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El Socialismo en el pensamiento latinoamericano: de la utopía abstracta a la utopía concreta.
Pablo Guadarrama González
Guadarrama González, Pablo. "El Socialismo en el pensamiento latinoamericano: de la utopía abstracta a la utopía concreta.", América Latina Hacia su segunda independencia.. Bogotá. 2007. Nro. 19. págs. 111-112

Las ideas sobre la posibilidad de vivir en una sociedad fraterna, armónica y justa parecen tener sus raíces en los mismos albores de la sociedad humana como puede apreciarse hasta en algunos mitos y leyendas amerindias.

Con el desarrollo de las sociedades clasistas y la precarización de la situación socioeconómica de amplios sectores populares las reflexiones y los anhelos en relación a la posibilidad de vivir en un mundo más fraterno se fueron incrementando. Algunas veces estas se plasmaron en las bases de algunas religiones, como se aprecia en los primeros momentos del cristianismo y en otras ocasiones tomaron cuerpo en distintas formas de utopías que se incrementaron a partir del nacimiento del capitalismo. En la misma medida en que esta enajenante sociedad fue revelando su esencia misantrópica, tras su disfraz humanista abstracto, las ideas de orientación socialistas, independientemente de sus diversas interpretaciones, pero ante todo concebidas como superación del capitalismo irían fortaleciéndose en diversas partes del mundo y entre ellas en América Latina.

El pensamiento socialista tuvo antecedentes tempranos en esta región, incluso en el período anterior a las luchas por  independencia, como se aprecia, en  Simón Rodríguez[1].

Una  de las formas de manifestarse la insatisfacción de grandes sectores de la población con las insuficiencias del proceso independentista latinoamericano y con los gobiernos corrompidos, que lo mismo bajo las banderas del liberalismo que del conservadurismo se disputaban  el poder, se revirtió en la difusión de las ideas socialistas y  anarquistas.

Algunos de los procesos revolucionarios que se produje­ron durante la segunda mitad del siglo XIX  e inicios del siglo XX enarbolaron ideas socialista utópicas, o al menos sus seguidores tuvieron alguna inclinación hacia ellas, como se aprecia en la rebelión de la Sierra Gorda, en México, que se propuso "establecer ­un Estado de los trabajadores"[2] en 1879. Por esos mismos años se produjeron en Brasil movimientos mesiánicos que se proponían "encontrar el paraíso terrenal. [3] En Bolivia el indio Wilka, en 1899, ocupó Oruro y pretendía devolver las tierras a los indígenas y lograr "el exterminio de las minorías dominantes?[4].  Estos movimientos campesinos, indigenistas, de artesa­nos, religiosos, etc., no tenían mayor contacto con el marxismo, pero indiscutiblemente constituían un fermento favora­ble a las ideas de corte socialista y de liberación nacional.  Alguna huella favorable dejaron en el desarrollo posterior del ideario socialista, en lo que respecta a su base social más amplia en Améri­ca Latina, la cual no puede ser reducida, de ningún modo, exclusiva­mente al nivel de desarrollo de la clase obrera.

 La mayor parte de estas ideas podrían ser consideradas como utopías abstractas  (E. Bloch), esto es aquellas que no tienen posibilidades inmediatas de realización a diferencia de las utopías concretas.  No obstante portaban cierto fermento de concreción porque no se quedaban en el plano de las ideas, sino que se articulaban a movimientos sociales reales que intentaron en la práctica subvertir el injusto orden capitalista existente.

También en Nueva Granada, en 1854, se produjo una rebelión de artesanos con gran influencia de las ideas socialistas y sus objetivos  eran crear una república popular. En Bogotá, desde 1849, Joaquín Posada y Fermán Piñeros divulgaban "los principios elementales del comunismo".[5] Las ideas socialistas se dieron a conocer en la prensa de muchas ciudades la­tinoamericanas desde mediados del siglo XIX, especialmente a raíz de los procesos revolucionarios de 1848 en Europa. Pero no se trataba de un simple proceso de información periodística, sino de un sedi­mentario trabajo de asimilación y utilización de dichas ideas para tra­tar de encontrar también soluciones a los problemas de esta región, aunque no se plantearan la instauración del socialismo.[6]

  Las contradicciones  ideológicas respecto a las limitaciones del conservadurismo e incluso del liberalismo habían tenido sus expresiones desde el principio mismo del movimiento independentista.  Las posturas críticas ante ambas posturas no implicaban  una alternativa real para alcanzar algún tipo de socialismo, pero la carencia de posibilidades para su realiza­ción no disminuye los méritos de quienes desde fechas tan tempra­nas se plantearan la necesidad de trastocar completamente las formas de producción y distribución de la riqueza. Esa tendencia de­mocrático-radical, representada por Mariano Moreno, Juan José Cas­telli, Bernardo Monteagudo, José Artigas y José Gaspar Rodríguez de Francia en el cono sur, y por los sacerdotes mexicanos Miguel Hidal­go y José María Morelos, que intentaba liquidar el antiguo régimen a manera plebeya de los jacobinos, constituyó el antecedente principal de uno de los primeros segmentos de la línea del pensamiento socialista latinoamericano.

  El socialismo utópico básicamente influido por Saint Simon,[7] tuvo representantes desde fecha temprana en el cono sur, donde la emigración europea fue portadora de tales ideas como posteriormen­te lo fue también del marxismo. En 1838 el periódico El Iniciador de Montevideo publica el credo filosófico de un grupo de saintsimonia­nos, en el que se planteaba definitoriamente "el cambio de un orden social antiguo a un orden social nuevo, después de la destrucción ra­dical del orden antiguo"[8], si bien demostraban radicalismo, también dogmatismo, al considerar que "las evoluciones de la humanidad se efectúan en el tiempo según un  orden fijo; tienen lugar en el espacio en una esfera limitada"[9]. Tal visión teleológica y mecanicista del desarrollo histórico sería atribuida, con mayor o menor razón, a al­gunos marxistas latinoamericanos que no lograron desprenderse por completo de las simplificaciones del utopismo abstracto muy distante del concreto.

 Uno de los más destacados socialistas utópicos latinoamericanos fue el argentino Esteban Echeverría (1805-1851), quien en su obra Dogma socialista (1846) planteaba que "solo era útil una revolución moral que marcara un progreso en la regeneración de nuestra pa­tria”,[10] porque consideraba que no existían condiciones para una "re­volución material”. Ese mismo idealismo heredado  del espíritu del  pensamiento ilustrado latinoamericano se mantendría por mucho tiempo, no solo en hombres como Echeverría, formado bajo la in­fluencia del espiritualismo y el eclecticismo, sino en la generación de positivistas que le sucederían, y llegaría incluso hasta algunos poste­riormente identificados con el marxismo pero con todavía imbuidos de la utopía abstracta, que coincidirían con el cri­terio de comenzar las transformaciones del mundo latinoamericano por la vía de la educación y la renovación moral del hombre de estas tierras.

Sin embargo, Echeverría no se dejó descarriar por el espíritu es­peculativo, y trató de vincular todas sus propuestas a la terrenali­dad de los problemas específicos de esta región. Por eso sostenía: "El punto de arranque, como decíamos entonces, para el deslinde de estas cuestiones deben ser nuestras leyes, nuestras costumbres, nuestro estado social, determinar primero lo que somos, y aplican­do los principios buscar lo que debemos ser, hacia qué punto debe­mos gradualmente encaminarnos. Mostrar enseguida la práctica de las naciones cultas, cuyo estado social sea más análogo al nuestro y confrontar siempre los hechos con la teoría o la doctrina de los pu­blicistas más adelantados. No salir del terreno práctico, no perderse en abstracciones; tener siempre clavado el ojo de la inteligencia en las entrañas de nuestra sociedad." [11]

De tal modo parecía dejar atrás el utopismo abstracto y aproximarse al concreto.         Esa búsqueda de la raíz de los pro­blemas en las particularidades de nuestros países sería una preocu­pación constante de muchos de los pensadores latinoamericanos más progresistas, entre ellos los marxistas, pero lamentablemente no siempre se extrajeron las debidas conclusiones teóricas que cada si­tuación demandaba, ni se mantuvo hasta sus últimas consecuencias dicho principio. De lo contrario, no hubiese encontrado terreno favo­rable en ningún momento el dogmatismo y la importación de es­quemas inapropiados.

Otro rasgo importante de la obra de Echeverría es su lenguaje cla­ro, sencillo, porque estaba dirigido en definitiva al pueblo y su objetivo era "descentralizar el poder, arrancarlo a los tiranos y usurpadores, para entregárselo a su legítimo dueño: el pueblo".[12] Ese estilo común a los socialistas, anarquistas, como posteriormente a los marxistas, se diferenció por mucho tiempo del pensamiento liberal y conservador latinoameri­cano, que no siempre expresó sus ideas en un lenguaje comprensible, pues su mensaje estaba dirigido más a la elite culta que podía desci­frar sus entrelíneas, hasta cuando los artífices de la propaganda poli­tiquera se percataron de la necesidad de "popularizar" el lenguaje. Para Echeverría la democracia verdadera era equivalente a la "igualdad de clases",[13] pues para él "no puede existir verdadera aso­ciación sino entre iguales"[14] aunque la sociedad no debe exigir sacri­ficio absoluto de los intereses individuales. Esta idea posee un entrañable valor, pues por lo regular los ataques al socialismo en general se apoyan injustamente en considerar que la adopción de estas doctrinas es equivalente a la anulación de la indivi­dualidad y a la disolución de la persona en la masa. Solo el socialis­mo más recalcitrante y cuartelario ha esgrimido como consignas el igualitarismo rayano y la renuncia fanática a los bienes creados por la cultura burguesa. Echeverría no cayó en ese error, pues pre­conizaba que "cada hombre participe igualmente del goce propor­cional a su inteligencia y trabajo"[15], suscribiendo la tesis de Saint Simon "a cada hombre según su capacidad, a cada hombre según sus obras"[16] y para asegurar ese principio el hombre debe gozar, a su juicio, del don natural de la libertad, que le permita disponer del fru­to de su trabajo.

Luego los argumentos esgrimidos con frecuencia contra el socia­lismo de que este justifica la holgazanería, por cuanto no se exige a cada hombre rendir a la sociedad el máximo de sus fuerzas, encontra­ron reprobación hasta en los primeros socialistas latinoamericanos que, como Echeverría, proponían fundar su futura utópica sociedad en el trabajo, la inteligencia, la virtud, etc., y no en el ocio, el facilismo y el disfrute inmerecido.

Algunos de los ataques al socialismo se fundan en el argumento de que este pretende sustituir a la clase dominante para simplemente ocupar su lugar y disponer de sus bienes, del placer y el goce sin esfuerzo alguno. Pero tanto la historia del pensamiento socialista latinoamericano, co­mo los intentos por construcción de  sociedades socialistas en este continente, desacreditaron tales infundios y basan sus propuestas de transformación social e trabajo, el espíritu de sacrificio, la austeridad (ni masoquista, ni  anacoreta), en la justa distribución de los bienes creados. La historia recoge algunos contraejemplos de individuos oportunistas que han traicionado la causa del socialismo, pero esto en lugar de poner en duda esta tesis, confirman la regla.

En muchos casos el pensamiento socialista latinoamericano ha tratado, incluso utópicamente en sus primeras propuestas, de ofrecer  a los empresarios la seguridad de que no se afectarían sus intereses pues el objetivo no era destruirlos, sino mejorar las condición de vida de los obreros y otras clases explotadas. Así, el cubano Diego Vicente Tejera sostenía a fines del siglo XIX que "en la  transformación que ha de operarse en nuestra sociedad, deberemos procurar, para obtener en esta un único nivel, no que caigan Ios de arriba, sino que suban los de abajo".[17]

 Estas concepciones se revelaron la abstracta prevalecientes por algún tiempo en los primeros marxistas, hasta que la primera revolución proletaria victoriosa demostrase fehacientemente que una más justa redistribución de la riqueza necesariamente afectaría directamente el modo de vida del burgués. Pero en algunos de los socialistas utópicos a fines del siglo XIX como el cubano Tejera, prevalecía el criterio de la posibilidad de un acuerdo de caballeros entre ambas partes, por eso en las conferencias a los obreros en Tampa les decía: "No: el socialista cubano no espantará, no deberá espantar a nadie; el burgués se sentirá dispuesto a tratarlo cordial o cortésmente, y acaso el mutuo facilite la victoria final de la justicia."[18] Ello demuestra que no siempre los socialistas propugnaron el odio de clase contra clase o la violencia clasista para arrebatar el poder a la burguesía. Por el contrario, por algún tiempo se pensó en la posibilidad de un tránsito dual y de común acuerdo con esa idílica sociedad en la que también los burgueses saldrían beneficiados.

No obstante, Tejera indicaba a los obreros que "ni liberales ni  conservadores resolverán su problema capital”[19]y por tanto deberían pelear por sí mismos. Llegó a proponer que la clase obrera crease un partido independiente aunque en las condiciones de Cuba colonial reconociese que había que priorizar la lucha por la inde­pendencia antes de emprenderla por la emancipación social,[20] lo cual muestra que efectuó un análisis histórico-concreto y no se dejó ­arrastrar por esquematismos. Un intelectual como él, que había vi­vido en varios países europeos, latinoamericanos y en Estados Unidos, pudo comprender mejor la necesidad de estudiar la socie­dad cubana,[21] su estructura de clases, tradiciones, factores económi­cos, etc., para poder emprender posteriormente el combate por su transformación. Lo cual contribuye a la tesis de que también, entre los antecedentes del pensamiento socialista latinoamericano, prevaleció el criterio ­de dar prioridad al conocimiento de la realidad socioeconómica de esta región antes que dedicarse a ensayar modelos foráneos.

  Conociendo esas particularidades del pueblo cubano, su idiosincrasia, su liberación del fanatismo religioso, su carácter vivo, despierto y hasta su choteo,[22] Tejera llega a formular algunas recomendaciones de cómo deberá construirse el socialismo en Cuba sobre bases más liberales y patrióticas[23] que las del socialismo europeo.

El "sistema socialista práctico" que Tejera proponía se planteaba “no aliviar el mal" sino "extirparlo de raíz¨.[24] Sin embargo, no era consecuente con ese postulado cuando solo se proponía eliminar la opulencia, pero no la riqueza moderada. [25]

Resulta de interés destacar que Tejera quería diferenciarse de algunos ­tipos de socialistas, por su defensa del "arte y el lu­jo, flores exquisitas de la civilización",[26] indicaba que no se debía renunciar a los "verdaderos placeres de la vida" como la "habita­ción hermosa, los bellos muebles, los objetos artísticos, la mesa delicada, el coche, los teatros, etcétera"[27].  Esto evidencia su deseo por dejar plasmado entre los obreros que el socialismo no constituía una renuncia nihilista a los valores creados por la civilización, sino solamente una apropiación más mesurada y equitativa de ellos.

Es inobjetable que en el pensamiento socialista de Tejera lo utópico abstracto aflora con frecuencia, independientemente de que se, clasifi­que o no su posición dentro de esta corriente, [28] pero esto no desme­rece sus ideas sustanciales respecto a la necesidad de construir una sociedad superior a la capitalista y, lo más importante, haber puesto su empeño práctico en la lucha política por lograrlo.

Algo similar ocurre con el anarquismo, que constitu­ye también un importante antecedente del pensamiento socialista lati­noamericano, aunque desempeñara un papel contradictorio, pues, por una parte, significaba un paso de avance en aquellos países, co­mo Cuba, donde había predominado el reformismo en el movi­miento obrero, al contribuir a que este tomara conciencia de sus intereses frente a los de la burguesía, denunciando la explotación a que eran sometidos, al igual que las mujeres,     niños, campesinos, inmigrantes, etc., pero a la vez introducía ideas dañinas como el apo­liticismo. Y al exaltar la libre autonomía del individuo frente al Esta­do y la acción directa contra los empresarios, de manera espontánea frenaba las posibilidades de organización de la clase obrera y por su­puesto la creación de partidos de orientación socialista aunque ellos mismos se consideraban como tales. [29] Sin embargo, de esto no se desprende que el papel del anarquismo en América Latina haya sido absolutamente negativo, pues tanto en Argentina, México, Uruguay, Brasil como en Cuba -países donde al parecer tuvo mayor influencia- desempeñó una función favorable no solo por sus contribuciones a que la clase obrera tomara conciencia de su situación, al despertar en ella la solidaridad clasista, la necesidad de la lucha, etc., [30] sino porque de su seno brotaron muchos líderes obreros que paulatinamente lle­garían a transitar hacia el marxismo, como el cubano Enrique Roig San Martín y otros. Algunos de ellos tratarían de radicalizar los pro­cesos revolucionarios que se produjeron a principios del siglo pasado, v.gr. el mexicano Ricardo Flores Magoon, quien en su perspectiva utópica abstracta trató de erigir una so­ciedad sin clases, aunque sin superar los marcos ideológicos del anarquismo, pese a que aporta elementos propios y muy radicales. [31]

Antecedente significativo de la difusión del socialismo en América Latina durante el pasado siglo, constituyó la labor periodística de numerosos intelectuales que, aunque no estaban directamente vincu­lados con el movimiento obrero y sus luchas, sí se encontraban al tanto de sus acontecimientos más importantes en sus respectivos paí­ses y sobre todo en Europa, por lo que reflejaban en sus publicacio­nes el eco de los grandes acontecimientos como La Comuna de París, así como las corrientes de ideas que circulaban a su alrededor, donde el marxismo tomaba cada vez mayor auge. Entre ellos se des­tacó Juan Mata de Rivera, en México, quien al parecer publicó una traducción al español del Manifiesto Comunista en 1884.

En Cuba, un poco conocido intelectual de Santa Clara, Ricardo García Garófalo,  desde las páginas de La Verdad defendería las ideas de Marx frente al apoliticismo de los anarquistas.  

Otro factor a tomar en consideración es la mayor o menor inci­dencia que pudieron haber tenido las ideas simpatizantes con el socialismo entre algunos prestigiosos pensadores latinoamericanos quienes, desde las posiciones de un positivismo sui géneris[32] como To­bías Barreto en Brasil, Enrique José Varona en Cuba y José Ingenieros en Argentina, sin romper definitivamente con sus res­pectivas posiciones ideológicas, reconocieron la validez de las ideas socialistas, aunque discreparan de algunos de sus elementos, y sobre todo vieron con agrado que esta sirviera a la causa de los humildes. Un lugar especial en ese sentido ocuparon aquellos que llegaron a las posiciones del democratismo revolucionario como Manuel Gon­zález Prada y José Martí.

 También en la reacción antipositivista latinoamericana se hizo común las críticas al capitalismo, como puede apreciarse an José Vasconcelos, Antonio Caso, José Enrique Rodó y Pedro Henríquez Ureña, entre otros,  aun cuando no conllevara necesariamente la identificación con el ideario socialista que lamentablemente por mucho tiempo se identifica con su referente stalinista.

Muchos podrían ser los antecedentes a tener en cuenta para una me­jor comprensión del por qué fue tomando arraigo el ideal socialista, y en particular el  marxismo, en América Latina, pero también eran varios los factores que lo frena­ban, según Max Zeuske: el extremada­mente bajo nivel educacional de los trabajadores, que en su mayoría eran analfabetos; el relativo retraso en los centros educa­cionales, incluidas las universidades, donde el contacto con las co­rrientes filosóficas más progresistas era muy fragmentario; las contradicciones de clase entre la burguesía y el proletariado no esta­ban aún muy pronunciadas, pues prevalecían otras contradicciones históricamente viejas como las existentes entre la pequeña y la gran propiedad; el problema de la tierra y la falta de desarrollo del capi­talismo. A ellos se podrían añadir otros como la poca traducción y di­vulgación de las obras de Marx, Engels y sus seguidores, lo que limitaba su conocimiento solamente a las elites intelectuales más cultas; la escasa comunicación entre los países latinoamericanos, que en ocasiones llegaban a tener mayor información de la lejana Europa que de sus países vecinos, por lo que las ideas de corte socialista de los propios latinoamericanos casi no eran conocidas más allá de sus fronteras y en ocasiones ni siquiera allí mismo, pues no siempre se disponía de una prensa dispuesta a ese tipo de publicaciones, como aún sucede en la actualidad, especialmente después del derrumbe de la Unión Soviética.

En fin, el ideario socialista y el marxismo, y con ellos la posibilidad de la construcción de una utopía concreta de sociedad superior a la capitalista, no obstante encontrar en ocasiones premisas socioeconómicas favorables  se tuvo que ir divulgando contra viento y marea por razones ideológicas y políticas. De ahí que muchos justificaran su auge como la impo­sición de una doctrina que no se avenía a nuestros pueblos y que debía ser devuelta a Europa.

Algunos de los defensores de la utopía abstracta ponían la mayor parte de sus esperanzas en la transformación ética a través de mejoras en los sistemas educativos, por lo que no se diferenciaban sustancialmente en ese aspecto de los ilustrados, aunque sí por la crudeza con que planteaban la situación de las clases explotadas, y sus propuestas de redistribución más justa de la riqueza los dis­tanciaban del pensamiento tradicional y conservador.

Transmitían su convicción de que el socialismo, independientemente de cómo lo vieran anarquistas, utopistas, etc., sería una sociedad supe­rior, más humana y a pesar de que reconocían algunos defectos y vicios en el hombre, no los consideraban consustanciales a él --como en ocasiones se afanaban en demostrar las concepciones filosóficas más reaccionarias-, sino como producto de las condiciones de miseria en que se en­contraban los latinoamericanos. Veían con optimismo el perfecciona­miento futuro de la humanidad.

Insistían en el valor de los sectores populares como agente transfor­mador de aquellas sociedades putrefactas y, aunque estimaban en alto grado el papel de las personalidades históricas, por lo regular no las sobreestimaban, sino que las ubicaban en su lugar merecido. Pero también se preocuparon por salvaguardar la individualidad de cada persona y defendían su derecho a la libre determinación; de ahí algunos de sus resquemores con la propaganda anticomunista que hiperboliza la consigna de la dictadura del proletariado como dictadura del Estado sobre el individuo.

La Iglesia católica  regularmente ha sido  objeto constante de la crítica de los socialistas que denunciaban su función justificadora de las grandes desigualdades hu­manas y  su misión obstaculizadora de la emancipación huma­na. Aunque por lo regular han sido  respetuosos de la religiosidad e in­cluso se han apoyado en ocasiones en ella para defender las propuestas humanistas de su utopía abstracta.

En su lucha contra las ideas reaccionarias se han enfrentado al conservadurismo, el tradicionalis­mo y al reformismo liberal. También las  ideas del anarquismo han sido atacadas porque tampoco no contribuyen propiamente  a la causa revolucionaria de instaurar la nueva sociedad, la cual han considerado que no se alcanzará de golpe por una rápida y violenta transformación, sino gradualmente, pero a la vez rompiendo con muchos moldes arcaicos. Es­to no presupone desechar todo lo anteriormente creado por la ci­vilización humana. Por el contrario,  han defendido muchos de los logros materiales y espirituales creados por las sociedades capitalista, pero hasta ese momento solo disfrutados por las oligarquías domi­nantes y de lo que se trataba era de una mejor distribución que tampoco implicara la holgazanería y el indebido disfrute.

En sus utópicas formulaciones abstractas deseaban afectar lo menos posible a los ricos, por lo que argumentaban que su objetivo no era eliminar completamente las diferencias entre los hombres, sino atenuar las desigualdades entre las clases. Por eso apelaban a la moral e incluso al cristianismo para lograr tales objetivos. La misión que proclamaban consistía en completar las insuficiencias que había dejado la Revolu­ción Francesa y hacer verdaderas sus consignas de igualdad, liber­tad y fraternidad. Y para ello criticaban cualquier tipo de odio racial o de subestimación de alguna de las diferentes etnias que componen la compleja población latinoamericana.

Aunque sus objetivos han sido la emancipación social de nuestros pueblos, han sabido  que era necesario diferenciar las contradicciones y subordinarlas a conflictos de carácter nacional o regional cuando estos fueran inminentes, para posteriormente plantearse tareas de mayor alcance. Han preferido emprender las transformaciones por la vía pacífica sin necesidad de acudir irreflexivamente a la violencia y acudir a ella solo cuando no hubiese otra alternativa para reali­zar sus ideales. Ante todo fueron profundos críticos del capitalismo, de sus formas de explotación, así       como de las formas precapitalis­tas que subsisten en Latinoamérica. Por eso el ideario socialista utópico abstracto ha contribuido a toma de conciencia  de los    pueblos latinoamericanos. Pero además se históricamente se han volcado en su mayoría a la lucha política de su tiempo, y no han sido  simples hipercríticos desde atalayas lejanas, sino que han puesto a prueba sus ideas y han tratado de ensayar sus proyectos.

Los antecesores del pensamiento socialista en América Latina se preocuparon más por estudiar los problemas concretos de cada país y de cada momento y  formular alternativas de desarrollo social que consideraban apropiadas para aquella época. Sus ideas, por su trascendencia independientemente de su contenido utópico abstracto, hoy merecen ser conocidas,  estudiadas  y justipreciadas como antecedente imprescindible de las actuales utopías concretas de la praxis del socialismo del siglo XXI.

El tránsito de la utopía abstracta a la utopía concreta en el pensamiento socialista del pasado siglo XX latinoamericano se enriqueció no solo con la labor teórica de destacadas personalidades, sino ante todo por su praxis revolucionaria  como pudo apreciarse entre otros en José Carlos Mariátegui, Antonio García Nosa, Ernesto Guevara, Fidel Castro, entre otros  y  despunta hoy en las llamadas nuevas izquierdas latinoamericanas algunas de la cuales ya en el poder e iniciando transformaciones socialistas muy concretas.

A partir del análisis tanto de  las experiencias históricas más remotas  del ideario y la praxis socialistas universales y latinoamericanas, en particular,  como de las más recientes, y tomando en cuenta los actuales cambios que se están produciendo en esta región las nuevas izquierdas en América Latina si aspiran a la construcción de exitosas utopías concreta de socialismo parece recomendable que  tomen en consideración los siguientes aspectos fundamentales:

Por supuesto que hecho del triunfo de algunos candidatos de izquierda en los últimos años en América Latina deben ser considerados como un signo favorable ante todo del poder de las demandas populares pero si ese poder no se traduce en el ejercicio del poder político para el logro de transformaciones revolucionarias de la sociedad[42] habrá que lamentarse mucho posteriormente de haber perdido la oportunidad de que las nuevas izquierdas hayan podido demostrar prácticamente que otro mundo distinto al “capitalismo real” es no solo necesario sino también posible y  que el marxismo[43] seguirá siendo un imprescindible instrumento para la  realización, el abandono de la utopía abstracta y la construcción de nuevas utopías concretas.




[1]  “El proyecto socialista de Rodríguez propone una república, habitada por los sujetos antes excluidos, sujetos reproducidos en la educación social satisfechos  en cuanto a sus necesidades básicas, y por ello capaces de construir  una nueva sociedad en tierra americana”, Ciriza, A. “Simón Rodríguez: un socialista utópico americano”. En Itinerarios socialistas en América Latina. Estela Fernández Nadal. (Compiladora) Alción Editora. Córdoba. 2001.p. 31 

[2] Pablo González Casanova: Imperialismo y liberación. Editorial Siglo XXI, México, 1982, p. 55.

[3] Idem.p. 56.

[4] Idem.  p. 57.

[5]  Gustavo Vargas: "Pensamiento socialista en Nueva Granada (1850-1860)". En Dialéctica, No. 18, Año XI, septiembre de 1986, Puebla, México, p. 80.

[6] Como señala Agustín Cueva, las luchas sociales y de clase "de entonces no fue­ron desde luego bregas en pro del socialismo, ni podían serlo en un contexto precapitalista, consiguientemente carente de un pro­letariado moderno. Se enmarcaban, pues, en un horizonte cuyos límites objetivos eran los de una revolución democrático-burgue­sa, perspectiva en la que hay que ubicarlas evaluando la profundi­dad de cada movimiento en función del predominio del elemento democrático, es decir, popular, sobre el elemento pro­piamente burgués". Agustín Cueva: El desarrollo del capitalismo en América Latina. Editorial Siglo XXI, México, 1983, p. 49.

[7]  Véase José Ingenieros: "Los saintsimonianos argentinos". En Evolución de las ideas en Argentina Obras completas. Vol. 16, libro IV, Ediciones L. J. Rosso, Buenos Aires, 1937, pp. 237-399.

[8]  Francisco Larroyo: La filosofía iberoamericana Editorial Porrúa, México, 1978, p.94.

[9] Ibidem.

[10] E. Echeverría: Dogma socialista Colección Claridad, Ciencias Políticas, Buenos Aires, p. 65.

[11] Ídem, p. 67.

[12] ídem, p. 69.

[13]  Ídem, p 78

[14] ídem, pp. 121-122

[15] Ídem, p. 128.

[16] Ídem, p.129

[17]Diego Vicente Tejera: Textos escogidos. Editorial de Ciencias Sociales. La  Habana, 1981, p. 107.  

[18] Idem.

[19] Idem, p. 104.

[20] Ídem, p. 102.

[21]  Ídem, pp. 109-126.

[22] Ídem, pp. 126-128

[23]  Ídem, p. 126.

[24] ídem, p. 161

[25]  Idem. P. 167.

[26]  Idem, p. 165

Ídem, p. 167

[28] Carlos del Toro: "Diego Vicente Tejera: vida y obra". En D. V. Tejera: Ob. cit., p. XIV.

[29] Los anarquistas se consideraban a sí mismos defensores del "socialismo revolucionario" frente al "socialismo de Estado" del marxismo. Historia del movimiento obrero cubano (1865-1958). Editora Política, La Habana, 1985, t. I p. 178.

[30]  Dessau, D y colectivo de autores: Politisch-ideologische Strömungen in Lateinamerika. Akademie Verlag, Berlín, 1987, p. 196.

[32] Véase: Guadarrama Positivismo en América Latina. Universidad Nacional Abierta a Distancia. Bogotá. 2001: Antipositivismo en América Latina. Universidad Nacional Abierta a Distancia. Bogotá. 2001.Positivismo y antipositivismo en América Latina. . Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2004.

[33] Guadarrama, P. “El  principio de la renuncia a todos los principios”. Taller. Revista teórica de convergencia. Bogotá.#2. 1990. p.101-108.Quatrivium. Universidad Autónoma del Estado de México.  N. 6. 1995. P. 28-34

[34] Sin embargo, la mayoría de los estudiosos asegura que basta un breve repaso por la historia latinoamericana para confirmar que el actual éxito de la izquierda no es una coyuntura pasajera sino el fruto de las cosechas sembradas en el pasado. O sea, que la cosa viene de atrás y va para largo”. Botero, Jorge Enrique El auge de la izquierda en América Latina: ¿Coyuntura pasajera o fenómeno a largo plazo? Por Especial para REVISTA CREDENCIAL el tiempo.com / credencial   Edición de febrero de 2006

[35] De ahí que las reflexiones de Fidel Castro al respecto parecen seguir preocupando a los enemigos de cualquier tipo de cambio revolucionario: “Nadie puede asegurar  que se van a producir cambios revolucionarios en América Latina hoy, Pero nadie puede asegurar tampoco  que no se produzcan en cualquier momento en uno o en varios países. Si uno analiza objetivamente la situación económica y social  en algunos países, no puede tener la menor duda de que trata de una situación explosiva”Castro, F. Cien horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet. Segunda edición. Revisada y enriquecida con nuevos datos. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado. La Habana. 2006.  p. 594.

[36] Véase: Guadarrama, P.  “Humanismo y marxismo” Teoría y acción política en el capitalismo actual. IV Seminario Internacional Marx Vive. Jairo Estrada Alvarez. Compilador.  Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2006. p. 209-224.

[37] “Debemos incorporar repotencializándolo, actualizándolo, el socialismo indígena o indo-venezolano. Tenemos que respetar y ayudar a fortalecer esas raíces de nuestro de nuestro socialismo. Esas prácticas son como una semilla que debe expandirse, multiplicarse.” Chávez, H. “El discurso de la unidad”. Ediciones “Socialismo del Siglo XXI”. No. 1. Enero. 2007. p. 44.

[38]  Véase;  Guadarrama, P.  Cultura y educación en tiempos de globalización postmoderna. Editorial Magisterio. Bogota. 2006.

[39]  “La alternativa  está obligada a ser radical, para que goce de posibilidades de triunfar. El socialismo es la única opción razonable y práctica  ante las tareas tan ambiciosas que debe asumir una política opuesta  al sistema, y frente  a la incapacidad de realizar reformas de los dominantes locales y el poder excluyente y depredador del imperialismo, dos característica del capitalismo mundial. La alternativa socialista necesita ser democrática, porque sólo en el protagonismo y el control popular encontrará fuerza suficiente, identidad, persistencia y garantías contra su propia desnaturalización, y porque debe brindar cauce y espacio a la cultura nacional popular”.  Martínez Heredia, F. El horno de los noventa. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2005. p. 56.

[40] “La incertidumbre por los resultados del Tratado de Libre Comercio  entre Estados Unidos y Centroamérica  se transformó en miedo en varios países de esta región . Los números indican que su balanza comercial se ha inclinado del lado de la potencia norteamericana”. Medina Murillo, Julio. “ TLC a favor de EE.UU” en Tiempos del mundo. Edición hemisférica. 26 de octubre de 2006. p. 18.

[41] “El socialismo adquiere, en el planteamiento chapista un contendo cultural sincrético que recoge todo lo que somos como pueblo. Lo cristiano y o bolivariano  se manifiestan en un conjunto de valores que la gente relaciona con justicia social, solidaridad, bienestar colectivo, igualdad, unidad, gobernabilidad, democracia, participación, protagosnismo popular, patriotismo, antiimperialismo, autodeterminación, respeto a los derechos humanos y la diversidad cultural y protección del medio ambiente. ¿Quién puede oponerse a estos principios? P. 42. Finol, I. ¿Por qué hablamos de un socialismo del siglo XXI? Centro Nacional de Investigación-Acción Anti-imperialista “Simón Bolivar”. Coro. Producciones Anagrama. C.A. 2007. p.42

[42]  “El principal problema de la lucha electoral, sin embargo, no es cuantitativo. La otra razón por la que no puede hablarse de una tendencia favorable a la izquierda es porque, incluso esta logra imponerse en una elección presidencial, esos triunfos se producen  en condiciones en las que resulta  muy difícil ejercer los resortes del gobierno para detener  -y mucho menos revertir – la reestructuración neoliberal. No se trata de negar o subestimar la importancia de los espacios institucionales conquistados por la izquierda, sino comprender que esos triunfos no son en sí mismos la “alternativa” . De ello se desprende que la prioridad de la izquierda no puede ser  el ejercicio del gobierno y la búsqueda de un espacio permanente  dentro de la alternabilidad  neoliberal burguesa,  sino acumular políticamente con vistas a la futura transformación revolucionaria de la sociedad”  Regalado, Roberto. América Latina entre siglos. Dominación, crisis y lucha social y alternativas políticas de izquierda. Ocaean Press. Melbourne-New York-La Habana, 2006.p. 214.

[43]  “Pues bien, si el capitalismo no es, no puede ser, eterno, tampoco es el <<fin de la historia>> -mientras el hombre exista- no puede tener fin, y sï una alternativa social al capitalismo es necesaria y deseable, el marxismo sigue siendo necesario ya que solo existe por y para contribuir para que esa alternativa se realice”   Sánchez Vázquez, A. Filosofía y circunstancias. Anthropos. Barcelona. 1997. p. 164. .