era imposible con el esquema tradicional del tratamiento médico, en tanto con el mismo sólo se podía lograr una “ilustración” impuesta, proveniente desde fuera del paciente (el terapeuta era el que debía informar al enfermo) y no la “auto-ilustración”, única forma de lograr la recuperación. Entendió que para que su práctica terapéutica, y por tanto ilustradora, lograra su cometido, tenía que subvertir totalmente el esquema clásico de relaciones interpersonales establecido en el campo del conocimiento científico y afianzado por la Ilustración. Fue la comprensión - nada común para aquellos años - de las exigencias de su práctica profesional las que lo condujeron a lograr lo que para los demás de su época estuvo vedado: el descubrimiento y acceso al inconsciente, campo de la subjetividad humana hasta entonces totalmente desconocido.
Al insistir en la necesidad de reflexionar en torno a la significación epistemológica del método terapéutico fundado por Freud, Erdheim apunta a una idea fundamental, de la que muchos - incluido el propio Freud - no han sido conscientes: el método psicoanalítico implica una toma de posición revolucionaria con respecto a los esquemas establecidos de la Ilustración, una subversión de los mismos, a la vez que la conservación de sus intereses crítico-liberadores. Freud pudo hacer historia en el campo de la teoría sobre el hombre y la sociedad, precisamente porque fue capaz de entender - sin interiorizarlo adecuadamente, por cierto - los límites de la Ilustración clásica.
Primer excurso filosófico: La ilustración
Llegados a este punto, es preciso hacer un paréntesis y explicar lo que significó la Ilustración como proceso del pensamiento. Enmarcada temporalmente en el siglo XVIII (“el siglo de las luces”) constituyó la expresión histórica de la ideología burguesa de la emancipación. Surgió en contraposición a la concepción religiosa-oscurantista del mundo, que lo consideraba resultado de la voluntad inexplicable de una esencia sobrenatural. La Ilustración abrió pasó a la interpretación de la realidad como algo racional, y por lo tanto explicable. Su objetivo era el de liberar a los hombres del engaño y la superstición mediante la luz del saber, y convertirlos así, de esclavos, en señores y dueños de su vida. Su intención era por lo tanto terapéutica: llevar a todo fenómeno social ante el tribunal de la razón para decidir sobre su eliminación o transformación, Su programa era el de “desencantar” al mundo para someterlo al dominio racional del hombre. Eliminar - para decirlo con un lenguaje actual - las “patologías” de la sociedad.
En contraposición a la concepción teológica de la iluminación del hombre mediante la revelación divina, la Ilustración hacía hincapié en la capacidad racional del individuo para lograr el conocimiento de la realidad y su auto-conocimiento. La respuesta que en su momento proporcionó Kant a la pregunta ¿qué es la Ilustración? destaca admirablemente el énfasis en la capacidad de independencia racional del sujeto: “Ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su propia inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por si mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude!, ¡ten el valor de servirte de tu propio entendimiento! Este es, pues, el lema de la Ilustración” (Kant : 25) Por ende, la idea de razón incluía la voluntad de ser racional, la voluntad de alcanzar la madurez, la capacidad de autonomía y responsabilidad en la dirección de su propia vida
La intención teórica de la Ilustración es la de concebir al hombre como sujeto de su vida. Sujeto en tanto convierte en objetos de su actividad a los fenómenos que lo rodean, no se subordina ya a ellos (sean fuerzas naturales o instituciones sociales) sino que los objetualiza, para dominarlos y utilizarlos en la conformación de una vida feliz. Y es aquí donde aparecen sus contradicciones insalvables. El objetivo de la Ilustración es educar a los hombres. Pero, ¿quién introduce la luz en la mente de los hombres? Otros hombres: los ya ilustrados. Ellos convierten a los demás individuos en objetos de su actividad educativa, y son los que los conducen hacia la razón y la felicidad. Es decir, en la actividad de ilustración, se objetualiza al otro.
Las relaciones intersubjetivas (sujeto-sujeto) sólo pueden ser comprendidas en los marcos de la Ilustración clásica como relaciones objetuales (sujeto-objeto). Con ello, la Ilustración se traiciona a sí misma. Divide a los hombres en dos grupos: los educadores y los educados. La aspiración a la autodeterminación cabe tan sólo para los sujetos ilustradores, no para los individuos-objetos a ser ilustrados. Su función emancipadora cae prisionera de su tendencia objetualizante y cosificadora. El sujeto transformador se constituye a sí mismo al construir su mundo, y construye su modo de apropiación del mundo cosificando a los demás hombres. Desde el paradigma de la relación sujeto-objeto (eje del pensamiento ilustrador) es imposible superar esa instrumentalización de la razón. Al final de cuentas, la Ilustración se autodestruye porque se configura bajo el signo de la dominación. La burguesía desarrolla su proceso de liberación conservando la dominación, la asimetría de las relaciones sociales intersubjetivas, y desarrollando hasta el paroxismo el proceso de objetualización o cosificación. El conocimiento, como proceso de reflexión racional, es entendido según estas necesidades. Conocer supondrá entonces la existencia de un sujeto cosificador. Conocer será objetualizar. Toda relación racional (por ejemplo, la del maestro con el alumno, el terapeuta con el enfermo, el salvador con el salvado) será vista como la de un “sujeto” con un “objeto”.
La aspiración a la auto-producción, la madurez y la determinación es algo encomiable y digno de ser conservado. Pero la salida a las aporías de la Ilustración clásica sólo es posible reinsertándolas en el contexto de relaciones verdaderamente intersubjetivas. Sin proponérselo, y sin comprenderlo fehacientemente, Freud operaría esta subversión del esquema de la Ilustración.
La revolución psicoanalítica
Freud operó una revolución gnoseológica y ética en el planteamiento de las relaciones intersubjetivas de ilustración. La práctica psicoanalítica deja de ser una relación entre el médico y el enfermo para convertirse en una relación entre el analista y el analizando. Subrayar la n en este vocablo - introducido por Freud en el vocabulario terapéutico - no es ocioso. Lo que quiero resaltar es que ahora el neurótico ocupa una posición activa en su tratamiento. Se establece una verdadera interacción entre el uno y el otro. “El aporte decisivo de Freud consistió en que transformó la relación médico-paciente en el contexto del psicoanálisis, y con ello pudo desarrollar una nueva teoría sobre la enfermedad” (Erdheim 1991 : 68). El neurótico ya no es visto más como un enfermo. Se trata de un individuo que ha tenido que desarrollar complejos mecanismos psíquicos de defensa ante la hostilidad de un contexto cultural esencialmente represivo. Es precisamente él quien tiene que someter a reflexión crítica su historia de vida, sacar a flote en su consciente aquellas vivencias que lo torturan, y reflexionar críticamente no sólo sobre ellas, sino también sobre los códigos conductuales y valorativos socialmente establecidos para poder determinar si la valencia negativa que ellos han otorgado a la manifestación de sus pulsiones es racional o no. Las disfunciones psíquicas constituyen una enfermedad social en el más estricto sentido de la palabra. Quien la padece no es un mero enfermo, sino una víctima del carácter enajenante de la cultura. La propia concepción ética sobre el neurótico cambia: la culpa de su padecimiento no recae ya sobre él, sino sobre la sociedad y su cultura, que es la verdaderamente enferma y represiva. Es este ser sufriente quien tiene que constituirse en el sujeto activo de su auto-ilustración, de la toma de conciencia de la causa de su mal. El profesional del psicoanálisis pasa a ser un terapeuta de nuevo tipo. Abandona el rol tradicional de “médico” para convertirse en “analista”. No “cura” al neurótico. Lo que hace es ayudar a que el analizando adquiera conciencia de su situación, a que alcance por sus propios medios la madurez. Su objetivo es potenciar la capacidad del analizando para que comprenda su situación.
En el proceso psicoanalítico se disuelven las categorías corrientes de la psiquiatría, que regulaban el tradicional distanciamiento entre el médico y el paciente. Freud rompió con la tendencia existente desde el surgimiento mismo de la sociedad clasista de colocar todo vínculo interpersonal en el molde de las relaciones de poder. Las relaciones príncipe-súbdito, maestro-alumno, padre-hijo, líder-masa, hombre-mujer, médico-enfermo, reproducían la asimetría de la relación entre el detentor del poder y la sabiduría, colocado por tanto “arriba”, con aquel que carecía de aquellos atributos, y por estar “abajo” tenía que ser conducido. Esta fijación social de roles constituía el obstáculo principal para captar la dimensión social del inconsciente (Erdheim 1982 : 24). La disolución de los mismos era una condición imprescindible [10]
Freud se apartó de los modelos existentes fijados durante milenios para la reflexión sobre la subjetividad del individuo. Esto fue lo que le permitió alcanzar el éxito allí donde otros fracasaron. En aquellos años de crisis del individuo burgués fueron muchos los que intentaron un acercamiento diferente al tema de la subjetividad dañada [11] . Tal vez Nietzsche y Charcot sean los mejores exponentes de los dos puntos extremos entre los que se abrieron entonces un abanico de posiciones interpretativas. Ambos presintieron la existencia de una zona oculta y profunda en el alma humana. Pero ni la exégesis de lo irracional y de la “voluntad de poder” en Nietzsche ni la concepción fisiologizante de la histeria en la “nueva psiquiatría” de Charcot lograron encontrar la vía hacia el inconsciente, precisamente por no rebasar el modelo de las relaciones de dominación sujeto-objeto.
La redefinición de la relación entre el terapeuta y el analizando implicó a su vez la conformación de una nueva concepción del saber (Erdheim 1991 : 128). Sólo aquel conocimiento que es portado por la relación entre ambos - y no sólo por el terapeuta - permite construir la concientización sobre la patología. Si el terapeuta obtiene un saber sobre el sujeto, sin que este se lo haya comunicado, o cuando el analizando, aunque lo haya comunicado, no ha integrado y racionalizado ese saber en toda su dimensión, entonces todo el proceso psicoanalítico se detiene. Un desequilibrio entre el saber del analista y el del analizando proporciona una clara señal de que a la empresa de la ilustración - de acceso del sujeto tratado a la madurez - le espera un mal final. Como destaca Erdheim, la colocación del individuo objeto de tratamiento en la posición de sujeto, simétrica con el terapeuta - clave de la praxis psicoanalítica - reactiva la subjetividad del investigador. Su comprensión de la subjetividad del otro depende de cómo el terapeuta maneje y comprenda su propia subjetividad. El proceso psicoanalítico implica una doble auto-reflexión constante: tanto la del especialista como la del analizando. La auto-reflexión metódica es elevada por el psicoanálisis, por primera vez en la historia del conocimiento, a principio básico de conformación de las relaciones intersubjetivas. Las implicaciones de esta idea seminal para la estructuración (o por mejor decir, reestructuración) de todas las constelaciones de relaciones intersubjetivas, tanto en la esfera espiritual como práctica de la vida social, son tan profundas que ni Freud ni la mayoría de sus contemporáneos las captaron en toda su magnitud. Y tanto el propio psicoanálisis en su desarrollo “institucionalizado” como el grueso del pensamiento social actual - incluso buena parte del que se coloca conscientemente en función de la subversión de las relaciones sociales de dominación y explotación - no se las han apropiado [12] .
El bolchevismo.
La conexión entre la teoría y la práctica de Lenin
...no está presente en toda su claridad en la conciencia
de numerosos comunistas
Georg Lukacs
Si hemos remontado las formas falsas de comprensión (e incluso de auto-comprensión) del psicoanálisis para poder entender el profundo significado gnoseológico, ético y crítico de su praxis, y la dimensión renovadora de su propuesta para solucionar la crisis de la subjetividad a fines del siglo XIX, será preciso realizar un procedimiento semejante con el bolchevismo. Tendremos que guardarnos de los fetichismos teóricos y desembarazar a todo un conjunto de importantes conceptos (como los de soviets, leninismo, etc) de la maraña de falsificaciones tejidas en torno a ellos.
El término “bolchevismo”, como expresión del vocabulario político, nació en 1903, para designar a un grupo surgido de la escisión del Partido Obrero Social-demócrata Ruso en su II Congreso, en agosto de ese año. Pero su contenido, entonces, era mucho más pobre que el que llegó a tener años más tarde, cuando las duras luchas y experiencias enfrentadas por aquellos hombres les aseguraron un lugar en la historia. Por eso es inútil intentar entenderlo como algo que nació ya maduro. Las ideas de Lenin y de otros importantes líderes del bolchevismo cambian, evolucionan, se critican a sí mismas, a lo largo de los procesos complejos ocurridos entre 1903 y 1917, y sobre todo en el período posterior al asalto del Palacio de Invierno.
Algunos han querido ver al bolchevismo sólo como un fenómeno ruso, cuyas características se explicarían por su origen en una Rusia zarista autocrática y campesina, feudal y atrasada. Visto así, su estudio sería sólo una curiosidad histórica. Otros, tratando de resaltar su significación, lo han elevado a conjunto de recetas infalibles a ser aplicadas en todo momento. Pero es algo diferente a todo ello. El bolchevismo es un modo de entender la política. Un modo revolucionario de entender la política. Un modo de interpretar, proyectar y realizar la transformación de la realidad social, de entender la relación teoría-práctica, y el papel del factor subjetivo.
No caigamos en exégesis innecesarias. El bolchevismo fue más de lo que los propios bolcheviques (incluyendo a Lenin) intentaron y entendieron. Por eso es que hay que rastrear su significación no tan sólo (y agregaría, no principalmente) en los escritos de Lenin (ya de por sí memorables y dignos siempre de ser leídos) o de sus otras figuras significativas, sino ante todo en los procesos que se desencadenaron en la nueva república soviética a partir de octubre de 1917. Por eso es importante centrar la atención en la política cultural bolchevique (entendiendo cultural en su sentido más amplio). Analizar al bolchevismo como modo de construir, desde las realidades de la práctica - y no desde dogmas teóricos - una política cultural para la construcción comunista. Para el desarrollo de la subjetividad. Una política que aceptaba la diversidad, la pluralidad, el debate interno. [13]
Recordemos que desde antes de 1917, en Rusia se producía un despliegue espiritual extraordinario. En la literatura, el ballet, el teatro, el pensamiento político y económico, las artes plásticas, se experimentaba un florecimiento sin parangón. Los bolcheviques no podían ni siquiera soñar con eliminar o detener esto. ¡Ellos mismos eran resultado de este proceso de renovación cultural! Una cierta historia oficial posterior ha querido hacer ver al bolchevismo como efecto tan sólo de la agudización de las contradicciones políticas y económicas. Se intentó escamotear que fue también resultado de la expresión cultural de esas contradicciones que se plasmaron en movimientos artísticos, pedagógicos, científicos, etc., muy importantes.
Dos importantes cuestiones son dejadas a menudo fuera de vista cuando se quiere reflexionar sobre el tema que nos ocupa: La primera, es que el bolchevismo tuvo como una de sus causas de origen el rechazo expreso a la interpretación objetivizante del marxismo, que se manifestaba en las posiciones políticas reformistas predominantes en la II Internacional. Constituyó, por lo tanto, un intento consciente de recuperar la esencia crítica y revolucionaria del marxismo, de su teoría política. La segunda, que la teoría política de Marx, en su conjunto, es un momento de su teoría sobre la desenajenación del hombre. De su crítica al carácter deformante y alienante de las relaciones intersubjetivas en el capitalismo. En este punto tendremos que detener nuestra atención.
Segundo excurso filosófico: la concepción marxiana de la apropiación.
En 1846, cuando apenas contaba 28 años de edad, Carlos Marx redactó sus Tesis sobre Feuerbach, documento excepcional en el devenir del pensamiento humano, y acta de nacimiento de la nueva concepción materialista de la historia. Marx estaba intentando sentar las bases de una interpretación materialista del proceso de producción y despliegue de la subjetividad humana. La Tesis III, en particular, es de especial importancia para el tema que nos ocupa. En ella se somete a crítica (por primera vez en la historia de las ideas) la interpretación objetualizante de las relaciones interpersonales. “La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad...” (Marx I : 8). El enfoque tradicional, típico de la Ilustración, del perfeccionamiento de la sociedad humana como acto pedagógico, divide a los hombres en dos grupos: los educadores y los edu