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Manuel Sanguily y Garrityante la condición humana
Pablo Guadarrama González
Guadarrama González, Pablo. "Manuel Sanguily y Garrityante la condición humana". En: La Condición humana en el pensamiento cubano del siglo XX. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. 2010. págs. 00

     La obra intelectual y política de Manuel Sanguily[1] fue una digna expresión de la continuidad de la trayectoria humanista del pensamiento cubano y latinoamericano decimonónico[2] al nutrirse de sus fuentes ilustradas de primera mano. Se formó en un ambiente cultural e ideológico muy progresista como el del  Colegio El Salvador, por lo que es apreciable en  su ideario una amplia y moderna perspectiva antropológica, en la que se combinan la indirecta huella de Félix Varela, a través del directo magisterio de José de la Luz y Caballero, a quien le sirvió como amanuense.    Cultivó  una sostenida amistad también con su maestro Enrique Piñeyro y con Enrique José Varona, a quien profundamente admiró.

    En toda su obra se aprecia una profundidad de análisis en la que aflora con  frecuencia el escarpelo filosófico, por el sistemático estudio que realizó de los clásicos de la filosofía universal, hecho que se revela, además de su sostenida labor política y jurídica,  en su prolífica obra como profesor, ensayista, conferencista y crítico literario. Según Max Henríquez Ureña: “La crítica de Sanguily era, las más de las veces, crítica de ideas. Al enjuiciar una obra gustaba de penetrar en lo hondo del pensamiento del autor y apreciar cual era su posición frente a los grandes problemas de la naturaleza y el destino”[3].

    Aunque en algunos momentos de su obra se observan esporádicos análisis sobre la relación del hombre con la naturaleza, especialmente en el plano epistemológico, en verdad, este tema no constituyó un problema de frecuente atención en sus análisis. 

    Son muchos los conocedores de su pensamiento[4] que enfatizan la preocupación por los profundos problemas de dimensión filosófica, en especial aquellos que tuvieran que ver con la ética y el lugar del hombre en la sociedad que le orientaban en su praxis política.

    En el caso de Manuel Sanguily se está en presencia de un intelectual orgánico profundamente comprometido con la lucha por la independencia y la soberanía nacional tanto frente a España como ante la voracidad del vecino país  norteamericano. Por esa razón, “en sus discursos y ensayos hay siempre una prédica política, ya que en él, en definitiva, existía una unidad inquebrantable entre el estilo y el hombre”[5]. De este significativo elemento de su obra nadie ha podido dudar.

    En sus primeros trabajos se aprecia una preocupación por  temas históricos vinculados  a la génesis y conformación de los pueblos americanos, como puede apreciarse en Los caribes en Las Indias (1884)  y El descubrimiento de América (1892), al tiempo que le dedica especial atención a la vida y obra de José de la Luz y Caballero (1890), “libro –como apunta Medardo Vitier- de frío examen de escuelas filosóficas y al mismo tiempo, de íntimo fervor, evidencia la cultura de Sanguily en filosofía, sin la cual ningún crítico puede estudiar el organismo intelectual de una época ni enjuiciar figuras en las que, como en Luz, el pensamiento es lo central”[6].

  El marcado compromiso de Sanguily con la liberación del pueblo cubano, tanto en el plano político, como social, cultural, científico-técnico, etc., desde su juventud  se fue incrementando en la intensa trayectoria de su vida y  estuvo siempre acompañado de la profunda reflexión teórica, en la que los temas epistemológicos se entrelazan con los axiológicos, tanto en su dimensión ética, jurídica, política y estética,  como  en el análisis de  problemas y personalidades históricas.

    La controvertible huella del posi­tivismo sui generis,  que afloró su época en el ámbito latinoamericano[7],   de algún modo se puso de manifiesto en algunos momentos en la obra de esta destacada personalidad de nuestra historia,[8] independientemente del hecho de que al igual que Varona y otros admiradores de esta postura filosófica, como José Martí[9],  llegasen a distanciarse de ella, e incluso criticarla, lo que ha llevado a dudar  a Enrique Ubieta “de su estricta filiación positivista”[10], cuando en verdad nunca la asumió en un sentido  estrecho, aunque a través de su amplia obra, plasmada en sus conferencias, discursos, ensayos, reseñas, etc., en fin, como sostienen Isabel  Monal y Olivia Miranda, “en la multifacético actividad de Manuel Sanguily es posible percibir el eco de algunas ideas propias de los sistemas positivistas”[11], por lo que  son muy evidentes los frecuentes acercamientos a esta filosofía,  así como algunos  justificados distanciamientos crítico.

   Una valoración del positivismo  se per­cibe en su estudio sobre José de la Luz y Caballero, en el que lo  considera  como una especie de positivista autóctono, -como consideraría posteriormente Alejandro Korn, para el caso del positivismo en Argentina[12]-, pues según su criterio había llegado a compartir los principios de esta filosofía cuan­do esta todavía no era la predominante en Europa. En el plano gnoseológico los puntos de contacto de Sangui­ly con el positivismo, especialmente spenceriano,  fueron, sin dudas en algunos momentos, más  evidentes que en otros[13], pues el  agnosticismo y el escepticismo le em­parentaron en ocasiones de algún modo con dicha filosofía.

        Desde muy joven puso de manifiesto en ocasiones algunas posturas escépticas  como se aprecia en esta carta de 1876 dirigida desde los campos de batalla a su maestro Enrique Piñeiro en la que le plantea: ¨¿para qué sirve en el mundo el que como yo quede con ansias, con hambre de saber… en el ocaso de la juventud … en la edad en que se van las ilusiones y se infiltran en el alma … el escepticismo y el cálculo?¨.[14]

     Expresiones como estas pueden encontrarse esporádicamente expresadas en determinados momentos de su larga e intensa vida política, pero esto no debe conducir a caracterizarle como un escéptico[15] o un agnóstico.  Algunas  de sus expresiones agnósticas justificarían sus   criterios sobre la perpe­tuidad de las ideas  religiosas,  así como de la poesía.  Quizás los que esperan de la ciencia la última palabra sean víctimas de una ilusión generosa: Isis, señores, está siem­pre presente, y el hombre no puede descorrer nunca por completo el velo de las cosas; así mientras haya un mis­terio en cualquier rincón de lo infinito inexplorable, ha­brá siempre también poesía y religión.”[16]

  Para Sanguily existía  siempre un insondable reino de lo desconocido. "Hoy mismo, por lo que vemos, -afirmaba- puede afirmarse que la ciencia hu­mana jamás penetra tan adentro de las cosas que no deje de ellas algún lado oscuro e inaveriguado".[17]

Según él, este lado desconocido era absolutamente inalcanzable y a lo más que pueden llegar las ciencias es a describir el cómo y no el por qué, pero en ningún caso a encontrar las verdaderas causas de los fenómenos, por eso llegaba a la siguiente conclusión: “Frente al universo que le envuelve y domina, el hombre -solo y desamparado- niega o afirma, bien que al ne­gar sea también afirmar, al menos afirmar lo contrario o lo diverso. Ante la inmensidad y sus misterios se deja el hombre, como dijo Claude Bernard, mecer por el viento de lo desconocido, en las sublimidades de la ignorancia’; Hamlet le advertía a Horacio que en el cielo y en la tierra hay más cosas de las que sueña la filosofía; y un gran filósofo moderno, el insigne Herbert Spencer piensa que ‘el sabio sincero siente con más fuerza que cualquiera otra incomprensibilidad completa del hecho más sencillo considerado en sí mismo: sólo él ve que un conocimiento absoluto es verdaderamente imposible, y sólo él sabe que en el fondo de todas las cosas hay un impenetrable mis­terio.’ ”[18]

     Este misterio era para Sanguily, a diferencia de Spencer, no sólo el punto de partida de la religión sino también de la metafísica y de la poesía. Pensaba que la filosofía, entendida como metafísica, no había muerto ni sería destruida por la ciencia como afirmaban el positivismo, sino que "los grandes problemas de la metafísica siempre serán una realidad"[19].

   Aunque otor­gó validez a la metafísica lo hizo sólo admitiendo su valor en su terreno propio, sin que por ello pudieran incluirse sus rsultados dentro de las posibilidades de la ciencia.

    La importancia que le atribuía a la filosofía del mismo modo que a la literatura y el arte en la conformación de la espiritualidad se correspondía con su postura humanista que traspasaba los marcos del andamiaje teórico para volcarse en un proceso de emancipación práctico revolucionario del pueblo cubano por su independencia y su dignidad. 

Para él, "el mundo, el cosmos, es indefinido y complejo y que las potencias humanas son limitadas"[20], se planteaba ante sí un obstáculo para el conocimiento del mundo, en especial de la sociedad, porque se encuentra integrada por hombres y a su juicio: “Cada hombre es para los otros un enigma”[21] .  Reducía así, en cierto modo,  la misión de la ciencia a cierto fenome­nalismo y relativismo.

 Consideraba que "en el mundo todo es relativo y todo es en el fondo insignificante"[22], pero aún así es imprescindible partir de la experiencia para lograr el cono­cimiento científico. Siguiendo el método inductivo en toda su obra, -la cual fundamentalmente enjuicia los problemas socia­les-, nunca tomó un principio general por cierto sin someterlo antes al proceso de análisis en cada uno de sus detalles en su concatenación con otros.

¨Una idea fecunda -considera Rafael Cepeda- está perfectamente clara en la mente de Sanguily, ya en su madurez: la conexión necesaria de todos los sucesos y fenómenos, y de su interdependencia causal. Ese determinismo no es mecanicista”[23]

El movimiento de los acontecimientos históricos, para él, ni está predestinado y ni es invariable, por el contrario dependerá su desenvolvimiento en gran medida de la acción humana, así como de factores aleatorios imposibles de predecir de manera lineal y unilateral. A su juicio: “Es propio de la gente seria y de entendimiento sano enfadarse y escandalizar porque se discurra acerca de las contingencias futuras, o los futuros contingentes, de las posibilidades y aún probabilidades históricas, cuando la historia toda no es más  que un panorama de variaciones, mudanzas y sorpresas”[24].

          El hecho que admitiese la existencia de tales factores casuales no significa en modo alguno que haya considerado a los acontecimientos  históricos como un producto del azar, pues para él existían tendencias, regularidades e incluso leyes del desarrollo social y “leyes históricas”[25], pero estas estaban articuladas en dinámica interacción con factores subjetivos y en definitiva lo decisivo la acción humana movida por grandes voluntades. Esos criterios los puso de manifiesto cuando exaltó el incuestionable mérito de José Martí, al haber impulsado de forma extraordinaria el papel de los factores subjetivos para conducir al pueblo cubano a su debida emancipación.

¨Porque, -según Sanguily-  aun cuando él (Martí) no pudo producir y determinar la Revolución, su mérito indisputable consistió en haberla sentido palpitar  en las entrañas de su pueblo, cuando los demás la creían vencida  y muerta para siempre, en haber vivido en el alma del pueblo y de ahí su misión  -la propaganda incansable de la buena nueva, para tenerle preparado el camino- y su verdadera, su grande obra de previsión y de patriotismo, la creación oportuna y organización del Partido Revolucionario”[26]

De tal modo otorgaba merecido reconocimiento  a labor revolucionaria del héroe nacional cubano, pero en sus justas proporciones, porque “No parecía que Sanguily compartiera del todo el sentir de Carlyle en relación con la influencia de los grandes hombres en la historia del mundo, cuando había escrito que la evolución social –como la personal, como la universal- se efectúa sin nosotros, o a pesar o en contra de nosotros. Porque en el determinismo de las cosas nadie es indispensable. Así afirmaba <<si Colón no topa con la América en 1492, Álvarez Cabral la hubiera encontrado ocho años mas tarde como la descubrieron los piratas islándicos algunos siglos antes>>” [27] .

 De manera que su concepción del desarrollo histórico le otorgaba especial significación a la existencia de un ideal que se impregnara en un grupo de hombres decididos a convertirlo en realidad. A su juicio: “Entre el privilegio que es la desigualdad, la tiranía que es un crimen, la esclavitud que es una infamia, el despojo que es una crueldad, el vasallaje oprobioso del débil por el fuerte que es un sacrilegio, y el derecho  y la libertad y la igualdad que son la vida, la verdad y la ley, la lucha es larga, ha sido terrible y sin descanso, pero el resultado no puede ser dudoso. El pueblo que quiere triunfar de sus tiranos al fin conquista su libertad y su honor. Para eso no es necesario que todos los oprimidos <<numéricamente todos>>, se levanten y protesten. Para  conmover todos la sociedad-ha dicho un ilustre e inconsecuente estadista español- no se necesita más que un punto de apoyo, que es una idea y una palanca, que es la voluntad enérgica de algunos hombres[28]

  Sanguily, por lo regular consideró que existe en el desarrollo social una interconexión   necesaria entre los factores objetivos y subjetivos, pero de forma muy relativa y de ninguna forma se debe absolutizar tal conexión.

Consideraba que aunque un determinado medio social o un momento histórico pueden favorecer determinadas actitudes, sin embargo este hecho no se produce de manera inexorable y ponía como ejemplo su propio opción política independentista al haber sido formado en aquel significativo Colegio de El Salvador  y bajo influencia directa de tan célebre maestro, como Luz y Caballero,  y sin embargo algunos de sus condiscípulos en lugar del separatismo, como en su caso, se opusieron a él u optaron por el autonomismo y hasta el anexionismo. Por lo que arribó a la conclusión de que: “El medio, en consecuencia es un factor de vario influjo; a veces de ninguno, al punto de que sea tanta verdad que el hombre reacciona sobre el medio y lo transforma, como lo contrario. La ciencia, la industria y el espíritu de empresa y lucro están continuamente reformando el planeta. Si hay un medio cubano  ¿Por qué los cubanos, siquiera  en su mayoría, no son o piensan y quieren lo mismo?¨.[29]  Tal criterio ponía de manifiesto que en su consideración de la condición humana le otorgó a la libertad personal y a las decisiones individuales un significativo papel en el desenvolvimiento de los procesos sociales.    

Rechazó todos los sistemas filosóficos cuyos puntos de partida fuesen la cons­trucción de esquemas generales preconcebidos. De ese modo consideró a la filosofía clásica alemana, dentro del marco de la metafísica. El error fundamental del idealismo alemán radicaba, según él; en no haber partido de la experiencia, pues afirmaba que "la meta­física alemana, es decir, por las construcciones, si realmente soberbias y atrevidas más falsas y delirantes que puede levan­tar el pensamiento humano cuando se desentiende de la ob­servación y de la experiencia"[30], sin percatarse, tal vez,  que precisa­mente esta última  había sido el  pilar inicial de la teoría de la Crítica de la Razón Pura.

 Sanguily consideraba la experiencia como el punto de par­tida necesario de toda ciencia y toda doctrina filosófica. Buscaba siempre el fundamento de la ciencia en el dato, en el fenóme­no. En esto veía la diferencia entre la religión y la ciencia, "la primera busca la abstracción suprema; la segunda acaso va a parar allí, pero empieza siempre por el examen de lo concre­to".[31] Aunque consideraba que en definitiva la religión y la  ciencia sólo se diferencian por los métodos que     utilizan pues  las concebía con causas y objetivos comunes. Pensaba que la expe­riencia, es un  proceso de inducción que sirve a la explicación a los complejos procesos sociales.

          “No soy, pues, más que un observador que contempla a un pueblo en un momento dado, que no tiene otro deseo que ver con claridad; que sin odio ni interés mezquino, examina hechos sociales para comprenderlos y prever en lo posible sus consecuencias, por la investigación de sus orígenes o sus condiciones.”[32]

    Se enorgullecía de ser un buen observador de la realidad histórica, condición indispensable para ser un buen historiador. Pero ese empirismo en el análisis social no lo condujo a desconocer la existencia de leyes sociales. Para este pensador cubano la objetividad de las mismas era un he­cho evidente y la tarea del investigador era descubrirlas para poder utilizarlas y poder así determinar el papel de la voluntad humana en su despliegue.

Sostuvo una concepción crítica sobre el posible destino  en el desarrollo  del individuo humano, “…porque nadie al menos que se sepa, trae misión alguna el venir al mundo”,[33] elemento este de importancia en cuanto a su consideración de la condición humana, aunque en su juventud  cedió terreno a cierto enfoque teleológico de la historia  y con ello, naturalmente, a la religión en detrimento de la propia filosofía, ya que por una parte reconocía la exis­tencia de leyes en la historia, pero por otra, en algunos momentos,  las consideró como un producto de la voluntad divina.

 En plena época de la guerra de los Diez Años, tratando de argumentar su sólida posición independen­tista sostenía: “Las alternativas angustiosas que hemos experimentado y las acontecimientos que han venido sucediéndose, demues­tran la, invencible vitalidad de nuestras principios rege­neradores y ponen de manifiesto las leyes históricas. Los sorprendentes y magníficos pobladores del espacio no son los únicos seres que obedecen leyes reguladoras. Los su­cesos que realizan los hombres también se desenvuelven conforme a una pauta; porque la providencia lo ha some­tido todo a sus sabios decretos, desde el invisible grano de arena hasta la apartada nebulosa".[34]

     Para él, en una primera etapa de su evolución intelectual,  Dios era el principio motriz general, la voluntad suprema ordenadora de todo lo existente y, por lo tanto, tam­bién del orden social; pero en 1893, cuando era ya inminente el advenimiento de una nueva guerra por la independencia, -vía que siempre consideró necesaria para la liberación nacio­nal-, se percató de que sus anteriores criterios eran un arma de doble filo y podían servir a los españoles para justificar su dominio sobre la colonia como un designio divino. Por eso, tal vez rectificando su criterio anterior,  precisó: "Ni Dios, ni nadie, ángel o demonio, interviene, ni ha intervenido nunca en las luchas de los pueblos, ni en el curso de la evolución de cada uno de ellos"[35]. Mantuvo su fe religiosa, pero prefería eliminar este campo de acción a la voluntad divina y dejar que la sociedad se moviese por sus propios mecanismos, como era normalmente considerado por el deísmo, concepción que finalmente prevaleció en él. 

            Reconsidera su concepción sobre el desarrollo social y lo concibe entonces  movido por sus propios resortes sin necesidad de la interven­ción divina, ampliando el margen de la actividad humana al darle mayor oportunidad a los hombres de decidir su propio destino. De ahí que afirmase: "toda sociedad cambia, lo mismo de ideas y sentimientos que de aspecto y organización a virtud de leyes que determina sus variaciones y destino en cada época de su vida"[36].

Sanguily consideraba que el carácter de las leyes sociales, pre­cisamente por ser leyes, estaba marcado por su regularidad, por su funcionamiento estable, porque, para él, eran “iguales en to­das las épocas y en todos los lugares las leyes que rigen la sociedad y determinan la naturaleza y la conducta de los indi­viduos".[37]

Este criterio de Sanguily lo acercaba a una especie de concepción algo naturalista del hombre  que se observa cuando afirmaba: “El hombre, en cuanto ser vivo, es como la montaña o el bosque, un producto natural, y por lo mismo nadie se siente contrariado porque haya seres imperfectos, o monstruosos, ni los aplaude o vitupera a titulo de tales, como tampoco porque entre las arenas del Mediterráneo haya ‘vestigios de detritus’”.[38]   Sin embargo, esta concepción no presuponía que el intelectual cubano ignorase o subordinase a planos insignificantes el papel del ambiente social, familiar, cultural y  educativo,[39] que contribuyen a conformar la condición humana en una interdependencia a su juicio entre los factores subjetivos y objetivos.   

Aunque en este análisis parece identificarse con una concepción multifactorial del desarrollo humano, sin embargo, la    perspectiva naturalista siempre de un modo u otro estará muy presente en  su visión del hombre y era propia del enfoque  sociológico  de esa época que también concebía la eternidad natural, y por tanto no histórica o transitoria, de las leyes socia­les. Tales leyes de carácter físico, biológico o, en definitiva, "natural", determinaban, según este criterio,  los -procesos sociales. En verdad, de esa forma se aspiraba a encontrar una respuesta científica al problema del determinismo en la vida social.

    Sin embargo, ese proceso de emancipación del ser humano de su raigambre natural y del salvajismo era, para él,  un proceso lento y tortuoso. Esto se aprecia cuando sostiene: “Pero ¡Ah! La civilización –si no es un privilegio, tiene desgraciadamente sus zonas, y no marcha siempre si no muy despacio. El hombre es un animal que se empeña generosamente en ir anulando la bestia que vive en el fondo de sus entrañas. –Algunas veces se eleva hasta la humanidad y la fraternidad; otra nos puede liberarse del bruto¨. [40] 

El objetivo principal de tal naturalismo sociológico era combatir cualquier concepción teleológica de la historia o intento de presentar el desenvolvimiento social como algo preconcebido de antemano. Este argumento era sobre todo muy válido en aquellos momen­tos en que se necesitaba arengar a una parte de los cubanos para dar el golpe definitivo sobre el colonialismo español. Por eso en 1893 escribía: "ningún pueblo, como ningún hombre,  tiene misión predefinida en la historia".[41]

   Y en otro momento puntualizaba: “Yo creo en las fatalidades de la historia, en el determi­nismo de los sucesos, como creo en su desviación y encauzamiento en sentido diferente al que resultaría del azar o de abandonarse a las combinaciones naturales; pero vencer el determinismo, torcer, desviar el curso de los sucesos, abrir un cauce para que las aguas que vienen despeñadas desde el diluvio tomen una dirección prevista y calculada, es todo el contenido de la historia humana, el móvil, la causa de la lucha de clases, las razas, los partidos, del diario afán de los propagandistas y políticos, del martirio de las minorías mesiánicas, reformadoras y revoluciona­rias”[42].

      Según este criterio, la acción de las leyes históricas no establecía un rígido cauce para los procesos sociales y, en su lugar, abri­rían amplias posibilidades para el agente principal de la his­toria. Pero en verdad la concepción de Sanguily, en cierto modo, no dejaba de ser  algo fatalista, no  basada en una predicción divina de la historia, sino de otra índole, al no concebir  adecuadamente el carácter de la evolución universal. Así concibe el desarrollo social,  como todo el mundo en general, sometido a una férrea evolución que inexorablemente lo rige todo.

Resulta significativo que haya puesto su atención sobre la lucha de clases, si bien es cierto que parece equipararla a la "lucha" entre las razas y a la lucha política de las "minorías".

     En ocasiones consideraba que el movimiento social se hacía incomprensible, indescifrable y por tanto es inútil su interpretación científica. Por esa vía le abría las puertas a la religión, como se aprecia en 1894: “Blancos y negros estamos, hemos estado y estaremos per­petuamente sometidos a fuerzas superiores, misteriosas e incontrastables quizás y hemos andado desde las pro­fundidades de los tiempos y andaremos en lo venidero empujados o arrastrados hacia fines desconocidos. No sa­bemos de donde venimos; no sabemos tampoco a donde vamos”[43].

     Esta postura a la vez  lo hacia volver en cierto modo a sus posiciones iniciales respecto a la incertidumbre del hombre ante el efecto de la creación divina. Y a la vez esto lo distanciaba, al menos temporalmente, de la concepción  en las que tra­taba de fundamentar la historia como una ciencia con fines de carácter práctico.

   Su ambigua posi­ción en relación con la postura del hombre ante el desenvolvimiento de los acontecimientos históricos se plasma cuando a la vez su aspiración era analizar este asunto con objetividad  y carácter científico en el que se destila  incluso cierto matiz materialista. Esto se observa  cuando trataba de demostrar el carácter necesario de la guerra por la independencia que se avecinaba y escribía: “Todo hecho, todo suceso, revelan un estado de espíritu, un estado de la opinión, es decir, de la conciencia y todo estado de la opinión y de la conciencia dependen de las condiciones sociales, y las condiciones sociales son siempre y en todas partes un resultado, obedecen a causas que las determinan y que son mediatas o próximas; pera que una vez originados actúan en el sentido de su dirección y de su fuerza”[44].

    Consideraba que se podrían  juntar diez locos y planear cual­quier acto, pero es muy  difícil que se pusieran  de acuerdo cien­tos, miles de locos para lograr una causa común como aquella guerra que se preparaba por todo el pueblo cubano lo que significaba que este hecho no era fortuito ni producto de decisiones arbitrarias, sino de factores necesarios donde la acción social de un pueblo, y no de individuos aislados,  era, en verdad, lo decisivo. 

      Aún cuando no planteaba con mayor  claridad la objetividad de las condiciones sociales en el desenvolvimiento de la historia, pero señalaba su carácter necesario que las hace actuar con fuerza de ley y en ese plano destacaba el significativo papel de los ideales cuando se convierten en convicciones que impulsan la acción humana. 

      En ese sentido al valorar el papel que desempeñaron las ideas de José de la Luz y Caballero y otros precursores de la na­ción cubana, como Félix Varela, José Antonio Saco y otros, en la gestación de las guerras por la independencia, señalaba:“Porque la verdad es que si no siempre una doctrina es­grime el acero, casi siempre una espada ensangrentada hasta el puño no es otra cosa en la historia humana que el buril inconsciente y tremendo que esculpe en la carne del mundo un ideal distinto concebido en la serenidad apa­cible del pensamiento." [45]

    Consideraba a las  ideas estaban  sometidas a las mismas leyes nece­sarias que rigen toda la sociedad, por lo que afirmaba "las grandes ideas se abren paso a través de los obstáculos y obedecen las leyes que regulan la marcha fatal de las agrupaciones humanas”[46]. Y por otro lado, se oponía a todos los intentos por considerar a la historia sola­mente como un producto de la acción de las ideas o de deter­minadas teorías sociales.[47]

        Este criterio no impidió que le  otorgase un gran significado a valores como la justicia, la honradez, la igualdad –al menos en el plano jurídico- , la libertad, etc., en el desarrollo histórico lo cual  se aprecia cuando sostiene: “Si la esperanza sigue al hombre, aun en el hueco del sepulcro, como el fuego fatuo de los cementerios, la justicia es en la tierra el vicario verdadero: un poco más de la Divinidad consolando y levantando el género humano” [48]

        Concibe el  desarrollo social de­terminado no por factores ideales, sino materiales; pero otorgándole primacía a los elementos de la naturaleza, tales como el medio geográfico y la condición biológica del hombre, por lo que inicialmente compartió las concepciones del darwinismo social –como considerar “el hacinamiento de razas y subrazas atrasadas”[49] junto a la incultura como factores retardatarios para el progreso en Cuba-  hasta que se percató de las posibles consecuencias ideológicas negativas del mismo y abiertamente lo condenó por las connotaciones racistas que implicaba.  

    Resulta muy significativo que al constituirse la Asamblea de Guáimaro en los discursos oficiales nadie había hecho referencia a la participación de los negros en la  lucha por la independencia. Al concluir el acto, su amigo, el mayor Ignacio Agramonte, le cedió la palabra a Manuel Sanguily  y este en una improvisada tribuna encima de una silla fue el primero en destacar la histórica significación de la participación de los “hombre de color” en aquella gesta  con palabras tan fraternales con relación a aquellos compañeros suyos  de batalla,  quienes se habían emancipado al incorporarse al ejército libertador,  que cuentan arrancó entre ellos emotivas lágrimas. 

    “La verdad era su divisa - con razón sostendría su hijo al editar sus obras- ; así como también los individuos solo le merecían respeto y admiración o lástima y menosprecio por su carácter y por sus actos, y jamás ni por su origen, ni por su raza”. [50]

           Sanguily comprendía la imposibilidad de pasar por alto la materialidad del mundo, de desembarazarse de su objetividad, por esto tendría que tomar en cuenta necesariamente la acción de los elementos materiales que determinan el desarrollo de la sociedad,[51] y trató afanosamente de encontrar alguna solución conciliatoria al problema de la relación del mundo material y de las ideas en la historia.[52]

    Planteaba la interacción entre los factores externos e internos que inciden en la historia, pero se refiere a la existencia del "intelecto" de un país o  a la "mente de un pueblo", en una forma algo abstracta, sin explicar con mayor claridad a qué se refiere en cuestión. Esta vaguedad de los conceptos dificulta algo  la interpretación de sus ideas.

    Sanguily presenta la historia como reflejo de un estado social que a su vez es producto de un estado síquico -término este tomado de Spen­cer- y, por último, hace derivar mecánicamente dicho estado síquico de la naturaleza física. Al caer en manos de esa so­ciología orgánica no pudo menos que emplear la terminología biológica propia de esta tendencia, tales como el orden circu­latorio, la transmisión a la descendencia, etc.

   La tarea primordial, según él, de todo este movimiento en la sociedad es la creación de "hábitos" y de "asociaciones mentales", los cuales se heredan y van conformando los dife­rentes grupos en su "especialización" en acuerdo con  la teoría spenceriana de la diferenciación.  Una vez, según él,  que esto  se ha logrado, todo se reduce a una lucha entre la imposi­ción de los nuevos hábitos sobre los viejos, es decir, que el terreno de las transformaciones pasa a ser simplemente la con­ciencia y su sustrato, el funcionamiento cerebral.

De tal modo se desliza  de nuevo en el idealismo, por cuanto la historia se reduce entonces  para él a la sucesión de esos hábitos,  y tendría que arribar en consecuencia, a la conclu­sión de que la tarea de una ciencia de la sociedad se torna inútil, ya que al depender la historia de ese elemento eminente­mente subjetivo se hace tan complejo el objeto de la investiga­ción histórica, que de hecho es incognoscible. De este modo confluyó con el agnosticismo que anteriormente había expre­sado en su gnoseología.

  Sanguily, en ocasiones, redujo la tarea del historiador a la  interpretación de los signos, de los símbolos emergidos de esa complejidad indescifrable que es, según él, la sociedad humana y, por consiguiente, el historiador e investigador de la sociedad, más que un científico, debe ser un artista que se imagina la historia y la presenta con su visión muy particular[53].

Al principio su identificación había sido rotunda y muchas de las ideas que criticaría después habían sido soste­nidas anteriormente por él mismo.[54]

Incluso al abordar la problemática colonial había empleado las tesis del socialdarwinismo para tratar de encontrar una explicación al porqué de la  lucha de los cubanos por la indepen­dencia. Identificado con  la sociología spenceriana consideraba a las sociedades como organismos cuyas funciones eran simi­lares a las de los organismos biológicos en primer lugar sometidos a la ley de la lucha por la existencia y la selección natural.

En 1889 pensaba que "la historia moderna de Cuba no se compone de otra cosa que de las peripecias renovadas de esa continua lucha por la existencia"[55], lucha entre españoles y cubanos por supervivir y destruir al más débil. Tratando de hacer un análisis "científico" sobre las posibilidades de éxito en la lucha de los cubanos por su liberación nacional, plan­teaba: “Averiguar si el organismo español que no se modificó oportunamente en la América continental y que, por con­secuencia, fue destruido por otro más fuerte o en más favorables condiciones de vida, resistirá tenazmente en lo sucesivo, como ha resistido hasta ahora, y en tal caso si el organismo cubano es tan débil que haya de sucumbir o tiene fuerzas suficientes para someter o anular a su adversario.[56]

De esta manera simplificaba a la  lucha biológica por la existencia  las causas de la  lucha por su independencia de las colonias españolas en América.

   En algunas ocasiones puso también de manifiesto su enfoque  darwinista  social al analizar  la especificidad  de la situación cubana de dependencia colonial. En 1890, se cuestionaba si era posible en aquel momento revivir la llama de la guerra por la independencia tras aquel largo período de tregua y consideraba a la "realidad cubana" como "híbrido y monstruoso organismo que -extenuado acaso por la reciente violenta conmoción ­no asciende bastante en vigor y salud para merecer vivir en el grado más selecto de la evolución social". [57]

   Consideraba que estábamos en condiciones de alcanzar nuestra independencia porque mu­cho más "agotado" se encontraba el "organismo español", que, según él, estaba seriamente golpeado por la enfermedad de la codicia, la cual había sido producida por factores de carácter geográfico que habían acumulado la miseria durante siglos en esa península [58].

  Inicialmente frecuentó el terreno del darwinismo social al sostener: "... porque -así como la función crea al órgano así la necesidad crea la función- los pueblos producen como sus monumentales obras, sus instituciones, y por ellas revelan su espíritu y su carácter"[59] y revelaba como en Cuba bajo el dominio español no había podido desenvolverse libremente y crear sus instituciones para aumentar la cultura y el nivel de vida del pueblo cubano.

El darwinismo social implicaba también concebir a la so­ciedad en una eterna evolución. Sanguily  concebía "el misterio de la evolución social”[60] como un hecho irrefutable e incognoscible. Indagando sobre los orígenes de la concepción evolucionista decía que no había sido planteada por primera vez por Darwin, sino que ya había sido preformulada por Leibniz y por Hegel, desfigurando así la dialéctica de este último al con­siderar que sometía todo a un "fatalista devenir".

Concebía la evolución producto de la acción de una lucha permanente que se desarrolla en el seno de la sociedad entre sus distintos com­ponentes. “La evolución y mudanzas de las sociedades -afirmaba en 1899 en un discurso homenaje a Antonio Maceo-, las transformaciones violentas o serenas de cada pueblo, la realización de los principios y el triunfo de las ideas e in­tereses colectivos, se producen en lucha sorda o manifiesta, pero incesantes: se alimentan del dolor y se sostienen por el sacrificio de los individuos y las generaciones.”[61]

Esta evolución, la veía no solo en un plano aislado e in­terno de cada pueblo, sino como producto de la interacción entre los factores internos v externos que consideraba como materiales, fundamentalmente el co­mercio. “La estructura actual del mundo –afirmaba- no consiente el aislamien­to de ningún pueblo. Ninguno puede vivir en sí ni por sí solo, y la misma evolución interna de cada uno depende, en tanto grado por lo menos de los factores exteriores que Io envuelven y sobre él actúan, como de sus propios elementos interiores.”[62]

      El evolucionismo no se debía identificar con el darwinismo, pues aquel había surgido mucho antes que el celebre biólogo inglés y por eso se cuestionaba que pudiera considerarse al Conde de Pozos Dulces como un darwinista. “Sobre que no se necesitaba ser darwinista para aceptar la evolución de las cosas, la evolución de los pueblos; porque antes que Darwin, conocía la humanidad ilustrada el fatalista devenir, el perpetuo evolucionismo de la dialéctica de Hegel y antes que Hegel ya debía tener noticia de las ideas del célebre Leibniz sobre la serie, el desenvolvimiento continuo, el progreso histórico”[63].

Sanguily antepone la evolución de las ideas a la evolución del ser, "he­mos ascendido, por consiguiente, en la evolución de la concien­cia... mañana, más adelante, ascenderemos por fuerza, en la evolución de la historia"[64]. Esta concepción era similar al momento en que Sanguily abordó el problema de las revoluciones y su papel en el desarrollo social.

  Concibió a la revolución como una forma de la evolución social, pero que se puede evitar si se producen las modificaciones que no la hagan necesaria, pues pensaba que: “… la historia es el esfuerzo del espíritu contra la forma, la reproducción eterna del ave que rompe el huevo solici­tando mejor existencia, y son las instituciones moldes de las sociedades, que se endurecen y oprimen, que desfigu­ran y matan, que a veces resultan estrechas, porque envejecen mientras las sociedades se renuevan y que, por lo mismo, deben cambiar a compás de ellas, si se quiere evitar la violencia y el dolor; deben modificarse a tiempo para que no sean desbaratadas al estampido de la revolu­ción.[65]. Estas palabras de su discurso, pronunciado en 1891 en el teatro La Caridad de Santa Clara, y que denominó La situa­ción, sus causas y sus remedios, constituían una clara refe­rencia a nuestra condición colonial. Pensaba que si España  otorgaba la independencia se evitaría la necesaria revo­lución que vendría a continuar Cuba como país colonizado y explotado indiscriminadamente por la metrópoli.

El veía venir por fuerza de ley una guerra definitiva contra el poder español en la que estaba seguro  que los cubanos  sal­drían vencedores; sin embargo, pensaba que era posible evitarla, si España actuaba inteligentemente.

Respecto a las guerras mantuvo el criterio que debían evitarse pues prefería ante todo  la paz, pero cuando era necesaria una guerra justa, la propiciaba. En 1895 planteaba: “Yo he sido siempre un soñador de la paz…..”[66], sin embargo consecuentemente había combatido en los campos de batalla durante casi una década y contribuyó a promover la nueva guerra por la independencia con la justificación siguiente:“Estamos destruyendo para edificar; combatimos por la vida, no por la muerte”. [67]

       En el caso de Cuba oponerse a la revolución, era traicionar en aquellos momentos las justas aspiraciones del pueblo cubano; por eso ni Sanguily, ni Varona, ni nin­guno de los que identificados de algún modo con el evolucionismo positi­vista, pero que poseían una definida posición patriótica, pu­dieron negar la revolución como un método necesario para alcanzar la liberación nacional.

      Así cuando en 1893 las condiciones acercaban el momento de la nueva insurrección, San­guily sostenía que "la revolución no se evita con un ejército y una escuadra permanentes”,[68] porque demostraba que era un hecho necesario e inevitable, una verdadera exigencia de la historia[69]. Una vez que la guerra se desencadenó y nuestro pueblo dirigido por el Partido Revolucionario Cubano, forjado por Martí, empuñó de nuevo las armas, Sanguily desde los Estados Unidos defendía la causa cubana y encaraba a los autonomistas que aún pactaban con los colonizadores y se enfrentaban a la guerra. La revolución -decía en 1896- que había sido, que era una necesidad, apareció desde entonces como un gran crimen. Empequeñecida y calumniada, se consideró como la obra enfermiza de visionarios y malvados y comprimida, falseada, negada durante dieciocho años, resurge más po­derosa, más universal, como más sentida v necesaria...”[70].

       La presentaba como un hecho natural, exigido por la his­toria y al cual no se le podía dar marcha atrás, como el pro­ducto de la fuerza de la idea de libertad, orden, progreso, etc., los cuales no habían podido ser alcanzados bajo la férula es­pañola. En esto se distingue Sanguily del positivismo, en lo referente a la revolución, al considerarla como un factor im­prescindible también en la evolución de la sociedad.

      Otro punto de contacto del pensador con el darwi­nismo social fue su apreciación acerca de la existencia de "di­ferencias naturales" entre los hombres, al considerar que no todos se encuentran en los mismos grados de la evolución. Esto le llevó a aceptar la tesis sobre las diferencias raciales, con la gran diferencia que no tomó este hecho como un argumento para justificar la explotación de una raza o un pueblo, por el contrario pensaba que debían pasarse por alto estas desigual­dades y considerar la igualdad civil de todos los hombres. 

    Ese fue el criterio que mantuvo para enfrentarse a la esclavitud del hombre negro y luchar por la emancipación de esta raza, ya que "en la lucha por la vida ni el negro ni nadie puede sub­sistir despreciado y desamparado",[71] puesto que según él, el hecho de que la naturaleza haga diferentes a los hombres no puede justificar que unos exploten a los demás y vivan sobre sus espaldas, la sociedad debe igualarlos y darle idénticas po­sibilidades. "Todos los hombres deben tener el mismo derecho y sin embargo, no todos los hombres son iguales, ni por el en­tendimiento, ni por la fortuna, ni las aptitudes, ni por las ne­cesidades"[72]. Considera que esta situación era sumamente peligrosa para el futuro de la sociedad pues consideraba  “que mientras el Mundo siga como va tendrá siempre la causa de los trabajadores razones profunda y proclama que la felicidad de ellos es respetable y sagrada”[73]. Por lo que denunciaba “los lamentos y miserias del infeliz obrero”[74] que quedaba ocultado bajo el éxito de la civilización capitalista y el desarrollo tecnológico.

  Al igual que la mayor parte de los intelectuales de su generación consideraba que las diferencias naturales existentes entre los hombres se podían atenuar por medio de la educación y el desarrollo cultural, por eso se destacó también en la labor docente. Al inaugurar El Ateneo de La Habana en 1902 destacó la necesidad de inculcar en la naciente vida republicana el espíritu de reforma y progreso que ennoblecían a los pueblos y “colocaba a los intereses culturales como básicos para obtener un fecundo progreso colectivo” [75]

    A su juicio, la naturaleza debe ser vencida por la sociedad y no dejarnos arrastrar por sus leyes puesto que "ante la ley, en el derecho, todos los hombres deben ser igua­les"[76]. De igual modo, consideró a los españoles, "como producto de razas inferiores, de semitas, de berberiscos y de negros. De ahí su despreocupación, su facilidad de aclimata­ción y asimismo su actual inferioridad política e intelectual"[77], tratando de encontrar también alguna "explicación natural" a la obstinación de estos por mantener colonizado nuestro país.

    Sin embargo, a pesar de que aceptaba las tesis de la frenología, tan en boga por aquellos años, que atribuía capa­cidad cerebral inferior a algunas razas, no aceptó la muy di­fundida teoría de la superioridad de la erróneamente llamada "raza sajona". Incluso no vio muchas diferencias entre la crueldad e irracional conducta de un salvaje aborigen y un conquistador colonial “… las extravagancias, los absurdos y la barbaridades de que está plagada la vida humana-desde la del asqueroso salvaje  bosquimano  hasta la del  culto anglo sajón,- desde el acto característico de cierto estado social, de comerse un hombre a otro, hasta el acto característico de otro estado social, - como por ejemplo,  echar abajo en unas cuantas horas a cañonazos, una ciudad atestada de gente, y en la cual, en forma de riqueza se ha acumulado un trabajo  varias veces secular”[78]. Lo  mismo se podría sostener posteriormente al observar los bombardeo de Hiroshima y Nagasaki o en fechas más recientes el de  Bagdad.

Siempre admiró las instituciones y el desarrollo socio-económico de los pueblos de Inglaterra y Estados Unidos, como expresión superior en aquellos momentos de la sociedad capitalista; pero comprendía que aceptar como cierta la teoría de la inferioridad de los latinos, era también un argumento de justificación a la penetración imperialista. "Rechazó de plano como un error injustificable que el pueblo americano, ni otro cualquier pueblo, sea ni mejor ni mucho menos superior al pueblo cubano", afirmaba en 1907, cuando los anexionistas buscaban cualquier elemento para justificar sus aspiraciones apátridas.

       Sin embargo, esto no puede negar el hecho de que el mismo hubiese compartido anteriormente esa doctrina al admitir "la superioridad de unos pueblos o razas sobre otros"[79].Esta era la consecuencia lógica de su identificación con las principales tesis de la filosofía positivista, lo que le había arrastrado a compartir esas ideas hasta que se percató de sus nefastas con­secuencias para las aspiraciones independentistas de un pue­blo.

        El ideal sociopolítico de Sanguily se articulaba con el liberalismo decimonónico que tomaba distancia critica tanto del socialismo y el anarquismo como del conservadurismo que trataba de mantener anquilosado el desarrollo socioeconómico y especialmente ideológico de los países latinoamericanos. Su máxima aspiración era lograr para Cuba un desarrollo capitalista industrial y agrario, en el que pequeños y medianos empresarios impulsaran la economía sobre la base de un presunto “mercado libre” de manera que cualquier tipo de monopolio o latifundio lo consideraba un poderoso obstáculo para la realización de su proyecto de desarrollo. Eso explica su radical postura tanto anticolonial como antiimperialista[80].

         Para el logro de ese objetivo sabía que había que contar con todos los elementos principales de de la población cubana, por lo que estimulaba la participación no solo de obreros, empresarios, empleados y campesinos, sino también de sectores regularmente marginados como la mujer y la juventud. Al mismo tiempo trataba que la población negra que había desempeñado un papel tan significativo en las luchas por la independencia ocupara un digno lugar en la vida republicana. A su juicio: “Dos cánceres horribles existían en la Isla de Cuba y aun hoy existen en una parte de ella, para mengua de muchos de sus moradores y baldón del mundo moderno: la ignominiosa esclavitud del hombre blanco y la impía esclavitud del hombre negro”[81]. Esta afirmación pone de manifiesto que su aguda crítica estaba dirigida a todo tipo de explotación del hombre por el hombre, mas allá de la cuestión racial pues lo significativo era el aspecto social.

           Cuando trató de presentar como una necesidad objetiva de que Cuba alcanzase la independencia apeló a estos argumentos: “La isla de Cuba, precisamente, es una unidad, una enti­dad, y la aspiración de los cubanos a la autonomía es legítima por razón de la historia y, al mismo tiempo, por razón de la naturaleza. Por eso, porque la naturaleza de­terminó y determina aquí, como en todas partes, el curso de los sucesos, es por lo que se impone la autonomía o la revolución, la armonía o la violencia, la concordia o la guerra”[82].­

          En esos años de "reposo turbulento" Sanguily esgrimía las armas de las "leyes naturales" para justificar esa honesta aspiración del pueblo cubano. Pero a la vez se percató de que el darwinismo social se podía volver contra sus aspira­ciones y convertirse, como de hecho lo era, en un instrumento de justificación del colonialismo y de la explotación de los pueblos. Por esta razón, en 1895 criticó abiertamente la tesis defendida por Luis Octavio Diviñó sobre los regímenes colo­niales, en la que el autor apelaba al darwinismo social para explicar las causas y la "necesidad" de los mismos.

      Sanguily, quien en sus momentos sostenía una profunda lucha ideológica contra el colonialismo español no podía sostener aquellos cri­terios y por ello se enfrentó al fundamento de aquella teoría a pesar de que en muchas ocasiones le había servido y aún le seguiría sirviendo para tratar de explicar determinados fenó­menos sociales. En esa ocasión expresaba: “A mí me parece que  des­pués de tanto como se ha escrito, la doctrina darwiniana no es más que una comprensiva y magnífica hipótesis, y que el problema biológico cambia por completo al presen­tarse ante la inteligencia en la complejidad particular y peculiarísima de la sociedad humana. El hombre, por sus condiciones anatómicas y fisiológicas, en una palabra, por muchas de sus manifestaciones biológicas, es un animal, ni más ni menos que el mono o el tigre, pero por ninguna de sus manifestaciones podría jamás confundirse un tigre o un mono con un hombre."[83]

.      Apoyaba sus argumentaciones en las diferencias existentes entre las distintas culturas humanas un diferentes épocas y aún en igual período en diferentes regiones del globo, mientras que los animales en todo momento; lugar mantenían inalterables sus condiciones. Sanguily puso su atención sobre otros aspectos y trató de encontrar la distinción humana en factores de carác­ter esencialmente ideales, como el hecho de lo que llama "La sublime, aunque dolorosa condición de obedecer las propias leyes de su espíritu, las leyes que nacen del concierto de los demás hombres, de vivir conforme a las prescripciones de su razón, de morir por su ideal". [84]

En su polémica con Diviñó, Sanguily critica al darwi­nismo por considerarlo antihumano, por enfrentar el hombre con el hombre y se le opone, incluso esgrimiendo algunas tesis spen­cerianas como la de la sociabilidad progresiva, la "ley de la solida­ridad", etc.[85]  A juicio de Octavio Costa: “Al definir las leyes del hombre, de la sociedad y de la Historia,  se refiere a una sociabilidad, a una solidaridad y a una justicia progresiva, eternamente cambiante y eternamente ideales”,[86] lo cual implicaría un distanciamiento del biologismo descarnado.

     Sin embargo, a pesar de que se opone a las consecuencias de esta errónea concepción socialdarwinista, de hecho la acepta al considerar como cierto que el fundamento de la sociedad sea la selección natural, quiere esto decir que no es capaz de emanci­parse de los propios marcos del naturalismo, no obstante que éste choque evidentemente con los principios de su humanismo práctico.

  El darwinismo social constituía un peligro para sus concepciones democráticas y liberales, especialmente en aquellos momentos en que el capitalismo se aprestaba a entrar en su fase imperialista que  significaba la destruc­ción de sus aspiraciones liberales e independentistas.

 La inter­vención del naciente imperialismo norteamericano en nuestra guerra y la dependencia que de ella se derivó encontraron en Sanguily un serio opositor, se opuso a los intentos anexionistas del poderoso vecino, así como a la penetración norteamericana en la economía cubana, especialmente a través de la compra de tierras.

Dado que la injerencia imperialista encontraba resguardo tras el socialdarwinismo, arremetió de nuevo contra éste a fin de defender el de­recho de Cuba  a existir como nación independiente. Cuando se produjo la segunda intervención norteamericana en Cuba en 1906  y de nuevo asomó el fantasma del anexionismo, en carta dirigida a  los estudiantes de la Escuela Normal de Kansas, expresaba: “... La teoría darwiniana -que considera a las naciones ca­paces de desarrollarse como un organismo, y para ello necesita de alimentarse, al modo de los organismos reales, de la sustancia de otros pueblos, incorporándoselos en una especie de fagocitosis- y la doctrina derivada o paralela del "expansionismo", no pueden aprobarse ni justificarse, sino a condición de aceptar la tesis que se atribuye a Bis­marck, pero que es por desgracia tan vieja como errónea y lamentable, de que la force prime le droit y por conse­cuencia que la guerra v la conquista son divinas. [87]

Tal vez este fue el momento después de su crítica a sus implicaciones ideológicas de la inflexión definitiva y abandono de sus anteriores concepciones socialdarwinistas, para asumir ante ellas una actitud crítica. Aun así con posterioridad aun mantuvo ciertos enfoques organicistas y sistémicos en el  análisis de los problemas  sociales en los que la visión biologizante  no desapareció del todo.

  El humanismo práctico que caracterizó el ideario y la actividad político-social de Sanguily lo hizo enfrentarse a concepciones racistas y misantrópicas, o cualquier concepción que minimizase los  valores del ser humano o que estimulasen en él algún tipo de actitud inmoral o nefasta a su condición. A su juicio: “(…) la inmoralidad no es, ni puede ser, el fundamento y la razón de la historia. El maquiavelismo y el jesuitismo, aunque se practiquen todavía, están desacreditados ante la conciencia de la civilización. Jamás el crimen ha engendrado el bien, jamás, por lo mismo, ha sido tampoco verdad que el fin justifica los medios. No hay un solo pueblo que no pueda encontrar en su propio seno pruebas tremenda de la atroz falsedad de semejante doctrina”. [88]

Nada más ajeno a Sanguily que cualquier concepción o actitud que, distante al criterio kantiano,  asumiese al hombre como medio en lugar de concebirlo como fin. Su  ideario y su praxis sociopolítica estuvo auténticamente acoplada a lo mejor de  la trayectoria humanista y desalienadora del pensamiento cubano y latinoamericano.

   Sanguily, al igual que Martí, coincidiría con Spencer en cuanto a la oposición a un Estado omnipontente, al con­cebirle como maquinaria que estrangula la individualidad. Era razonable que un hombre de ideas liberales y de­mocráticas se opusiera a todo tipo dominio exagerado por parte del Estado sobre los ciudadanos.   Se le enfrentó a durante  la época de la colonia cuando "el Es­tado se hace árbitro de la opinión y de la conciencia a ocasio­nes enemigo y tormento de la conciencia”[89] estableciendo una rígida censura de prensa y de toda libertad de palabra; y lue­go cuando el Estado monopolista arrasa con el pequeño pro­ductor y los monopolios se convierten en los monarcas de la industria. Sanguily pensaba que "contra el Estado y corrigien­do y civilizando al Estado progresa la sociedad".[90]

     Abogó,  en correspondencia con su libera­lismo, por formas de gobierno democráticas [91] y  por  la separación de la Iglesia y el Estado, a pesar de que era creyente, defendió la libertad de enseñanza y el sufragio universal, medidas todas ellas indiscutiblemente muy progresistas para Cuba en aquellos momentos en que iniciaba su vida republicana. Su aspiración era que el Es­tado contribuyera a viabilizar las aspiraciones de los indivi­duos y no que se convirtiera en su obstáculo.

    Sanguily aspiró a una Cuba independiente y próspera en la que prevalecieran "esos principios fecundos de orden y pro­greso" [92] tan propugnados por el positivismo y que le auguraban las con­diciones indispensables para que el capitalismo en su anhelada perspectiva premonopolista  se desarrollaran plenamente, luego de haberse li­quidado el dominio español.

     Pero pronto se percató que las intenciones imperialistas de los yanquis impedirían a toda costa el desarrollo independiente de Cuba, del mismo modo que el de Puerto Rico. Por eso hizo todo lo posible por evitar tal subordinación, por lo que incluso llegó a aceptar la Enmienda Platt como el mal menor y años después no se arrepentiría de que aquella postura impidió que Cuba se hubiese convertido en una neocolonia norteamericana como lamentablemente lo había sido la otra hermana nación caribeña. Se percató muy tempranamente, junto a Martí y a Varona, de los voraces apetitos de los gobernantes y empresarios norteamericanos con relación no solo a estas dos pequeñas islas, sino a todo el Caribe y Suramérica.  “Este soberbio análisis- destaca Jorge Ibarra- de la naturaleza del naciente imperialismo norteamericano nos señala a Sanguily como uno de los precursores del pensamiento antiimperialista en América”[93].

    Siempre aspiró a que Cuba  se integrase plenamente como país independiente al concierto de los países americanos. “Definió el americanismo, no como una tendencia racial, sino como un ideal de vida y de gobierno, cuyo término es la federación, cuya base es la autonomía, cuya forma es la república y cuya esencia es la democracia”[94].

    Fue un intelectual que brilló por su cultura y talento a la vez que un activo protagonista de lo mejor de la vida política cubana tanto en el período de las luchas por la independencia como en el inicio de la vida republicana del país.  

     La obra intelectual y política de Manuel Sanguily se inscribe dentro de la mejor tradición de la trayectoria humanista del pensamiento cubano heredero del siglo XX. Su amplia labor tanto en el terreno de la educación, el periodismo, la política, el derecho y la literatura lo sitúa en lugar muy destacado en esa generación imprescindible de la consolidación de la nacionalidad cubana y de preparación para batallas superiores de emancipación social del pueblo cubano. Fue, sin dudas,  una de las grandes personalidades políticas e intelectuales, que supo articular de manera brillante la lucidez teórica con la decidida postura revolucionaria[95],  y supo por eso  dejar una profunda huella en el tránsito del siglo XIX al XX de la cultura y la nación cubana.



[1]     Manuel Sanguily y Garrite (1848-1925).   Inició estudios de Derecho en la Universidad de La Habana no concluidos por incorporarse en 1869, en Camagüey, al ejército libertador en el que alcanzó grados de coronel.  Durante la Tregua Fecunda (1879-1995)  viajó a París y luego a  Madrid, donde terminó sus estudios de Derecho. Se desempeñó como prestigioso abogado en La Habana. Vivió en Estados Unidos, donde colaboró activamente con la labor independentista junto a   José Martí, recaudando fondos en varios países. Martí supo oportunamente aquilatar sus méritos y  en varias ocasiones se refirió a él muy elogiosamente al considerarle “un cubano de admirable mente”, “siempre de cara al enemigo y al debate, y con la palabra, como la cabellera, de oro”.   Se destacó como un extraordinario orador y escritor que analizaba con suma elegancia, fluidez y  erudición temas políticos, históricos y  literarios. La mayor parte de sus trabajos se plasmaron en múltiples publicaciones, que promovió, coordinó y difundió como Hojas Literarias, revista fundada por él en 1892 “más con finalidad política que literaria” según había convenido con Martí, así como  Patria y Libertad, La Discusión, etc.  y como colaborador en El Triunfo, Heraldo de Cuba, La Habana Literaria, El País, Revista de Cuba  y Revista Cubana. Su postura independentista frente a la intervención norteamericana en Cuba   hizo que fuese considerado como uno de los más destacados representantes de la resistencia nacional-liberadora ante la dominación imperialista.  Presidió  el Senado de la República, y como Secretario de Estado (1910-1913) se destacó por su postura antiimperialista en defensa de la soberanía de Cuba. Representó al país el plano político e intelectual  en múltiples congresos internacionales. Por sus méritos profesionales resultó elegido  miembro del Tribunal Permanente  Internacional de Arbitraje de La Haya, de la Academia de Historia  de Cuba y  Decano honorario de la Facultad de Letras y Ciencias de la Universidad de La Habana. Fue profesor de Retórica y Poética del Instituto de La Habana y director de las Escuelas Militares, así como inspector y Brigadier General de las Fuerza Armadas. Se mantuvo muy activo hasta sus   últimos días y se convirtió en un  referente imprescindible para la nueva generación cubana que en la “década crítica”, según Juan Marinello la de los años veinte, ya emprendía una digna labor continuadora de la anterior tanto en el plano político como intelectual.    

[2] Véase: Guadarrama, P. Humanismo en el pensamiento latinoamericano. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2001(ISBN: 959-06-0462-5); Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Tunja. 2002; Universidad Nacional de Loja-Universidad de Cuenca-Casa de la Cultura Ecuatoriana. Loja. 2006. Pensamiento latinoamericano: Humanismo vs. Alienación. Editorial El Perro y la Rana. Ministerio de Cultura. República Bolivariana de Venezuela. Caracas. Tomo I, II y III.   2008.

[3] Henrìquez Ureña, M. Panorama histórico de la literatura cubana (1492-1952)  Edición Revolucionaria. La Habana. 1967. T. II. P. 52.

[4] Entre ellos Cesar García Pons,  sostiene que: “Amó, por lo mismo, la dignidad humana. Repudió, consecuentemente, la usurpación, la dictadura y la tiranía. Hablo mucho de la libertad y del orden. Para el lo primero era la esencia de la vida y el único clima  capaz de sostener el progreso y garantizar la convivencia civil”García Pons, C. “Manuel Sanguily” en Los forjadores de la conciencia nacional. Cuadernos de la Universidad del aire del Circuito CMQ. Censuario de Divulgación Cultural. Editorial Lex. Diciembre 1952. n.  49. p. 420.

[5]   Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Perfil histórico de las letras cubanas desde los orígenes hasta 1898. Editorial Letras Cubanas. 1983. p.  420.

[6] Vitier, M.  Las ideas  y la filosofía en Cuba. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1970. p. 269.

[7] Véase: Guadarrama, P. Positivismo en América Latina. Universidad Nacional Abierta a Distancia. Bogotá. 2001; Positivismo y antipositivismo en América Latina. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2004.

[8] Véase: Guadarrama, P. “El positivismo de Manuel Sanguily”. Islas. Revista de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas. Santa Clara. # 64. l979. p.155-184.

[9] “Martí tuvo la posibilidad, y hasta la alternativa, de haber formado parte de la generación del positivismo sui géneris latinoamericano de su época, pero, sabiamente, optó por la mejor opción de un hombre de su estirpe intelectual y humana al situarse por encima de los patronímicos, gentilicios y ortodoxias en cuanto a corrientes filosóficas y hacer de la las filosofías  y no de una filosofía en particular el inagotable arsenal para la compresión y transformación del mundo”. Guadarrama, P.  José Martí y el humanismo latinoamericano. Convenio Andrés Bello. Bogotá. 2003.p. 92.

[10] “Ubieta, E, “La obra ensayística de Varona, Sanguily, Justo de Lara y Piñeiro”, en Historia de la literatura cubana. Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor”. Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. La Habana. 2003. t. II  p. 83.

[11]  Monal, I y O. Miranda. “Introducción”, Pensamiento cubano. Siglo XIX.  Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2002. p. 33.

[12] “El positivismo argentino es de origen autóctono; sólo este hecho explica su arraigo. Fue expresión de una voluntad colectiva. Si con mayor claridad y eficacia le dio forma Alberdi, no fue su credo personal. Toda la emigración lo profesaba, todo el país lo aceptó” Korn, A. Obras Completas. Editorial Claridad. Buenos Aires. 1959. p. 30.

[13]Sólo en tres ocasiones ha visto la capital de Cuba la pre­dicación de alguna doctrina de filosofía: hace unos diez años, cuando él señor don Enrique José Varona, hombre de vigorosa inteligencia e instrucción sólida, preparaba los espíritus para recibir la gran síntesis contemporánea de Herbert Spencer, en conferencias publicadas luego en tres libros, que son lo mejor en el ramo que se han pro­ducido en nuestros días dentro de los dominios de la len­gua española.” (El subrayado es nuestro.) Sanguily, M. José de la Luz y Caballero. La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1962, p. 83.

[14] Carta de Manuel Sanguily a Enrique Piñeiro. 12 de agosto de 1876. Archivo de Manuel Sanguily. Biblioteca Nacional de Cuba,

[15] “Sanguily generalmente descreído, Sanguily casi siempre impregnado del escepticismo galano de Ernesto Renan ¨  Rodríguez de Armas, Rodolfo. Elogio del Coronel Manuel Sanguily Garrite. Imprenta Siglo XX. La Habana. 1926. p.89

[16] Sanguily, M. Discursos y Conferencias. La Habana, Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía., 1917. T. I. p. 52.

[17]  Idem p. 53

[18]  Idem p. 55

[19]  Idem p. 54-55

[20] Sanguily, M. Discursos y Conferencias. La Habana. Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía. 1918. T. I. p. 52.

[21] Sanguily, M. “Sobre el Conde Kostia y su conferencia”. en Sanguily, M. Brega de libertad. Grandes Periodistas Cubanos. Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura. La Habana. 1950. p. 292.

[22] Sanguily, M. Discursos y Conferencias. La Habana. Publicaciones del Ministerio de Educación. 1949. p. 142.

[23] Cepeda, R.  Presentación a La voz múltiple de Manuel Sanguily . Palabra de  Cuba, Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1988. p.25. 

[24] Sanguly, M “Verdades de la política”, en Hojas literarias, La Habana. Año I n. 2 31 de agosto de 1893, p. 93.

[25] Sanguily , M . “ La República Cubana”. Frente a la dominación española. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1979. p. 48

[26] Sanguily, M. ¨José Martí y la revolución cubana” en Defensa de Cuba Oficina del Historiador de la Ciudad. La Habana, 1948. p. 45.

[27] Córdova, F. Manuel Sanguily. Biografías cubanas. Segane, Fernández y Cía. Impresores. La Habana. 1942,  p. 151

[28]  Sanguily , M  “ La República Cubana”. Frente a la dominación española. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1979. p. 48

[29] Sanguily, M.  Juicios literarios. Obras de Manuel Sanguily. Molina y Ca. Impresores. La Habana. 1930. T. VII. p. 190-191.

[30] Sanguily, M, José de la Luz y Caballero. La Habana. Consejo Nacional de Cultura, 1962. p, 138-139.

[31] Sanguily, M. Discursos y Conferencias.   La Habana, Imprenta y papelería Rambla, Bouza Cía. 1918, T. í. p. 47.

[32]  Idem. P. 296.

[33] Sanguily, M  Discursos y conferencias. Tomo I.  Imprenta y Papelería Rambla La Habana 1918. p. 32.

[34] Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. 1941, Libro segundo. p. 82.

[35] Idem. P. 11.

[36] Sanguily, M. Páginas de la historia. La Habana. Imprenta A. Dorrbecker, 1949.  Libro primero. p. 3.

[37] Sanguily, M. “La anexión de Cuba a los Estados Unidos”. Antiimperialismo y República. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1970. p. 141.

[38] Sanguily, M. “Críticos y gramáticos”. Hojas Literarias. 30 noviembre de 1894. en Obras de Manuel Sanguily.. Molina y Ca. Impresores. La Habana. 1930. T. VII. p. 63.

[39] Esto se aprecia cuando plantea: “La historia no se comprende sin las fuerzas psíquicas, sin las fuerzas físicas, sin las fuerzas morales. La historia es un producto. Y lo mismo la sociedad, el hombre, las ideas, la palabra y el libro. Una oda, un epigrama, un libro sobre cualquier materia son hechos que tienen sus condiciones propias y sus naturales dependencias. Serían incomprensibles sin el conocimiento del autor; y el espíritu del autor no se explica sin el conocimiento de su familia y raza, sin la biografía, la herencia, la constitución personal; pero el autor, que vino al mundo con ciertas predisposiciones intelectuales y fisiológicas, recibe desde la cuna constantes y variadísimas influencias, de la casa, de los amigos, de las opiniones  y caracteres de aquella y estos, de la situación pública, directamente o  por intermediarios, y luego del colegio, de sus maestros y compañeros, de los libros, de las doctrinas y creencias, que en ellos corren o que le envuelven doquier, dejando retazos, filamentos perdidos que caen en su espíritu  y van tejiendo su centón barroco; por lo que cada individuo  se compone mentalmente de los mismos elementos suspendidos  en el ambiente común, que se convienen y conforman diversamente, como los infinitos y diferentes corpúsculos  y fragmentos de cada vuelta del kaleidoscopio. Cuanto haga un autor, libro, empresa, cuadro, sinfonía, será, pues, el producto de múltiples factores” Sanguily, M. “La crítica literaria”. Hojas Literarias. 30 noviembre de 1894. en Obras de Manuel Sanguily. Molina y Ca. Impresores. La Habana. 1930. T. VII. p. 14-15.

[40] Sanguily, M. Los caribes y Colón. La Habana. Imprenta A. Dorrbecker 1927.p. 107-108.

[41] Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. 1941. T. II. p. 45.

[42] Idem, p. 13.

[43] Idem. p.147.

[44] Idem. p.347.

[45]  Sanguily, M. Discursos y conferencias. Publicaciones del Ministerio de Educación, La Habana.  1949. p. 158

[46] Sanguily, M. Frente a 1a dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. 1941. Libro Primero, p. 58.

[47] “... aun cuando tienen las ideas influencia no escasa en nuestra vida, y como dice Fouillée- cierta tendencia realizarse, lo natural - corriente es que, si acaso, decidan nuestros actos -como afirma Taine- así que se han con­vertido en preocupaciones. El hombre se mueve y procede a virtud de causas  múltiples internas y exteriores, próxi­mas y remotas; pero ni hombres ni pueblos se mueven y conforman en sus procedimientos por virtud de una teoría cualquiera, y muchísimo menos de una o varias "novísimas teorías". La especulación, la reflexión misma, tiene parvísima parte en la dirección de los actos individuales y en la marcha de los pueblos"Idem. p. 172-173.

[48] Sanguily , M.  “La víctima ilustre”. Frente a la dominación española. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1979. p. 61.

[49] Sanguily, M.  Juicios literarios. Obras de Manuel Sanguily. Molina y Ca. Impresores. La Habana. 1930 Libro segundo. p. 72

[50]  Sanguily Arizti, M. “Advertencia preliminar”.  En  Sanguily, M.  Juicios literarios. Obras de Manuel Sanguily. Molina y Ca. Impresores. La Habana. 1930. T. VII. p.  12

[51] Al respecto pensaba que: “…desde cada descanso de nuestra marcha sin fin por la cuesta interminable de lo desconocido, parece estéril en definitiva el angustioso empeño de vencer la carne mise­rable, de arrancarnos victoriosamente a esa gravitación fatal que nos clava en la materia degradante, mientras se desvanecen a lo lejos, como visiones de la fiebre, los cielos mentirosos de nuestros afanes. Sin embargo, vivimos de ideas como vivimos de pan, y son a veces las ideas más poderosas palancas en la vida individual y en la historia, que los impulsos recónditos y ciegos de nuestro organismo y que las fuerzas misteriosas e inagotables del mundo fí­sico; mas también suele ser irreparable desvarío, lasti­mosa equivocación, correr desalados tras la quimera se­ductora; vivir únicamente de idealismo; contemplar tan sólo el aspecto superior, la faz ideal de la existencia, que es la mayor parte de las veces el espejismo de un error profundo, cuando no la visión maravillosa, la enfermiza alucinación que forma en el extraviado caminante del desierto la devoradora calentura”. Sanguily,  M. Discursos y Conferencias. La Habana. Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía. T. I. 1918. p.  241

[52] “... la historia  en cada momento o, lo que equivale, los sucesos  de todo orden que ocurren en un país influyen en su intelecto; pero también es claro que el intelecto influye en ellos, pues que la vida, individual y colectiva, consiste en un cambio continuo entre lo externo y lo interno, entre las acciones y sucesos, sociales o físicos, y las reacciones, individuales o colectivas, que provocan. Un hecho histó­rico es a la vez un resultado y una causa; es producido y luego influye como productor; pero en todo caso hay con­gruencia perfecta, de la mente de un pueblo y de su histo­ria. La historia es un reflejo del estado social, el estado social del estado psíquico de la naturaleza física, y luego, lo que se produjo por un orden de circulación y de trans­formación de fuerza equivalente, vuelve por otro orden circulatorio y así se establecen corrientes que vienen y van, y que conservándose y perpetuándose el mismo ambiente, determina hábitos o asociaciones mentales e indi­viduales y costumbres o asociaciones, ajustes sociales, que modelan al individuo, el cual trasmite a su descendencia cualidades que se desenvuelven dentro de los mismos mol­des que las originaron, y que, por trasmisiones sucesivas en el mismo pueblo, por tradición graban la especialidad de un grupo, de una raza, la cual adquiere así formas exteriores y formas interiores hasta llegar a ser tipos permanentes y característicos, ya muy resistentes a toda condición distinta de aquellas que las- fueron constituyen­do y conformando, a toda idea que no se amolde a sus hábitos mentales, a su propio particular funcionamiento cerebral, a todo estado y situación que no convengan con su tradicional estado y  su situación constante.” Sanguily, M. Frente a 1a dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. 1941. T. I. p. 291-292.

[53] “En razón a que cabalmente es una empresa encontrar la verdad, así en la vida como en la historia, el historiador o el que escribe historia, o sobre asuntos sociales ya pasa­dos, tiene que proceder con tiento y casi nunca llega sino a una aproximación; interpreta los hechos después de or­denarlos; es un intérprete, lo que equivale a descifrador, a traductor de unos signos en otros o señales; necesita fi­gurarse, reproducir por la fantasía los hombres y las co­sas... El hombre conoce a otros hombres por dos medios indirectos -el lenguaje y los actos; por lo que hace o por lo que dice- gesticulando, hablando, escribiendo o de otro modo análogo; pero los actos realizados, y la expresión como quiera que ésta se muestre, símbolos y todo sím­bolo -y así por tanto lo expresado o actuado por el hombre (P.G.)- requiere interpretación". El subrayado es nuestro, pues, como se aprecia, no sólo lo expresado sino también lo "actuado" es considerado por él como simple símbolo. Sanguily, M. Páginas de la historia. La Habana. Imprenta A. Dorrbecker, 1949.  Libro segundo. p. 81-82.

[54] Así, por ejemplo, en 1888 había escrito: “El estudio más completo de la realidad, el conocimiento más exacto de la humana historia que sólo nuestra cen­turia, siquiera en parte, ha podido realizar, parecen im­poner como pavorosa inducción, como ley de bronce que rige en todos los ámbitos de la indefinida naturaleza, la guerra universal y eterna, la lucha incesante y encarni­zada, el combate sin tregua, ya en la región inmensa de los espacios siderales como en los reducidos confines de la vida orgánica; y así, por ende, muy lejos están de reali­zarse los soñados milenios, las mesiánicas esperanzas; es­tán muy distantes de la tierra los anhelados venturosos siglos de justicia y amor, mil veces concebidos y ansiados por la flaca y acongojada humanidad."Sanguily, M. Discursos y conferencias. Imprenta y papelería Rambla, Bouza y Cía. 1918.  T. I. p. 172.

[55] Sanguily, M. Frente a 1a dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. 1941. Libro primero. p. 274.

[56] Ibidem.

[57] Sanguily, M. Discursos y Conferencias. La Habana. Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía. T. I. 1918. T. 1. p. 284.

[58] “Bien sé, - sostenía-, que el carácter español, antes que uniforme y simple, es -como tiene que ser- muy complicado; pero así como en un organismo hay siempre alguna víscera predominante, porque regula el orden u ocasiona el desor­den, produciendo la armonía o la perturbación, la salud o la enfermedad, así en los individuos una cualidad prin­cipal subordina siempre a las demás, originando cierto modo particular de ajuste y funcionamiento que consti­tuye el carácter personal y en los pueblos puede obser­varse también ...” Idem. p. 443-444.

[59]  Idem. p. 307.

[60]  Sanguily, M. Páginas de la historia. La Habana. Imprenta A. Dorrbecker, 1949 .p. 134,

[61]   Sanguily, M. Discursos y Conferencias. La Habana. Publicaciones del Ministerio de Educación. 1949. p. 123.

[62] Sanguily, M. Discursos y Conferencias. La Habana. Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía. T.  II. 1919. p. 417.

[63] Sanguily,   M “Las reformas políticas y el darwinismo. El Conde de Pozos Dulces.”. Frente a la dominación española. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1979. p. 9.

[64]   Sanguily, M. Discursos y conferencias. La Habana. Imprenta y papeleria Rambla Bouza  1918. T. I. p. 327.

[65]  Idem 323.

[66]  Sanguily, M. Céspedes y Martí. Discurso 10 de octubre de 1895. s.e.sf.p. 22.

[67] Sanguily , M “ La Guerra Sagrada”. Frente a la dominación española. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1979. p. 57

[68]  Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. T. I y II.  1941. p_ 364,

[69]  A juicio de su hijo: “…, no se limitó a profetizar. Se dedicó igualmente, en cuerpo y alma, a la enorme tarea, como lo había adelantado y se lo propuso, de << darle una conciencia nueva>> a los cubanos; de  <<levantar  los espíritus de la abyección>> en que vivían;  de <<transformar las costumbres>> y <<preparar, en fin, los elementos de la revolución.” Sanguily y Arizti, M. “Al lector”.  En  Sanguily, M  Frente a la dominación española. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1979. p. 28

[70]   Sanguily, M. Discursos y conferencias. La Habana. Imprenta y papelería, Rambla, Bouza y Cía. 1918. T. II. p. 117.

[71]  Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. T.  II.  1941. p. 134.

[72] Idem . 145.

[73] Costa, Octavio R. Sanguily. Editorial Unidad. La Habana. 1950. p. 103.

[74] Sanguily, M. “El dualismo moral y político en Cuba”. Sanguily, M. Discursos y Conferencias. La Habana. Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía. T. I. 1918. p. 171.

[75]  Ardura, Ernesto. “Introducción” a Brega de libertad. Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura. La Habana. 1950. p. 33.

[76] Idem . 335.

[77] Idem. P. 126-127.

[78] Sanguily, M. Los caribes y Colón. La Habana. Imprenta A. Dorrbecker 1927. p. 224.

[79] Sanguily, M. La anexión de Cuba a los Estados Unidos, La Habana. En Antiimperialismo y República. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1970. p. 138.

57 Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. . La Habana. Molina y Cía. Impresores. T. II.  1941 p. 28.

[80] “Y Sanguily fue el primero en montar guardia permanente y salirle al encuentro a ese peligroso enemigo cada vez que se exteriorizaban sus aviesos propósitos de absorción y explotación de nuestra economía”. Roig de Leuschering, E, Tradición antiimperialista de nuestra historia. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1977. p. 118.

[81] Sanguily , M “ La Guerra Sagrada”. Frente a la dominación española. Edit. Ciencias Sociales. La Habana. 1979. p. 55.

[82] Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. T. II.  1941. p. 190.

[83] Idem. P356.

[84] Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. Molina y Cía. Impresores. T. I y II.  1941 p 358-359.

[85]  “La ley suprema de la sociedad humana -afirmaba- no puede ser, por lo mismo la fuerza; y si la  selección mortí­fera es condición de vida para el hombre. Como quiera que se mire, la ley del hombre racional es la sociabilidad progresiva, la ley social es la solidaridad progresiva, y la ley de la historia, la justicia progresiva. La naturaleza y el espíritu son realidades compenetradas, es cierto, pero que se oponen a menudo en contradicción sustancial como en conflictos reales, y aunque sea fundamento del mundo la selección, nadie puede desconocer que el fin y la esencia de la sociedad es la defensa y la protección del hombre, contra todos los peligros, es decir, contra la naturaleza que le amenaza y asedia y destruye al fin y al cabo. En tal sentido el alma de la sociedad humana, muy al con­trario de lo que pretende el audaz y crudo darwinismo, es efectivamente, es por definición y por necesidad ante los hechos y ante la razón, consuelo, amparo, amor y benefi­cencia y la única norma de las relaciones entre los hom­bres y entre los pueblos, es sobre todo la justicia; esto es la paz, la concordia, la fraternidad.-"Idem p. 359-360.

[86] Costa, Octavio R. Sanguily. Editorial Unidad. La Habana. 1950 p. 154.

[87] Sanguily, M. “La anexión de Cuba a las Estados Unidos”. La Habana. En: Antiimperialismo y República. Edit. Ciencias Sociales. 1970. p. 140.

[88] Citado por Federico Córdova en Manuel Sanguily  edi. cit. p.  99.

[89] Sanguily, M. Frente a la dominación española. La Habana. Molina y Cia. Impresor. La Habana. 1941. T. II. p.,28

[90] Sanguily, M. Discursos y conferencias. Imprenta y papelería Rambla, Bouza y Cía. La Habana. 1918. T. 1. p. 324.

[91] “… los que penetramos en su vida y su ideación pudimos comprobar hasta donde respetó y pregonó la democracia; que sagrado concepto tenía de la dignidad humana”,,,  Carbonell, Miguel Angel. Sanguily. Editorial Guáimaro. La Habana. 1938. p. 10

[92] Idem. T.II. p. 193.

[93] Ibarra, J. Ideología mambisa. Instituto Cubano del Libro. Colección Cocuyo. La Habana. 1972. p. 212.

[94] Ardura, Ernesto. “Introducción” a Brega de libertad. Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura. La Habana. 1950. p. 39.   

[95] “No fue sólo Sanguily escritor de estilo inconfundible y vigoroso pensamiento, crítico de buidez y rigor poco comunes, tribuno de vuelo sostenido y lógica avasalladora e historiógrafo de juicio insobornable, puntillosidad extrema y magistrales esclarecimientos, Fue además por encima de todo, - síntesis perfecta  de su personalidad multifacética-   revolucionario ejemplar y fundador de la república. Pocos en este sentido, le aventajan  en pasión, desinterés, gallardía, perseverancia, espíritu de sacrificio, pulcritud de conducta, claridad de fines, comprensión de su tiempo y amplitud de perspectiva. Supo siempre a dónde iba, lo que quería y  cómo obtenerlo”. Roa, R,  Retorno a la alborada. Universidad Central de Las Villas. Santa Clara. 1964, T. II. P.