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Unas notas y dos visiones sobre la Perestroika y sus consecuencias
Orlando Cruz Capote
Cruz Capote, Orlando. "Unas notas y dos visiones sobre la Perestroika y sus consecuencias", Revista Cubana de Ciencias Sociales. La Habana. 2006. Nro. No. 36-37. págs. pp.108-126

Han transcurrido catorce años - 1991-2005 - desde la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y del derrumbe del socialismo en ese país. Algo más de un lustro antes, entre 1985 y 1986, se había iniciado en esa nación un proceso singular: la Perestroika (reestructuración), la Glasnnost (transparencia informativa) y la nueva mentalidad en las relaciones internacionales, que impulsaron de manera decisiva, sin olvidar errores anteriores, a la destrucción del Estado multinacional socialista soviético.

El evento soviético unido a los que se desarrollaron en todas las naciones del campo socialista (aquellas que conformaban el Comité de ayuda Mutua Económica (CAME) y el Pacto de Varsovia) que conllevaron al derrumbe del “Muro de Berlín” (1989) y el fin del socialismo en el Centro- Este Europeo fueron tan vertiginosos que ha sido casi del todo imposible hasta hoy asimilar y sintetizar, objetivamente, en una dimensión científica multidisciplinaria la intensidad de esos procesos en el ámbito interno de esas sociedades y, analizar si hubiera sido posible hallar alternativas para frenar lo que luego fue inevitable.

Por coincidencias  históricas el derrumbe del socialismo en la URSS y el Este Europeo estuvo insertado en una crisis epocal de civilización, ideologías y culturas que se gestaba desde los años 70 del siglo XX, como consecuencia de que la humanidad había entrado en esos años en una nueva etapa de la revolución científico-técnica (la III Revolución Industrial)  que  abarcó  las  esferas  de  las comunicaciones,  la  industria aerospacial, la informática, la robótica, la computación, la genética, la biología molecular, la electrónica, la microelectrónica, el transporte, entre otras.

Esta etapa de desarrollo que algunos han denominado “postindustrial” (Hiperindustrial y Metaindustrial) conllevó además, a una profundización de la asimétrica y desigual reestructuración que está sufriendo el sistema capitalista mundial como respuesta a la aún irresuelta “crisis de onda larga de tonalidad recesiva” que, según enunció Ernest Mandel,[2] lo viene afectando con regularidad desde hace algunas décadas.

Tal efecto, también conocido como “ciclo de Kondatrieff B”, cuya duración y consecuencias son impredecibles, abrió un lento período de crecimiento económico (con caídas y retrocesos), grandes inestabilidades políticas y un proceso de descomposición y desintegración social en diferentes naciones del mundo, haciéndose evidente en las regiones del Tercer Mundo y Europa Central y Oriental (unidas al mercado capitalista del Oeste) en los que se manifestaron disímiles tendencias centrífugas y centrípetas, globalizadoras y fragmentadoras en detrimento lamentable para las primeras  variantes.

Expresión de tal crisis estructural, desreguladora y reguladora, es la recesión, estancamiento e inestabilidad a que se ha visto sometida la economía mundial, el comercio y los mercados monetarios, financieros, crediticios y bursátiles. Paradójicamente, ha sobrevenido una etapa de mayor concentración y centralización de los capitales, incluyendo su transnacionalización acelerada, la producción, los servicios y los conocimientos científico-técnicos a la cual los países del Norte desarrollado le han hallado temporalmente soluciones favorecedoras emprendiendo una multifacética y gigantesca reestructuración orgánica y técnica del capital encauzada a garantizar la reproducción ampliada del modo capitalista de producción.

Tal tendencia coyuntural de largo plazo - “época de perplejidades,”-[3] no supo ser aprovechada y mucho menos dirigida satisfactoriamente por las vanguardias de los principales países socialistas y, al contrario de lo que podía esperarse  de  los  regímenes  marxista-leninistas,  propició, con los consabidos desatinos subjetivos, que se desencadenara una crisis terminal de su sistema, con las conocidas excepciones de Cuba, China Popular, Corea del Norte, Vietnam y, también Laos.

Aún hoy resulta insuficiente el distanciamiento histórico para evaluar y valorar en toda su magnitud la repercusión inmediata y mediata que la destrucción del socialismo en la URSS y Europa Oriental produjeron, producen y producirán para la teoría y práctica marxista-leninista mundial y para el conjunto de las relaciones internacionales presentes y futuras. Aunque los resultados en las esferas señaladas son, desde el propio año 1991 (quizás desde 1989), hasta la actualidad, lo suficientemente desalentadores para cualquier observador.

Y aunque existen atisbos importantes en la recuperación de la izquierda mundial, la Revolución Bolivariana en Venezuela es un ejemplo evidente, y ya se manejan alternativas posibles y reales a ese sistema de dominación múltiple del capitalismo planetario, los partidos políticos y los movimientos sociales progresistas actuales no han podido articularse en una propuesta definitoria hacia el camino del triunfo y el poder revolucionario para construir una sociedad más justa. La reflexión diagnosticadora debe trascender a una acción propositiva y una transformación real.

De todos modos, acerca del proceso de la Perestroika, se han desarrollado disímiles estudios en forma de libros, monografías, ensayos, folletos y artículos a través de los cuales un sinnúmero de autores han elaborado sus hipótesis y tesis acerca de los orígenes, desarrollos y desenlaces de la desaparición del mal llamado “socialismo real”, por su carácter exclusivista y excluyente, y de su enorme impacto internacional.

Dos de los ángulos poco estudiados de la repercusión del proceso de la Perestroika y la desaparición del socialismo en la URSS y Europa del Centro y Este (Europa Oriental o Europa del Este a partir de este momento) tiene que ver con la posibilidad real de que hay existido “una agenda oculta” entre algunos de los nuevos miembros de la dirección soviética que llevaron a la destrucción del socialismo en ese país y, el otro ángulo, también poco analizado, es el impacto ideopolítico que estos acontecimientos tuvieron en la Revolución Cubana. Estos son los problemas centrales de estos breves apuntes ensayísticos.

Algunos autores cubanos y extranjeros han afirmado que el cambio de 180 grados se debió a la agravada crisis económica que vivía la URSS, la insoportable carrera armamentista a la que fue sometida, los errores en la historia de la construcción socialista y a las fuertes tendencias desintegradoras de su estructura estatal, conjuntamente con la enorme influencia del simultáneo derrumbe del socialismo en los países de Europa Oriental. Sin embargo, otros factores deben valorarse y no en último lugar.

La dirección del PCUS que llegó al poder en 1985 no tuvieron nunca un programa coherente y sistémico para afrontar las dificultades socioeconómicas del país, fue incompetente y no poseía una visión política-estratégica clara de los problemas del Estado multinacional y, por lo tanto, no tuvo en cuenta una adecuada jerarquización de los problemas a solucionar, que pudieran brindar una transformación ordenada y priorizada hacia cuales asuntos debían encaminar sus esfuerzos inmediatos y mediatos. Si leemos hoy muchos de aquellos discursos y documentos comprenderemos que en esa agenda de transformaciones se fue imponiendo un criterio socialdemócrata que muy poco tenía que ver con el núcleo duro de las ideas del marxismo-leninismo y su instrumentación creadora.

El mosaico de problemáticas se trató de resolver de golpe y al unísono creando un verdadero caos y confusión. La debilidad económica de la URSS aunque pesó en alguna de las tomas de decisiones en política interna y externa no fueron determinantes para que el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) abandonara el socialismo, en verdadera desbandada, tampoco para que traicionara sus principios sobre el internacionalismo proletario y cayera, cada vez más, en el copismo de las estructuras capitalistas de occidente, en especial, de los Estados Unidos e hiciera concesiones unilaterales ante éste y la Organización del Atlántico Norte (OTAN).

Y algo más grave se pone en el telón de fondo del análisis. Es bastante lógico y razonable que entre los denominados “arquitectos” de la Perestroika: Mijail Serguei Gorbachov, Secretario General,  Edward Shevardnadze, miembro del Buró Político y Ministro de Relaciones Exteriores, y Alexander Yakovlev, miembro del Buró Político y Secretario Ideológico del PCUS, y otros más, existiera una “agenda oculta” desde mucho antes de arribar al poder.

La manipulación por el líder soviético y sus colegas más cercanos acerca de la política de cuadros en el Partido y su membresía demuestran que la misma condujo a deshacerse durante el proceso de figuras comunistas “incomodas” que fueron llamadas “conservadoras y ortodoxas” por estar opuestas al rumbo de la Perestroika.

De esta forma fueron sustituidos miembros del Buró Político del PCUS, del Secretariado, Comité Central, del Soviet Supremo, de los altos mandos militares y los Órganos de la Seguridad del Estado y el Ministerio del Interior. La tergiversación y manipulación de los términos políticos desde la semántica llevó a nombrar a los defensores del socialismo marxista-leninista, como “de derecha y partidarios de la línea dura” y, a los que estaban de acuerdo con el rumbo de la Perestroika de “más socialismo”, como “liberales y demócratas”. Fue lo que luego denominó un especialista norteamericano como el lenguaje del engaño.[4]

El propio Gorbachov nos describe en un artículo publicado en el periódico Izvestia, del 20 de diciembre de 1990, acerca de los objetivos reales de la Perestroika: “Este hombre (Shevardnadze) hizo su elección hace mucho tiempo “(...) Hace diez años, en la conocida situación de entonces, él se opuso a ciertas fuerzas (...) aquellos que éramos cercanos a él sabemos todo esto muy bien. El, igual que yo, trabajando a nivel local, llegamos a la conclusión que, incluso con los poderes de que disponíamos, nosotros no podíamos llevar a cabo un proceso genuino de renovación. La  vida  demandaba  que  atravesáramos todas esas pruebas difíciles y debates acalorados para llegar a comprender que tendríamos que aprovechar la oportunidad para comenzar a cambiarlo todo en la sociedad”.[5]

Y Edward Shevardnadze  en su libro, “El futuro pertenece a la libertad”, publicado en estados Unidos en 1991 escribió que, “(...) Mi conocimiento del estado real de las cosas en nuestro país me llevó a la conclusión de que la raíz del mal estaba (...) en el sistema (...) Todo está podrido; esto tiene que ser cambiado. Eso dije, en efecto, a Gorbachov en una noche de invierno de 1984, en Pitsunda, y hoy no me arrepiento de esas palabras”.[6]

Y nuevamente Gorbachov en un libro denominado “El Golpe de Estado. La verdad y sus consecuencias”, luego de agosto de 1991,  reafirmó que “(...) Al final vimos también que la Perestroika no triunfaría restringida al marco del viejo sistema, por mucho que intentáramos renovar y mejorar este. Lo que se necesitaba era un cambio de todo el sistema económico y político”.[7]

La hipótesis de tal agenda oculta luego de estas aseveraciones no puede ser obviada si tenemos en cuenta además, una expresión del hombre de la Perestroika, en 2001, “Gorby” como era denominado por la prensa occidental, al explayarse de que, “todo lo que hizo en aquel entonces fue con el objetivo de liquidar o destruir al comunismo”. Si esta última declaración, muy publicitaria, no fuera suficiente para llegar a conclusiones definitorias, un análisis de la política exterior soviética entre 1985 y 1991, pudiera ofrecer claves verídicas sobre la validez de tal agenda.

La nueva mentalidad o nuevo pensamiento soviético acerca de las relaciones internacionales tuvieron también un enorme peso en las conductas internas, o a la inversa, en el destino del socialismo en la URSS. El abandono de las ideas y la práctica del internacionalismo proletario fue  el eje de los cambios introducidos por los dirigentes de la Perestroika. Pero en resumen fueron tres los conceptos principales que sustentaron tal diseño: 1- Una nueva interpretación de la seguridad nacional, 2- La definición de la doctrina de la suficiencia razonable y, 3- La desideologización de la política exterior.

El aparato teórico de la política exterior se apoyo en el reconocimiento de  varios pilares fundamentales: la creciente interdependencia del mundo contemporáneo, incluyendo los países de diferente sistema económico social; la primacía de los intereses universales sobre los intereses clasistas; y, el carácter no ideológico de las relaciones internacionales, preferentemente interestatales.

Estos principios quedaron recogidos en forma sistemática en la obra “La Perestroika  y la nueva mentalidad para nuestro país y para el mundo entero”,[8] escrita por  M. S. Gorbachov en 1987. Las ideas preferenciales de tal doctrina eran que las guerras no podían ser un medio para lograr los fines políticos; la seguridad no podía ser garantizada por la guerra o la utilización de medios militares; los pueblos no debían alinearse bajo la égida hegemónica de las dos potencias: EE.UU. y la URSS; no se podía o no se debían trasladar las discrepancias ideológicas a la esfera de las relaciones interestatales, ni subordinar a ellas la política exterior; los intereses clasistas no debían situarse por encima de los intereses universales; la coexistencia pacífica no era una forma específica de la lucha de clases, etc.

Cualquier lectura que se hiciera de este documento programático llegaría a la conclusión de que la URSS y el PCUS comenzaban a dar un giro inverso en su política exterior, delineada incluso en el XVII Congreso. Era una revisión flagrante de los enunciados marxista-leninistas en su núcleo fundamental.

El interés nacional fue priorizado por encima de los internacionales. La jerarquización  de  las  contradicciones  del  mundo  contemporáneo  fueron revisadas paulatinamente en detrimento del internacionalismo proletario y socialista hacia las demás fuerzas revolucionarias, democráticas y progresistas. El holocausto nuclear, los problemas ecológicos, la eliminación del narcotráfico, del terrorismo, la pobreza y otros fueron puntos de primer orden en la agenda soviética delegando los principios clasistas e ideológicos. El deslinde dicotómico entre el humanismo abstracto y el humanismo socialista se hizo evidente.

Vinculando más que nunca antes en su historia la política doméstica con la exterior, los dirigentes de la Perestroika pretendieron reducir los gastos militares para reconvertirlos en el desarrollo interno del país. Estas intenciones se llevaron a cabo, sacrificando su política de alianza con los países socialistas este europeos, las relaciones con el Tercer Mundo y su apoyo al movimiento revolucionario mundial. De ahí sus pasos unilaterales de hacer concesiones a la OTAN en detrimento de la seguridad de los países socialistas y de sus propias fronteras nacionales.

Se abandonó a su suerte a las naciones del campo socialista. Cesó lo que se había denominado por el mundo occidental como la “Doctrina Brezhnev”, que significaba que los soviéticos velarían por el estatus socialista de sus vecinos geopolíticos y, la OTAN con los EE.UU. por sus zonas de influencias capitalistas. Terminó el apoyo político-militar de la URSS a la dirección de los partidos comunistas en el poder y la desaparición del antiguo sistema de aliados.

Todo ello alteró la correlación de fuerzas en Europa a favor del occidente capitalista y aceleró el advenimiento del proceso de cambios que venía fraguándose en el seno de las sociedades socialistas este europeas.

Allí, al igual que en la URSS, las serias desviaciones en la teoría y la práctica marxista-leninista de la construcción socialista, el surgimiento y aprobación de oposiciones políticas, francamente pro-occidentales y antisoviéticas, los grandes problemas de corrupción y enriquecimiento ilícito de altos dirigentes de los partidos y el gobierno, el divorcio cada vez más acentuado entre la dirección y el pueblo, la pérdida del prestigio de los comunistas y otras deficiencias habían incubado las condiciones propicias para la destrucción socialista.

La retirada, obligada en muchos casos, de las tropas soviéticas de estos países, las  cuales  los  habían  liberado  del  fascismo  desde 1945 y se mantenían como

garantes del socialismo en sus fronteras y, hasta en el orden interno (ver el caso húngaro en 1957 y el checoslovaco en 1968), fue aprovechado por las fuerzas nacionalistas y de derecha que, organizadas en Foros, Frentes Nacionales, Sindicatos (como el de Solidaridad en Polonia) y otros, avanzaron indeteniblemente hacia la toma del poder político.

El viraje hacia el capitalismo en esas naciones, con el conocimiento y reconocimiento explícito de las autoridades soviéticas, fue también alentado y apoyado por los gobiernos capitalistas occidentales y sus agencias especiales que les asesoraron y les diseñaron doctrinas que se convirtieron en programas de lucha contra los gobiernos socialistas. Los viejos sentimientos socialdemócratas latentes en esa sociedades donde existía un porciento estimable de propiedad privada y, por lo tanto, una ideología pequeño burguesa potencialmente fuerte, fueron alentados y brotaron a la actividad política, encontrando por los errores cometidos, un espacio político en la sociedad. Resurgieron los “nacionalismos encumbrados” y los “monstruos ocultos” religiosos que fueron subestimados, marginados y excluidos bajo el manto de una formal y ritualizada democracia socialista.

Con respecto al Tercer Mundo, la política exterior soviética de la nueva mentalidad asumió dos vertientes esenciales:

1.- Reconsideración de las responsabilidades de la URSS en esa área tanto desde el punto de vista económico-político como el militar. Se determinó que el involucramiento soviético en los conflictos regionales había afectado las relaciones con EE.UU. y, por ende, deterioraba el proceso de distensión entre las dos potencias. Se dedujo que el apoyo militar soviético debía disminuir y en la mayoría de los casos cesar. Esa posición estuvo bien avalada en el caso de la solución del conflicto centroamericano, y el de Nicaragua en particular, desde 1989 hasta 1990, en que se disminuyó y, luego retiró totalmente, el envío de armas a la Revolución Sandinista.[9]

2.- Bajo el manto de la “desideologización” de las relaciones interestatales con los países subdesarrollados y/o en vías de desarrollo la nueva política trató de eliminar que estos se apreciaran como parte de la confrontación Este-Oeste.

En  este  sentido  el gobierno  soviético  otorgó  mayor  prioridad a  los  vínculos

económicos mutuamente ventajosos aunque sin ventajas preferenciales para los atrasados- y, en esa línea, varió la estrategia de cooperación en función de sus intereses nacionales, la eficiencia, la rentabilidad de los negocios (ganancias netas en el intercambio) con las necesidades internas de la Perestroika.

Ello produjo un repliegue de la política exterior soviética de las regiones del mundo subdesarrollado, dejando de ser un aliado natural de los pueblos, las naciones y movimientos revolucionarios. En ese marco, muchos académicos y especialistas, argumentaron la tesis de la inviabilidad del socialismo en los países del Sur y, por ende, se presionó para que cesara el apoyo colaboracionista, solidario e internacionalista - subsidios fue la denominación copiada de los capitalistas  y retomada por los politólogos soviéticos- hacia los pueblos y las naciones subdesarrolladas.

Dos modelos sirvieron de ensayo a las autoridades soviéticas en su estrenada política exterior.

1- La retirada soviética de Afganistán, en 1988, de forma aparatosa y totalmente destrozados. La misma se realizó sobre la base de compromisos y concesiones unilaterales de la URSS con EE.UU. y abarcó el apoyo a los procesos de reconciliación actuando desde una posición neutral, el cese de suministros de armas, la adopción de compromisos internacionales sobre la base de mecanismos multilaterales para la solución del conflicto, incluyendo la verificación por organismos internacionales y reconociendo los intereses de todas las partes involucradas y el “equilibrio” entre estas. Cobraron inusitada fuerza las conversaciones soviético-norteamericanas que si en un principio fueron consideradas consultas, luego pasaron a formar parte de una casi confabulación para terminar el conflicto con la anuencia o indicaciones norteamericanas y dándole las espaldas a las fuerzas que habían sido apoyadas por la parte soviética.

2.- El otro modelo a tomar como ejemplo fue el de as relaciones históricas con la India. Aquí se puso de manifiesto los criterios de reciprocidad, ventajas mutuas y nunca preferenciales con respecto al país asiático, que fueron trasladadas mecánicamente a todo el planeta.[10]

Luego de la Cumbre de Malta, el 2 de diciembre de 1989, entre M. S. Gorbachov y George H. Bush, el Presidente de los EE.UU., la suerte del Tercer Mundo estaba echada.

De inmediato, Estados Unidos invadió a Panamá en ese propio año, bajo el pretexto de la captura del presidente de esa nación, acusado de narcotraficante, y luego ejecutó junto con una alianza heterogénea, la “Operación Tormenta del Desierto” contra Irak en 1991. Bajo las banderas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Estados Unidos invadió y bloqueó a ese país, durante 14 años, hasta el ataque definitivo contra esa nación en  el 2004. Pero en 1991, sólo se recibió por parte de la URSS mensajes retóricos y lastimosos con respecto a estas dos acciones militares norteamericanas que echaron por tierra las conversaciones sobre la Paz que, según los soviéticos, habían mantenido con los EE.UU.

La Reunión de Malta cerraba un círculo histórico, de Yalta en 1945 a Malta en 1989. Fue para  muchos analistas el “Munich Soviético”. El final era trágico pues los dirigentes soviéticos quedaron sin ningún margen de maniobra y realizaron un “striptease” público y un “travestismo” ideopolítico de la peor especie. Se transitó al capitalismo irreverentemente, el Secretario General  M.  S. Gorbachov disolvió al PCUS y cundió el pánico hasta en los políticos y sovietólogos occidentales pues no avizoraron una caída tan rápida y estrepitosa de la segunda potencia nuclear mundial, que se desintegró y, muchas de las quince repúblicas que se independizaron, quedaron con el arma atómica en sus territorios.

Un breve comentario acerca del impacto ideopolítico de la Perestroika en Cuba.

Mientras se llevaba a cabo en Cuba el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas (1984-1990)[11], se desplegaba en la URSS la Perestroika, la Glasnnost y la Nueva Mentalidad de las Relaciones Internacionales.

Dos procesos desarrollados en sistemas socioeconómicos similares, con algunos momentos, principios y problemas a resolver de alguna forma parecidos, pero que no poseían los mismos errores históricos, ni siquiera sus dirigentes podían compararse y habían sido proyectados desde ópticas diferentes, tenían que sufrir inevitables influencias. Sobre todo el cubano, por cuanto la URSS por su propio peso de potencia mundial, paradigma y referente histórico socialista (cerca de 70 años de experiencias en la construcción del socialismo), estaba más alejado de la tentación de “mirar y aprender” del proceso revolucionario cubano.

La rectificación cubana se hizo bajo un enfoque patriótico-nacional y universal principista, ético revolucionario y partiendo de una intervención del líder Fidel Castro enunciada desde el Primer Congreso del PCC, en 1975, cuando expresó que, “(...) ningún sistema en el socialismo puede sustituir a la política, la ideología, la conciencia de la gente, porque los factores que determinan la eficiencia en la economía capitalista son otros que no pueden existir de ninguna manera en el socialismo, y sigue siendo un factor fundamental y decisivo el aspecto político, el aspecto ideológico y el aspecto moral”.[12]

La vanguardia política cubana y, en especial, el Comandante en Jefe Fidel Castro siguieron con atención crítica los programas y  acontecimientos teórico-prácticos que se sucedieron en la URSS y demás países socialistas. Se conocía de los efectos y consecuencias que podrían traer para Cuba y el resto del movimiento revolucionario internacional el triunfo o la derrota de los mismos.

El Primer Secretario del PCC, Fidel Castro en su intervención en el XXVII Congreso del PCUS (1986) expresó entre otras ideas que “(...) No nos corresponde a nosotros, los invitados, emitir juicios evaluativos sobre lo que ha hecho este heroico y admirable país, ni sugerir ideas de lo que pueda y deba hacerse, sino expresar una vez más nuestra ilimitada confianza, nuestra admiración profunda y nuestra convicción sólida de que cualesquiera que sean las dificultades, cualesquiera sean los desafíos en el camino de la construcción del comunismo, nunca antes recorrido por el hombre, este pueblo y este Partido sabrán vencer.”[13] Pero a su vez, advirtió que “(...) Piensa tal vez el imperialismo que a cambio de la política de paz global por la cual se empeñan los países socialistas y todos los pueblos del mundo, y que constituye una necesidad objetiva de los propios Estados capitalistas desarrollados, estaría en sus manos disponer a su antojo del destino de las naciones emergentes de América Latina, África y Asia.

“En esas regiones del mundo donde quiere el imperialismo imponer guerras locales o de baja intensidad como suele calificarlas con cinismo a partir de concepciones cobarde y oportunistas, los pueblos nos encargaremos de no permitírselo jamás.”[14]

Un año después, en ocasión del V Congreso de la UJC, celebrado entre el 1ro y el 4 de abril de 1987, el compañero Fidel retoma una idea esencial para la independencia de la nación y del socialismo cubano planteando que, “(...) Por eso hablábamos de la instrucción revolucionaria, del marxismo-leninismo, que es una teoría revolucionaria que hay que aplicarla de una manera consecuente, de una manera revolucionaria. Hay  principios  que  no se pueden olvidar (...) la aplicación viva, consecuente, revolucionaria, de las ideas del marxismo-leninismo. Los hombres interpretan e interpretan de muchas maneras diferentes,  ¡pero nosotros debemos tener nuestra forma de interpretar las ideas revolucionarias del marxismo-leninismo!”.[15]

Los pronunciamientos, uno de confianza hacia el proceso en la URSS, aunque advirtiendo que los países pequeños contaban, por sobre todo, con sus propias fuerzas para oponerse al imperialismo; y, el otro, remarcando la idea que el socialismo cubano debía ser “creación heroica”, demostraban los puntos de coincidencias y, a la vez, los límites entre los dos procesos.

Finalmente, luego de varias intervenciones del Comandante en Jefe Fidel Castro entre 1987 y 1988, advirtiendo de los peligros del rumbo seleccionado en la URSS y los demás países socialistas de Europa Oriental, el 7 de diciembre de 1989, en ocasión de la Operación Tributo, ofrecida por el pueblo cubano a sus combatientes caídos en las luchas de liberación en África, el líder pronunció un discurso en el que definió con claridad meridiana que la Revolución Cubana se distanciaba definitivamente de los procesos de reformas del campo socialista.

El proceso rectificador cubano trató de enmendar el rumbo socialista con más socialismo real y con un conjunto de medidas esenciales, nada apresuradas y muy bien pensadas. Los principales planteamientos fueron “pensando con cabeza propia”, “soluciones nuevas a problemas nuevos” y “oponer ideas frescas a esquemas caducos”. Un breve glosario de las dificultades a superar puede ser el siguiente: Se trabajó por eliminar las desproporciones en la planificación de las inversiones, el gigantismo en las industrias y el sectorialismo; se luchó contra la dilapidación de los recursos, el despilfarro y se impulsó una racional política de ahorro; se elevó los volúmenes productivos y se puso en correspondencia con las inversiones acometidas; se revitalizó la voluntad hidráulica del país, se relanzó la vocación exportadora de la economía nacional; se reactivaron las microbrigadas sociales para aumentar la construcción de viviendas para la población, entre otras medidas socioeconómicas.

La principales medidas ideopolíticas fueron la lucha contra el formalismo, el dogmatismo y el esquematismo en la labor educativa, cultural y política-ideológica en el seno de la sociedad y sus organizaciones políticas, de masas y sociales; se situó al Partido Comunista de Cuba y la Unión de Jóvenes Comunistas en el centro de los debates y polémicas; la crítica revolucionaria y constructiva ante lo mal hecho recuperó su lugar ante la visión triunfalista y apologética que existían en algunos medios de prensa, la radio y la televisión; se hizo un llamado a combatir junto con el pueblo los errores y deficiencias pero teniendo en cuenta que se debía cuidar la unidad de la Revolución ante la agresividad del imperialismo norteamericano y su “quinta columna” interna; se aumentó la preocupación por el hombre concreto que fue situado en el lugar prominente que le correspondía, así como se fortaleció la democracia participativa directa del ciudadano colectivo e individual en el proceso de construcción socialista, en especial, el rol que debía desempeñar el movimiento sindical, los Comité de Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas y otras organizaciones, entre otras medidas.

Algunos importantes resultados se obtuvieron de inmediato: se construyeron un número considerable de círculos infantiles y consultorios de los médicos de la familia en los barrios, aumento de las inversiones en la industria de la construcción, la producción acelerada de equipos médicos de avanzada, introducción del perfeccionamiento del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), construcción de agromercados, un impulso básico al desarrollo de las instalaciones turísticas, surgimiento de los Consejos Populares instancia intermedia entre los Delegados de circunscripción y los municipios del Poder Popular, se dinamizó la sociedad con una cultura del debate entre revolucionarios, ampliación de la democracia socialista con la incorporación masiva de la mujer y los jóvenes en las tareas de dirección del país a los diferentes niveles, se rechazó las verdades a priori, el verticalismo, se luchó contra la inmoralidad, los sobornos y la corrupción, etc.

Sin embargo, otra cara de la moneda no puede ser omitida en este análisis. Una revisión de la prensa escrita tanto nacional como la recibida de la URSS en el período 1985-1991 da por resultado que, Cuba le brindó una cobertura enorme al proceso de reformas soviético y al de los demás países socialistas (mayor énfasis en el primero). Los periódicos Granma, Trabajadores, Juventud Rebelde, las revistas Bohemia, Verde Olivo y otras publicaciones nacionales, incluidas las de carácter partidista como El Militante Comunista y Cuba Socialista (en su segunda etapa), publicaron de forma permanente noticias y artículos de estas naciones.

Por otra parte, Sputnik, Novedades de Moscú, Tiempos Nuevos, la URSS, la Unión Soviética, y otras revistas como Ciencias Sociales y América Latina, los folletos distribuidos por la Agencia de Prensa Novosti (APN) y de la Academia de Ciencias de la URRS, tuvieron una amplia circulación en la Isla.[16] La información fue abundante y el número de lectores interesados en esas problemáticas fue en aumento.  El conocimiento de la Perestroika era tal entre la población cubana que, a decir de analistas, tal parecía que la sociedad de la isla estaba inmersa en el proceso de esas reformas.

Es importante resaltar, además, que en la URSS estudiaban en esos años más de 8 mil cubanos, en distintas escuelas, universidades, academias civiles y militares y que, el intercambio o flujo de personal cubano y soviético en ambas direcciones era amplio, así como la información respectiva.

También en los países del Este-europeo estudiaban miles de cubanos y existían colaboradores-trabajadores que, al mismo tiempo, que se especializaban en sus profesiones, brindaban una ayuda a esos países, como sucedió en la República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Bulgaria y otros.

La mayoría de las investigaciones cubanas y extranjeras realizadas sobre el impacto del derrumbe son las que abordan las consecuencias en el terreno económico y social. Los datos en esta esfera son los más corroborables si se tiene en cuenta que alrededor del 85% del intercambio económico, comercial y financiero de la Isla de Cuba se realizaba con esos países. Las consecuencias entonces eran y continúan siendo muy deducibles, aunque hoy para Cuba la situación ha cambiado esencialmente pues se ha logrado nuevas inserciones en el mercado capitalista mundial y han surgido nuevos aliados estratégicos de importancia vital para la Isla.

Pero en aquellos duros años la situación ideopolítica cubana tuvo variaciones aceleradas. De un primer momento de simpatía hacia el proceso reformista, ya en los años 1987 y, finalmente, entre 1989 y 1990, la población decididamente fue reticente y rechazó los cambios en la URSS y Europa del Este. Sin embargo, hubo una perdida del consenso en el seno de la sociedad cubana, porque hubo mucha confusión y crisis en la teoría marxista-leninista y su aplicación en la práctica real.

El estado real de la sociedad cubana en aquellos momentos nos lo brinda el Segundo Secretario del PCC, el General de Ejército Raúl Castro quien afirmó en una entrevista concedida en el año 2001 que, “(...) El pueblo de ahora no es el pueblo del año 1989, ni del 90 o el 94. Entonces el espectáculo era complicado en muchos sentidos, por el Estado que tenía la economía del país, por la caída de una tercera parte del Producto Interno Bruto, porque cientos de fábricas y centro de trabajo tuvieron que cerrarse (...) Recuerda que fue la época en que hubo 80 mil asambleas de los trabajadores, sin contar las que tuvieron los jóvenes, los estudiantes, para explicar la situación que estaba en desarrollo y como enfrentarla. En 1994 año muy difícil, recorrí todo el país con varios dirigentes, por instrucciones de Fidel, y llevamos a cabo aquellas reuniones territoriales del Partido. La situación era tétrica. Los ánimos estaban realmente caídos. Pero ahora las situaciones son diferentes (...) Había firmeza, hasta llegó a haber en algunos resignación ante la posibilidad de que la Revolución muriera, pero nunca primó el espíritu de la traición (...) Acuérdate del 26 de julio de 1994 en que planteamos lo de “Si se puede”. Empezamos a probar que sí se podía, nos propusimos cambiar el estado de cosas. Pero era lógico que no fuera fácil. Siempre que hay dificultades como las que tuvimos entonces, se producen claros, vacíos en las filas”.[17] 

Ello corresponde con un Acuerdo del Buró Político del PCC, publicado el 23 de junio de 1990, sobre el proceso de discusión del Llamamiento al IV Congreso del Partido (celebrado del 10 al 14 de octubre de1991) donde se expresaba que, “(...) Se nos ofrece así una excelente oportunidad para salirle al paso a la confusión de ideas provocada por el desastre de Europa Oriental y por los acontecimientos que tienen lugar en la Unión Soviética (...) no podemos ser ingenuos e ignorar que este análisis no se desarrollará de modo igual en todos los colectivos y que hay algunos donde tenemos que prever lógicamente la posibilidad de una confrontación de ideas tensa y difícil”.[18]

Pero los estudios políticos e ideológicos de la cubanología, y otros estudiosos cubanos en el exterior, cayeron y han caído hasta el momento, lamentablemente, en el campo de la especulación y la subjetividad más absoluta: acudieron de “ipso facto”a la futurología.

Ello abarcó desde los análisis apocalípticos inminentes hasta aquellos que esperaron a corto o mediano plazo que la Revolución Cubana no resistiría el embate y caería bajo el “efecto dominó” de los cambios mundiales; que sus propuestas modélicas se destruirían en el complejizado plano interno o que cuando menos Cuba debía realizar un proceso de reformas, similar o parecido, al de los socialistas europeos. Las apuestas en contra del proceso revolucionario cubano fueron de una dureza inimaginable, incluso desde el propio campo de algunos de los amigos y simpatizantes que asumieron actitudes críticas nunca antes sospechadas. “La Hora Final de Castro”[19] fue anunciada, pero nunca llegó.

Y en alguna medida tuvieron razón. Los sólidos vínculos ideopolíticos de Cuba con la URSS y el campo socialista, el semicopismo enraizado en la Isla, el mimetismo con respecto a algunas de las estructuras económicas, ideológicas y sociopolíticas eran suficientemente “fuertes”  para  “vaticinar”  que  la dirigencia cubana no podía encauzar el proceso interno  hacia una resistencia total, ante las  transformaciones  del socialismo  europeo  y  su  enrrumbamiento  regresivo hacia el  capitalismo  y  que  luego,  esa resistencia en  defensa  de  las

conquistas socialistas esenciales, pudiera convertirse en adaptación (léase inserción articulada e independiente) para el fortalecimiento del socialismo cubano en las nuevas condiciones. Todo ello si se tiene en cuenta que en esos años se acrecentó la política agresiva de los gobernantes de Estados Unidos contra la pequeña isla del Caribe. Recordar que estaba vigente el Programa de Santa Fe II (1988), que, en 1992 se aprobó por el gobierno norteamericano la Ley Torricelli (la del doble carril) y, que en 1996 fue firmada la  genocida y extraterritorial Ley Helms Burton.[20]

Y era también normal que tales estudios estuvieran matizados de una fuerte expectativa derrotista. Casi nunca la Revolución Cubana ha sido entendida y, peor aun, comprendida desde el exterior. Los analistas o estudiosos de Cuba, sean cubanólogos o no, no han sido en lo más amplio del término muy rigurosos científicamente en el discernimiento de la realidad cubana luego de 1959.

Las causas del origen, desarrollo y supervivencia de la Revolución Cubana han sido una incógnita para la mayoría de los especialistas. Muchos, aún hoy,  mantienen  la  tesis de que los factores exógenos han sido determinantes en la victoria y continuación del proyecto socialista cubano. Aunque los hechos hayan refutado tales teoremas políticos e ideológicos, estas “argumentaciones” se mantienen, subestimando que ha sido el consenso mayoritario del pueblo alrededor de su vanguardia política y, en especial, por el prestigio y mérito histórico de Fidel Castro, quienes supieron salvar las columnas fundamentales del socialismo cubano, su autoctonía e independencia plenas. Y esas conquistas la han defendido las masas populares con las armas en la mano.[21]

Otras de las fallas en los análisis del comportamiento interno del cuerpo societal cubano en el plano ideopoílitico y sociosicológico consistieron en el desconocimiento total o parcial de esa realidad durante los convulsos años de los 80 y los 90. Las agencias de inteligencia y académicas de los Estados Unidos y de otros países volvieron a errar al escoger entre los pro y los contra sobre la capacidad de desarrollo - con sus eficiencias e insuficiencias - del proceso revolucionario cubano. Poco o nada comprendieron del proceso auténticamente cubano de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas desplegado desde 1986 - nosotros planteamos que sus orígenes datan desde 1984-1985 -, de su alcance a corto y mediano plazo y su grado de arraigo en la conciencia del  sujeto popular.  Menos aún  de  las  medidas  extremas  y  racionales del Período Especial en Tiempos de Paz, aprobadas por consenso popular, en la década del 90.

Heredera de las mejores tradiciones históricas y revolucionarias de la nación cubana, de sus luchas de liberación nacional y social, del pensamiento ideopolítico de su más alto prócer José Martí, articulado al marxismo-leninismo y, teniendo presente la experiencia teórico-práctica atesorada por el movimiento revolucionario mundial y, en particular, el latinoamericano; aprendiendo de las enseñanzas de la historia propia y la de otros - de sus éxitos y fracasos - la Revolución Cubana emergió triunfante sin derivarse de una confrontación militar de carácter internacional y no contó con el apoyo material de fuerzas externas.

Y aunque recibió en el fragor de la batalla guerrillera y clandestina las simpatías y solidaridad de gran parte del mundo, la victoria fue consecuencia de una guerra llevada a cabo en su territorio donde la derrota armada y política del aparato represivo de dominación fue el factor determinante.

Esa autóctona nacional y el carácter auténtico popular de la Revolución Cubana es la causa primigenia de sus grandes logros y conquistas sociales en el campo de la economía, la salud, la educación, la salud pública, la seguridad y asistencia social; su posición principista contra el racismo, la discriminación contra los negros, la mujer y los jóvenes, así como el trabajo desplegado para que esas mayorías antes excluidas y explotadas fueran parte y esencia de la propia construcción socialista. Asimismo, la democracia participativa directa cubana a la que no le es ajena la representatividad; el desarrollo de una cultura amplia e integral de la población incluida su alta conciencia ideopolítica son algunos de los factores y no otros que inventan los enemigos los que brindan unidad y continuidad a la obra revolucionaria de la Cuba Socialista. Una Revolución, además, que nunca dejó de ser patriótico-nacional y revolucionaria, latinoamericanista, tercermundista, no alienada, antiimperialista, solidaria e internacionalista.  De todas formas no estuvo tan errado el escritor brasileño, ya fallecido, Jorge Amado, cuando afirmó, en 1990, que Cuba se encontraba inmersa peligrosamente en la Tormenta de la Perestroika.



[1] Este artículo está extraído de un trabajo monográfico –inédito- del autor denominado “Apuntes para un estudio del impacto ideopolítico de la Perestroika en Cuba. 1985-1991”.

[2] Ernest Mandel El capitalismo tardío, ediciones ERA, México DF, México, 1979.

[3] Rene Dreifuss  A epoca das perplexidades, Voces, 2da edición, Petrópolis, Brasil, 1991.

[4] James Petras  Europa Oriental: el lenguaje del engaño, periódico Granma, La Habana, 17 de diciembre de 1990, p.4.

[5] Mijail S. Gorbachov  periódico Izvestia, Moscú, 20 diciembre de 1990,  pp.1-2. (en ruso).

[6] Edward Shevardnaze  The future belongs to freedom, New York, USA, Free Press, 1991, p. 37 (en inglés)

[7] Mijail S. Gorbachov El Golpe de Estado. La verdad y sus consecuencias, Editorial Diana, México, S-f, p. 142.

[8] Mijail S,. Gorbachov La Perestroika y la nueva mentalidad para nuestro país y para el mundo entero, Editora Política, La Habana, 1988.

[9] Aunque la dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional estuvo de acuerdo con esa solución, acorde con los Acuerdos de Esquipulas I y II.

[10] Santiago Pérez  Cuba en la política norteamericana hacia la URSDS, Cuadernos Nuestra América, Vol. VIII, No. 16, ene-jul, La Habana, 1991; del mismo autor Estados Unidos: fin de la Guerra Fría y la política hacía el Tercer Mundo, Cuadernos Nuestra América, Vol.: XIX. No. 17, jul-dic., La Habana, 1991.

[11] Para este autor el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas comenzó en noviembre y diciembre de 1984 con algunas intervenciones del Comandante en Jefe Fidel Castro en el Forum de Energía y en la Asamblea Nacional del Poder Popular, aunque este proceso tomó auge luego del discurso de Fidel en el XXV Aniversario de la victoria de Playa Girón, en abril de 1986 y, en el III Congreso del PCC (febrero de 1986) y su Sesión Diferida en diciembre de ese año. Ver: Fidel Castro Ruz  Granma, Suplemento, 4 de enero de 1985, La Habana, p. 10; Informe Central al Tercer Congreso del Partido Comunista de Cuba, Editora Política; La Habana, 1986. El Período Especial para Tiempos de Paz, Fidel Castro lo anunció el 28 de septiembre de 1990 y con ello la paralización del proceso de rectificación, y Darío L. Machado  Nuestro propio camino. Análisis del proceso de rectificación, Editora Política, La Habana, 1993.

[12] Fidel Castro Ruz  Informe central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, en La Unión nos dio la Victoria, Editado por el DOR del CC del PCC, La Habana, 1976.

[13] Fidel Castro Ruz Discurso en el XXVII Congreso del PCUS, Revista URSS, Suplemento, Agencia de Prensa Novosti, abril de 1986, pp. 215-216.

[14] Ídem.

[15] Fidel Castro Ruz  Discurso de Clausura en el V Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (7 de abril de 1987), en Por el Camino Correcto, Compilación de textos, 2da Edición, Editora Política, La Habana, pp. 137-138.

[16] Estas revistas fueron prohibidas y sacadas de la circulación nacional el 4 de agosto de 1989.

[17] Raúl Castro Ruz  Entrevista en el periódico Juventud Rebelde, La Habana, 3 de mayo del 2001, p. 4.

[18] Periódico Granma, La Habana, 23 de junio de 1990, pp. 1-2.

[19] Andrés Oppenheimer  La hora final de Castro, ED. Javier Vergara, Buenos Aires, Argentina, 1992.

[20]  Estos programas y medidas estratégicas de cumplimiento a mediano y largo plazo fueron instrumentados conjuntamente con una guerra radial y televisiva (Radio y televisión Martí, 1985 y 1990) , agresiones sicológicas, violaciones del espacio aéreo, atentados contra la máxima dirección de la Revolución, apoyo a los grupúsculos contrarrevolucionarios internos, provocaciones militares en la base naval de Guantánamo, y trabajo de espionaje permanente.

[21] Desde 1980 se perfeccionó el sistema defensivo del país al asumirse La Concepción de Guerra de Todo el Pueblo, en el cual todo el país y sus ciudadanos se preparan militarmente de forma permanente en las Milicias de Tropas Territoriales, las unidades de la reserva, las brigadas de producción y defensa, los Consejos Populares, las Formaciones Especiales, la marina y la defensa antiaérea  popular, entre otros.