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Sin hacer del monte orégano. Jorge Mañach en la filosofía cubana
Felix Valdés García
Valdés García, Felix. "Sin hacer del monte orégano. Jorge Mañach en la filosofía cubana", Temas. La Habana. 2007. Nro. 52, 2007. págs. 129-143

Siempre he notado que sobre Jorge Mañach quedan cosas pendientes por decir, que es buscarruidos mencionarlo entre un público interesado en temas de la cultura y el pensamiento cubanos. Sin duda mueve la curiosidad de aquellos que lo han leído, como de quienes han escuchado las opiniones más dispares. Y ni que decir de los más añosos a quienes les queda aún el bichito de la polémica a la cual Mañach siempre los tuvo acostumbrados, como que viven aún la controvertida imagen formada durante la República o aquella del intelectual que se ausenta de Cuba después del 59.

En los últimos tiempos se ha escrito mucho de él como periodista, ensayista, hombre de letras, o sobre el controvertido rol de ideólogo y su papel político, sin embargo, tal vez reste hablar sobre la condición de Mañach filósofo para estimar la dimensión de su pensamiento y fijar su lugar en la filosofía cubana. Hagamos un recorrido que vaya entre su vida y sus ideas –sin pretender una exégesis a ultranza, como tampoco reivindicarlo o redimirlo– para caracterizar su lugar en el complejo panorama de la primera mitad del siglo XX, pues él es una de esas figuras de este tiempo con un espacio ganado en las letras y el pensamiento cubanos, que merece ser valorado con sus aciertos y sinrazones. Sin tener tampoco la pretensión de hacer una historia bien obrada, que nos indique ir de ella misma a Mañach, sino viendo al individuo frente a su tiempo, con sus dudas y meditaciones, sus juicios más íntimos, sopesemos su condición de hombre de pensamiento para evitar cederlo a quines lo prefieren sedicioso, o a aquellos que tal vez deseen mantenerlo contenido.

Tampoco hay que hacer del monte orégano –como diría el propio Mañach. No hay que armar a un filósofo a la fuerza pues él tiene en su haber una obra, que el mero hecho de mencionar sus títulos, confirman la apariencia de esta aseveración. Detrás de sus ensayos hay siempre un punto de vista, una búsqueda de lo esencial, una perspectiva filosófica, por medio de la cual establece su análisis, bien sea en sus ensayos más importantes, como en muchos de los publicados en revistas y periódicos de la época.

En una ocasión Medardo Vitier le reprochó el poco trasfondo filosófico de sus artículos de Bohemia, sin embargo, en toda su obra ensayística más importante radica su filosofía, siempre que consideremos que esta forma del saber no es solamente la que se escribe en tratados, la mera teoría argumentativa o el discurso técnico, exacto, libre de vaguedades, sino que puede estar contenida en la obra reflexiva y se puede expresar –tal y como es muy común en nuestro caso– por medio del ensayo, con un lenguaje que por figurativo y metafórico no deja de ser argumentativo.

Cosa aparte es el desempeño de Mañach durante veinte años como profesor de Historia de la Filosofía de la Universidad de La Habana que le obligan a mantener determinada consideración sobre esta disciplina y hacer oficio de ella.

Tiremos las redes sobre la vasta obra de Mañach, buscando los presupuestos de sus análisis y ver lo que sobresale como ganancia final para instituir y presentar su lugar en el pensamiento cubano. Comencemos mirando como en su condición de filósofo u hombre de pensamiento desempeña un importante papel su formación teórica y sus primeras andanzas, las cuales, desde sus inicios, estuvieron vinculadas con la filosofía –y que según él mismo señala– lo hizo mantenerse al tanto de las nuevas ideas que en esta esfera se desarrollaban en el continente, en Norteamérica y en Europa.

Indagando entre su vida y su vocación por la filosofía

Jorge Mañach nace en 1898, el año en que España sufre un gran fracaso en su política imperial y su niñez transcurre en los tiempos en que Cuba comienza a ponerse en pié, a duras penas, del dominio colonial y de la ocupación norteamericana, como que el arranque de las dos primeras décadas decepcionaba e irritaba a los cubanos más honestos. Bajo esta filigrana y estas desazones, vive de niño Mañach en Sagua la Grande, su pueblo natal. Con diez años va junto a su familia a España y seis años después regresa a La Habana. De joven se va a Massachussets, a la Cambridge High School y a la Universidad de Harvard, terminando en 1920 su Bachiller en Ciencias, cum Laude.

Si hojeamos el plan de estudios que acompaña al certificado emitido por Harvard del estudiante de la Facultad de Ciencias y Letras, de la Escuela de Filosofía y Letras de esta universidad, nos percatamos que el alumno recibió durante tres semestres la asignatura de Filosofía, lo cual muestra la marcada importancia atribuida a la disciplina en el programa de la escuela. En una entrevista publicada en una revista colombiana, Mañach decía que en Harvard estudió filología románica con Sheldon, Ford y Grandgent, tres maestros eminentes; y filosofía con Perry, Hocking y Levy-Bruhl. “De esa doble formación literario-filosófica me ha quedado esta dualidad de intereses que usted me ve”[1].

Una vez terminados los estudios en Cambridge enseña durante un año como Instructor y, en 1922, becado por la misma universidad, viaja a París para ampliar sus estudios, en este caso de Derecho. El 1 de diciembre recibe el pergamino de la Universidad de Droit que certifica haber cursado asignaturas de Derecho y Derecho Romano. Cargado de la influencia del medio cultural galo y las lecturas de autores contemporáneos decide –a pesar de su puesto como Instructor del Departamento de Lenguas Romances de la universidad de Harvard– regresar a Cuba y sumergirse en la vida de su país, llenarse del embelesador ambiente habanero, que le atraía más que permanecer al abrigo del buen oficio y la consabida celebridad. Era Cuba su mayor anhelo y su pluma su mejor recurso. El principiante quería ser ingrediente de los tiempos que se gestaban en su patria, primordialmente en el área de la producción cultural, tanto desde el escritorio como desde la universidad.

Estando aun en el viejo continente, Bohemia y el Diario de la Marina publicaron sus primeras contribuciones y se cuenta que el director del conocido periódico, Pepín Rivero, había dado su bendición al graduado de Harvard, asignándole sus glosas a la primera plana. Tal vez esta deferencia no le haya servido de gran estima inicial entre quienes como él buscaban encontrar espacio sostenido en la prensa de entonces y si mucha resistencia a ser aceptado por alguno de sus coetáneos. Similar suerte no habían corrido los jóvenes poetas y prosistas, casi todos inéditos, en plena ebullición creadora, quienes como Villena, Pedroso, Marinello, Zacarías Tallet y otros tantos, formaban una nueva generación intelectual que fertilizó las letras cubanas y a la cual se suma Mañach. Con su usual ironía, Raúl Roa recuerda los tiempos en que a los antiguos contertulios del café Martí, reunidos durante 1922 en la peña literaria de la revista El Fígaro y a la cual se suma Mañach –ya cuando esta se deshacía– y reconoce que el recién incorporado era visto por ellos con “aires de superioridad doctoral que le cabalgaba en las gafas”, y que gracias a sus flamantes pergaminos de Harvard, se calzaría una columna en el Diario de la Marina. Sin embrago, Roa no deja de reconocerle al efebo su capacidad para “exhibir gracias y rigores de lenguaje”[2].

Mañach decide continuar estudios en la Universidad de La Habana, primero completar Derecho y luego Filosofía, rindiendo exámenes con notas de sobresaliente según consta en su expediente de estudiante[3]. En 1924 recibe el título de Doctor en Derecho Civil y en 1928, el título de Doctor en Filosofía y Letras.

Su entrada a la vida cultural e intelectual habanera, su inclusión entre quienes como él comparten semejantes inquietudes, lo llevan a una intensa vida intelectual y práctica que van delineando su aptitud, sus convicciones y su posterior madurez teórica e ideológica. A pocos meses de haber llegado, en marzo de 1923, participa en la Protesta de los Trece, uno de los sucesos políticos y culturales germinales más importantes de la década del veinte. Estos “chiquillos malcriados” o jóvenes intelectuales que una noche participaron en número de quince, firmando trece el manifiesto de protesta contra la corrupción administrativa del gobierno de Zayas –publicado  al día siguiente en El Heraldo de Cuba–, se vieron involucrados de aquella acción espontánea, en la formación de “una organización optimista e ingenua”: la Falange de Acción Cubana, y de ahí en “un movimiento político que aspiraba a resolver el problema cubano en breves meses”[4]: la Falange de Veteranos y Patriotas, todos de perecedera existencia y en los cuales, como uno más, estuvo insertado el joven graduado de Harvard.

Corrían años de intensa actividad política y social generada por la insatisfacción acumulada, por la frustración de la república que no lograba fraguar en sus más de veinte años de constituida. Son los tiempos de Julio A. Mella, de lucha estudiantil, de actividad de la FEU, de fundación del Partido Comunista, la CNOC, etc. El Grupo Minorista o los “minoristas sabáticos” –adjetivo que Mañach le diera al grupo resultante de la protesta de marzo de 1923 y otros intelectuales– se consolida en entidad cultural y política en el medio intelectual de gran significado en la “década crítica”, esa que va durante los años veinte. Sin abandonar el hábito de reunirse para intercambiar, no en horroroso cenáculo sino que “forzando un poco el léxico” en “almorzáculos” en el yantar meridiano, se dan cita en el despacho de Emilio Roig, con “Villena pensando en Martí”, “Marinello que llega tarde”, él como supernumerario, y muchos más, para compartir y hacerse “ilusiones de alta civilidad” en “una ocasión de amplia y clara y ortodoxa sobremesa”[5]. Mañach participa en el Grupo Minorista desde su constitución, en la mayor parte de sus actividades culturales y socio-políticas. La agrupación –de izquierdas ante el gobierno de Zayas– se caracterizó por su heterogeneidad ideológica y la inestabilidad de sus miembros. El transcurir de los acontecimientos, el gobierno de Machado, la prórroga de poderes, el “proceso comunista”, la dictadura atroz del  “asno con garras” llevó a sus miembros a ir del nacionalismo y la crítica al ingerencismo yanqui, al irrecusable antimperialismo, a la radicalización política en la lucha antimachado, haciendo que sus miembros definieran sus posiciones ideológicas, los unos a la Liga Antimperialista, al Partido Comunista, los otros a las reformas políticas, al cambio del gobierno, al ABC, como partido de vergonzosa evolución posterior.

El año1928 fue un lustro que solventó la estabilidad del grupo de intelectuales. La polémica de Mañach con Villena –una mala controversia o un desafortunado desencuentro para Mañach y Villena– del que se doliera siempre el primero, acaecido en octubre de 1927, fue el primer síntoma grave de la desintegración, según afirma Ana Cairo[6]. Los minoristas, vinculados a las vanguardias, a la renovación artística y literaria, a la revisión de los valores falsos y gastados, a la pronunciación por un arte vernáculo –el arte nuevo– en sus diversas manifestaciones, así como por la introducción y vulgarización en Cuba de las últimas doctrinas, teóricas y prácticas, artísticas y científicas, según se expresara en su declaración de mayo de 1927, con todas sus limitaciones “que no fueron pocas, marcó un recodo en la vida cultural de Cuba”[7]

Los días de Mañach, desde su llegada a finales de 1922 hasta finales de la década, transcurren entre glosas, ensayos, redacción de Avances, estudios, conferencias y las más disímiles actividades con una intensidad y un beneficio inigualables para él. Los jóvenes que no tienen complicidades con el pasado, que tienen a Sanguily y a Varona como sus maestros y arquetipos, van buscando que la República sea, la que en el Manifiesto de Montecristi definiera Martí. Ya no es tiempo de rectificar, hay que regenerar. Hace falta una carga –dice Villena– que limpie la costra tenaz del coloniaje, que extirpe el Apéndice de la Constitución, que haga se cumpla el sueño de mármol de Martí. Y Mañach, a su modo, participa del intento por modelar la república que se forjaba, como intelectual y promotor, como activo artífice y transformador cultural, como hombre de pensamiento.

Los problemas económicos, sociales, de la educación en la que tanta esperanza se había cifrado con las ideas de Varona y que Fernando Ortiz señala en su Decadencia de Cuba como un drama creciente, de falta de instrucción, de escuelas, es estímulo para el intelectual, quien sorprendió al auditorio de la Sociedad Económica de Amigos del País con el diagnóstico de la misma crisis, esta vez de la alta cultura, de las manifestaciones superiores del entendimiento. No llevaba tres años de su regreso cuando imparte la conferencia conocida como “La crisis de la alta cultura en Cuba” para referirse a la precariedad de la misma, de la alta cultura que alcanzan los pueblos jóvenes con el logro de la independencia política como estado y de la independencia social como nación. En el proceso histórico de formación de la nación –una idea que desarrolla luego como conciencia, personalidad colectiva o nación que nos falta–, Cuba ha pasado por diferentes períodos que quedan delineados. En rápida ojeada de esta crisis que significa cambio y no agonía, Mañach refiere la falta de producción intelectual desinteresada como la que hacen pocos, tal vez Varona, Ortiz, R. Guerra; la penuria intelectual; el pragmatismo de origen norteamericano que acosa; la desaparición de la figura del enciclopédico; la decadencia del coloquio, de la cátedra, de la universidad y de aquéllas disciplinas que como la filosofía allí tienen su cuna. El conferencista trata de descubrir sus causas, que además de las económicas, la corrupción administrativa, están el choteo –ese vicio nacional–, lo idiosincrásico, la psicología y el clima, pues entre tanto, “ningún sistema filosófico se ha compuesto a 76 grados Fahrenheit”.[8]

Tanto en las glosas que escribe como en su ensayo Indagación del choteo, continúa buscando, pensando en lo que es identitario y transitorio, el choteo, visto como peculio de idiosincrasia y enfermedad para un proceso histórico, una nación que requiere una cura de cultura. De modo que desde sus inicios, el joven letrado perfila dos de sus preocupaciones fundamentales: los problemas de la cultura cubana, de la identidad nacional y las salidas prácticas posibles, las soluciones para las cuales se dispone a prestar sus servicios como intelectual, sus servicios a la nación. Él está convencido, bien sea por la lectura de Ortega, como por el culto de estos tiempos a la juventud, de que los intelectuales –esa minoría–poseen determinadas responsabilidades públicas y sociales.

Su participación con los inquietos coetáneos, rebeldes e iconoclastas de estos años, que en desacuerdo con sus padres se proponían una modernización cultural, una revolución contra las estructuras coloniales, contra el ambiente chato y aldeano, contra las viejas formas de expresión, y de hecho, contra los órdenes sociales de una república que padece de frivolidad, de choteo, de una crisis de la ilusión, del caudillismo, de la injerencia extranjera, que más tarde se define como imperialismo económico, pone a Mañach frente a tareas literarias y también de reflexión de esencias por estos años. Esta generación se proponía fundar, se proponía crear, y para ello, el recurso intelectual, el servicio del docto requería de ideas nuevas, de sustancia que no se encontraba en los viejos dogmas, en las filosofías repasadas en el siglo XIX, o en el positivismo. La revolución emprendida contra las mayúsculas, con­tra el fracaso de una república desustanciada, una realidad económica dependiente del imperialismo económico, una isla con un fuerte olor a caña, se hacía coetánea de las nuevas ideas que por la vieja Europa, y como siempre en el mundo franco alemán, daban hechuras nuevas.

Mañach, se había visto sumido en un proyecto que le sustrajo energías como jácara de buen agrado: la redacción de la Revista de Avance ó 1927, 1928, 1929, 1930, la cual significó ser taller de cultura, un modo de modernizar, de ser de vanguardia en las artes. Sin embargo, la complejidad de la realidad política de la isla en ese primer año de taller y a pesar de que la Revista de Avance “se proponía ser exclusivamente una revista de cultura” se ve interpelada por todas las “preocupaciones ideológicas diversísimas que su propósito implica”[9]. La revista cerró en 1930. Los atropellos del gobierno de Machado, la represión, hacen que los compromisos políticos y también las ideas se cuezan, tanto como los proyectos y las curas posibles. Mañach pensaba que la vida pública se podría mantener dividida en la zona de la cultura y la zona de la devastación y creía –reconoce luego–, que ampliando esa primera parcela, la de la cultura “acabaríamos algún día por hacer del monte, orégano”. La fuga, la sublimación que el vanguardismo significaba y el estar rodeado por “tan sórdido, tan mediocre, tan irremediable” realidad, le pone sus límites. Lo que de Varona a ellos les pareció una insolencia cuando les dijo: “Están en las nubes. Ya caerán”, les vino de sopetón. Ellos “levantados con ánimos de poda y chapeo”, decididos a asumir la ofensiva contra el “yerbazal venenoso” no se pudieron sustraer de la vida política a pesar de los intereses por el área de la cultura. Cayeron tan pronto como la tiranía quiso reducirlos del nivel de la opresión al nivel de la abyección. Los sueños se fugaron –dice Mañach– y la realidad se hizo una pesadilla inexorable, pero ese vanguardismo en la vertiente cultural, “fue el primer síntoma de la revolución”, de protesta contra lo caduco, la retórica, la vulgaridad, la cursilería, contra las mayúsculas y a veces contra la sintaxis. Ellos se emperraban contra las mayúsculas porque no era posible suprimir a los caudillos que eran las mayúsculas de la política[10]. Y todo ello se daba mientras “la revolución verdadera”, la que si lleva mayúscula, estaba todavía por hacerse en Cuba, como certeramente reconociera Mañach en 1934.

A pesar de la “limpia” necesaria como diría Ortiz, o de la “poda y chapeo” que se requería, ¿Cómo y por dónde seguir? ¿Tienen razón Marinello, Villena, los intelectuales que se habían acercado al marxismo y al comunismo?

Mañach, como otros minoristas, escritores e intelectuales buscan en el complejo panorama de la lucha contra Machado un lugar, y esto significa una convicción. ¿La más radical? ¿Es que además de ser antimachadista habría que pensar en ser antimperialista, de la Liga, como lo era su amigo Marinello, o era preferible mantenerse en lugares menos estridentes y de compromisos límites? ¿Sería suficiente hacer por el cambio de gobierno, hacer reformas y garantizar el orden burgués o hacer una Cuba nueva, socialista? ¿Será que era anticipado y no se estaba convencido de la viabilidad de un proyecto de socialismo “en la boca misma del Mississipi sin que los Estados Unidos no vomitaran sobre la isla”[11]? Para él, como para otros intelectuales había una voluntad política: “la de servir a Cuba” como unos años más tarde le escribiera a Carlos Rafael Rodríguez[12] y no era precisamente dentro de una de las dos opciones definidas, la del partido comunista y la izquierda antiimperialista, sino dentro de la otra, la menos épica y disonante.

Sin embargo, volvamos a las preferencias teóricas. Pues, ¿a partir de que principios generales, digamos filosóficos, actúa Mañach? ¿Cuáles son las consideraciones que le sirven de espuela en sus valoraciones? ¿En cuáles se basa el joven creador y filósofo desde las alturas de la Filosofía?

No cabe duda que Mañach sea conocedor de teorías y de intelectuales europeos y que las exigencias prácticas a las que se había sumado le exigían no trasladar, no repetir desde el pináculo académico o una tribuna, sino hechas suyas, como lo más sucinto y efectivo posible para servir a los empeños. Es palpable, y todos coinciden en afirmar, la influencia en el joven pensador, de las nuevas ideas venidas de Europa, de Dilthey, Husserl, Bergson, Hartmann, Scheler, que imponen nuevos modos de filosofar, así como de los españoles de la generación del 98, de Unamuno y en particular del atildado estilo de José Ortega y Gasset, de quien él dijera al morir que había sido una de sus más grandes devociones de lector y que “si en alguna parte ejerció magisterio fue entre nosotros”, pues en su generación –dice Mañach– “había aparecido hasta una “beatería” orteguiana”[13]. Ya muchos han hablado de las semejanzas, o no, existentes entre ambos. Los dos se igualan por la actitud ante la filosofía, que desasida de los prejuicios científicos de etapas anteriores la ejercen asistida por el poderoso arte del escritor más allá de la pura teoría. Ambos piensan con audacia, con anchura de visión que abarca las manifestaciones conexas de un hecho cualquiera o de una idea con honda penetración en sus implicaciones, así como con pulcritud y sutileza en los razonamientos que se expresan con sabias y amenas referencias a la vida y a la historia y donde se combinan la sensibilidad con la inteligencia, la razón con la imaginación. Ambos, influidos por la fenomenología alemana, estrenan toda una técnica nueva del pensar, a lo cual se añade una opulencia de vocabulario, ingenio para expresarse con imágenes no trilladas y una prosa de armonía estructural, gracia y amenidad, que seducen, el uno en España, el otro en Cuba, y que hace de los dos verdaderos logros literarios de la lengua española.

No menor fue la influencia de José Martí, pensador a quien Mañach reconociese esencial en la historia del pensamiento, la acción y la ética cubanas y quien sirvió de guía esclarecedor en muchas ocasiones de compromisos políticos, en tiempos de conflicto “que nunca huelen a clavellina”, aunque tal vez los avatares concretos, las circunstancias políticas, consideradas por Mañach de transitorias y circunstanciales, lo alejasen, frente a los deseos de algunos, de actitudes más palmariamente martianas. Pero pasaría ya a valoraciones que exigen de un detenimiento mayor y que otros han hecho. Mañach entendió siempre su servicio honrado, honesto en la política, aunque falseado y oscurecido, en el sentido de hacer servicio martiano.

Eso sí, mientras él hace suyas estas ideas, tiene estos referentes, yacentes en el espíritu de su época, otros en diametral postura asumen nociones venidas del marxismo, de la Rusia Soviética, que ya había encontrado sus adeptos en la Isla y que prometía solución más inmediata, radical y efectiva a la crítica situación nacional. Como dijera Mañach, como sarampión que casi le contamina se difundió entre sus coetáneos. Pero hagámoslo más detenido. Miremos en que medida el joven intelectual hace gala de sus recursos y que lugar tienen sus ideas en el crisol intelectual y filosófico cubano.

Fenomenología y choteo o fenomenología del choteo

En la obra de 1927, Indagación del choteo[14], un ensayo que continuaba con sus preocupaciones anteriores, con las de Fernando Ortiz, en los diagnósticos de la situación cubana y de lo identitario cultural, Mañach va más allá de lo que comúnmente se ha dicho. La Indagación se ha evaluado como un ensayo de psicología social, o de texto ameno y profundo que refiere un problema consustancial a la idiosincrasia criolla, o la enfermedad y vicio que exigía ser resuelto.

Sin embargo, Indagación del Choteo puede ser considerada una obra que apunta a una nueva época en el desarrollo de la filosofía en Cuba en estrecha correspondencia con el desarrollo del pensamiento universal: la fenomenología y una nueva forma de expresión filosófica que siempre le acompañó a Mañach en lo sucesivo: el ensayo filosófico. Dos rasgos para un inicio de siglo en la filosofía cubana lo cual ha sido poco advertido.

La fenomenología, uno de los tres grandes imperios en filosofía al lado del marxismo y la filosofía anglo-americana del siglo XX –como dijera Ferrater Mora– había aparecido como doctrina de la apariencia y del conocimiento sensible en oposición a la teoría tradicional de la verdad que abogaba por estudiar las cosas, tal vez menudas, a andar por los caminos vivenciales de la conciencia hasta llegar al saber absoluto o la ciencia. Según Husserl, su método, ampliamente conocido en la Europa de inicios de siglo, permitiría describir el sentido de las cosas viviéndolas como fenómenos de la conciencia, clarificándolas para llegar a las cosas mismas a partir de la propia subjetividad. Ya la realidad no sería reducida a lo dado en las ciencias empíricas por lo que abogaba el positivismo, y que en Cuba Varona había profesado. En esta reacción, las cosas se toman en su especificidad, tal como aparecen. La filosofía más bien queda convertida en actividad descriptiva. El eslogan husserliano de ¡a las cosas mismas! parece haber sido repetido por Jorge Mañach en este ensayo, calificado en ocasiones de superficial, de no ser riguroso en la caracterización de tan menudo tema: el choteo.

Y el ensayo, si bien era una forma tradicional de expresión en Cuba, de lo cual Martí había sido dómine, para esta nueva generación que buscaba lo autóctono cubano bajo signos de universalidad, una nueva sensibilidad artística y literaria, la renovación estética, el ensayo se convertía en recurso que le permitía su reafirmación y suerte de protesta.

La Indagación del choteo es una obra sobre un tema “aparentemente poco serio y de aspecto baladí e irrisorio”. Parte de cosas menudas y familiares y permite todo un recorrido por los rasgos esenciales de lo cubano; cuestión que con posterioridad veremos desarrollado en la filosofía latinoamericana cuando se ocupa de la filosofía de lo mexicano, lo peruano, en la búsqueda de una filosofía auténtica y original; una polémica que se desarrolla a partir de la década del cuarenta entre latinoamericanistas y universalistas, entre ideólogos y filósofos y unos años después, entre filósofos de la liberación y analíticos.

No bastaba el diagnóstico de la crisis de la alta cultura cubana, de la realidad social, sino que se hacía necesario saber quienes éramos, que nos distinguía o tal vez partir del cuestionamiento del ser nacional mediante las fallas, las enfermedades a enderezar y ese anhelo por lograr la conciencia que nos faltaba, la idea de nación, había que diseccionar, escudriñar en los rasgos que distinguían lo idéntico cubano. ¿Cómo proceder?

Para Mañach el siglo superado había tratado de estudiar y sistematizar las cosas serias llenando de conceptos a la ciencia, conceptos que le atribuían un contenido real y que los años posteriores se encargaban ya de negarle. Se trata entonces, y es lo que Mañach sugiere, “ir a lo menudo”, a lo “aparentemente poco serio”, como es el caso del choteo para el cubano y olvidar la epistemología tradicional del siglo vencido que mostraba, anticipadamente ante sus ojos, su incapacidad de caracterizar la realidad de forma absoluta. Esta es una posibilidad que se abre. Los viejos dogmas, las viejas verdades –había aprendido Mañach tal vez en Harvard o Francia, quizá de la lectura de Ortega, o posiblemente del espíritu de su época– necesitaban ser depuestos a partir del estudio del fenómeno, de la circunstancia, que lo ubica –a su modo de ver–, en lugar más cercano a la ciencia y a las posibilidades de estudiar lo propuesto. Una mezcla de nuevos conceptos tratados en la filosofía de los neokantianos, la filosofía de la vida, o por Ortega y Gasset en España, le ofrecían más garantías que “los principios de los abuelos”, asegura Mañach.

Esas ideas-globos –dice– gozaban de un envidiable prestigio de excelsitud a las cuales ahora se les ha dado un pinchazo irónico “privándolas de lo que en criollo llamaríamos su “vivío”. Y es que “esta época insiste en reivindicar la importancia de las cosas tenidas por deleznables y se afana en descubrir el significado de lo insignificante” y agrega: “... nos urgen los más autorizados consejeros a que abandonemos las curiosidades olímpicas y observemos las cosas pequeñas y familiares, las humildes cosas que están en torno nuestro.”[15]

Este nuevo reclamo indica una nueva visón y una nueva episteme en el desarrollo de la filosofía en suelo patrio mostrándonos que en estos tiempos –y ya con este trabajo– se superan los años anteriores de influencias del positivismo que había permanecido en el medio académico cubano desde los primeros años del siglo con Varona como su animador principal. En la Indagación del Choteo de Mañach hay un distanciamiento con la representación o la figura epistemológica clásica, y se podría aseverar que se trata de perspectivas nuevas, las de la fenomenología en boga en el mundo filosófico franco-alemán. Con este ensayo se da inicio, nace la especulación filosófica, cancelada en los presupuestos del positivismo y a muy temprana edad, la asunción creativa de la fenomenología que recién comenzaba a introducirse en el mundo de lengua hispana con Ortega y Gasset.. Que en 1927 tenga su primera manifestación notoria en Cuba es un adelantado fenómeno si lo comparamos con el resto de países del continente latinoamericano a los cuales estas nuevas influencias llegan con las traducciones al español de Dilthey y Husserl favorecido por la Revista de Occidente, y con el establecimiento a partir de 1939 de los filósofos españoles de la escuela de Madrid y Barcelona. Baste mencionar obras muy parecidas, la del filósofo Jorge Portilla del grupo Hiperión en México, quien escribió una Fenomenología del relajo en la década del cincuenta, un estudio con muchas similitudes y que tratando como Mañach de situar a la filosofía en lo concreto se refiere a la dimensión de lo mexicano[16].

Lo menudo e inmediato es lo que constituye nuestra circunstancia y con lo que roza nuestra existencia –dice Mañach. Y como lo tenemos tan cerca y tan cotidianamente se le da por conocido y se le desconoce más. Por eso, él reclama algo que confirma la tesis sostenida. “En vez de estudiar la sociedad por abstracciones voluminosas, la observaremos en sus menudas concreciones, en sus pequeños módulos vitales”[17].

A partir de estas premisas de reflexión el pequeño ensayo recorre por las diferentes formas que el fenómeno del choteo presenta en Cuba como enfermedad y al mismo tiempo rasgo de una nación que aspira a lograr su ser, un pueblo que se pregunta por su identidad y lo constitutivo de ella en esta época concreta, en las circunstancias críticas hacia las cuales se dirigía la atención de los jóvenes intelectuales.

Mañach comienza el detallado análisis del choteo por las acepciones del vocablo en las diferentes lenguas y culturas que conforman al cubano, pasando a verlo como hecho psicológico que apunta a una repugnancia a toda autoridad y de ahí a las formas como se manifiesta, de lo que pueda ser expresión, hasta las expresiones más complejas que este fenómeno puede manifestar. La exposición se da a partir de las diferentes aristas que el choteo puede asumir.

Y asombra en el recorrido por el ensayo la aproximación de Mañach al choteo a través de la relación con el poder y el saber, con el poder como dominio físico. El choteo es reacción ante el poder “una negación de la jerarquía” o “un prurito de independencia que se exterioriza en una burla de toda forma no imperativa de autoridad”. El choteo –dice el autor–, “puede ejercer una función crítica saludable” mientras la burla es al mismo tiempo “un recurso de los oprimidos” ante la autoridad, el poder, que no siempre es lícito ni deseable habiendo sido este fenómeno para el cubano una de sus grandes defensas que ha servido de amortiguador ante los choques de la adversidad. “...el choteo surge en toda situación en que el espíritu criollo se ve amargado por una autoridad falsa o poco flexible”. Y agrega que cuando la autoridad es genuina y tiene razón de imperio, el choteo no se puede justificar sino como resabio infantil, de alguien que no ha tenido tiempo de madurar[18].

Al mismo tiempo, el choteo es expresión del saber o de la ignorancia y se relaciona con el grado de conocimiento y responsabilidad del individuo, expresándose en formas sutiles, de respeto o no respeto por las cosas en relación con las cuales este se ejerce. En su análisis hay un acercamiento a este fenómeno, menudo y festivo, que se relaciona incluso con el deseo, así como también es una forma de ocultarlo. Con ello Mañach nos adelanta temas desarrollados en años posteriores y que ocupan aún hoy la atención de muchos estudiosos de la teoría social contemporánea.

Además, Mañach apunta siempre en su análisis no a las condiciones abstractas, sino que lo hace a partir de las circunstancias de la vida cotidiana de tipo tropical y de la “idiosincrasia criolla” que hace que este recurso no tenga “hechura de dardo”, sino más bien de “polvillo de molida guasa que se arroja a la cara de la víctima”. Su análisis tiene la concreción del medio criollo de manifestarse.

Unos veinte años después de publicado el ensayo, en 1947, como parte de un informe sobre el trabajo en la cátedra de la universidad habanera, Mañach reconoce que en este estudio del humor cubano está el método fenomenológico, y que es acaso el primer intento de aplicación que del mismo se haya hecho en Cuba[19].

La Indagación del choteo se convirtió en modelo de la recepción temprana de la fenomenología en Cuba y en América Latina. Fue elogiada por los más disímiles intelectuales de Hispanoamérica. Waldo Roos, un estudioso de la historia de las ideas en América Latina, destacó que la obra de Mañach fue un verdadero análisis fenomenológico, señalando la verdadera vocación filosófica y la originalidad de sus intuiciones fundamentales[20]. Mañach mismo, en posteriores ediciones, como en ensayos publicados en la prensa, en Bohemia y en cartas a sus lectores, continúa haciendo referencia al choteo, tanto como peculio de la idiosincrasia criolla, como estudio psicológico –a lo que se le prestó gran atención, más de lo que el propio Mañach pretendió–, como asociándolo a la improvisación, la falta de madurez, la improvisación, la frivolidad, síntomas típicos de la república, necesitados de ser curados. Al triunfar la Revolución cubana de 1959 vuelve sobre el tema en Bohemia para decir que este triunfo que inundaba el “embullo criollo” ya no era superficial efervescencia, ni alegría parecida al choteo. El choteo era superado porque las circunstancias lo ha­bían superado, la enfermedad recibía la cura que nos faltaba. Comenzábamos a tomar las cosas en serio.

Y tal vez haya sido inadvertido el acercamiento a la fenomenología mientras se pensaba en el problema nacional. No estaban ellos viviendo para la filosofía, sino haciendo filosofías para la vida concreta, que demandaba la explicación de la realidad cubana, como dijera Agramonte en una caracterización que sobre la filosofía en Cuba hiciese en Buenos Aires a finales de la década del cuarenta. Estos tiempos de búsqueda y diagnósticos eran momentos en que la generación forjadora de la revolución del treinta se acercaba a nuevas ideas, metodologías, acogiéndose a aquellas que se acercaban a sus convicciones.

Mañach, el marxismo y el comunismo

Si el otro gran “imperio filosófico” del mundo occidental estaba en el marxismo y Mañach se inclina por la fenomenología desde un inicio, ¿cómo se relaciona con el marxismo?

La lucha contra la tiranía de Machado fue zaranda que puso a Mañach y a sus contemporáneos ante la disyuntiva política y los proyectos reales de transformación, que les obligó a definir la aceptación o no de un cuerpo u otro de ideas hasta sus consecuencias prácticas. El marxismo era una doctrina manejada y asumida por varios de sus colegas y amigos cercanos en la búsqueda por solucionar el problema nacional y Mañach mismo considera haberse visto proclive ante el proyecto social en épocas de su “sarampión”. En una carta enviada a Raimundo Lazo en 1932 le pide al intelectual cubano le disculpe si al tildarle de idealista, él lo entendió peyorativamente y le confiesa:

“Yo también he sido, hasta hace muy poco tiempo, idealista –no en un sentido romántico “1830” –, como Ud. dice, sino en tanto en cuanto creía en la autonomía de los valores ideales, en la libertad ética, en el poder de la libertad individual sobre la conducta social. Últimamente, se lo confieso, me siento muy ganado, más cada día, al sentido materialista de la historia. Voy viendo que lo económico es decisivo, aunque no lo sea todo, y pienso que ya los pueblos no se curan a base de cultura, sino de prosperidad y de justicia económicas. Sin estas, la cultura misma es imposible sino como privilegio de algunos pocos.”[21]

Igualmente, durante los aflictivos años de 1930 a 1933, en los cuales “bruscamente en Cuba se ha pasado del filo de civilización a la herrumbre de la barbarie, a los tiempos de inquisición con sofoco de la palabra y hasta del pensamiento, de ultraje, violación y hasta el horror físico de las torturas”, Mañach le dice a su amiga Gabriela Mistral:

“Yo le confieso que, a pesar de todas mis reservas de convicción y de temperamento, cada día me siento más atraído por el diagnóstico materialista, económico y bolchevique. Por lo menos es un diagnóstico claro, cuya validez no puede ponerse en tela de juicio mientras no la pruebe en la práctica. Ya todo lo demás está desacreditado.”[22]

Al mismo tiempo le confiesa a su amiga que si lo rojo es remedio, para ello no estamos preparado “sería un salto al vacío”, idea que él se repite desde sus indefiniciones para militar con Marinello y Villena en la Liga Antiimperialista.

No cabe duda que los arduos tiempos llevaron a ubicar a Mañach. Eran los duros años finales del dictador, de apogeo en la lucha contra Machado, y al mismo tiempo, él recogía información para escribir su libro Martí el Apóstol, ofrecía conferencias en el Lyceum de La Habana, escribía ensayos que obtenían premios y el elogio de sus lectores. La república ardía y él diagnosticaba crisis de la ilusión, la presencia del imperialismo económico norteamericano[23], como que pensaba en la revolución integral de Cuba, la verdadera revolución y que “en el molde vacío que el vanguardismo dejó se echarán las sustancias de la Cuba Nueva”[24].

Los sucesos se hacen cada vez más drásticos y la participación en la crisis, desde la pluma o la organización se define de dos modos fundamentales: o va con Marinello, Villena o entra al partido ABC, desde el cual les pareció que se podía hacer por Cuba, tanto a él, como a Carpentier, Luis A. Baralt, todos veteranos del minorismo[25]. Mañach no se convence de la consecuencia final del ideal comunista, no le parece bien la realidad del socialismo en la Unión Soviética y cree que es anticipado, ante la presencia de los Estados Unidos, así como considera de inmaduro el proyecto. Dentro del ABC, un partido de sombría historia, fascistoide, Mañach se presta, disciplinadamente siempre, a servir de co-redactor del Manifiesto Programa, a ocupar cargos, a representarlo en lo adelante, no sin quedarle claro, en lo más familiar, el “dirty work y la faena sucia de la revolución, el terrorismo, la mediación, la colaboración con Céspedes y con Mendieta... cosas bien poco lúcidas” –le dice en una carta en 1935 a Baralt, tras la melancolía de haber dejado a Cuba en condiciones de aguda militarización. A veces de ello salía algún bien –le dice–, “pero nosotros nos fuimos dejando el prestigio a jirones en esa política de abnegación. Lo que aun repugnándonos íntimamente, tuvimos que aprobarla...”, y más adelante le confiesa al amigo: “si el ABC va por ahí, por ahí no iré yo,” exigiendo pureza ideal que contraste con la violencia sin escrúpulos, le habla de hacer de esta una organización cívica poco romántica, una incubadora de moralidad, de tino y visión[26].

Los sucesos del 30 al 35 y su militancia abeceísta lo ubican en el lado opuesto de su amigo Marinello. En una carta a Emilio Ballagas de 1937 le dice:

“su abdicación de fe en mi y de amistad en mi, fue una de las cosas que más me dolieron entonces. La suya y la de Juan Marinello. De los demás, no me extrañaba mucho. Algunos hacía ya mucho tiempo que estaban al acecho de mis yerros para lanzarse sobre mi con buena razón aparente y negarme la sal y el agua, que por mucho tiempo, en lo íntimo, me querían quitar”[27].

A la caída de Machado, Mañach le cuenta a Concha Meléndez que quiso apartarse de la política y volver al oficio literario, pero “las necesidades partidistas de la militancia” lo hicieron permanecer. Aceptó en 1934 la Secretaría de Instrucción Pública, en la vergonzosa página que fue en la historia de la revolución cubana, el gobierno de Mendieta-Caffery-Batista. Allí trató de hacer lo que pudo una vez tenía en sus manos la posibilidad práctica de hacer por lo que antes había luchado desde la palabra. Se regodea de haber convertido a esta secretaría en una Secretaría de Educación y el mero título respondía a una reorganización profunda y total del Departamento que se transformaba en centro de vigilancia de la instrucción pública, en foco de estimulación cultural.[28] No permanece por mucho tiempo y le cede el espacio a otro colega, a Medardo Vitier. Pero los turbulentos sucesos de marzo de 1935, la ola de represión, le obligan a marchar a los Estados Unidos. Allí permaneció como profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York, por cuatro años, hasta 1939, que regresa a Cuba, tras un exilio indeseado, para presentarse a las oposiciones de la Cátedra de Historia de la Filosofía, uno de los sueños que siempre había imaginado desde que salió de Harvard. Desde Columbia le dice a Baralt: “ahora que tengo todo lo que un hombre de mi vocación parece que debiera apetecer, siento que me falta algo fundamental, –aquello que hace quince años me decidió a sacrificar un seguro porvenir académico en Harvard por ir a servir a mi tierra”.

Mañach estuvo convencido que la política no era de su agrado. Al mismo tiempo, desde inicios de la década del treinta, había empezado a valorar la posibilidad de regresar a los Estados Unidos y sustraerse de los agudos compromisos ante los que se veía impelido. A su profesor de universidad, a J. D. M. Ford, le confiesa en diciembre de 1930 que el cierre de la universidad habanera “ha acabado de ponerme en evidencia que la dedicación académica es todavía en Cuba, por desdicha, sumamente precaria y expuesta a las más humillantes contingencias”[29].

Pero no fue cura la experiencia de 1935 y el regreso al aula universitaria en una universidad extranjera. Al volver a Cuba la política nuevamente lo sustrae, lo ha empedernido como le refiere a su amigo José María Arce. La Constituyente, su condición de Senador, el Partido Ortodoxo, el Movimiento de la Nación, van a ser sus nuevos escenarios.

En el plano político e ideológico, ya en las décadas del cuarenta-cincuenta, Mañach queda más alejado del “comunismo criollo” –como le dijera a Carpentier–. Sus referencias a la Unión Soviética y a los cambios que allí se sucedían, a los comunistas, al marxismo, son negativas. Pocas cosas recibieron tantos epítetos de desprecio en estas décadas como las referidas al socialismo real. Por supuesto, amén de la mala voluntad, el desprecio por razones de una orientación política diferente, eran los tiempos de colectivizaciones forzosas, de purgas, de campos de concentración, de apoltronamiento del estalinismo y también, como dice S. Handal, de muerte del socialismo en manos de Stalin y de conversión de éste en un modelo de sociedad burocratizada, centralizada, antidemocrática no capitalista[30].

Varias polémicas sostuvo con los comunistas cubanos y notables son la sostenida con Raúl Roa y Marinello. En particular la polémica con Roa, o más bien, la callada por respuesta de Mañach, que le mortificó siempre en su vanidad, a pesar de ser aún en tiempos de cer­canías al marxismo como teoría. Según le cuenta a Lino Novás Calvo en 1932:

“Este problema de lo social y lo político sigue atenaceándome. Por primera vez en mi vida intelectual he faltado a mi vanidad y a mis deberes polémicos dejando sin contestar públicamente la carta de Roa… Estoy inconforme con el capitalismo. No le veo salida a Cuba dentro de él. Pero tampoco veo salida del capitalismo en Cuba; y en los Estados Unidos eso está todavía muy en “veremos”. Esta muy bien la adhesión teórica, por la inevitabilidad, a la larga, de esa solución al problema del mundo.”[31]

En 1937 desde Columbia y ante el enfado de Mañach con Roa por su prólogo al libro de poesía de Rubén Martínez Villena que llena de “malintencionadas” valoraciones sobre él, le dice a Nicolás Guillén:

“No voy, sin embargo, a entablar polémica con Roa. Ya una vez dejé sin contestar una larga carta suya que me echaba en cara mi no adhesión al comunismo. Tengo entendido que suele desplegar vanidades por ahí con motivo de aquella mi callada por respuesta, atribuyéndola, sin duda, a la contundencia abrumadora de su argumentación, tan fiel a todos los más asequibles textos marxistas. Y aprovecho la oportunidad, de pasada, para decir que si no contesté formalmente aquella inacabable epístola fue por dos razones. La primera –lo diré lealmente– porque mis ideas político sociales estaban aún por aquel entonces en proceso de maduración y no soy de los que se lanzan a afirmar o a negar por mero arrebato de lecturas; y en segundo lugar porque, en la sazón de aquella carta estaba yo militando en la conspiración antimachadista y una elemental cautela me vedaba divulgar simpatías (las que tenía yo entonces por el comunismo como filosofía social) que atraerían sobre mi sospechas perjudiciales a una actividad inmediata más eficaz”[32]

Es evidente la definición de Mañach, el aceptar el ideal social del marxismo, la emancipación humana, pero no la totalidad de ideas que en otras ocasiones pone de relieve. Mañach se queda con aquellas cosas plausibles a un pensador humanista, de sentido de responsabilidad por Cuba, de ideales de justicia, pero no de radicales soluciones y mucho menos aquellas ligadas al comunismo de entonces.

Y estas posiciones, su militancia en el ABC lo llevó, hasta sus últimos momentos, a ser tildado de “pensador de derechas” o más fuerte aún de “reaccionario”, ante lo cual tuvo argumentadas respuestas, que van desde las dadas en Mediodía, Bohemia, hasta los ataques que enfrenta en Lunes de Revolución en 1959, ya viejo y apasionado por el triunfo de 1959.

En carta pública a Mediodía dice que Roa lo tildará de “burgués”, de “reaccionario” y que bien será su conducta pública y su conciencia la que lo amparará o condenará.

“He suscrito y probablemente he cometido errores políticos de juicio. Pero en ningún momento he descubierto en mi inclinación alguna a situarme contra los oprimidos del mundo. El ambiente social del capitalismo, en casi todas sus zonas, me repugna profundamente. Tengo aun fe en el progreso, y creo que el mundo marcha, entre trágicos tanteos y ominosas oquedades hacia una mayor cantidad de justicia. Pero yo no me contentaré con una justicia que salve, junto a la dignidad y felicidad de la masa, la dignidad y la felicidad del individuo”[33].

De las imputaciones a ser de derechas le hace decir en Bohemia en 1945 que, si ser de derechas significa –entre tantas razones por él aludidas–, considerar como buenas todas las acumulaciones, tanto de recursos como de autoridad, suponer la discriminación producida por fortuna, la raza, o la cultura, no creer en el mejoramiento humano, dar riendas sueltas al individuo, entonces él es de izquierdas, de esos que se hacen herederos de la confianza humanista y romántica en el hombre, que confían en él y afirman su dignidad, creen en la igualdad, que aspiran a la libertad económica, moral y cultural y que ha tenido su remate en el marxismo y el socialismo, pero que el comunismo en la URSS ha hecho tergiversar haciéndose totalitario, restando en libertades a sus ciudadanos, tornándose –considera–, hacia las derechas, más que manteniéndose en las izquierdas[34].

Siempre fue un notable antisoviético. En su polémica con Marinello apuesta porque los años le den la razón. El paso del tiempo le ajustará las cuentas a lo allí sucedido –le rebate a Marinello–. Para Mañach es errada la comprensión que se tiene de los fenómenos de la conciencia, de los fenómenos superestructurales, sobre los cuales se fundamentan políticas concretas de la Unión Soviética. Y dice: “La trascendencia no cuenta, y por tanto no cuenta la conciencia, ni cuenta la libertad,... Todo lo que el hombre es como hombre –que es lo que tiene, sobre todo, como espíritu– queda fuera de estimación intrínseca, es mero epifenómeno o superestructura. Y como todo eso está adscrito al individuo, el individuo importa poco, lo que cuenta es la masa y, en última instancia, el Estado –la máquina sombría y omnímoda, en cuyo trágico servicio se mueven los hombres como esclavos bajo una disciplina implacable”. Y continúa diciendo: “Marinello se irrita –y a veces parece dolerse– de que yo no apruebe la generalización de un régimen semejante para el mundo, y sobre todo para mi tierra. No puedo remediarlo”.

Mañach acepta con júbilo el triunfo revolucionario de 1959, y dice de su adhesión más fervorosa a los ideales de la Revolución. “Si la República me necesita, puedes contar conmigo”, –le dice en 1959 a R. Agramonte, quien fungía como Ministro de Estado. Luego, tanto en la radio como en la televisión aplaudió el proceso considerándolo como la cura que quisimos, la revitalización de la fe, etc. La radicalización del proceso, la orientación hacia el socialismo en 1961, ya enfermo y fuera de Cuba, lo hacen alejarse de la misma.

Pero volvamos a la relación de Mañach hacia el marxismo una vez vista su evolución, su acercamiento en los años treinta a esta teoría y su distanciamiento hacia el comunismo como ideal social de la misma. ¿Qué dominio tenía de las tesis y conceptos principales?

Se ha hecho evidente que esta generación de intelectuales era de estirpe creadora, activa y no de profesionales que hacen filosofía desde la cátedra o la academia. Las doctrinas ser­vían a Cuba y a ella se debían acomodar. Y es ocioso abundar el modo cómo se recepcionaron estas ideas en estos años a partir de interpretaciones, ligado a las lecturas que de la Unión Soviética llegaban mediante la acción de la Tercera Internacional Comunista, y la realidad cuestionada, la mayor parte de las veces deformadas, de la plasmación del ideal en el socialismo real en la Unión Soviética.

Indudablemente el conocimiento del marxismo por Mañach no va mucho más allá del conocimiento de estas tesis manoseadas. Sin embargo, a lo largo de su obra escrita hay acertadas lecturas de Marx, como en otras, una comprensión totalmente inexacta. La comprensión materialista de la historia si bien en ocasiones es bien entendida, en trabajos de los últimos tiempos, su exposición es lamentable para un catedrático de historia de la filosofía. La idea de la lucha de clases, la teoría de las formaciones económico-sociales tampoco fue enteramente entendida por Mañach. Ni tampoco se aprecia –aunque el ensayo sea la forma de expresión primordial– que tras sus ideas haya lecturas de obras específicas, esenciales de Marx, Engels o Lenin. En su polémica con Marinello le dice leer más de lo que este piensa, sin embargo, o fueron lecturas de escritos de segunda mano, interpretativas del marxismo o son muy escasas.

En otras ocasiones hay en él un crítico de las concepciones mecanicistas del marxismo en boga, favoreciendo entonces los matices más agudos de las explicaciones de Marx, en particular del “economicismo”, cosa común en el medio europeo, italiano en particular, o en las simples explicaciones de lo material y lo ideal que Mañach, con sobrada erudición, supo entender superior a las lecturas a la sazón. En una ocasión señala:

“Consideraciones de esta índole han obligado a los marxistas más responsables a ir moderando la tesis polémica del materialismo histórico, que ya representó –como lo han demostrado Croce, Mondolfo y otros pensadores inicialmente adeptos de ella– una exageración violenta de la doctrina original. Hoy ya se advierte y reconoce que no hay tal determinismo económico absoluto; que el factor económico es sólo uno, y probablemente el más imperioso de los factores llamados “materiales” que condicionan la vida humana; pero que, al margen de estos, queda siempre una misteriosa zona de autodeterminación del espíritu, donde juegan su papel, tan dramático a veces para el propio individuo, los puros impulsos emocionales, los narcisismos, los pudores y los orgullos, las ambiciones netas de gloria o de poder y hasta los más oscuros y seculares atavismos”[35].

Por eso nos adelanta con sabiduría, que:

“No hay, pues, mucho peligro de que nuestra Guerra del 68, por ejemplo, en cuya provocación sin duda intervinieron decisivamente no pocos motivos de orden económico, pero que se inició con tan férvidos sacrificios de la hacienda criolla, se nos quede definitivamente menguada a una simple maquinación propietista, o a un simple resentimiento de “barones feudales” acosados”[36].

Tal vez aquí Mañach esté advirtiendo de los análisis simples que hoy criticamos haberse consolidado en nuestra historiografía, así como aquellas intenciones de ver como “se cumplían las leyes de la dialéctica” en las clases de marxismo, aplicándolas a nuestra historia.

Por supuesto que influido por el circunstancialismo y el historicismo resuelve en ocasiones con sabiduría los problemas que se plantea. Y no es menos cierto que en su concepción filosófica no queda como un vulgar materialista, ni un ingenuo o astuto idealista, sino que le asiste siempre una medida visión dialéctica y materialista como hombre culto y de su tiempo, aunque la mayor parte de la veces haga evaluaciones inapropiadas del materialismo del marxismo, como de la dialéctica marxista.

Y una cosa llama la atención, la cercana comprensión al marxismo de Mañach al explicar la relación entre lo material y lo ideal al polemizar con Medardo Vitier ante la tesis planteada por este sobre la sustantividad del espíritu. Para Mañach lo material y lo espiritual se asisten y se condicionan “Este recíproco condicionamiento dista mucho de significar lo que el vulgar materialismo quisiera, es decir, que lo espiritual, una vez que aparece a un determinado nivel de la vida, no tenga su propio destino, no sea capaz de movimiento y de un querer propio.” Igual sucede al ver el uso del recurso dialéctico cuando explica el carácter objetivo-subjetivo de los valores en Para una filosofía de la vida[37].

Este ejercicio de hacer un recorrido por la vida y el pensamiento de Mañach, sus preferencias y líneas desarrolladas, –no siempre acabado– nos ayuda a ver a un pensador que se debate, que se hace. Mañach no es el hombre al cual le faltaran definiciones –como me dijera un colega–. Mañach a lo largo de su vida y ante los problemas de su tiempo mantuvo una definición política, ideológica y filosófica. Y sin urgir definiciones conclusivas, vayamos más allá, a su condición de filósofo de oficio, a sus contribuciones en los años que lleva la cátedra universitaria, un tiempo que le pone ante un pensamiento que se tumba frente a una posible sistematicidad o deseos de hacerse más perpetuo.

La filosofía como oficio y el oficio de la filosofía

Una nueva época comienza tras la llegada de Mañach a Cuba en 1939, luego de su estancia por casi cinco años en la Universidad de Columbia. Son ellos de más empresa y de entrega a una marea más movida, tanto política como intelectual. Ya tal vez no esté la impronta de la revolución, sino el ajuste de cuentas con la que a bolina se fue, dejando “un tremendo sabor a cenizas en la boca”.

Desde 1940 hasta 1960, desempeña la Cátedra de Historia de la Filosofía, entregándose al trabajo docente sistemático y a la formación de nuevas hornadas de intelectuales cubanos. En marzo de 1940 se constituye el tribunal que se encargaría de los ejercicios del concurso de oposición para la plaza que lo integraría a la vida académica, en este caso como Profesor Agregado, luego Titular, de la Cátedra bautizada con la letra M, de la Escuela de Filosofía y Letras de la bicentenaria universidad habanera.

El ejercicio fue fatigoso y dilatado. Por más de dos horas expuso los diez temas seleccionados entre las 150 boletas y al día siguiente, durante nueve horas, escribió su ejercicio sobre las ideas políticas de J. Locke. En otra jornada, en septiembre, dio una clase sobre la filosofía del Renacimiento por el lapso de una hora en el aula.

Su entrada a la vida docente le exige la reformulación de los planes de la asignatura y la asunción de tareas y responsabilidades académicas como cursos en la Escuela de Verano, la Cátedra Martiana y la participación en eventos y jornadas disímiles, tanto en Cuba como en el extranjero, representando su posición en la universidad cubana. Jorge Mañach, Roberto Agramonte y Luis Alejandro Baralt son los catedráticos de Filosofía del claustro universitario, una pena para una universidad que no supo servirse por estos tiempos de otros profesores, como de los llegados de España, transterrados a América, tales como José Gaos, Ferrater Mora o la sibilina María Zambrano, quienes lo intentaran infructuosamente.

Su desempeño como profesor le hace definir una visión sobre la filosofía y en particular sobre la asignatura que desarrolla, en busca de la efectividad de lo que enseña. Mañach defiende que el estudio de esta materia, cualquiera que fuese su extensión, debía ser formativa y no solamente informativa y que además de enterar al alumno sobre figuras y posiciones a lo largo del proceso histórico de la filosofía, debía también contribuir a familiarizarlos con los mecanismos reflexivos de la elaboración del pensamiento y a estimular su propia reflexión mediante la exposición cuidadosa de los problemas más importantes de la filosofía, tratados en forma penetrante y no solo alusiva. Esto descartaba, –según su posición– la interpretación del curso de historia de la filosofía como un curso externamente episódico o superficial y panorámico. Este fue su presupuesto de partida que hacía variar en lo posterior la enseñanza de la asignatura y revolucionar su programa, haciendo que el curso, según su propuesta, se extendiera a dos años en el plan de estudios.

Además, el profesor proponía darle a su curso un tratamiento monográfico comprendido de un solo período del proceso histórico. Mañach expone su convicción de que el proceso filosófico está más íntimamente condicionado que ningún otro por los antecedentes históricos y que el hecho filosófico no muere nunca, pues es característica de este seguir activando el pensamiento a través de los tiempos. Concretando esta observación, dice Mañach, ¿cómo explicar la polémica sobre los universales y particulares, que domina buena parte del pensamiento medieval y cuya solución nominalista resulta decisiva para la filosofía del Renacimiento –y aún para la actual– si antes no se ha estudiado a fondo a la filosofía griega, el planteamiento platónico-aristotélico de esa grave cuestión? Y se pregunta: ¿Cómo dar un curso monográfico útil sobre la filosofía de la Edad Media a alumnos que nada sepan de la filosofía antigua? Por tal motivo plantea que mientras no hubiera más que un curso de Historia de la Filosofía en la Universidad, este se debía dedicar al estudio de la filosofía griega. “... aquí se plantearon casi todos los problemas cardinales de la reflexión filosófica, se ensayaron sus soluciones básicas y se creó el aparato técnico del filosofar. A los alumnos no se le debe hacer recorrer aceleradamente el itinerario entero del pensamiento para dejar en su memoria, cuanto más, una nómina de autores y de obras y una vaga noción de los sistemas y sus peripecias” –dice Mañach en un informe que entregase por esos años a la universidad[38].

El prefería a la conferencia y los seminarios como medios didáctico, hacía lecturas colaterales de textos originales de filósofos y pretendía, más que la reflexión fría derivada de las lecturas, sensibilizar a los alumnos por la filosofía, para despertar la curiosidad y el interés. En sus clases –decía– empleaba todos los recursos de la “plástica verbal” y la “plástica visual”, convirtiéndolas en magistrales lecturas repletas de sabiduría y elegancia, de pasión por la filosofía en su forma más vívida y estimulante. Mañach vinculaba el proceso filosófico con el proceso histórico general haciendo de la filosofía no una elaboración gratuita o enteramente autónoma, sino condicionada por los factores históricos, a los cuales ella misma condiciona desde los planos superiores de la cultura.

Esta es una época en que Mañach saca a la luz otros libros suyos, muchos de los cuales tuvieron su origen en los años 30. Desde Pasado vigente (1939) con ensayos que hicieron historia entre 1930-1933, –según la consideración de Felix Lizaso y Emeterio S. Santovenia– hasta otros de mayor empaque filosófico como es Historia y estilo (1944), tan reseñado y valorado entre todos sus textos. Sin embargo, hay uno de valor aprovechado, sin publicar aún, o inconcluso según él mismo considerara: la Historia de la filosofía (1947) en dos tomos y que mimeografiado servía, de curso en curso, a los alumnos universitarios. Tal vez el autor entendió que para fines docentes podía ser un buen compendio porque recorría toda la filosofía occidental, desde la griega de los presocráticos hasta la moderna, sin embargo, no se vio decidido a llevarlo a imprenta.

Este, como otros textos suyos, le obligaban a definir de paso, o ya más sosegado, su modo de ver a la filosofía misma. Él decía que esta era una actividad reflexiva que “aspiraba a explicar a la realidad, la realidad como todo lo que “hay” y que se nos muestra extraña, misteriosa, engañosa, exigiendo ir de aquí a la investigación, a captar lo esencial”. En su Filosofía del quijotismo, dice: “A nadie asuste la palabra filosofía: solo significa una búsqueda amorosa de esencias”[39]. Mañach estaba convencido de que la filosofía venía de nuevo, tras el fracaso de la fe ciega en las ciencias, a ser fuente de satisfacciones espirituales y vía para sustanciar, mantener respuestas, a grandes preguntas, como empresa intelectual. Sin embargo, en su sonada conferencia del Lyceum en 1932 que publica ya en los cuarenta, dijo que en filosofía era necesario lavar muchas arenas inútiles para encontrar un grano de verdad. Y es Mañach es de esos filósofos que una vez convencía a una alta autoridad universitaria sobre la necesidad de enseñar la historia de la filosofía, y ante la pregunta del mentor de ¿para qué? ¿para hacer filósofos en Cuba?, él le dijera: No, los filósofos no se hacen, sino, para que se eleve en Cuba el espíritu filosófico.

Sin dudas, el texto que más realce le da a Mañach como filósofo por los años cincuenta es su Para una filosofía de la vida y otros ensayos (1951), obra en la que su estilo ensayístico, a veces impreciso en la forma, nos agobia ante el deseo de encontrar más allá de términos e imágenes conceptos más estables. Pero esta “inestabilidad” de la expresión es propia de un hombre de mucha madera de ensayista, de escritor de sensibilidad poética y búsqueda de ciencia, que a la larga no ceja en el rigor. Aquí hay una idea que hace suya y que concuerda con su perspectiva historicista de siempre. Se trata de no establecer los dogmas como inamovibles, hacer análisis fuera de la consideración de la circunstancia concreta. A esta filosofía suya delineada le llama condicionalismo. Si de los valores hablaba, nada estaba más condicionado que ellos dada la variedad de aptitudes y condiciones de los sujetos y la varia dignidad de todo lo que a su aprecio se somete.

“Lo que yo llamo condicionalismo no es solo esa concepción bipolar de los valores, es también la idea implícita de que ... todo lo que el hombre puede llegar a ser y a hacer, estriba en un progresivo y recíproco condicionamiento entre el sujeto y el objeto integrales, entre la totalidad del hombre y la totalidad del mundo”, añadiendo que “alcanzar este estado de armonía entre el hombre y el mundo, entre el sujeto y el objeto es una utopía siempre válida como fines de la actividad humana”[40], sin abogar por una filosofía de la vida como conjunto de normas restrictivas, rígidas y cerradas como las tantas existidas a lo largo de los siglos.

Otras conferencias suyas publicadas en estos años redundan en la perspectiva fenomenológica que él mismo señala. Así evalúa su conferencia de 1948, “Filosofía del quijotismo” luego ampliada como libro en Examen del quijotismo (1950), donde dice hacer una fenomenología de esta manifestación en la cultura española. Y apreciable es el ponderado estudio que hace de J. Dewey en la cultura anglo-norteamericana en su Dewey y el pensamiento americano[41], que más que la exposición de las tesis del pragmatismo realiza una lectura de implicaciones y nexos, con lecciones útiles al estudioso de la cultura y el pensamiento cubano y latinoamericano.

En sus ensayos menores publicados en la prensa hay también trabajos que encierran la vocación y la condición de Mañach filósofo. El mismo reconoce que tras muchos de ellos hay un espíritu filosófico, que se evidencia en la elección de los temas relativos a la problemática espiritual, cultural y social de su tiempo, procurando levantarlos por encima del nivel puramente episódico para destacar sus implicaciones más profundas, con una actitud mental crítica cercana siempre a la filosofía y con el constante deseo, según reconoce, de contribuir a la sustentación de los valores intelectuales, morales e históricos que considera más eficaces para la conciencia y la cultura cubanas. Junto a la filosofía “que pudiéramos llamar técnica, que se ocupa de la elucidación de problemas teóricos específicos con lenguaje “profesional”, hay y habrá siempre, –dice Mañach– la filosofía militante, estrechamente ligada a lo vital y aplicada a la varia circunstancia. La sustentación racional de los valores no es la menor tarea de una filosofía semejante.”

De particular interés o típicos ensayos filosóficos son aquellos dispersos en el Diario de la Marina y que él mismo valorase como tal en sus informes de trabajo a la cátedra. Estos son: “Una cura de filosofía”, “Valery o la angustia de la inteligencia”, “La crisis del racionalismo”, “Camino de fe y razón”, “Despedida a María Zambrano”, “Perfil de nuestras letras”, “De nuestro querer filosófico”, “Sobre Varona”, etc. En Bohemia: “Necesidad de una filosofía de la vida”, “¿Es necesaria una filosofía de la vida?”, “El problema de los valores”, “Déjennos en paz”.

De nuevo el problema de la cultura

No por lo atareado con el periodismo, las obligaciones políticas, la cátedra universitaria, deja Mañach de insistir, de pensar, en los temas que siempre le habían interesado: la cultura y Cuba, dado en otros ejes conexos como lo identitario cubano. Ese ¿Quiénes somos? ¿Qué nos caracteriza a los cubanos?, fue siempre constante en los ensayos menores de la prensa y se arrastra desde su preocupación por el choteo como peculio criollo y como falta. Otro es la idea de nación, su análisis característico de la formación histórica que se va constituyendo en Cuba como formación de una conciencia colectiva que es la nación, y, el deber de todos los cubanos de crearnos esa “nación que nos falta”, que quedó detenida en la República, un tema que desvela a Mañach en su fervor por Cuba y que llevó hasta proyectos tan concretos, políticos y circunstanciales –como siempre entendió Mañach a la política– del Movimiento de la Nación de efímera existencia en la lucha contra Batista en 1955.

No abandona Mañach esta preocupación general en sus textos sobre Martí que fueron más allá de la biografía publicada en 1933, ni en su último libro, que siempre quisiéramos silenciar o cubrir por haber sido escrito por el otro Mañach, el “decrépito o enfermo” con ideas, aunque valiosas sobre la cultura hispanoamericana, desacertadas. Se trata de su Teoría de la Frontera[42], un tema que había tocado superficialmente en el ensayo sobre Dewey al tratar las relaciones o la frontera entre la cultura sajona y la del sur de los EE.UU. Aquí se debate sobre la frontera cultural, lo que representan México, Cuba y Puerto Rico como brazo que separa a las dos Américas en correspondencia con el plan de clases que debió impartir y que conserva la meticulosidad, el tino de Mañach, de ir como en el estudio del choteo, por pasos sobre el mismo, hasta dejarlo definido, claro, comenzando por las fronteras geográficas o físicas hasta finalizar con las fronteras culturales y aun más, ideológicas del mundo actual, en momentos que estaba de moda el tema por la política de la “nueva frontera” del electo presidente norteamericano, J. F. Kennedy y el auge la Guerra Fría.

Mañach se detiene en los rasgos identitarios de la cultura latinoamericana valorando lo característico de los pueblos del continente al sur del Río Bravo. En la frontera cultural entre Norteamérica y Latinoamérica hay dos psicologías y dos procesos históricos que las definen, y de ello dos patrones originarios, el inglés y el español. A los latinoamericanos le es dado una sensibilidad a flor de piel y poseen determinadas características y conceptos con otro contenido que le diferencian de los del norte como los de dignidad, decoro, etc. “El americano es un sajón y el latinoamericano lleva dentro un español”. Estos son moldes espirituales generales que marcan la identidad en la diferencia.

Sin embargo, añade el autor, en el sur americano hay una cultura de la sensibilidad diferente y una suerte de esteticismo moral e intelectual que la América llamada latina sobrepuso al legado español. En esta caracterización antropológica del ser latinoamericano, a menudo un paisaje o un gran gesto de dignidad suelen interesarle más intensamente que un negocio, una fábrica o un nuevo invento. Sin embargo hay excesos, pasión anárquica de la libertad, vicios políticos como el caudillismo, el fulanismo, el particularismo sectario, etc. La cultura sajona es más dada a lo racional y concreto, es más centrada en la técnica, sin embargo, hay una síntesis posible y están llamadas en su convivencia a complementarse y a enriquecerse mutuamente para el logro del equilibrio y la síntesis que la frontera cultural nos invita.

En el libro se habla de la penetración cultural norteamericana en nuestros países e incluso en Europa como el efecto de cocacolización que puede no afectar a culturas más sólidas, pero a los nuestros puede afectarle en lo más íntimo de su carácter y personalidad.

Sin embargo, a la exposición le siguen tantas cosas lánguidas y de dudosa pertenencia a Mañach, que nos hacen dudar de que la totalidad de la obra pertenezca a la pluma del intelectual cubano. La duda nos hace compartir la sospecha y volver sobre los datos biográficos.

Es cierto que Mañach tras haber sentido “una inmensa alegría” por el triunfo de la Revolución de 1959 y de haberse sumado a la obra que significaba, de estar dispuesto a colaborar, se reincorpora a la Universidad, colabora con Bohemia, CMQ y otros medios. Publica artículos en los que reconoce el liderazgo y la valentía del líder de la Revolución, la trascendencia de los hechos que significan madurez, seriedad, la toma de la conciencia que nos faltaba, la nación que se consolida. Mañach pone en el proceso que se inicia el remate de sus aspiraciones patrias. Sin embargo, la jubilación forzosa (septiembre de 1960) la agresión de los más jóvenes que lo acusan de incapaz y de simbolizar lo viejo, la reacción a su figura, el cierre de muchas de sus tradicionales formas de empleo en Bohemia, en el Diario de la Marina, etc., así como la orientación que en los sesenta vislumbra en el curso de la Revolución hacia el socialismo, le hacen reconocer en carta al editor de Revista de Occidente en septiembre de 1960:

“...me están poniendo en el trance de tener que reorientar una vida que ya tenía hecha. Hoy precisamente, he recibido la noticia de que me han jubilado a la trágala, es decir sin yo solicitarlo ni tener por qué, como profesor de la Universidad, junto otros muchos más de no poco prestigio. Y como yo no soy sino profesor y escritor, y ninguna de estas actividades las puedo desenvolver hoy aquí, me veo en el caso de buscarme nuevos horizontes. Pero horizontes que supongan un modus vivendi, porque tampoco soy hombre de fortuna.”[43]

En los primeros días de noviembre sale para Puerto Rico, invitado por el Rector de la Universidad de Río Piedras, el Dr. Jaime Benítez, a impartir un curso sobre Martí o este que escasamente tiene posibilidades de preparar sobre el tema de las fronteras y que era un tema nuevo, inexplorado en su gran mayoría y no el resultado de una sistematización anterior. Sale de Cuba con todo el pesar de la partida, y además de ello, muy enfermo. Su estado de salud se hace más endeble en este primer mes de estancia en tierra boricua. Un mes después Jorge está muy delicado de salud y apenas había podido ir a la universidad un par de veces, los médicos le auguraban escasas semanas de vida. Así le dice su esposa en carta a una exalumna de filosofía en La Habana. Jorge Mañach desde entonces se encontraba bajo el efecto de fuertes drogas. En ese estado de frágil salud vive escasos seis meses más. En junio de 1961 falleció Jorge Mañach.

¿Podría Mañach haber ido más allá del esquema de las conferencias que había delineado con su escrupulosa metodología? No dejo de dudar o de planteármelo como hipótesis que la Teoría de la Frontera, publicada en 1970, haya sido completada por otros a partir del plan elaborado por el profesor del curso inconcluso. Pongo en dudas aquellas cosas contradictorias que en el libro se leen. Pensarlo así me restablece en parte la imagen del Mañach intelectual, y se me vuelve coherente con su vida, que no es más que esta expuesta, la del hombre medido, tal vez temeroso a los cambios bruscos, el intelectual que quiso siempre la creación salida de la pluma y el pensamiento, pero que la política entendida como deber le secuestró tanto tiempo, del escritor que deleita con expresiones casi perfectas, el profesor sabio y elegante, el polemista incansable y gallardo, el ensayista, el hombre de pensamiento, el filósofo de elegante y erudito discurso, original y creativo, sin gran sistema de ideas y si inclinado, sin dogmatismos ni vehemencias, por las filosofías de corte fenomenológico, no atraído por el marxismo y enemigo del comunismo soviético. Nos quedaría mejor situado el cubano que siempre quiso dar lo mejor de si.

Referencias:


[1] Entrevista realizada por Rafael Heliodoro Valle, publicada en El Tiempo de Bogotá el 4 de marzo de 1951.

[2] Raúl Roa. El fuego de la semilla en el surco. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1982. p. 62.

[3] Archivo Histórico. Universidad de La Habana. Expediente de Jorge Mañach y Robato como estudiante de la Universidad de La Habana, en el cual también se encuentra el certificado con el plan de estudio del graduado de la Universidad Harvard, emitido por esta universidad el 17 de septiembre de 1921.

[4] Ana Cairo. El grupo minorista y su tiempo. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1978, p. 71. Este trabajo de investigación constituye una fuente de gran valor para aquilatar al Grupo Minorista y su desempeño durante la década crítica, entre 1920 y 1930 y en él se apoyó ampliamente el autor de este trabajo.

[5] Jorge Mañach. “Los minoristas sabáticos escuchan al gran Titta”. Social, febrero de 1924. p. 23. Citado de Ana Cairo, obra citada.

[6] Ver Ana Cairo. Obra citada, p. 175-186.

[7] Jorge Mañach. Ensayos. Selección y prólogo de Jorge Luis Arcos. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999, p. 216.

[8] La Crisis de la Alta Cultura en Cuba; La Habana, Imprenta y papelería La Universal, 1925. Hay varias ediciones de esta conferencia de Mañach. Recientemente fue publicada en la selección que bajo el título de Ensayos de Jorge Mañach realizara Jorge Luis Arcos.

[9] Así dice la editorial “Política” del número 3, del 15 de abril de 1927.

[10] Jorge Mañach. “El estilo de la Revolución. En: Jorge Mañach. Ensayos. Obra citada. pp. 146-151.

[11] Ana Cairo recoge en su libro antes citado un fragmento de Bufa subversiva de Raúl Roa, donde el autor cuenta como en 1929, época en que Emilio Roig de Leuchsering declara la muerte del grupo, se produce un hecho que corrobora las diferencias ideológicas de los minoristas. Para Mañach no quedaba claro los modos y medios de lucha contra el imperialismo y cómo se podría conseguir “en la boca del Mississipi, sin que los Estados Unidos no vomitaran sobre la Isla, cuando fuera preciso, todas las unidades de su flota de guerra”. Según Roa, ellos pretendían derrocar al imperialismo sin exponerse al más miserable rasguño. Una década después Mañach hace más evidente su indisposición y su crítica abierta a la idea del socialismo real como perspectiva para Cuba, no sólo por encontrarnos próximo a los EE. UU., sino por inviable según su criterio.

[12] Jorge Mañach. Carta a Carlos R. Rodríguez. Nueva York, 28 de junio de 1935. En esta carta le dice a Carlos R. Rodríguez: “en hombres como usted y como yo no hay más que una voluntad política: la de servir a Cuba” (AJM-ILL, Doc. Nro. 1044). Esta idea la repite en varios documentos y cartas, sobre todo durante su estancia en Nueva York entre 1935 y 1939, época en la cual su papelería y sus cartas se caracterizan por reflexionar sobre el pasado inmediato y sus frustrados proyectos de joven. En otra misiva al propio Carlos Rafael para el periódico Mediodía, le habla de su callada por respuesta a la polémica sostenida con Roa unos años antes, así como le manifiesta su no adhesión al comunismo como doctrina por razones de otra índole, que tenían que ver con su militancia en el ABC y no por no abrazar las ideas políticas y sociales contenidas en el marxismo. (AJM-ILL, Doc. Nro. 935).

[13] Ver: “Imagen de Ortega y Gasset”, en Revista Cubana de Filosofía. Nro. 13, enero-junio de 1956, pp. 120-123.

[14] Indagación del Choteo, 1ra edición: Ediciones Revista de Avance, 1928; 2da edición: La Habana, Ediciones La Verónica, 1940, 3ra edición: La Habana, Editorial Libro Cubano, 1955. La edición más reciente se encuentra en la mencionada selección de ensayos.

[15] Jorge Mañach. Indagación del choteo. En: Jorge Mañach. Ensayos. Obra citada, p. 47-48

[16] Ver: Jorge Portilla. La fenomenología del relajo. México, FCE, 1986.

[17] Jorge Mañach. Obra citada, p. 48

[18] Ibidem, pp. 59-75.

[19] Archivo Histórico. Universidad de La Habana. Expediente del profesor Jorge Mañach y Robato. “Informe Quinquenal” entregado por Mañach en 1947. Este tipo de informes constituía una obligación de los profesores del claustro quienes cada cinco años rendían balance del trabajo realizado. Mañach, había empezado como profesor en 1940, pero su labor se había visto interrumpida, por tiempo prolongado con licencias, por su desempeño político en la Asamblea Constituyente, como Ministro de Estado (1944), Senador por Oriente y otras.

[20] Waldo Ross. Crítica a la filosofía cubana de hoy. La Habana, 1954. (folleto). El autor, mientras se cuestiona a la filosofía latinoamericana por padecer de servilismo intelectual, de rastreo de la última palabra de Europa y de afán de los filósofos por colocarse dentro de un ismo importado, destaca la obra de Mañach y señala que en la Indagación del choteo el autor “ha realizado un verdadero análisis fenomenológico de esta manifestación social característica del pueblo cubano” (p. 10), afirmando que sus obras indican “una clara vocación filosófica y una fuerte originalidad en sus intuiciones fundamentales” (p. 13). En su conferencia de marzo de 1954, W. Ross se detiene a valorar al movimiento filosófico cubano y a profesores como R. Agramonte, L. A. Baralt, M. Vitier, mientras que la IV parte se la dedica a la filosofía de la vida de Mañach.

[21] Jorge Mañach. Carta a Raimundo Lazo. 13 de febrero de 1932. (AJM-ILL, Doc. Nro. 980).

[22] Jorge Mañach. Carta a Gabriela Mistral. 29 de febrero de 1932. (AJM-ILL, Doc. Nro. 1025).

[23] Varios de estos ensayos escritos por Mañach para la prensa entre los años 1930-1933 fueron recogidos en Pasado vigente, un libro “con ropa jornalera y antigua”, publicado por la Editorial Trópico (1939), organizada por Felix Lizaso y Emeterio Santovenia. Según Mañach, en estos años de tiranía “no se podía hablar demasiado claro”. Trópico le propone reunir estos trabajos suyos, circunstanciales y de utilidad como testimonio de la angustia y la esperanza “que los cubanos vivimos antes de agosto del 33”. Ese pasado, en efecto, estaba aun vigente y Mañach desde Nueva York felicita a Lizaso y Emeterio por la iniciativa de crear Trópico y su colección de ensayos, para quienes la selección de Mañach fue uno de los primeros títulos publicados. Aquí está, entre otros, su conocido ensayo “Crisis de la ilusión”.

[24] Con estas palabras termina Mañach su ensayo escrito en 1934 “El estilo de la revolución”, publicado en Acción, por el cual se le confiriera en 1935 el Premio Justo de Lara que se otorgara ese año por primera vez.

[25] En una carta enviada por Mañach a Alejo Carpentier el 31 de julio de 1934, le dice: “El ABC, Alejo, es la “esperanza de Cuba”. Hoy por hoy no tenemos nada mejor organizado ni más brioso y sustantivo. Últimamente se nos ha estado tachando mucho de veleidades fascistas y hasta de reaccionarismo. Lo cierto es que se nos juzga por el contraste con los infantilismos “auténticos” y las precipitaciones e improvisaciones del “comunismo criollo”. En otras cartas enviadas a L. A. Baralt, a Guillén, a G. Mistral, reflexiona de modo similar, distinguiendo dos etapas diferentes en el ABC, sus inicios y su evolución después de la derrota de Machado, de la cual él se distancia luego.

[26] Jorge Mañach. Carta a Luis Alejandro Baralt. 30 de diciembre de 1935. (AJM-ILL, Doc. Nro. 765).

[27] Jorge Mañach. Carta a Emilio Ballagas. 6 de julio de 1937. (AJM-ILL, Doc. Nro. 763).

[28] Jorge Mañach. Carta a Concha Meléndez (a Río Piedras, Puerto Rico). 4 de noviembre de 1935. (AJM-ILL, Doc. Nro. 1022).

[29] Jorge Mañach. Carta a J.D.M. Ford. 24 de diciembre de 1930. (AJM-ILL, Doc. Nro. 877). En una carta a Samuel Guy Inman, del 21 de abril de 1932 (AJM-ILL Doc. Nro. 938.) dice “Yo creía entonces que mi patria era materia plástica, apta para recibir la impronta de manos honestas.” En esta cata –como en varias más– escritas en los años treinta, Mañach  hace referencia a la frustración de sus aspiraciones y proyectos intelectuales, los cuales se agravaron con la dictadura de Machado, el cierre de la Revista de Avances y la imposibilidad de encontrar plaza en la universidad de La Habana. Por ese motivo es que le solicita a su antiguo profesor y director del Departamento de Lengua Romances de Harvard, J.D.M. Ford, regresar a su puesto en la Cátedra que había dejado en 1921. Ya estando en la Universidad de Columbia, en New York, entre 1935-1939, expresó reiteradamente a varios amigos suyos la misma idea, aquella de ver fracasado su deseo de servir a Cuba, de dedicarse a la actividad intelectual que era “su mayor gozo”. En 1935, desde la Universidad de Columbia, le dice a Luis Alejandro Baralt: “¿Cuba? No la olvido; no puedo olvidarla… la melancolía de verme distante, separado de mi tierra, de mis amigos, y, sobre todo, de aquella gran esperanza de trabajar en la hechura de una “Cuba Nueva”… No se puede invertir tanto fervor y sacrificio como yo invertí en esa ilusión y resignarme fácilmente a verla poco menos que frustrada. En los últimos años, aunque esto pueda sonar un poco retóricamente patético, me acostumbré a vivir en función de ese sacrificio y de esa esperanza, y ahora, que tengo todo lo que un hombre de mi vocación parece que deba apetecer, siento que me falta algo fundamental –aquello que, hace quince años, me decidió a sacrificar un seguro porvenir académico en Harvard por ir a servir a mi tierra… (AJM-ILL, Doc Nro. 765)”.

[30] Es de suponer que la estancia en los Estados Unidos a finales de los años treinta, sus posteriores viajes a universidades norteamericanas, sus lecturas de los críticos del socialismo y del estalinismo en los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, le pusieron en evidencia los rumbos de la Unión Soviética. Estos son años en los cuales incluso dentro del propio Partido de los Trabajadores, los Trotskistas norteamericanos realizaban una aguda crítica entre un sector de los militantes, como son las posiciones de Raya Dunayevskaya y la Tendencia del Capitalismo de Estado dentro de los militantes y los marxistas de este país. Mañach refiere encuentros con víctimas del estalinismo en Nueva York. Además de la crítica y el enfrentamiento ideológico, del Macartysmo, y la guerra fría, etc., había una crítica seria dentro del mundo intelectual norteamericano y europeo vs. la experiencia soviética posterior a la segunda Guerra Mundial, la Tercera Internacional y la experiencia real del socialismo en Europa.

[31] Jorge Mañach. Carta a Lino Novás Calvo. 26 de mayo de 1932. (AJM-ILL, Doc. Nro. 1030).

[32] Jorge Mañach. Carta a Nicolás Guillén. 23 de febrero de 1937 (AJM-ILL, Doc. Nro. 935). En esta sentida carta que le escribiera Mañach a Guillén, con motivo de del ensayo que Roa escribiese como prólogo del libro de poesía de Martínez Villena La pupila insomne, le dice estar muy dolido, así como se lamenta mucho del malentendido que tuvo con Rubén en 1927 y de la polémica sostenida con él. Sin dudas, Mañach se cuestionó la suscripción para la edición del libro de Villena, asó como puso en dudas la obra del poeta cubano, pero no imaginó que pese a las sutilezas y a los elogios para con Rubén, a quien dice haber apreciado mucho en lo personal, provocaron la reacción de Villena, que a juicio de Mañach, había sido sugerida y alentada por otros. A Mañach ya en Nueva York le duele lo que de él dice Roa al hacer mención a la polémica. La carta fue publicada en Mediodía el 5 de marzo de 1937.

[33] Jorge Mañach. “Una vez más”, otra carta escrita en abril de 1937, encontrándose en Nueva York, para Mediodía y entregada a Carlos R. Rodríguez. AJM-ILL, Doc. Nro. 1045.

[34] Jorge Mañach. “El siglo y la crisis cubana”. Revista Bohemia, octubre de 1948.

[35] Jorge Mañach. Historia y estilo. En: Jorge Mañach. Ensayos. Obra citada, p. 118.

[36] Ibídem. p. 119.

[37] Jorge Mañach. Para una filosofía de la vida y otros ensayos. La Habana, Edit. Lex, 1951.

[38] Estas ideas fueron expuestas en el Informe Quinquenal, presentado por Mañach en 1947, citado con anterioridad.

[39] Ver: Jorge Mañach. “Filosofía del quijotismo”. Revista Universidad de La Habana. Nro 76 - 81. Enero-dic., 1948, pp. 9-62. Esta conferencia fue ampliada y publicada en Buenos Aires dos años después como libro bajo el título de Filosofía del quijotismo.

[40] Ver: Jorge Mañach. Para una filosofía de la vida y otros ensayos. Obra citada.

[41] Ver: Jorge Mañach. Dewey y el pensamiento americano. Madrid, Taurus Ediciones s.a., 1959.

[42] Ver: Jorge Mañach. Teoría de la frontera. Introducción por Concha Meléndez. Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico (Impreso en España, Barcelona, 1970).

[43] Jorge Mañach. Carta a Sr. D. José Ortega Spotorno, editor de la Revista de Occidente. 8 de septiembre de 1960. (AJM-ILL, Doc. Nro. 1033).