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El significado de la Revolución Cubana. (En tres partes)
Orlando Cruz Capote
Cruz Capote, Orlando. "El significado de la Revolución Cubana. (En tres partes)". http://cubacoraje.blogspot.com. 2011

1ra parte    

La última etapa del proceso revolucionario cubano que comenzó un 26 de julio de 1953, con el asalto al Cuartel Moncada y el Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente, que continuó con la prisión fecunda, el exilio preparatorio, el desembarco del yate Granma, con 82 expedicionarios, y el inicio de la lucha guerrillera en las montañas y la insurrección en el llano, desde el 2 de diciembre de 1956, tuvo siempre al frente de los aguerridos combatientes al compañero Fidel Castro. La Revolución Cubana luego de múltiples vicisitudes, reveses temporales y de una ofensiva final indetenible demostró fehacientemente la viabilidad real del proyecto histórico concebido y llevado a la práctica por el Comandante en Jefe.  

La estrategia y táctica, los métodos de lucha y el programa enarbolado en “La Historia Me Absolverá”, en el juicio efectuado el 16 de octubre del propio año 1953, en el cual Fidel se defendió a sí mismo y a sus compañeros ante el régimen de facto y donde expuso el Programa del Moncada, fueron coronados por el éxito. La capacidad de la dirección político-militar de la insurrección popular y cívica de unir a todas las fuerzas posibles en el enfrentamiento contra la dictadura batistiana y de conducir con acierto al Ejército Rebelde y el pueblo en las complejidades del combate demostró la factibilidad del proceso revolucionario. La realidad que representó el Primero de Enero de 1959 rompió todo un esquema teórico anterior en el panorama económico y político cubano y latinoamericano. No fue una quimera llevar adelante una lucha armada, política y popular victoriosa en contra de la oligarquía gobernante y su ejército profesional apoyado por un vecino tan poderoso como los Estados Unidos de América, a solo 90 millas de sus costas. Cuba fue un ejemplo vital de su factibilidad y de la destrucción del mito del fatalismo geográfico.  

Heredera de las mejores tradiciones históricas de la nación cubana y, en especial, del pensamiento martiano como síntesis suprema de las ideas libertarias y de justicia social del siglo decimonónico, así como de las luchas de liberación nacional y social propias, pero teniendo presente la experiencia teórico-práctica atesorada por el movimiento revolucionario mundial y, en particular el latinoamericano, la Revolución Cubana emergió triunfante sin derivarse de una confrontación militar de carácter internacional y no contó con el apoyo material de fuerzas externas, y aunque recibió en el fragor de la batalla guerrillera y clandestina, las simpatías y solidaridad de gran parte del mundo, la victoria fue consecuencia de una guerra llevada a cabo en su territorio donde la derrota armada y política, moral también, del aparato represivo de dominación fue el factor determinante. La victoria revolucionaria cubana demostró que sin lo nacional específico ninguna Revolución puede ser creación heroica y que ninguna Revolución auténtica puede separarse de la mejor historia de su pueblo sin peligro de frustración.  

Sin embargo, Cuba no estaba aislada y alejada de los acontecimientos y procesos históricos del resto del planeta. El triunfo de enero de 1959 surgió en un complicado, dinámico y contradictorio contexto político internacional. Dicha situación distaba mucho de ser univalente. Los cambios operados en las distintas regiones del planeta - el surgimiento del campo socialista luego de la Segunda Guerra Mundial - señalaron que la balanza podía inclinarse a favor del combate de los pueblos sólo, si eran capaces, de fortalecer su voluntad y decisión de lucha y se consolidaba la capacidad de sus direcciones revolucionarias para organizar, convocar, movilizar y unir a las amplias mayorías de la población. Y estas premisas subjetivas continuaron siendo los factores determinantes en la victoria.  

La trascendencia de la Revolución Cubana fue y sigue siendo un hecho indiscutible. Ella signó, con inusitada nueva fuerza, el curso de la historia del movimiento revolucionario mundial -algunos autores han expresado que la victoria de Cuba fue una herejía teórica y práctica para el movimiento comunista-, del hemisferio occidental y, en especial, de la historia latinoamericana y caribeña, imprimiéndole a partir de entonces un sello particular a más de uno de los complejos acontecimientos regionales e internacionales.

Por otra parte, el triunfo, consecuencia de una lucha armada-política y popular contra una dictadura sangrienta, tuvo una profundización ininterrumpida hasta transformarse en una genuina revolución social de carácter socialista y liberación nacional-antiimperialista, sumamente radical, que destruyó el aparato estatal represivo del régimen y liquidó el sistema y orden capitalista vigente rompiendo, además, los lazos neocoloniales que ataban a Cuba con los Estados Unidos de América. Y todo ello implicó, paralelamente, la construcción de un nuevo sistema político a lo interno, muchas veces muy original, y el ordenamiento socialista de su sociedad tanto en el plano de la vida material como en la espiritual. No se trató de alcanzar la liberación nacional para luego abrir paso al socialismo, sino de abrir paso a éste para, consecuentemente, alcanzar la liberación nacional. Toda una conmoción, en un sentido u otro, en la conciencia política de la totalidad de la población de la Mayor de las Antillas y más allá de sus fronteras.  

En 1959, Cuba logró como nación, por primera vez en su historia, una voz propia en el concierto de países de la comunidad mundial y regional. Y esa proyección independiente y soberana, libre de ataduras extrañas, tuvo un eco extraordinario en Nuestra América, el subcontinente al que pertenece geográficamente, con quien comparte una comunidad étnica, histórica, lingüística y cultural, con la que identifica sus intereses estratégicos a corto, mediano y largo plazo y que es el espacio natural de su inserción, convivencia e integración económica y política.  

La implantación del poder y la política revolucionaria sobre toda la sociedad y en la economía -liquidación de la gran y mediana propiedad privada capitalista extranjera y nacional- y el servicio de esta última dirigida a satisfacer equitativamente las necesidades de la mayoría de la población, la proyección constante de nuevos planes socioeconómicos y políticos radicales por parte de la Revolución, en constante movimiento crítico-rectificador, y la participación popular directa, masiva y organizada demostró que el socialismo no era un otorgamiento brindado desde el poder sino un derecho creado por el poder de todo el pueblo.  

La victoria no fue alcanzada bajo la vanguardia política del partido comunista existente, denominado Partido Socialista Popular desde 1944, sino por un movimiento sociopolítico amplio, el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (fundado el 12 de julio de 1955), en compañía de ese partido marxista y del Directorio Revolucionario 13 de Marzo (creado el 24 de febrero de 1956 como DR, y rebautizado luego del asalto al Palacio presidencial, el 13 de marzo de 1957), fuerzas políticas y sociales unidas en un proceso posterior al éxito, que no transcurrió por un paseo de Rivera, porque hubo luchas internas contra el sectarismo (1962), las tendencias pequeño-burguesas y anticomunistas y, porque también sufrió, en 1968, de una microfracción promovida por ambiciones personales de algunos líderes de segundo orden. Contra tales errores estratégicos, actuó como dirigente y catalizador de la unidad imprescindible y necesaria, el compañero Fidel. Estas fuerzas constituyeron el embrión fundamental del nuevo Partido Comunista de Cuba, creado el 3 de octubre de 1965, al cual se han ido sumando los cubanos más ejemplares de las diferentes generaciones hasta la actualidad. La Revolución dio vida al partido político de vanguardia para la construcción socialista, lo cual constituyó otra singularidad del proceso revolucionario cubano.  

El evento político antillano reafirmó paulatinamente el síndrome de Espartaco: el derecho a la rebelión contra la explotación y la opresión interna y externa de muchas naciones y pueblos. A partir de la Revolución Cubana el epicentro de la lucha revolucionaria se trasladó al escenario del Sur periférico y subdesarrollado -también la guerra de liberación nacional en Argelia, contra Francia, y la lucha del pueblo vietnamita, contra el invasor francés y después contra el yanqui, marcaron hitos históricos en esa nueva época- demostrando, además, el inicio de una ola de auge del movimiento antisistémico capitalista en el orbe que incluyó a los propios países industrializados.  

Antes de 1959, el subcontinente no era capaz de concitar la máxima atención de los especialistas -politólogos y académicos- y, muchos menos, de convertirse en uno de los puntos nodales de las relaciones internacionales. De un área de pocos conflictos esenciales en el mapa mundial, a partir del triunfo de la Cuba revolucionaria, esta región pasó a ser un elemento de especial interés, análisis e implementación de nuevas estrategias por parte del imperialismo norteamericano y se transformó en un nuevo foco de controversias, antagónicas en la mayoría de los casos, entre el Este y el Oeste (el socialismo contra el capitalismo) y el Norte industrial vs. el Sur subdesarrollado, entre los explotados y los explotadores, en fin, la confrontación de los oprimidos contra los opresores. Fue también el momento y espacio geopolítico en que los EE.UU. pusieron a prueba sus nuevas doctrinas de política exterior -Vietnam fue el otro gran laboratorio de las estrategias y tácticas de la contrainsurgencia-, en el marco referencial obligatorio de la archiconocida Guerra Fría que, en instantes, pareció trasladarse desde el Berlín Europeo a La Habana Latinoamericana.

Tal repercusión inmediata abarcó no solo a los sectores populares y revolucionarios, sino que desde sus inicios, su experiencia guerrillera para lograr el derrocamiento de un dictador, así como sus éxitos en el terreno socioeconómico y político le ganaron también la admiración de algunos grupos de la burguesía nacional latinoamericana y caribeña, y de otras latitudes, que percibieron este instante como el ideal para relanzar sus programas nacional-reformistas, antidictatoriales y antioligárquicos, con el fin de lograr el sueño de un crecimiento y, de ser posible, el desarrollo de sus países, para limitar, si ello era dable, la dominación de las oligarquías propias y la sempiterna dependencia con los EE.UU. y otras ex-metrópolis, para ocupar espacios políticos importantes en los círculos de poder de sus respectivos Estados-naciones. Pero tal impacto positivo fue solo un espejismo inicial de los grupos y sectores burgueses que desapareció con la comprensión posterior del carácter de la Revolución y su profundización.  

No obstante, la resistencia y el desarrollo de la Revolución Cubana, así como su reto permanente a los EE.UU., despertaron muchas simpatías y hasta la consideración de que la Isla era una especie de trinchera de contención, nacional y regional, un muro indestructible ante las amenazas de dominio y agresión imperiales. Sin querer muchas veces al socialismo cubano, paradójicamente, sí desearon a una Cuba independiente, fuerte y rebelde.  

Por otra parte, el hecho de que la Revolución Cubana representó un desafío victorioso ante el poderío norteño y una negación de toda su geopolítica hemisférica durante casi un siglo de existencia, demostró con certeza ante los ojos de los revolucionarios latinoamericanos, que se podía realizar una revolución nacional-liberadora y socialista, con fuertes vínculos con la Unión Soviética, el movimiento comunista internacional y las fuerzas revolucionarias tercermundistas. La perduración en el tiempo del proceso revolucionario cubano logró que los marxistas y los radicales de izquierda lucharan con una moral muy alta, justificando la impaciencia revolucionaria de esas organizaciones, agrupaciones políticas y las potencialidades subversivas de los pobres y oprimidos del subcontinente. Y a esas iniciales batallas brindó todo el apoyo moral posible.

La proyección internacional de la Revolución Cubana.  

2da parte    

La proyección internacional de la Revolución Cubana se convirtió, desde los inicios de su victoria, en un potente agente dinámico y original que reprodujo constantemente su proceso revolucionario interno y el espacio autónomo de Cuba en la palestra mundial, en especial, en Latinoamérica y el Caribe con el fin de lograr la supervivencia del país, consolidar las conquistas revolucionarias y socialistas, salvaguardar la independencia, la soberanía y preservar su seguridad nacional. Esa política exterior con una visión y convicción nacionalista-patriótica, latinoamericanista, antiimperialista, tercermundista (no alineada) y socialista, que salvó el escollo de ser excluyente y discriminatoria, porque fue además anticolonialista, antineocolonialista, antirracista, antixenofóbica y, más que todo, humanista universalista, también se ganó el odio inmediato de los círculos más reaccionarios del panorama político capitalista norteamericano, latinoamericano-caribeño y mundial.

Los gobernantes del Potomac y las oligarquías clientelistas-entreguistas de la región, prisioneros de los dogmas de la Guerra Fría y de una mentalidad reaccionaria con respecto a los movimientos de liberación nacional y social radicales (de raigales, de raíces) no pudieron convivir, menos aceptar, en este corto pero intenso período histórico -ni de facto ni de jure-, un proceso revolucionario autónomo por lo que, tempranamente, acusaron al “régimen” de la Isla de formar parte de un “complot comunista”, de convertirse en un “satélite” incondicional de ese bloque/sistema y de colaborar en la “desestabilización” del continente bajo la égida sino-soviética.  

Ese internacionalismo latinoamericanista y tercermundista fue una realidad. Y no fue solamente, una simple respuesta de Cuba ante su expulsión de la Organización de Estados Americanos (OEA-1948), en 1962, y el hecho de que se le impusiera sanciones políticas, económicas, comerciales, militares y jurídicas en ese ministerio de colonias yanqui, en 1964. Ello formó parte ineludible de la armonía coherente de su discurso político solidario con la realidad de un proceso revolucionario, que tiene como principios angulares de su proyección externa, el internacionalismo proletario y socialista.  

La participación en la expedición armada cubano-dominicana en 1959 para derrocar al dictador Rafael Leónidas Trujillo; la ayuda prestada a las primeras células organizativas del posterior Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua, bajo la dirección de Carlos Fonseca Amador; la entrega de ayuda militar al movimiento de liberación nacional de Argelia en 1960, así como posterior a su triunfo contra las intenciones invasionistas de Marruecos; la colaboración con los revolucionarios argentinos, en especial, los esfuerzos del dirigente Jorge Ricardo Masetti para abrir un frente guerrillero en su país; los primeros contactos y la asistencia militar a varios movimientos guerrilleros africanos en la década del 60 y el 70; la guerrilla internacionalista de Ernesto Che Guevara en el Congo y Bolivia entre 1965-1967; la presencia de la Mayor de las Antillas en la guerrilla venezolana entre 1967-1968; la presencia de unidades de combate cubanas en Siria para defender a esta nación de la agresión sionista; las misiones militares internacionalistas en Angola y Etiopía desde mediados de la década del 70 hasta finales de los años 80 de la pasada centuria; la colaboración cubana en la construcción del Camino de la Victoria en la última etapa de la guerra de Vietnam contra el invasor norteamericano; la ayuda logística y en hombres para apoyar el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua en 1979; la asistencia en armas y otros recursos urgentes para la guerrilla centroamericana, especialmente la salvadoreña en los años 80, son solo algunos ejemplos de esa convicción revolucionaria cubana de apoyar con todos los medios posibles a los pueblos que iniciaban su lucha por la definitiva independencia y la justicia social, sin la consulta y, mucho menos, con la autorización del entonces campo socialista, de la China Popular y la Unión Soviética.  

Esa política exterior fue muy activista y osada, dispuesta siempre a enfrentar numerosos riesgos internacionales e intereses nacionales concretos en sus relaciones con los EE.UU. y sus aliados en el orbe. Si la proyección internacional cubana se hubiera basado solo en la real-politik, como afirman algunos académicos y políticos, entonces no pudiéramos aseverar, definitivamente, que su asistencia solidaria a otros países y fuerzas de izquierda reflejó un grado elevado de conciencia política, principios e ideales, signo de un desprendimiento ético y militante, poco usual en los asuntos exteriores de una nación pequeña, incluso de países grandes y medianos, pero éste a solo 90 millas de la potencia imperialista más fuerte de la historia. Por eso, no estaba tan errado, aunque acaso en algo pudo exagerar, el premio Nóbel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez cuando expresó que Fidel "(…) ha creado una política exterior de potencia mundial en una Isla sin agua dulce, 84 veces más pequeña que su enemigo principal.”  

Paralelamente, en todos estos años la Cuba Socialista ha sido muy agredida por las diez administraciones de los Estados Unidos de América, que cobijaron en su territorio de Miami, Florida, a los asesinos, torturadores y ladrones del anterior régimen, así como a todos los contrarrevolucionarios cubanos. El bombardeo de sus ciudades y campos, el boicot petrolero, los atentados dinamiteros y sabotajes de todo tipo contra la economía nacional y la población civil, la invasión mercenaria por Playa Girón (organizada y sufragada por los EE.UU., y derrotada en menos de 72 horas por el pueblo uniformado, del 17 al 19 de abril de 1961); el despliegue total del bloqueo económico, comercial, financiero, diplomático y político, verdadero genocidio que pretende matar al pueblo cubano de hambre y enfermedades, y aprobada por J. F. Kennedy, el 4 de febrero de 1962; el desarrollo de una verdadera guerra civil gracias al apoyo logístico, el financiamiento y el armamento entregado a las bandas contrarrevolucionarias (1960-1966); la Crisis de Octubre (1962); la guerra psicológica; la aprobación de la Ley de Ajuste Cubano (1966) que ha propiciado un tráfico ilegal de personas hacia Estados Unidos porque allí reciben la oportunidad única de ser aceptados como inmigrantes políticos; la guerra radial y televisiva -22 trasmisores de radiodifusión de diferentes servicios sonoros y de televisión transmiten más de dos mil horas semanales hacia la Isla-; el diversionismo ideológico propagado constantemente; las agresiones biológicas contra los seres humanos, la agricultura y el sector pecuario; los atentados contra sus principales dirigentes, más de 600 atentados contra la figura máxima de la Revolución, el Comandante en Jefe; la organización y financiamiento de organizaciones contrarrevolucionarias en los EE.UU., Europa, América Latina y en la propia Cuba con el fin de desestabilizar a la Revolución, llamando constantemente a la desobediencia y a la insurrección; el terrorismo de Estado ejercido contra Cuba -infiltraciones de agentes que pusieron bombas en lugares económicos, centros turísticos y de recreación públicos-; las incitaciones para que se produzca un éxodo masivo de inmigrantes hacia el gigante norteño con el fin predeterminado de provocar un conflicto entre las dos naciones; las presiones y chantajes contra otros Estados-naciones para que apoyaran las acusaciones contra Cuba en varios escenarios internacionales como la OEA, las Naciones Unidas, la Comisión de Derechos Humanos, etc.; las imputaciones de que Cuba producía armas biológicas o que preparaba interrupciones electrónicas a las comunicaciones estadounidenses, entre otras calumnias y mentiras, fueron parte del arsenal de agresiones utilizados contra la Mayor de las Antillas.

Casi 48 años después de estas embestidas constantes, la Revolución Cubana sobrevivió, no sin dificultades, al derrumbe del socialismo de Europa Oriental y la desintegración de la Unión Soviética, entre 1989 y 1991, respectivamente. Fueron los tiempos aciagos del desencanto y la desesperanza de muchas fuerzas de izquierda y progresistas que se dividieron y desintegraron, disipándose sus programas principistas ante el auge del Sistema de Dominación Múltiple del Capital, ahora neoliberal, y bajo la hegemonía unilateral, económica y militar de los EE.UU., además, de la proliferación de las  modas  postmodernistas,  del  pensamiento único y de las múltiples seudo-teorías del fin de la historia, las ideologías y las utopías, del choque de civilizaciones y de aquella famosa frase de la ex-primera ministra del Reino Unido de “Not are alternative”. Según la predicción futurista y apocalíptica de los politólogos y los intelectuales al servicio del imperio, la ficha cubana, según la “teoría del efecto dominó”, debía caer ante el influjo de los cambios mundiales, y también fue anunciada la “Hora final de Castro”. Pero ambas profecías jamás llegaron a convertirse en realidad. La desilusión de los que soñaron con una Cuba derrotada, más que todo, arrodillada y humillada fue enorme, a pesar de que continuaron con sus planes desestabilizadores en todas las esferas de la vida social y cultural. El oportunismo de los gobernantes norteamericanos, ahora con el reforzamiento de los Neocom en el poder de esa nación, se acrecentó con nuevas leyes y medidas de bloqueo de carácter extraterritorial, todas ellas concebidas para doblegar y producir el roll back de Cuba hacia el capitalismo. La Ley Torricelli y la Ley Helms Burton de 1992 y 1996, respectivamente, así como el “Plan de Transición Democrática para Cuba” (Plan Bush para Cuba), son ejemplos fehacientes de ese recrudecimiento genocida contra el pueblo cubano y su gobierno legítimo.

Sin embargo, contra la lógica imperial y la de sus testaferros a sueldo, esos procedimientos han sido desbaratados por la dirección de la vanguardia política, sus organizaciones de masas y sociales y por la inmensa mayoría del pueblo cubano. Las fortalezas de la Revolución fueron subestimadas y hasta obviadas por los que pretendieron derrocarla y, por otros que no supieron analizar las profundas causas de ese comportamiento unido, valiente y decidido, no obstante, las insuficiencias, las deficiencias y los errores propios.

En la balanza de los éxitos y los fracasos, subestimaron las raíces fundacionales del proceso revolucionario, los logros y las conquistas materiales y espirituales que la joven Revolución o el propio pueblo como protagonista principal había proporcionado a los sectores más pobres y marginados, así como minimizaron la importancia de los procesos rectificadores permanentes que tensionan la dinámica social hacia un mayor socialismo, perfeccionable y perfeccionador. El alcance de la dignidad plena del hombre, como ciudadano y pueblo, es el mayor logro ético y político que los cubanos estiman como su tesoro superior tras la victoria de enero de 1959.

La impronta del Comandante en Jefe Fidel Castro.  

III Parte    

Hace algún tiempo, quizás años, deseaba escribir sobre la personalidad del líder indiscutible de la Revolución Cubana, pensamiento que me era recurrente porque, a pesar de que en Cuba no hemos escrito mucho -casi nada públicamente- sobre nuestro proceso revolucionario, siempre he considerado una obligación, desde el ángulo académico, reflexionar sobre el rol de las personalidades en la historia, tantas veces debatido y, en muchas ocasiones, hasta denigrado y vilipendiado.  

Tenía en la mente, desde entonces, un ensayo publicado muy tempranamente por Ernesto Che Guevara, “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista?”, un artículo de Gabriel García Márquez, “Fidel: el oficio de la palabra”, escrito en 1988, y “Una Biografía Crítica” del profesor norteamericano Tad Szulc - que pude leer posterior a 1987 -, entre otros ensayos y libros consultados. Otros trabajos científicos y publicísticos que intentan abordar, con mayor o menor objetividad, la estatura histórica del líder de la Revolución Cubana, así como del mismo proceso revolucionario, me hacían recordar, constantemente, la frase del escritor brasileño Jorge Amado de que, nadie logró permanecer indiferente a la Revolución de los barbudos. O se estaba a favor o se estaba en contra y siempre ferozmente. Era imposible la neutralidad, la imparcialidad, los términos medios.  

Pero esa pretensión personal no fue posible hacerla pública desde nuestra propia Patria. Siempre hemos sido renuentes al endiosamiento de una figura que en la vida trascendental y cotidiana, continuaba realizando su labor revolucionaria y comunista, en silencio y en público, sin desear él mismo, desde el propio año del triunfo (1959), que se le rindiera ningún tipo de culto. Cuando se le celebró su 80 cumpleaños, los cubanos cedimos la palabra, prioritariamente, a los amigos y simpatizantes del mundo, idea que de seguro aprobó con agradecimiento. Ahora, parece llegado el momento, de expresar algunos criterios sobre su personalidad y su impronta en el proceso revolucionario.

El carisma del líder de la Revolución Cubana fue, es y será resaltado por muchos estudiosos del proceso revolucionario como decisivo para la imagen e irradiación del ejemplo cubano. Ello es cierto si se parte de que él es una de las singularidades de la misma. El carácter honesto, ético y valiente del compañero Fidel es un tema a considerar al examinar la influencia colosal, en tiempo y espacio, del papel de la personalidad en la historia y de la repercusión que tuvo en el triunfo revolucionario y en su posterior transcurrir histórico. Dotado de un atractivo nato -imán personal dirían algunos-, de una oratoria vibrante y pedagógica, capaz de llegar a los más variados niveles de educación y cultura de la población cubana y del mundo, Fidel es el exponente más claro y profundo de la obra de la Revolución Cubana. Su genialidad política, su visión estratégica y su método lógico, razonable y, por sobre todo, dialéctico e historicista, capaz de comprender la realidad nacional, regional e internacional en sus diversos giros y cambios, coyunturas y disyuntivas, lo convirtieron en el líder revolucionario popular más genuino de la contemporaneidad. Otros rasgos de su personalidad, como la de concebir toda idea justa, por pequeña que sea, como un proyecto gigantesco; de creer en las virtudes humanas por encima de todas las miserias y mediocridades, (García Márquez afirmó que esa es su mayor falta o defecto); de ser tenaz y audaz en la lucha contra lo imposible, para alcanzar lo máximo posible, lo convierten en un soñador o un utopista irremediable, virtudes de un comunista con razón y sentimientos.  

Hombre de una voluntad de acero, probada en las más disímiles coyunturas, lo muestran en una faceta humana de querer ganar siempre a toda costa y en cualquier terreno, demostrando una fuerza energética inquebrantable para convertir los reveses en victorias, y de no rendirse ante las adversidades. La anécdota de que en el reencuentro con el actual Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, el General de Ejército Raúl Castro -su hermano menor y su más fiel continuador en las ideas y en la acción revolucionaria- en Cinco Palmas, pocos días después del naufragio del desembarco del Granma, donde exclamó optimistamente que con 7 hombres y cinco fusiles podía ganar la guerra contra un ejército de 80 mil hombres, lo reafirman con esa esperanza ilimitada de quien puede ser destruido, pero no derrotado, máxima que siempre resaltó de la obra hemingwyana “El Viejo y el Mar” y que recuerda, además, aquel apotegma de Romain Rolland, que tanto le gustaba repetir al insigne comunista italiano Antonio Gramsci, de que frente al pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad. Aunque en su caso no hubo nunca ausencia de talento y de certidumbre revolucionaria. Fidel además, no solo se sintió el líder de la Revolución, sino que se consideró como un hombre de las filas del pueblo. El día 8 de enero de 1959, a su entrada a la capital de la República expresó, en un discurso memorable en el Campamento de Columbia, hoy Ciudad Libertad, que ninguna organización, ni ninguna tropa en específico había ganado la guerra, sino que había sido el pueblo, y desentrañó y estimuló una idea que siempre estuvo presente en su estrategia: desde el principio se debió estar unido en una sola organización; ello demostró que la responsabilidad era de todos, dirigentes y dirigidos, para llevar adelante el proceso revolucionario de forma colectiva y con gran sentido histórico.  

El Comandante en Jefe Fidel Castro siempre ha estado entre el pueblo, nunca ha perdido el termómetro de cuáles son los estados de ánimo y de la más mínima opinión popular, de las inconformidades y las carencias del ciudadano de la calle. Ello le permite representar las demandas más sentidas y sensibles y ser, a la vez, un catalizador innato de las iniciativas colectivas para resolver las necesidades de la gente común, de ser un portavoz crítico de las deficiencias e insuficiencias del proyecto revolucionario, como el más genuino representante de la idiosincrasia del cubano. Y ese comportamiento natural lo ha desarrollado con una timidez y cordialidad rayana al más común de los mortales - “Fidel, simplemente, Fidel” -, lo llama el pueblo cuando lo interpela, al cual responde sin vanidades y con gran respeto de quienes conversan con él, como uno más. El gran sentido del honor y del deber que practica es lo que lo lleva a estar presente, directamente, en las arenas de Playa Girón (1961), en la Crisis de Octubre (1962), en el vórtice del huracán Flora (1963), en los múltiples actos oficiales y públicos, en Cuba y en el extranjero, a pesar de las advertencias de la Seguridad del Estado de que podía ser víctima de un atentado. Es el dirigente que visita Vietnam del Sur en plena guerra imperialista, a Salvador Allende cuando la Unidad Popular en Chile, que recorre la zona de Medio Oriente en apoyo del pueblo palestino, entre otros de sus múltiples compromisos internacionales, desafiando los más variados riesgos y peligros.

Es el compañero Fidel, un hombre caballeroso, culto y enciclopédico en el saber pero, a la vez, capaz de utilizar, en el plano privado y público -muy limitado-, las palabrotas de cualquier cubano común; de ser un hombre entusiasta, comunicativo y dialogador con todas las personas que se encuentra; de saber escuchar y, a la vez, preguntar con avidez incesantemente para que sean completadas las ideas de su interlocutor, aunque sean adversarios de su ideología y de sus principios políticos, eso dice mucho de su nivel de educación, muy caballeresco, similar a un Quijote de las ideas y las costumbres morales. Y todo ello sin hacer concesiones y con un discurso coherente y armónico con el quehacer revolucionario. Poseedor de una gran avidez de conocimientos, lector voraz que comprende las esencias de las lecturas; dueño de una memoria privilegiada y entrenada, capaz de manejar cifras y resolver ecuaciones difíciles con una rapidez y precisión matemáticas; un estadista y líder político antidogmático por naturaleza, que duda permanentemente de todas las propuestas y soluciones, incluidas las suyas; rebelde y conspirador nato -“en silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”- y, al unísono, sabedor del momento indicado para explicarle al pueblo las políticas aplicadas o por ejecutar, por muy difíciles y complicadas que estas fueran.

Solidario con todas las causas justas en cualquier lugar del mundo, lo ha expresado siempre de frente a sus adversarios. Estas y otras, son algunas de sus múltiples virtudes. Ejemplo inigualable de desprendimiento y de cualquier vanidad y egoísmo personal, “(...) toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, posiblemente la frase Martí que más le gusta repetir, es además, el primer crítico de la obra revolucionaria sometiéndose a sí mismo a una autocrítica constructiva, pero fuerte, reveladora de que no hay obra humana perfecta.

Todo ello lo hacen el cubano que somos, que queremos y debemos Ser, solo comparable, salvando el tiempo en que vivieron, a nuestro, José Martí. Por eso, Fidel Castro, el eterno Comandante en Jefe, centellará y sobrepasará su vida biológica; su nombre se inscribe ya como el líder político revolucionario y comunista más genial de la contemporaneidad cubana, latinoamericana y caribeña, tercermundista y del orbe. Hoy, cuando ha solicitado no ser más el Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba y Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, solo nos resta mostrar y ratificar el reconocimiento y agradecimiento justo a un hombre que ha sido el PADRE de esta colosal obra y que continúa ofreciendo lo mejor de su vida a la causa revolucionaria nacional, regional y mundial. Fidel es de esos hombres que, como dijera el dramaturgo y revolucionario Bertolt Brecht, son y serán imprescindibles.